miércoles, 18 de diciembre de 2024

LA NAVIDAD

La Navidad tiene ritmo de objeto. Es un Belén en una caja y chuparle la cabeza al langostino de la vida. El frío concentra y te fijas en lo dura que está la silla. El frío se estira en tus orejas, te encoje los huevos y encofra los pezones que siguen ahí con sus preguntas. Se acaba el año como si fuera un cumpleaños social, con la gilipollez satisfecha como cualquier satisfacción. En la provincia de tedio y plateresco, se ven caras de Martínez Soria. En los pueblos muge un petardo, estallan puertas y se mata a la mujer. Los pueblos son sarcófagos en extinción. Ya no tienen el gracejo de la huerta con sus rulos de ahuyentapájaros, se han vendido las albercas y las cabras se afeitan la perilla paeltir-tó ese. El pueblo ya no es Telecinco con agua caliente. Ahora es una antena, una enorme K por donde tobogana un 5 camino de Netflix. Es una raspa enorme que no sabe un villancico. El villancico es otra nana perdida, otra botella de anís que han escondido. El mundo se llena de cenas con berrinches de carmín. Culos sin tanga colocándose el vestido de la foto. El frío tiene también un poso de alegría, la chispa del moribundo y el asco decente del chupitazo. Se rascan las drogas con la gracia del moco, con la saliva que se escupe y la palabra que no se entiende. La carcajada se alimenta de legañas y peladillas que nadie come porque tampoco hay ya bandejas de esas que ya no hay. El frío, el tiempo, la peladilla. Angustia diminuta, dolor de oído. Olor a rastrojo en las cuerdas de la ropa, chimeneas de pasado que se esconden en el pelo. La ciudad es lo de siempre, chorros de gentío por el sumidero de la prisa, el metro que van a dar al morir del mar en Semana Santa, ay. El frío tiene unas cinco de la tarde únicas. Es la hora de la Ketamina. Cuando se duermen las camas de los hospitales y termina cine de Barrio. El frío vive en Canillejas, en las hogueras de ladrillo y las afueras del cardo. En el aceite de las churrerías del aparcamiento y en el paladar quemado del ansia palpitante. El invierno cría los pendientes de la centella -la luna te mira mira y el charco te está juzgando-. El frío trae caricias gordas de calentón y sexo inesperado. Muertes de calendario, cervezas de Algidol y dolor de garganta. Tos de barro, guantes que se pierden y mocos que cortan. La navidad se disuelve rápida como una vida exprés, como una gota de Fairy que se ha quedado sin plato, como la intemperie que resuelta cuando las cosas se acaban. Pincha como una cáscara de nuez rota, como la peladilla que te rompe la cuenta del dentista. El frío es el recuerdo de aquel verano. La mano que corta la línea y el escalofrío del mear. El frío es la taza caliente y el nido del vaho. Es un calor que no suda. Es un wasap tontorrón con aliento a aguardiente. Es la mano que se mete en tu chaqueta y te flirtea los calores. Es la luz roja de la reserva, sin reserva y doce uvas. Es una algarabía de niños que no se duermen, papel de plata en la nevera y aguinaldos de emoción. El frío tiene un granizado en la frente, como la dosis de verano que sale del cagané.

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