Jonás Sánchez Pedrero (Blog clausurado)
martes, 27 de octubre de 2026
LA CRÓNICA
jueves, 22 de octubre de 2026
EL LIENZO
El lienzo invisible:
PALABRAS MUDAS
por Jonás Sánchez Pedrero
Las preguntas saltan solas como resortes: ¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo explicarlo? Tras la experiencia psiquedélica los interrogantes nos acompañan con una respuesta común: es inefable. Las emociones, los escenarios y cuanto acontece bajo la estimulación química nos sorprende y nos lleva, como decía San Juan de la Cruz, «más adentro a la espesura».
Podemos nombrar nuestra realidad cotidiana porque el hábito y la costumbre nos permiten definir las palabras con las que acordamos llegar a un cierto grado de convención que asumimos como cierta. La palabra «casa» tiene unas características que el adjetivo ayuda a connotar: CASA-GRANDE. Este sintagma pudiera ser sustituido por un sinónimo como «chalet», «casoplón» y así hasta llegar al «ático» de la señora Ayuso.
Todos sabemos que existen porque algún amigo lo tiene, los hemos visto en las películas o nos lo ha contado un primo de Vallecas con ínfulas de Galapagar. No hay duda, existen. Aunque vivas en una infravivienda de pueblo póstumo, podrías hablar de ellos con relativa exactitud.
Sin embargo, cómo explicar lo que no tiene nombre, lo que no tiene más realidad que una efímera subjetividad intrasferible. Entro en este enorme jardín de puntillas, para no embarrar ni desbarrar, con la firme intención de mancharme lo mejor posible.
Cabría remontarse a los orígenes del lenguaje y puntualizar qué es y cómo funciona la comunicación, pero el poeta José Bergamín -lo reconozco, una de mis debilidades- ya escribió que «buscar las raíces era otra forma de andarse por las ramas». Por lo tanto teorizar sobre poesía me parece una pérdida de tiempo y hasta algo grosero. La poesía con poesía se explica. Hay mucha teoría sobre ella, muchas cátedras que intentan apresarla en antologías aunque siempre escape por su falta de corsé. También diré que la poesía es inasible. Al igual que la utopía, si se da un paso se aleja otro y así nos vemos caminar tras ella, pero «haciendo camino al andar» que diría don Machacado. Por tanto, aquí tenemos un paralelismo entre la experiencia psiquedélica y la poesía: su escurridiza naturaleza.
Hace unos años divagué en la revista Ulises sobre «la poesía como lenguaje psiquedélico». Allí acuñé esa oración tan cursi como respuesta al «estado translinguísticoi» con que Jonathan Ott se refería a su espíritu en las «experiencias visionarias».
Esa pérdida del lenguaje bajo los efectos de los psiquedélicos, sin embargo, no es una renuncia a la comunicación. Muy al contrario, durante ese trance nos relacionamos a base de miradas, de tacto y empatías de toda índole que nos llevan a sensaciones inefables de las que, valga la paradoja, venimos hablando.
En la entrevista que Marta Torres realizó a Jonathan Ott, publicada en el número 24 de Ulises, el etnobotánico se refería a las «palabras mudasii» como «las «palabras escritas» que «nacen por sí solas. No es por voluntad ni por esfuerzo mental», remataba. Cabría entonces preguntarse ¿De dónde vienen? ¿Quién las colocó en el lugar necesario para convertirlas en mensaje?
A quienes jugamos con el idioma, a veces las palabras nos despiertan del sueño, nos atracan los paseos o violan los atardeceres, sin que sepamos por qué. Simplemente llegan. No tenemos ni puta idea de casi nada porque vivimos en un paleolítico con smartphones. Aumentan las preguntas, pero no las respuestas. ¿Cómo, quién, dónde se generan las visiones ketamínicas, las pesadillas o el sueño? ¿Qué es esto de la conciencia? ¿La tendrá Netanyahu?
Ott, dijo en Ibiza, durante la I Conferencia Internacional sobre Ayahuasca, que lo esencial de la experiencia con psiquedélicos era percibir el universo como flujo de energía y no como materia. Que estas sustancias, lejos de ser alucinógenos, eran antialucinógenos, porque nos ayudaban a ver la realidad tal cual es.
El autor de Pharmacotheon habló sobre un poema de William Blake que pudo desentrañar después de tomar LSD. El poeta inglés dejó escrito que sus sentidos le permitieron «descubrir el infinito en todo». Blake también menciona la energía en su poema y todo esto «antes de las teorías de la termodinámica», remarcaba Ott. Jonathan relacionó al rapsoda con Richard Feynman quien vino a decir lo mismo doscientos años después. Quién o qué le pudo rebelar/revelar (con b y con v) al poeta británico, aquellas «palabras mudas» que todavía hoy resuenan a mi través. En cualquier caso lo inefable se explicó y lo hizo a través de la poesía.
Lo poético está más allá del lenguaje y para mí es tan abarcador como la emoción que subyace en todas las cosas, como si fuera su átomo emocional. En cualquier objeto, situación o instante, hay una tensión poética dispuesta para ser rebelada/revelada (con b y con v) y ser aprehendida/aprendida (con h y sin ella).
Escribir, es sorprender a las cosas. Para ello los poetas contamos con la herramienta de la metáfora, esa «figura/verso» que ilumina el ángulo imposible. Porque lo que no se puede explicar, se puede explicar mejor.
El fotógrafo Alberto García-Alix escribió que «las palabras tienen el poder de hacer visible lo que se esconde y lo que se anhela ver. La ecuación es infinitaiii». Con la poesía, como con el viaje psiquedélico, hay que dejarse llevar sin imponer razones. El verso no ha de ser cierto, basta con que sea certero. No hay que entender los huevos con chorizo, basta con que te gusten. Pero -ay-, Cervantes los llamó, hace más de cuatrocientos años, «duelos y quebrantos» al comenzar El Quijote. Nunca unos huevos que no caté me han sabido tan bien. «Duelos y quebrantos» dijo. Duelos y quebrantos. ¡Qué cabrón!
Decía, que la metáfora se convierte en la mejor herramienta al servicio de la emoción poética. Para los académicos es «una figura retórica». La «Traslación del sentido recto de una voz a otro figurado, en virtud de una comparación tácita».
¡Pues vale!
La metáfora, como la poesía, escapa a las definiciones aunque para mí, se asemejen mucho a las «greguerías» de Ramón Gómez de la Serna.
Ramóniv, más que filtrar la realidad, la recreaba y creaba con su tamiz poético:
«La gasolina es el incienso de la civilización».
«Soplando velas se hacen brotar luciérnagas en el campo».
«La sopa es el baño del apetito».
«Después de comer alcachofas, el agua tiene un sabor azul».
«Los azulejos son espejos con los ojos en blanco».
«Los suspiros no salen del corazón sino del centro de la tierra».
Ramón recrea, pero sobre todo crea realidad. Toca las palabras, las pone de lado para que nos rebelen/revelen (con b y con v) una nueva perspectiva. Descubrió lo inefable de la «metáfora translinguística».
En sus greguerías notamos su desparpajo para manejar los matices del diccionario. El matiz clarifica, ayuda al trazo de la idea. No es lo mismo un pato que un ornitorrinco, pero un ornitorrinco en la Gran Vía es todavía más ornitorrinco. El detalle de la palabra clarifica la idea.
Al igual que el idioma chino tienen multitud de términos para designar los distintos estados del arroz, los inuit las tienen para la nieve, o los gallegos para la lluvia como comprueba cualquiera que haya leído Mazurca para dos muertos de Camilo José Cela. El continuo contacto con «su» realidad les lleva a detallar lo que para un profano simplemente sería arroz, nieve o lluvia.
De igual manera ha venido ocurriendo con la jerga psiquedélica. De apenas disponer de terminología en los años cincuenta ahora podemos hablar de enteógenos, psicodélicos o psicotomiméticos, con ligeras connotaciones para referirnos a la palabra alucinógenov. Nadie duda de lo que es un «bajón» o un «mal viaje», aunque haya diferencias. Creo, además, que cada idioma deberá tejer su propia jerga con términos que puedan sentir como únicos que amplíen el abanico con que airear lo inefable. En mi pueblo póstumo del norte cacereño al set and setting lo llamamos «paisaje» y «paisanaje».
¿Cómo explicar lo inasible, cómo trasladar nuestra emoción a un ajeno? La naturaleza del misterio vive en su estupor. Sin embargo, decir que la experiencia psiquedélica es «inefable» ya es decir algo. Adentrarnos en ese «algo» puede parecer estéril. Y lo es. Pero la naturaleza humana nos lleva a estos desafíos inútiles. Pretender explicar lo inexplicable es muy humano. Nos enredamos en disquisiciones, chorradas de toda índole. Turras imperdonables, sí. Y sin embargo, un día, aparece la equivocación acertada. «No importa. Fracasa otra vez. Fracasa mejor», dejó escrito Samuel Beckett.
Ocurre que el lenguaje suele acotar la comunicación al ámbito del entendimiento. Los psiquedélicos, como dijo Richard Louis Miller, «desafían a las explicaciones reduccionistas. Sus efectos se propagan por las dimensiones: fisiológica, psicológica, simbólica y espiritual. Disuelven formas habituales de comprender el yo y el mundo, generando unas formas nuevas de significado profundo, pero escurridizovi». Los límites se difuminan como atmósferas, tal y como la metáfora poética deja en el paladar. Quien haya leído Pedro Páramo de Juan Rulfo o escuchado las melodías de Erik Satie, sabe de lo que hablo. Para Louis Miller la descripción de la experiencia psiquedélica es más fácil captarla mediante el mundo del arte y pone como ejemplo «los cuadros de Alex Grayvii». Para mí, una imagen vale más que mi palabras sólo si la imagen es de Baudelaire.
También el mundo de la física cuántica nos enseña que la observación humana tiene sus propios límites. Para embrollar este lío el «Principio de incertidumbre» de Heisenbergviii desinfla nuestras aspiraciones de saber, al recordarnos que al «intentar fijar la localización de una partícula» creamos «muchas otras» influyendo de manera decisiva sobre lo que percibimos. Esto es algo que Duchamp, al llamar Fuente a un urinarioix firmado por R. Mutt, ya nos había advertido. De nuevo el arte y la palabra adelantándose a la ciencia, como vimos con William Blake.
Todas estas reflexiones nos conducen al sumidero de la conciencia. Ya te puedes leer a Antonio Damasio las veces que quieras, que no hay respuesta. Al final todos llegan al principio: No tenemos ni puta idea. Estamos encerrados en los límites perceptuales que nuestra naturaleza de Homo Siemens nos aporta. Esos límites que los psiquedélicos ayudan a cuestionar, dilatar y expandir, pero dentro de las fronteras de la conciencia humana, que no sabemos qué coño es.
Quizá convenga revisar la idea romántica de la «inspiración». Oliver Sacks, en su libro Alucinaciones, recordaba que a mediados del siglo XVIII se consideró que las visiones y voces alucinatorias, tenían una base fisiológica en la hiperactividad de ciertos centros cerebrales», donde «todo escritor, era visto o se veía a sí mismo como el transcriptor, el amanuense, de una Voz, que a veces tenía que esperar años (como le ocurría a Rilke) para que la Voz le hablaráx.
A la pregunta de si «¿Es posible que exista una Consciencia Eterna que se manifieste a través de nuestro cerebro que lo utilice a modo de amplificador?» realizada por Juan Carlos Usó en su libro El sol salió anoche y me cantó, José Carlos Bouso respondió con su habitual lucidez que «por supuesto que es posible que haya una Consciencia Eterna que de alguna forma es independiente del cerebro y solo dependiente mientras el cerebro está vivo. Pero es que tampoco sabemos qué es la vida. Así que la ciencia materialista es solo una creencia más. La ciencia sirve para resolver problemas, pero rara vez llega a verdades absolutas. […] en ciencia hay un axioma básico que dice que la ausencia de prueba no es prueba de ausenciaxi».
Desde hace años camino a tientas tras la poesía. Más reciente es mi sendero psiquedélico. Creo, sin más razones que la intuición, que ambas estelas se tejen de un mismo asombro. Gozar su abrazo será suficiente mientras crezcan más preguntas.
Ya saben: preguntar, responde un poco.
Muchas gracias.
iManifestó ese «estado translinguístico» en la videoconferencia homenaje a Antonio Escohotado dentro del 9º Congreso Universitario sobre sustancias psicoactivas de la Universidad de México celebrado en Diciembre de 2022. Disponible en «https://ulises.online/encuentro/9o-congreso-universitario-sobre-sustancias-psicoactivas-universidad-de-mexico-2022/» [Consulta 29/09/2026. Ver minuto 1:45:54].
iiOtt habla de las «palabras mudas» cuando comenta el título del que será su siguiente libro [inédito y ya póstumo], en la entrevista que Miguel Castejón le realizó para el nº300 (diciembre de 2022) de la revista Cáñamo: «Se llama Palabras mudas y es sobre el proceso de escribir y de dónde nace la palabra escrita, la inspiración literaria. Es como una obra literaria, pero enmascarada en un ensayo, para demostrar que las palabras mudas nacen espontáneamente y no vienen pensadas».
iiiMoriremos mirando: textos completos / Alberto García-Alix. - Madrid: LaFábrica, 2021. p. 87.
ivVer «Nebulosa Ramón: la literatura como mundo» en número 23 de la Revista Ulises, año 2021. pp. 30-37.
vSe han barajado otros sinónimos. Al efecto Jonathan Ott declaraba que «Psicoóptica es la palabra adecuada en inglés que ya existe en el diccionario Oxford y viene de visión quiere decir «visión de la mente o el alma» y la palabra tiene que referirse al sentido visual porque es fundamental para la experiencia de la mayoría son cosas que ven, visiones. La palabra «psicoóptica» es una rama de «psicofísica», que quiere decir cómo se construyen imágenes visuales por el impacto de fotones sobre la retina. Es «psicoóptica». Y «psicofísica» es el impacto de la psicología de cualquier partícula o radiación sobre el sensor». Entrevista de Jaime Andrés Vinasco Barco. [Consulta 29/09/2026] «https://www.youtube.com/watch?v=4NLtMDH_XI0»
viMedicina psicodélica al final de la vida. - Barcelona: Ediciones Obelisco, 2025. p. 83.
viiIbidem. p. 78.
viiiUna explicación al «El principio de incertidumbre» de Heisenberg puede leerse en Lo que no podemos saber / Marcus du Sautoy. - Barcelona: Acantilado, 2018. pp. 205-213.
ix«Fuente» es una obra de 1917. «El principio de incertidumbre» de Heisenberg se publicó en 1927. También Magritte remató la misma idea con la imagen de su pipa, en la que rezaba «Esto no es una pipa» en 1929.
xAlucinaciones. - Barcelona: Anagrama, 2013. p. 75.
xiEl sol salió anoche y me cantó. - Santander: El Desvelo, 2023. p. 121.
martes, 20 de octubre de 2026
jueves, 8 de octubre de 2026
LA FRONTERA
RESTAURANTE ALMA PLAYA
VIERNES 9 DE OCTUBRE a las 21:00 h.
HOTEL FAY
SÁBADO 10 DE OCTUBRE a las 16:00
EL LIENZO INVISIBLE: PALABRAS MUDAS
domingo, 20 de septiembre de 2026
EL SITIO
Los aeropuertos no son lugares: son sitios. Sitios fuera de sitio, fuera de lugar, donde es imposible ubicarse. Ni siquiera el dinero importa. Aquí el monetario es portante. No es sonante ni importante porque se tira de tarjeta con la facilidad de un perfume. Aqui el dinero es un peine. En los aeropuertos todo es trámite. Todo es embarque, todo es facturación. Un sitio impersonal donde no hay gente sólo pasajeros. El murmullo de los aeropuertos está fabricado en China. Es un ruido educado como de biblioteca portuguesa. En los aeropuertos las cervezas no emborrachan, delatan. Qué sitio. No hay despedidas ni besos furtivos, ni cigarro de espera, ni corre que arranca. Hay voces grabadas que te advierten como una abuela muda que cuides tu cartera, pero nada de llama cuando llegues. Ni siquiera el suelo es suelo. El techo no es techo ni las paredes paredes. Aquí todo es sitio. Un sitiado mate, cómodo, lleno de gafas, pulseras y cosas de cuero. Aquí nadie se echa un amigo y los bocadillos saben a galleta de bolsa. En los aeropuertos parece mentira que dentro de toda esa gente haya una persona. Hasta que en el escondido cuarto de baño encuentras unas ojeras cabizbajas que advierten: ahorita está cerrado.
viernes, 4 de septiembre de 2026
LA FENILETILAMINA
Joyce vaticinó el blog con su work in progress.
La belleza germina en la pausa.
Sabiduría para delirar con criterio.
Cada arte necesita su loco.
Sin cambio no hay buenos lugares.
La indiferencia imposta ignorancia.
Amistar disimula interés.
Tiempo para cansar razón.
Sucumbió a la filosofía del coñazo.
Tenía la sofisticación de lo simple.
Quedó afónico de escuchar.
Diferente solo era más.
Revistieron el asesinato de cariño filial.
Se llama soledad, pero acompaña.
A mí la humildad no me la quita nadie.
Se procuró un egoísmo sostenible.
Sólo soy contigo.
sábado, 22 de agosto de 2026
EL AJO
“Prohibir lleva h intercalada, es un verbo espeluznante, la verdad”.
Ajo.
A la delicadeza le han puesto gafas. El viento de la caricia fuma porros y chispea versos como lágrimas de un sauce poético. AJO es una Gloria Fuertes despistada. Viene de Palencia de esos lugares donde no ocurre nada, donde vivimos los que nos gusta mirar y que nos dejen tranquilos. Micropoetisa por decreto unipersonal afila lo sutil con maña de fregona. Ha hecho cualquier trabajo con tal de no trabajar. Se metió a taquillera para abrirle la consigna a la intimidad. Le encantaba descubrir al otro para mirarse en el espejo de sí misma. Fidel Moreno, que tiene ojo de Jesús Quintero y replica de Director de banco, le hizo la interviú donde se desgrana. Lo que dice ya lo sabíamos porque un verso da para mucho y un micropoema te aboceta el autorretrato aunque no quieras. Y a ella, además, se la suda. AJO va por las cárceles dedicando libros a las reclusas, viaja hacia las presas como un Mahoma hasta el coño de las montañas. Tiene el corazón de las fuentes, el caño de la infancia intacto como una ternura que nos brinda como si fuera un helado. Por eso nos la sirve en breve, con filigranas dulces de sonrisa, para que no se deshaga la emoción. Ya sabemos que la risa viene del dolor, de la ausencia o de una melancolía por llegar. AJO que lleva mucho tripi encima, repite, se repite y eructa la pompa de un chicle de fresa con olor a Rave. Sus páginas huelen a francachela y siempre tiene una cenefa para que le veamos la liga a su poesía. Hay niñas que no dejan de serlo nunca, pero AJO le pone voluntad involuntaria. El mundo le viene grande, por eso se repliega y se remanga en sus lunares, como la hija tímida a la que presentan a unos tíos de Cartagena. Tiene el timbre de esas palabras lanzadas al absurdo, esa manzana que cae sin dar a Newton. Su micropoesía vive en ese mundo a media Rayuela entre el collage y el rallajo Basquiat. Parece la bolita de opio que se llevó el ratoncito Pérez y que ella recuperó para no quedarse sin dientes y sin sosiego, para dilatar la nube en que escribe los versos. Como buena madrileña -quizá la última- llegó a Madrid y Madrid le llegó, como le pasó a Galdós en la otra punta del universo. AJO cantaba porque era tímida y subirse al escenario le daba un calorcito de alcaloide que reconforta. El escenario colma la vanidad paterna de los que no tenemos hijos, es un aplauso a la autoestima del que cuesta quitarse, pero el mono hay que pasarlo para no parecerlo y que te tiren sujetadores como si fueran cacahuetes. AJO, en esa marihuanería de lecturas, debió ponerse PIHKAL/TIHKAL y le llegó la frase «de la piel para dentro mando yo» desde un libro de Escohotado. Escota «ávido dólar» y cuco, se la quedó deslumbrado por el brillo mudo de su inteligencia de urraca. Los que le hemos leído sabemos que las vigas maestras de su nido vienen de Huxley, Szasz y Hegel. AJO parece una Isabel Escudero sin pose, ni boina de Universidad. Viene de la Malasaña de Nieva y otras móvidas de heroína. A AJO La Odisea de Nolan se la suda porque sabe que Itaca está en cualquier váter sucio. Parece su propia maraca de opio, su propio sonido de cascabel, como si la peonza y el plato chino jugasen en competi para caerse al tiempo en que se vomita la ayahuasca. Se le nota disfrutona y llorona como la ene que atraviesa su nariz si le hablan de la perrina. Antes se teñía el pelo y se pintaba los labios como las menopáusicas buenorras, pero ahora que viste el tiempo de la pereza se ha dejado la cana Sontag para que la veamos el micropaso del tiempo por si no nos gusta el libro. A los jóvenes no les gusta morirse de viejos y a los viejos no nos gusta morirnos de jóvenes. Ella es la joven que se hace la vieja para seguir siendo niña. La misma niña de mejilla de pueblo, sonrosada por las campanas, la nieve y el beso sordo de una abuela militante. Ya nadie llama ajos a los tripis porque ya el tripi no hay quien lo trague, porque no hay quien lo pase. Andamos en tiempos ticktockers donde el coloque tiene que sintonizar con el Lexatin del gimnasio y las extraescolares del niño. Hay que colocarse pensando en el que el último metro sale a la una y media. Ese chupito sobra y la psiquedelia te planta el espejo en medio del salón para que no te escapes de ti mismo. Ya nadie quiere quince horas de viaje a través del verso caleidoscópico de tus miserias. Nadie quiere conocer a la belleza de la realidad, darle dos besos y ponerle los cuernos con el cotidiano. Nadie quiere leer a AJO porque saben que duele distinto. Saben que leerla es encontrarnos al niño que somos, disfrazado de años, fracasos y supositorios. Nadie quiere desnudarle, sacudirle la morralla y encontrarnos al marciano de nosotros mismos para besar a Drew Barrymore con el carmín del juego. AJO es la onomatopeya de los niños con babero, y el ronquido de la mona de Bacardi. A mí me parece un tallo mecido por el viento que vibra y se para a darle la calada al sol. Parece la varilla con que se limpian las pipas: tacto de seda y alambre por dentro. Los microversos de sus micropoemas te quitan la nicotina del alma y toses mejor el radón.
domingo, 16 de agosto de 2026
EL CALOR
Menos blisters y más blotters.
Vivía en la comodidad de la resta.
La renovación acabó en restauración.
Apenas tuvo coito intelectual.
La nómina como indemnización.
Se dice escuchar, pero se hace en silencio.
Adocenarse da calorcito.
Sin negocio la revolución no compensaba.
¿No serás Godot?
martes, 11 de agosto de 2026
EL PLACER
Ya sobrepasé la edad en que no leeré los libros que tengo. Ahora se amontonan para hacer biblioteca, para dar compañía, para tener el abrigo a mano por si entra el frío de la lectura. Me dan certidumbre. Chorradas. Cuando uno no tiene más biografía que su bibliografía, a veces levantas la mirada por el gusto de verte a través de sus lomos como espejitos convexos que apepinan mi careto. Devuelven el retrato de tiempos complejos y un esperpento de dinamita. No esperaré al cáncer para dejar de leer novelas porque estoy con Pla en eso de que con más de treinta quien las lee «es un perfecto cretino» porque es la «literatura infantil de los adultos». La novela se finiquitó en el siglo XIX con los rusos, Flaubert, Stendhal y esta gente, que apuraron sus posibilidades. Joyce y Faulkner la convirtieron en una partida de ajedrez. Rulfo la doblegó al mundo del verso, pero ya Cervantes había hecho todo eso y todo junto en El Quijote. Y Quevedo, pues se te va la olla. Quiero decir que eso ya está, que uno anda por la vida como Giovanni Drogo en una repetición de su historia personal como si fuera Bill Murray en Atrapado en el tiempo. También escribir es actualizar repeticiones y aquí estoy, metiendo la pierna en el charco, otra vez. Uno quiere darle matiz, ser contribuyente, pero también la diferencia forma parte del siempre. Y claro, puestos a no leer, me doy un paseo por el vistazo y me paro en Huxley, que más allá de sus ensayos sobre drogas pues tiene de todo y sobre todo. Pellizco el índice y veo que se ocupa, por ejemplo, de los matices cotidianos. Oscila de lo personal a lo ajeno, de lo individual a lo colectivo, del hecho consumado a la hipótesis, del pasado a lo futurible con la mirada oblicua que le daba su glaucoma. Huxley sabía que para ver no hacen falta ojos. Cuando se quedó ciego y aprendió braille decía que había ganado en comodidad porque podía leer en la cama sin sacar los brazos, arropado y calentito. Ver es una vulgaridad, mirar, desentrañar, tiene una oscuridad de pausa, de interior, de comer el techo del sonido. De pelear con los tabiques de tu propio cráneo hasta entender que «la realidad es una alucinación avalada por la cultura y reforzada por el lenguaje». Huxley junto a Orwell son dos ensayistas que tocan la vida para ponerla de perfil. Reparan en lo cotidiano como si fueran entomólogos. Van con su lupa y su sapiencia para enseñarnos las mariposas del latido, su vuelo de duda, su colorido y su crisálida. En España fue Antonio Escohotado quien les recoge el jamo. También Sánchez Ferlosio, pero a Rafael le iba más el alfabeto, como un Nabokov anfetamínico. «Escota» sí. Escota caza lo que Aldous ya tenía pinchado y metido en una urna, pero le da tono, le da pedagogía y un poco de Amnesia ibicenca. Quien le quiera meter mano a Ferlosio tiene tres volúmenes de ensayos que lucen muy bien en el salón. Quien prefiera a don Antonio puede meterse con Frente al miedo I y II que le publicaron los de Página Indómita. Huxley está descatalogado, aunque estaba completo, creo, por Edhasa. Aldous es un chorro de razón, la piedra pómez del pensamiento. Te desfolia la chorrada con cuatro ideas como si fueran cuatro trazos con los que Goya te montaba la alegoría de lo humano. Huxley tenía un ojo Trueba y una Belle Epoque en la palabra. Entró en lo visionario a través de la poesía de Blake. Encontró allí Las puertas de la percepción. Luego ya entró sin llamar con Cielo e infierno y otras mescalinas. Soma para Un mundo feliz. Moshka para La isla. Pero yo de las novela paso, ya he dicho. Hasta para las de Huxley. Por eso llevo unos días leyendo Al margen y Música en la noche como si fuera un hámster en su rueda. No conviene repasar tu vida como no conviene repasar tu biblioteca, porque ahora ando contagiado de su ceguera, de su mirar las cosas por dentro desde fuera, con su análisis a lo Saramago cuya novela cumple 30 años. Sara venía de la pintura y el premio Nobel, por eso hizo el pastiche molón de la novela, pero llegaba tarde y repetido como Giovanni Drogo. Sí, ando con los matices mal traducidos de Huxley, con su romanticismo de espinas, con su machadiano mairenismo de guantazos y su flema británica. Ando con su tacto de pitoniso, con su atuse de gato de tinta ardiente. Con Huxley se me olvida la biblioteca y reparo en el santorrostro de sus textos. Entiendo la biología, la intuición que subyace en el medio. Entiendo que el hábitat hace a la especie y que mi condena son estos putos libros que me alejan tanto de la gente y alienta esta misantropía desganada. Sigo con mi biografía bibliográfica porque «las matemáticas no fallan pero tampoco aman» y me dicen que el Valle entero tiene ocho mil monos. Qué le vamos a hacer. Llevo unos días tan alegre que canto por la mañana y hasta tomo café los sábados. Huxley sabía que el resto del cosmos había que buscarlo adentro, que «se necesita un placer nuevo*», que la tecnología cambia la existencia por la vía de la comodidad, pero que la comodidad puede llevar al tedio y que habría de venir un Shulguin para completar la francachela. Que dándole vueltas al Safrol se encontraría la «droga total**» de la que habla Bouso en su manual de Medicina psiquedélica. Huxley viene de lo telúrico y llega a lo adivinatorio con la bola de cristal de su ojo virulé. Así ando en este agosto de fuego. Así me distraigo de los muertos distraídos por unas vacaciones que los cadáveres nunca tendrán. Con Huxley me entiendo. Ahora sé porque estaba en mi biblioteca, claro. Él ya sabía hace cien años que somos muchos y el planeta no da más. Ese es el Problema. A ver si tengo sus huevazos al marcharme de este mundo.
*Título de un microensayo incluido en Musica en la noche: «A lo que se me alcanza, el único placer nuevo tendría que proceder de la invención de alguna droga -un sucedáneo, más o menos nocivo, del alcohol y la cocaína-. Si yo fuera millonario subvencionaría a un grupo de científicos para que se dedicase a descubrir ese tóxico ideal. Si nosotros pudiéramos aspirar o digerir algo que, por espacio de cinco o seis horas cada día, aboliera nuestra privativa soledad, nos concertara con nuestros semejantes en una vehemente exaltación afectiva e hiciera que la vida se nos apareciese, en todos sus aspectos, no sólo como digna de ser vivida, sino también como llena de sentido, como algo divinamente hermoso, y si esta droga celestial, transfiguradora del mundo, fuera de tal especie que pudiéramos despertarnos al día siguiente con la cabeza despejada y en perfecto estado, entonces creo que todos nuestros problemas -y no únicamente el pequeño problema del hallazgo de un placer nuevo- quedarían totalmente resueltos y la tierra se transformaría en un paraíso». Se necesita un placer nuevo. (p.869).
** Así denomina José Carlos Bouso al MDMA en su último libro Medina psiquedélica.








