
Ya sobrepasé la edad en
que no leeré los libros que tengo. Ahora se amontonan para hacer
biblioteca, para dar compañía, para tener el abrigo a mano por si
entra el frío de la lectura. Me dan certidumbre. Chorradas. Cuando
uno no tiene más biografía que su bibliografía, a veces levantas
la mirada por el gusto de verte a través de sus lomos como espejitos
convexos que apepinan mi careto. Devuelven el retrato de tiempos
complejos y un esperpento de dinamita. No esperaré al cáncer para
dejar de leer novelas porque estoy con Pla en eso de que con más de
treinta quien las lee «es un perfecto cretino» porque es la
«literatura infantil de los adultos». La novela se finiquitó en el
siglo XIX con los rusos, Flaubert, Stendhal y esta gente, que apuraron
sus posibilidades. Joyce y Faulkner la convirtieron en una partida de
ajedrez. Rulfo la doblegó al mundo del verso, pero ya Cervantes
había hecho todo eso y todo junto en El Quijote. Y Quevedo, pues se te va la olla. Quiero decir que eso ya está, que uno anda
por la vida como Giovanni
Drogo en una repetición de su historia personal como si fuera
Bill Murray en Atrapado
en el tiempo. También escribir es actualizar repeticiones y
aquí estoy, metiendo
la pierna en el charco, otra vez. Uno quiere darle matiz, ser
contribuyente, pero también la diferencia forma parte del siempre. Y
claro, puestos a no leer, me doy un paseo por el vistazo y me paro en Huxley, que más allá de sus
ensayos sobre drogas pues tiene de todo y sobre todo. Pellizco el índice y veo que se ocupa, por
ejemplo, de los matices cotidianos. Oscila de lo personal a lo ajeno,
de lo individual a lo colectivo, del hecho consumado a la hipótesis,
del pasado a lo futurible con la mirada oblicua que le daba su
glaucoma. Huxley sabía que para ver no hacen falta ojos. Cuando se
quedó ciego y aprendió braille decía que había ganado en
comodidad porque podía leer en la cama sin sacar los brazos,
arropado y calentito. Ver es una vulgaridad, mirar, desentrañar,
tiene una oscuridad de pausa, de interior, de comer el techo del
sonido. De pelear con los tabiques de tu propio cráneo hasta
entender que «la realidad es una alucinación avalada por la cultura
y reforzada por el lenguaje». Huxley junto a Orwell son dos
ensayistas
que tocan la vida para ponerla de perfil. Reparan en lo cotidiano
como si fueran entomólogos. Van con su lupa y su sapiencia para enseñarnos las mariposas del latido, su vuelo de
duda, su colorido y su crisálida. En España fue Antonio Escohotado
quien les recoge el jamo.
También Sánchez Ferlosio, pero a Rafael le iba más el alfabeto,
como un Nabokov anfetamínico. «Escota» sí. Escota caza lo que
Aldous ya tenía pinchado y metido en una urna, pero le da tono, le
da pedagogía y un poco de Amnesia ibicenca. Quien le quiera meter
mano a Ferlosio tiene tres
volúmenes de ensayos que lucen muy bien en el salón. Quien
prefiera a don Antonio puede meterse con Frente
al miedo I y II
que le publicaron los de Página
Indómita. Huxley está descatalogado, aunque estaba completo, creo, por
Edhasa. Aldous es un chorro de
razón, la piedra pómez del pensamiento. Te desfolia la chorrada con
cuatro ideas como si fueran cuatro trazos con los que Goya te montaba
la alegoría de lo humano. Huxley tenía un ojo Trueba y una
Belle Epoque en la palabra. Entró en lo visionario a través de la
poesía de Blake. Encontró allí Las
puertas de la percepción. Luego ya entró sin llamar con
Cielo e
infierno y otras mescalinas. Soma para Un
mundo feliz. Moshka
para La
isla. Pero yo de las novela paso, ya he dicho. Hasta para las
de Huxley. Por eso llevo unos días leyendo Al
margen y Música
en la noche como si fuera un hámster en su rueda. No conviene repasar tu vida como no conviene repasar tu biblioteca, porque ahora ando
contagiado de su ceguera, de su mirar las cosas por dentro desde
fuera, con su análisis a lo Saramago cuya
novela cumple 30 años. Sara
venía de la pintura y el premio Nobel, por eso hizo el pastiche
molón de la novela, pero llegaba tarde y repetido como Giovanni
Drogo. Sí, ando con los matices mal traducidos de Huxley, con su
romanticismo de espinas, con su machadiano mairenismo de guantazos y
su flema británica. Ando con su tacto de pitoniso, con su atuse de
gato de tinta ardiente. Con Huxley se me olvida la biblioteca y
reparo en el santorrostro de sus textos. Entiendo la biología, la intuición que
subyace en el medio. Entiendo que el hábitat hace a la especie y que
mi condena son estos putos libros que me alejan tanto de la gente y
alienta esta misantropía desganada. Sigo con mi biografía
bibliográfica porque «las
matemáticas no fallan pero tampoco aman» y me dicen que el
Valle entero
tiene ocho mil monos. Qué le vamos a hacer. Llevo unos días tan alegre que
canto por la mañana y hasta tomo café los sábados.
Huxley sabía que el resto del cosmos había que buscarlo adentro,
que «se necesita un placer nuevo*», que la tecnología cambia la
existencia por la vía de la comodidad, pero que la comodidad puede
llevar al tedio y que habría de venir un Shulguin
para completar la francachela. Que dándole vueltas al Safrol se
encontraría la «droga
total**» de la que habla Bouso en su manual de Medicina
psiquedélica. Huxley viene de lo telúrico y llega a lo
adivinatorio con la bola de cristal de su ojo virulé. Así ando en
este agosto de fuego. Así me distraigo de los muertos distraídos
por unas vacaciones que los cadáveres nunca tendrán. Con Huxley me
entiendo. Ahora sé porque estaba en mi biblioteca, claro. Él ya sabía hace cien años que somos muchos y el planeta no da más. Ese es el Problema. A
ver si tengo sus huevazos al marcharme de este mundo.
*Título de un microensayo incluido en Musica en la noche: «A
lo que se me alcanza, el único placer nuevo tendría que proceder de
la invención de alguna droga -un sucedáneo, más o menos nocivo,
del alcohol y la cocaína-. Si yo fuera millonario subvencionaría a
un grupo de científicos para que se dedicase a descubrir ese tóxico
ideal. Si nosotros pudiéramos aspirar o digerir algo que, por
espacio de cinco o seis horas cada día, aboliera nuestra privativa
soledad, nos concertara con nuestros semejantes en una vehemente
exaltación afectiva e hiciera que la vida se nos apareciese, en
todos sus aspectos, no sólo como digna de ser vivida, sino también
como llena de sentido, como algo divinamente hermoso, y si esta droga
celestial, transfiguradora del mundo, fuera de tal especie que
pudiéramos despertarnos al día siguiente con la cabeza despejada y
en perfecto estado, entonces creo que todos nuestros problemas -y no
únicamente el pequeño problema del hallazgo de un placer nuevo-
quedarían totalmente resueltos y la tierra se transformaría en un
paraíso». Se necesita un placer nuevo. (p.869).
**
Así denomina José Carlos Bouso al MDMA en su último libro Medina
psiquedélica.