Jonás Sánchez Pedrero (Blog clausurado)
jueves, 28 de mayo de 2026
lunes, 25 de mayo de 2026
LA SORPRESA
Cuando a uno le publican un libro no sabe a donde lo llevará la marea del capricho. La deriva suele vararlos en estantes lejanos de unos amigos que no supieron eludir el regalo o que sucumbieron a la compasión de la compra por el qué dirán de la ilusión. Sin embargo, a veces ocurren estas cosas, carambolas a triple banda como si uno fuese Jackie Gleason en El Buscavidas. El caso es que un colega francés, bibliotecario jubilado, Philippe Billé ha traducido una veintena de aforismos de Torrelodones. El escritor Mario Martín Gijón se hizo eco de Juan Ramón Jiménez y las drogas en El Periodico Extremadura, un artículo que movió por redes y que este colega francés debió leer con atención. Tanta que, al comprobar en mi biografía que había escrito aforismos, tomó el interés suficiente para pedir un ejemplar de Torrelodones para la biblioteca universitaria de Burdeos donde me ha leído y decidido traducir. Y yo feliz. Aquí os dejo el ENLACE.
martes, 12 de mayo de 2026
EL JUBILEO
Es por mí. A Eduardo no le hacen falta estas palabras que hablen de su poesía. Uno necesita corresponder a su hombro, a su caballo de Troya para distancias, a su generosa atención para mis cosas. Moga en su diáspora por El desierto verde, en su Odisea por El paraíso difícil, recogió una de las botellas que tiré al mar de la lectura para tender un puente hacia mi isla póstuma. Siempre atento a la poesía auxilió el latido confinado de mis versos y eso deja memoria. Ahora que llega al jubileo de la jubilación le puedo hablar más claro. Le escribo con la prudencia por los tobillos, con ganas de decirle algo sobre Dices. Aquí te pones quinceeme, Eduardo. Tiras la piedra que me quitaste para que no escombrara el rosetón de tu San Cugat. Ya sabes que los de pueblo no tenemos más arte que la campana -ese tambor medieval tan anacrónico- ni más prudencia que la siesta. Por eso yo, que vengo cristianorojo por vía genealógica, me guardé la piedra y la llevé a Antonio Gómez que me labró un «poema para ser lanzado». Decía que en Dices te sale el ácrata que llevas en el hemistiquio del corazón que late apaciguado por la razón catedrática. Aquí se te nota el escozor a burocracia y el asco de coger la política por los cuernos del cansancio. Que lo hayas tetrapublicado dice mucho de Dices. Que remoces las citas de los políticos dice mucho de Berlanga y de esta ¡Españacoño! de pandereta que diría don Machacado. Este Dices en un digo. El eterno juego de hablar con uno mismo a través del espejo del idioma. Es Sancho Panza a lomos de Platero. Un diálogo que denuncia la resignación del ciudadano. Dices nos llama gilipollas por escrito. Trump y Netanyahu son la personificación del COVID y el Hantavirus, la confirmación de que el Homo Siemens no da de sí. Se nos acabaron las excusas de la sociología y el analfabetismo. Ahora, con el siglo veintiuno en la mano izquierda y el móvil en la derecha, nos llueven las collejas que nos pega la gilipollez. En Dices nos recuerdas al gran humorista que era M.Rajoy. ¡Y le echamos! ¿Qué más se puede pedir a un presidente? Daba gusto poner el Telediario para ver si liberaba a Roller o Roderick mientras el personal se partía la caja. No hemos entendido aún que sin el sarcasmo de Dices vuelve Zola a acusarnos de noséqué. Necesitamos el pitorreo, la chanza y la pitanza porque si no nos pasamos la vida detrás de un premio que nadie lee o de una calle donde se mean los perritos de los cojones. Hay poetas que hacen cantera y tú vas por ahí, Eduardo. Eres el Cruyff de la metáfora, un Del Bosque que pasea el parque por si se encuentra un verso en un escote. A mí me has abierto más ventanas de las que merece mi pose de paleto. Hoy quien no sale en la foto es porque no quiere menearse. Aunque nuestro tren es una autovía abollada, cualquiera tiene un vagón de tercera mano con que viajar a la cháchara del contacto. Tú no tienes Instagram ni Facebook porque sabes que las redes son redes de pesca, aunque no lo digas para que no parezca postureo. A ti te va el encuentro, te va cargar con la bibliografía debajo del brazo como quien regala el futuro de un hijo de antes. Este último Dices lo publica nuestro amigo Calbarro, otro Gesto que le honra. En este decir, que es escribir Dices, están casi todas tus heridas: tu madre, tu padre, tus hijos, el sexo, el lenguaje, y tu yourself. O sea que están tus tripas que es el tripi de los que no lo tomamos. Pégate un viaje, Eduardo. Márcate un Panero para que veas que esto del poema es una chiquillada, una exageración: cromos de adultos con ínfulas de hijo predilecto. Los que vamos de bibliotecarios por la vida sabemos que no hay mejor excusa que un libro, una moto que se vende sola con El mito de la Cultura que decía Gustavo Bueno. Laraplaneta y Amazonbezzos lo vieron claro. Florentino Pérez, como solo leía ladrillos, levantó el chalet de la Ley de Estanterías. El aeropuerto no colaba desde Fabra, pero la biblioteca viste mucho y nos plantó un regalito en cada provincia para alfabetizarse el paraíso fiscal. Moga, has llegado. Digas lo que escribas tú ya has llegado. Ahora toca jubilarse de uno mismo, de la diagnosis de próstata y el aburrimiento del Jurado. Toca comenzarse la sonrisa por venir. «Dices para omitir y creces en la omisión». «Dices lo que la boca no ve. Dices cuando la boca no está. Lo que dices muerde». Con latigazos así, expandes la conciencia a través del verso, ketaminas el lenguaje, entras en la espesura de la emoción. Dices es una pausa, un escucharse uno. Palparse la sombra y evaluar el bulto. Es una voz que se para a distinguir el eco, asomarse al brocal del abismo como quien va a un alcorque, con un algo de sorna catalana. Pero, sobre todo, Dices es una excusa, un eslabón que nos continúa, una coartada a empatizarnos. No hay más, Eduardo. Ahora tendrás más tiempo para conjugar a Bukowski, Whitman y esta gente. Y piénsate lo de Panero, joder...!
jueves, 30 de abril de 2026
LA LOCURA (y II)
El valle está como un brócoli, como un verdor en redondez que se contiene. Abril se encarga de mojarlo y darle fotografía con rayo y nubarrón. La filmografía de Peckinpah me vale, me viene con el paraguas porque la violencia tiene ramas como un tronco de emoción. Le busco sinónimos al amor para que vuelva a significar. Tengo que escribir despacio para que el lector perciba que este ambiente de brócoli tiene metáfora en mi escritorio. Antes salían de su madriguera de madrugada (creo que madriguera viene de ahí). Salían solas como una recompensa al silencio, como premio al insomne, como un yoquehostiassé. El caso es que solo había que abarcar el chorro para que no se escaparan, como abrazan los niños el suelo de las cabalgatas. Sentarse y chupar los caramelos era un disfrute que Peckinpah me ha devuelto con su brócoli de amor violento. La coliflor huele a pedo y no viste nada en las revistas de dieta. La berza suena a pueblo y tiene un verde comido por la palabra emigrante. La coliflor tiene un blanco cerebral que rehogamos para olvidarnos de su alma de nuez. El trueno me devuelve a la clase de ciencias naturales, al narigudo don Santiago que llamábamos «Santi el de Naturales», pero que le pongo el don delante para darle más infancia (yo nací -perdonadme- con el tuteo demócrata). El trueno rompe la física, el tiempo y esas cosas de la conciencia. Cosas de arena, cosas que la psiquedelia va licuando por los aires mientras te deja cara de flipe. Esto de la realidad cada vez lo entiendo menos. Este berenjenal que chilla brócolis o muta en patatal, me tiene perplejo a estas edades. Cuando mis contemporáneos amasan las certezas de la barriga y el cochazo, uno anda por el vértigo del brócoli. Me pasé el western de la memoria con Regreso al futuro, por eso no entiendo a qué viene esta infancia de otro, este Grupo Salvaje de los sesenta, este revivirme en aventuras que le molaban a Chamorro. Pues sí, el brócoli alienta las aventuras de la rama, del árbol que esconde un revólver, un indio ahorcado y un polvo de grava en el culo (si no pongo la palabra culo al final no se entiende el polvo). Decía que este verdor, este empuje del agua hacia el sol, me tiene tenso. Me fustiga el trueno de abril como un rayo de memoria. Me pongo Peckinpah, borracho y Dostoiesky, para llorar mejor. Llorar viene de reír padentro. Risa de brócoli para entender La Huida, ese amor inasible que se llama compañía, ese tiempo acumulado, esa experiencia que alimenta a la extrañeza, al asombro del rayo que jamás se repite. Peckinpah era un romántico que creía en el amor porque sabía que no existe. Sabía que la palabra estaba hueca como una coliflor, que había que salpimentar aquello con tiros y la hostia para que funcionara el vertedero. Peckinpah conocía el fracaso y su épica de domingo como ese tirón de manta que da la espalda al cariño. En Perros de paja pone la vida sobre la mesa de una mujer. A Despentes le quedó un paluego con Teoría King-Kong, pero Susan George ya lo había gemido todo. Peckinpah hizo películas para sacar la espalda mejicana de las mujeres. Coburn, Heston o Holden, a todos se les cae la pistola al filo de un espinazo. En Quiero la cabeza de Alfredo García, Isela Vega condensa el universo femenino y Warren Oates le corta la cabeza al brócoli. Nos planta en la ambición decapitada con las moscas ruidosas que cantaba don Antonio Machacado. Resulta que mi heavy de los noventa venía de Peckinpah sin yo saberlo. Guns n´roses le cogió el tiro prestado a Bob Dylan. Knockin on heaven's door es la pólvora de la película, la atmósfera que perdona el pegotazo que Peckinpah le regala a Robert Allen en forma de Alias. Resulta que al final vengo de Dylan, de la poesía de Thomas, del desierto de whisky y del Nobel de literatura. En fin. Decíamos ayer, que la locura necesita obsesión y cariño. Un público para la épica del final. La tierna condescendencia de los niños y los viejos con la mano que atusa los anhelos. Escuchamos para colmar la importancia cuando no se tiene. Escuchar es dar la razón a la tontería porque el niño/viejo tiene locura en espera, un légamo tierno en cimientos/escombros. Una “/” que balancea la emoción y nos conmueve. Peckinpah muestra como nadie lo que habita en el silencio. Llena sus personajes de pausa para entenderlos mejor como hacía Harold Pinter. Empatizamos con el hueco porque nos llena. No hace falta ponerse cuántico para comprender la calma, por eso la vejez camina hacia el remanso. El paréntesis tiene un lenguaje atávico que nos predispone. En poesía se escribe «no sé». Quintero lo sabía y se enchalecaba pañuelos como un cowboy de autonómica, como un Peckinpah de Canal Sur que convertía a Bob Dylan en Risitas. La locura del brócoli te arrastra por charcos de tiempo y cráneos partidos que suenan a maceta. Abril te oscurece la tarde, atruena verdores y recuerdas que has dejado el coche debajo del árbol mientras tiras de la sabana. La vida es ese tirón, ese darnos la espalda, ese encontrarnos con Peckinpah sin saber por qué, como una floración de berza por el tobogán de la Ketamina. Peckinpah suena al golpe que nos dejaba sin aire en los coches de choque. Cada vez que cuezo un brócoli me acuerdo de Bob Dylan y los pezones de Susan George aunque sean las once de la mañana. Envejecer debe parecerse a esto.
martes, 21 de abril de 2026
LA CANTIDAD
Dinero relleno.
Limpiar la conciencia la ensucia.
Saboreaba la libertad de la tutela.
Lo personal fabrica ingenuidad.
Hay sinónimos que crecen hacia la antonimia.
Y el comentario mutó en pensamiento.
Pesimismo atávico por realismo histórico.
Quien te dirige se llama coordinador.
Los dedos hablan el lenguaje del cabello.
Resultado de la lucha obrera fue su paladar.
Somos muchos.
domingo, 19 de abril de 2026
martes, 14 de abril de 2026
LA LOCURA
lunes, 23 de febrero de 2026
LA EXPOSICIÓN
George Brecht
Sink, 1962-63/1974
Lavabo blanco con pastilla de jabón negra y cepillos de colores en un vaso. 80x68x56 cm.
EL LAVABO
Yo no sabía que George Brecht era George Ellis MacDiarmid. Me la suda. Pero en su lavabo se ve una pipa de Magritte que dice «esto no es una pipa», como un sucedáneo de la fuente de Duchamp. Las artes de los sesenta tuvieron en John Cage a su Timothy Leary que escribía en el agua de las vanguardias toda su lisergia. El lavabo tiene el tono de los pañales, el brillo viejo de los ojos con cataratas y el olor a polvo de las pensiones donde se oye una tos. Brecht es un sonido de tela rota, un eructo adolescente que vio en Cage el silbido bandasonoro de las películas de Morricone. Esos detalles de emoción que Ramón greguerizaba como nadie. «Mirar para ver lo ausente» es un pleonasmo, una redundancia. Se mira para sorprender a las cosas, para ver la saburra del cepillo que limpia la resaca del fracaso como la inercia de un matrimonio. Se mira para ver la flema del sumidero, el gapo que insulta a las gargantas y asfixia las verdades que no decimos. El lavabo es un váter inverso, una lámpara que ilumina las legañas, un embudo de loco al que nos asomamos para llorar el sueño y reposar el jabón. El sink de Brecht nos enseña los pelos de la tubería y los jirones de la arcada de un esmalte que se quita. Tiene algo de chuta, de dentadura postiza, y de goteras. Mirar el sink de Brecht es ver el lavabo de MacDiarmid porque la mirada está afuera y ya sabemos que «el ojo no es ojo porque tú lo veas es ojo porque te ve». Por eso se equivoca el amor y se van las mujeres guapas con los hombres feos. Asomarse a Brecht es un vértigo de sumidero. Perder la barandilla, quitarse el cinturón del coche que Vostell estampa en el cemento de los Barruecos. Vostell era un lavabo humano que sabía mejor que nadie para lo que sirve un lavadero. Plantaba un caza ruso para dar sombra al ánimo. Un Mig-21 para refrescar al paisano que se fija en la cigüeña y el cigüeñal y «lo que pesará eso en chatarra». Ese frescor abrupto, esa implosión de barras de pan y chapa de coche, sobrecoge como un fulgor austrohúngaro. Vostell, sabía que equivocarse es un acierto que es la forma tudesca de «lo que lo que no se da se pierde». Salpicaba sus obras con hostias de cemento y óxidos de tristeza porque él venía de aquella infancia alemana en que aprendió que el siglo XX eran dos cruces. Ser un Dalí de Malpartida es ser tu propio happening. Ser tu propio lavabo y andar con los grifos por fuera para dejar una huella macarra que reconforte a los triperos. Ese chispazo, esa sugerencia, puede darle emoción al frankenstein. De rosas no revive nadie y se le ponen a los muertos. Es la espina quien recuerda a la sangre su existencia, quien recuerda al ombligo su honestidad cuando protesta. Por eso los homúnculos lloran botones como lágrimas de Android. Se hacen selfies inversos. Se muestran invisibles a bases de miradas. No sé. Hay que mirar lo que no se sabe mirar, hacer lo que no podemos, pisar el misterio a ver qué pasa: cruzar la frontera del lavabo. El embudo de Brecht es la muñeca hinchable de Berlanga y el garrotazo de Goya. Es el palo castizo que se le mete por el culo al burro de los quintos o al mocho de la fregona. El español lleva un palo en la frente que le hace las arrugas y engarza los muñecos del futbolín. Ese palo que le ponemos a todo, para atrancar la puerta del suicida y poner la banderita al agujero en los campos de golf. Hasta la mierda la pinchamos en un palo a modo de estandarte como si fuera un poema, como este.
"MIRAR PARA VER LO AUSENTE" (POEMAS)
lunes, 16 de febrero de 2026
LA HUIDA
Daba como demanda.
Ternuras de acero.
Año nuevo, domingo viejo.
Seguimos peor.
La resignación mejora la rebeldía.
Hay quien escucha hacia adelante.
Viajo por la tos hacia bocas abiertas.
Y comenzó la rapiña del homenaje.
La sabiduría no coge los chistes.
Se etceteró.
Escuchar obedece.
Haz el amor y la guerrilla.
Estamos para llegar a ser.
Pretenderse creador y acabar en taxidermista.
La paradoja emociona por la fuerza del choque.
Te estás haciendo un poco tarde.
Detectó la calidad en el ticket.
Los camareros veranean en Matalascañas.
Estudio como huida.
domingo, 15 de febrero de 2026
sábado, 31 de enero de 2026
LA CIÁTICA X
Hay arrugas que duelen como recuerdos de un golpe con el patín de la infancia. La ciática duele como una arruga de patín adulto, duele porque ya no hay patín para que duela. Es un dolor que se multiplica por lo que deja de existir. Sabes que ya no habrá más juego que el dolor que vuelva con su antigüedad de temporada. La arruga emocional duele con cualquier objeto que active la memoria. La ciática volverá para recordarte el futuro que me espera. Hay gestos que me engrandecen de solo pensarlos como llevar viviendo de los libros veinticinco años por estos andurriales póstumos. Engradece la baja por no poder sentarte y pasarme dos meses de tumbado. Todo cierto y legal y hasta obligatorio. Con este currículum se acuerda uno de Rajoy y piensa «Jonás, sé fuerte». Galdós decía que su Abuelo estaba muy solo porque iba por el tercer perro enterrado. Leauteaud tenía una granja de gatos para olvidar su bastardía. Yo colecciono fisios para tamizarme el tumbado, para alicatar la ciática de extrañeza, para revestir de humanidad a las farmacéuticas. Qué más da cinco perros, que cinco gatos, que cinco fisios. Mi dolor es una pierna que se folla cualquier mano si la pago treinta euros. Esta prostitución inversa pone la cama y la paciencia. Soy una puta que lo necesita, que quiere que le follen para cambiar de cama. Una puta que espera un alta para volver a prostituirse a la esquina pública de su biblioteca. Los tumbados follamos poco porque nos duele mucho. Diferenciamos bien los verbos joder y follar, algo que los verticales mezclan si les conviene para el chiste. Cinco fisios, cinco medusas por mi pierna como bocas de Panero cuando bebía Coca-Cola. Soy una puta que paga para que le duelan. Soy la arruga que se estira, el patín de la memoria que sale a buscarse. «Voy a buscar a Jonás, a ver si se sale», pero no estoy o eso me digo. Cuando llega la tarde, Mordor parece hervir de frío. Las montañas parecen un filo de orejas que palpitan un sabañón escondido. Las uñas se parten sin que se note hasta que se chiva la lana de un jersey que no es de lana. L. alivia con su charla de juventud los silencios de bronce que llevamos las putas. Es una fisio de aguja, teje con su verborrea un ganchillo de una hora. La ciática pasa a un segundo plano y me espasma la pierna como la rana diseccionada de las ciencias naturales, con ese espasmo de pila de petaca y tacto viscoso. Mi pierna parece la tripa de un batracio que se estira con esa magia de la física, como el globo frotado de los pelos o el lápiz al que se pegan papelitos. Es la ilusión de la energía, ese fanatismo de la juventud que L. me transmite con su incontinencia verbal. En mi esquina bibliotecaria todo sigue peor. Proxenetas sin subvención y clientes que te echan de menos como molestias de perro que te lame la cara o te pone la pata sucia sobre el pantalón. Vienen a meterme la cara entre el libro y la pierna para que les diga que el baño está a la derecha. Estoy curado porque he perdido novedad como ya dije. A los dos días mis lectores ya no preguntan por mi salud y me exigen lo que solían. Vivir metaboliza vida y muerte, presencia y ausencia. No sostenemos el ayuno mucho tiempo porque somos una tripa enorme, un ano de mierda que gravita los sumideros. Marcamos el territorio como los gatos de Leateaud, como los perros de Galdós y las medusas de la puta que soy yo. Esta fisio joven como una ele -como la L. de su sombre que sostiene la arquitectura-, me pone agujitas eléctricas. Me pincha como si fuera un lepidóptero, me pone corrientes de scalextric, me convierte en pretecnología, me aniña. Con L. tengo veinte años de arruga en la pierna. Por un momento la ciática parece una larva de veinte kilos que ella pinchotea como un vudú. Soy una puta de trapo, una oreja en una camilla, el frío en la clase de ciencias y así. Ahora que la vida me ha puesto un chip de dolor me queda el consuelo de las medusas. Esperar a cambiar de manos como esperan a cambiar de tristeza las langostas de los restaurantes. Soy una puta en un acuario a la que tocan el cristal lectores con agujas. L. me pregunta desde su juventud. Comenta sus aguijazos con tono de verdulera. Solo le falta apuntillar su verborrea con esas coletillas de «corazón» y «tesoro» que ahora me dice mi colega Andrea. He vuelto a verle desde que estoy de alta. Andrea me pone cafés cortados con salchichas que no me cobra nunca. A mí me da vergüenza que me invite delante de sus clientes habituales, pero él tiene la inconsciencia de la terapia y me pone agujitas de palillo en las patatas. He vuelto a la rutina del esquinazo, al prostíbulo que conseguí a base de juicios y denuncias. He dejado mi grandeza de tumbado por mi desgracia de privilegio. Estoy curado, perdí la novedad. Habrá que esperar otra excusa para inventarme. Ahora tengo que alimentar esta arruga con medusas. L. me queda cerca y juega con mi ciática al operador. Tendré que buscar nuevas excusas con que divertirme las palabras, colocar otra jarra que complete el bodegón. La ciática ya me aburre, ha perdido fuelle y ya voy por el camino del Abuelo de Galdós, pero en cnidarios. La verdad es que le agradezco a L. que me haga cambiar de aburrimiento como vosotros cuando leéis textos como este.






















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