jueves, 9 de julio de 2026

El tiempo ha perdido la urgencia. Ha entrado en la crisálida de un barrueco y los años pesan menos que las horas del granito. Constato que la biología es un prólogo de la arqueología, que la pasión tiene cuerpo de foto y ya ni eso. Ahora la ruina es un cero a la izquierda o a la derecha que eso al byte se la suda. El entusiasmo crece, con su tiempo de tallo, pero se marchita solo y a veces con la ayuda de un desbroce que en la vida es un cáncer o un amor, y hasta el cangrejo del beso, según me cuentan. El corte llega por natural o por derechazo, pero llega, como un toro de Pamplona al que despiden con un «pobredemí». Ese vestigio recidivo vuelve, pero nunca es igual porque el polvo cala. Por eso a Jesulín, que venía del cante, se le puso cara de Cuco, de Gallolo torrentino que es la caspa castiza, esa que sabe sacarle la ubre al dinero y chupar como un lazarillo con cara de Torres Villarroel. Ya ves, Torres Villarroel, como si a Segura le diera por la biblioteca. A Torrente le vale con saber donde está la celestina, ponerse picarescu y dejar que la gallofa se parta con su retrato en espejo. La biología se nota en el adjetivo y en el trazo. No se empalma igual un follar que un amar. Hay algo en la inconsciencia que da frescura, como quien la mete en el cruising o se come la ciruela sin pelar. La vida tiene un remanso de montaña, de horizonte que nos mira y compadece. Nos trata con lejanía como si fuéramos heideggeritos obcecados en una Medalla de Oro a la Bella Obediencia, o el reconocimiento al ego más desinflado por la indiferencia. El viaje, la vida en sí, tiene algo de piedra. De casoplón con terrenito que te cansas de regar. Los fachas llamaban cortijo a sus hectáreas de alcurnia. Los del quinceéme, como viven en la hipoteca ideológica lo apodaron terrenito (así, en diminutivo) para que la herencia a dejar les parezca de obreros y no les confundan con la monarquía (que no se les desmantele la ideología por regar cuatro plataneros). Al final, la sombra sale por más que la montaña nos vigile los inviernos. El club de campo se seca y nos vemos desnudos en mitad de nosotros mismos con los árboles tiesos. Somos una hipoteca con la ideología mal regada. Y es normal, claro, porque lo que hay que regar cansa y tenemos biología de primate, que lo mismo vota a Trump, que desparasita la democracia para ver en Pedro Sánchez a un hombre vapuleado. Somos una pereza azotada por la arqueología, por el invento de trascender, por el aburrimiento mosqueao que, a veces, nos hace un libro, un viaje o un beso. Libro, viaje, beso; son un poco arqueología y un poco biología, o eso dicen los cuánticos, que dicen cada cosa... Ya está todo dicho y es muy nada. El caso es que siento que se me modula el cansancio. Antes me lanzaba a la palabra como búsqueda de sosiego. Ahora casi palpo el esfumato del horizonte y paladeo a Jonathan Ott en un magnolio. Toco el secreto de Las Meninas cuando lo miro. Pienso las películas que hace Christopher Nolan y me da fatiga tanto currazo. La Odisea, ay, se vive y ya. Vamos hacia la arqueología de una Ítaca sin rastro. Vamos. Estamos. Cuando se inicia uno a palparse la biología de la conciencia, parece entender las preguntas de siempre. Hawking decía algo de eso, que la respuesta a la pregunta es que no hay pregunta. Que no hay antes cuando hay un «hay». Un carpe diem continuo hasta que se apaga y otra neurona chispea como energías que colapsan y dan excusa a los abrazos. Esto me ha quedado fonético, balsámico, poético. A los psiconautas se la suda un poco los poetas. Claro, ellos han entrado en la montaña, y han visto el fuego del cosmos. Saben cosas de solitarios que es como mejor se está con el demás de nosotros mismos. Saben que la ignorancia es el único remo, que el asombro nace con cambiar la perspectiva. Se cansaron del verso patoso que hay que latigar para que funcione la emoción. Las palabras ya no erectan porque saben que «quien lo probó lo sabe». Saben que probar tiene sapiencia en asombro. No va más. La jugada acaba por fundir el plomo. Arqueología, biología. Palabras como muletas para surcar el mutismo. De dónde sale el trazo de Goya o la metáfora que ilumina el ángulo imposible. Si no se piensa, si no es razón, no es lenguaje, es otra dimensión, otra conciencia que nos explora, y nos formula al revés como intuyeron los jotacés*. A veces decir «te quiero», a veces decir «te odio con todo mi cariño». Palabras como remos de Ulises. Palabras como salvavidas que no salvan nada, pero salvan «un» todo. Cambiar un «mi» por un «un» abre la puerta al silencio. Allí, cuando la química hace su biología, en ese mutismo, nace una fonética distinta, un universo inefable que nos escapa, que nos abruma si queremos dirigirlo con el remo de la palabra. Se siente la corriente, el huracán tranquilo que nos lleva. Cuando regresamos a lo binario no hay palabras. Se acabó Hawking, se apagó el pasmo y queda ese polvo, ese cansancio de biología arqueológica que ya no hace llorar. Paro. Insisto. Quiero entrar en la transparencia. Intuyo algo que se ilumina más allá de la luz. Quiero penetrar en los límites al lenguaje. Quiero ese imposible. Navegar el silencio que contempla cómo se mueve un caracol o la sombra marina de un ramaje que agita sus hojas con su pez de plata en claroscuros. Quisiera llegar a las «palabras mudas» que decía Ott, tocarlas y traer alguna de regreso.

* (Así se conoce en Ulises a J[osé] C[arlos] Bouso y a J[uan] C[arlos] UsóEl sol salió anoche y me cantó / Juan Carlos Usó. - Santander: El Desvelo, 2023Los psiquedélicos van a revolucionar la psiquiatría / José Carlos Bouso. #ESDLB. Cap. 608).


sábado, 20 de junio de 2026

EL ASOMBRO

Después de treinta años me paro a intuir y ver si así nos entendemos. Observo tus movimientos de gato, la belleza de tus ojos vulnerables, vivaces, en una llama frágil y tierna que los envuelve. No pretendas la mirada de limpieza que derrochas. Verte sobrecoge y humaniza. Contagias la bondad de los niños cuando te cogen de la mano, como esta g que flota en el texto, como ese abismo de aire que exhalamos cuando sentimos la vida de súbito. Me haces mejor. Siento el residuo del humano que pretendo. Ahora que las palabras han perdido su tensión y el silencio gana en miradas, hablamos los gestos como nunca. Ahora vivimos los ahoras más abarcadores. Chupo los huesos del goce que da tu compañía. Tienes el chorro del disfrute, la peonza del baile en las caderas. Me das buen rollo porque tu presencia tiene calma, tienes la alegría verde del crecimiento y me subo a ella para viajar hacia el misterio. Abrazados -¿te acuerdas?- rozamos puertas extrañas y notamos huecos al universo. Conocer el asombro desde tu orilla no se olvida. Eres mi mejor memoria, mi soledad abierta. El aprendizaje de merecerte sigue su camino. «¿Qué tal me estoy portando?» «¿Mejoré?» Procuro limar mis verdades con tu vida. Cuando te ríes de mis preguntas me alegro porque querer se completa con la risa. Reír enamora porque deja una lámina desahogada donde bañarse, como un abrazo que se adentra en el ánimo. El agua y la risa son recreos infalibles que te disfrutan. Creo que nuestras risas se quieren y siguen su propio camino insólito. Eres razón y pregunta. Tienes gestos de pétalo, voz de regalo, ademanes de vuelo. Cuando miras, me intimida tu silencio en sombras. Juego con la arena del tiempo en espera. Sigo, persigo. Buceo en las almohadas donde encuentro un océano con tu cuello en maresía. Eres mi único, mi tamiz para el mundo, un oído que contagia infancia. Sigo, persigo tu merecimiento, que llegue el instante en que tus ojos me digan, «parece que este gilipollas me quiere». Y a veces ya, hasta me lo parece.

miércoles, 3 de junio de 2026

EL PLÁTANO

Prostitución como síntesis matrimonial.

El rico desea la avaricia del pobre.

Racionalizó sus contradicciones.

Cuidaba el cariño con hipocresía.

La pluma te enseña a escribir.

Podía bailar muy arriba en el abajo.

Eres mi mejor intento.

Fabricaba cajones de silencio.

Lo difícil es gustarle al hombre plátano.

lunes, 25 de mayo de 2026

LA SORPRESA

Cuando a uno le publican un libro no sabe a donde lo llevará la marea del capricho. La deriva suele vararlos en estantes lejanos de unos amigos que no supieron eludir el regalo o que sucumbieron a la compasión de la compra por el qué dirán de la ilusión. Sin embargo, a veces ocurren estas cosas, carambolas a triple banda como si uno fuese Jackie Gleason en El BuscavidasEl caso es que un colega francés, bibliotecario jubilado, Philippe Billé ha traducido una veintena de aforismos de Torrelodones. El escritor Mario Martín Gijón se hizo eco de Juan Ramón Jiménez y las drogas en El Periodico Extremadura, un artículo que movió por redes y que este colega francés debió leer con atención. Tanta que, al comprobar en mi biografía que había escrito aforismos, tomó el interés suficiente para pedir un ejemplar de Torrelodones para la biblioteca universitaria de Burdeos donde me ha leído y decidido traducir. Y yo feliz. Aquí os dejo el ENLACE.

martes, 12 de mayo de 2026

EL JUBILEO




Dices / Eduardo Moga. - Madrid: Los papeles de Brighton, 2026.

Es por mí. A Eduardo no le hacen falta estas palabras que hablen de su poesía. Uno necesita corresponder a su hombro, a su caballo de Troya para distancias, a su generosa atención para mis cosas. Moga en su diáspora por El desierto verde, en su Odisea por El paraíso difícil, recogió una de las botellas que tiré al mar de la lectura para tender un puente hacia mi isla póstuma. Siempre atento a la poesía auxilió el latido confinado de mis versos y eso deja memoria. Ahora que llega al jubileo de la jubilación le puedo hablar más claro. Le escribo con la prudencia por los tobillos, con ganas de decirle algo sobre Dices. Aquí te pones quinceeme, Eduardo. Tiras la piedra que me quitaste para que no escombrara el rosetón de tu San Cugat. Ya sabes que los de pueblo no tenemos más arte que la campana -ese tambor medieval tan anacrónico- ni más prudencia que la siesta. Por eso yo, que vengo cristianorojo por vía genealógica, me guardé la piedra y la llevé a Antonio Gómez que me labró un «poema para ser lanzado». Decía que en Dices te sale el ácrata que llevas en el hemistiquio del corazón que late apaciguado por la razón catedrática. Aquí se te nota el escozor a burocracia y el asco de coger la política por los cuernos del cansancio. Que lo hayas tetrapublicado dice mucho de Dices. Que remoces las citas de los políticos dice mucho de Berlanga y de esta ¡Españacoño! de pandereta que diría don Machacado. Este Dices en un digo. El eterno juego de hablar con uno mismo a través del espejo del idioma. Es Sancho Panza a lomos de Platero. Un diálogo que denuncia la resignación del ciudadano. Dices nos llama gilipollas por escrito. Trump y Netanyahu son la personificación del COVID y el Hantavirus, la confirmación de que el Homo Siemens no da de sí. Se nos acabaron las excusas de la sociología y el analfabetismo. Ahora, con el siglo veintiuno en la mano izquierda y el móvil en la derecha, nos llueven las collejas que nos pega la gilipollez. En Dices nos recuerdas al gran humorista que era M.Rajoy. ¡Y le echamos! ¿Qué más se puede pedir a un presidente? Daba gusto poner el Telediario para ver si liberaba a Roller o Roderick mientras el personal se partía la caja. No hemos entendido aún que sin el sarcasmo de Dices vuelve Zola a acusarnos de noséqué. Necesitamos el pitorreo, la chanza y la pitanza porque si no nos pasamos la vida detrás de un premio que nadie lee o de una calle donde se mean los perritos de los cojones. Hay poetas que hacen cantera y tú vas por ahí, Eduardo. Eres el Cruyff de la metáfora, un Del Bosque que pasea el parque por si se encuentra un verso en un escote. A mí me has abierto más ventanas de las que merece mi pose de paleto. Hoy quien no sale en la foto es porque no quiere menearse. Aunque nuestro tren es una autovía abollada, cualquiera tiene un vagón de tercera mano con que viajar a la cháchara del contacto. Tú no tienes Instagram ni Facebook porque sabes que las redes son redes de pesca, aunque no lo digas para que no parezca postureo. A ti te va el encuentro, te va cargar con la bibliografía debajo del brazo como quien regala el futuro de un hijo de antes. Este último Dices lo publica nuestro amigo Calbarro, otro Gesto que le honra. En este decir, que es escribir Dices, están casi todas tus heridas: tu madre, tu padre, tus hijos, el sexo, el lenguaje, y tu yourself. O sea que están tus tripas que es el tripi de los que no lo tomamos. Pégate un viaje, Eduardo. Márcate un Panero para que veas que esto del poema es una chiquillada, una exageración: cromos de adultos con ínfulas de hijo predilecto. Los que vamos de bibliotecarios por la vida sabemos que no hay mejor excusa que un libro, una moto que se vende sola con El mito de la Cultura que decía Gustavo Bueno. Laraplaneta y Amazonbezzos lo vieron claro. Florentino Pérez, como solo leía ladrillos, levantó el chalet de la Ley de Estanterías. El aeropuerto no colaba desde Fabra, pero la biblioteca viste mucho y nos plantó un regalito en cada provincia para alfabetizarse el paraíso fiscal. Moga, has llegado. Digas lo que escribas tú ya has llegado. Ahora toca jubilarse de uno mismo, de la diagnosis de próstata y el aburrimiento del Jurado. Toca comenzarse la sonrisa por venir. «Dices para omitir y creces en la omisión». «Dices lo que la boca no ve. Dices cuando la boca no está. Lo que dices muerde». Con latigazos así, expandes la conciencia a través del verso, ketaminas el lenguaje, entras en la espesura de la emoción. Dices es una pausa, un escucharse uno. Palparse la sombra y evaluar el bulto. Es una voz que se para a distinguir el eco, asomarse al brocal del abismo como quien va a un alcorque, con un algo de sorna catalana. Pero, sobre todo, Dices es una excusa, un eslabón que nos continúa, una coartada a empatizarnos. No hay más, Eduardo. Ahora tendrás más tiempo para conjugar a Bukowski, Whitman y esta gente. Y piénsate lo de Panero, joder...!

jueves, 30 de abril de 2026

LA LOCURA (y II)

El valle está como un brócoli, como un verdor en redondez que se contiene. Abril se encarga de mojarlo y darle fotografía con rayo y nubarrón. La filmografía de Peckinpah me vale, me viene con el paraguas porque la violencia tiene ramas como un tronco de emoción. Le busco sinónimos al amor para que vuelva a significar. Tengo que escribir despacio para que el lector perciba que este ambiente de brócoli tiene metáfora en mi escritorio. Antes salían de su madriguera de madrugada (creo que madriguera viene de ahí). Salían solas como una recompensa al silencio, como premio al insomne, como un yoquehostiassé. El caso es que solo había que abarcar el chorro para que no se escaparan, como abrazan los niños el suelo de las cabalgatas. Sentarse y chupar los caramelos era un disfrute que Peckinpah me ha devuelto con su brócoli de amor violento. La coliflor huele a pedo y no viste nada en las revistas de dieta. La berza suena a pueblo y tiene un verde comido por la palabra emigrante. La coliflor tiene un blanco cerebral que rehogamos para olvidarnos de su alma de nuez. El trueno me devuelve a la clase de ciencias naturales, al narigudo don Santiago que llamábamos «Santi el de Naturales», pero que le pongo el don delante para darle más infancia (yo nací -perdonadme- con el tuteo demócrata). El trueno rompe la física, el tiempo y esas cosas de la conciencia. Cosas de arena, cosas que la psiquedelia va licuando por los aires mientras te deja cara de flipe. Esto de la realidad cada vez lo entiendo menos. Este berenjenal que chilla brócolis o muta en patatal, me tiene perplejo a estas edades. Cuando mis contemporáneos amasan las certezas de la barriga y el cochazo, uno anda por el vértigo del brócoli. Me pasé el western de la memoria con Regreso al futuro, por eso no entiendo a qué viene esta infancia de otro, este Grupo Salvaje de los sesenta, este revivirme en aventuras que le molaban a Chamorro. Pues sí, el brócoli alienta las aventuras de la rama, del árbol que esconde un revólver, un indio ahorcado y un polvo de grava en el culo (si no pongo la palabra culo al final no se entiende el polvo). Decía que este verdor, este empuje del agua hacia el sol, me tiene tenso. Me fustiga el trueno de abril como un rayo de memoria. Me pongo Peckinpah, borracho y Dostoiesky, para llorar mejor. Llorar viene de reír padentro. Risa de brócoli para entender La Huida, ese amor inasible que se llama compañía, ese tiempo acumulado, esa experiencia que alimenta a la extrañeza, al asombro del rayo que jamás se repite. Peckinpah era un romántico que creía en el amor porque sabía que no existe. Sabía que la palabra estaba hueca como una coliflor, que había que salpimentar aquello con tiros y la hostia para que funcionara el vertedero. Peckinpah conocía el fracaso y su épica de domingo como ese tirón de manta que da la espalda al cariño. En Perros de paja pone la vida sobre la mesa de una mujer. A Despentes le quedó un paluego con Teoría King-Kong, pero Susan George ya lo había gemido todo. Peckinpah hizo películas para sacar la espalda mejicana de las mujeres. Coburn, Heston o Holden, a todos se les cae la pistola al filo de un espinazo. En Quiero la cabeza de Alfredo García, Isela Vega condensa el universo femenino y Warren Oates le corta la cabeza al brócoli. Nos planta en la ambición decapitada con las moscas ruidosas que cantaba don Antonio Machacado. Resulta que mi heavy de los noventa venía de Peckinpah sin yo saberlo. Guns n´roses le cogió el tiro prestado a Bob Dylan. Knockin on heaven's door es la pólvora de la película, la atmósfera que perdona el pegotazo que Peckinpah le regala a Robert Allen en forma de Alias. Resulta que al final vengo de Dylan, de la poesía de Thomas, del desierto de whisky y del Nobel de literatura. En fin. Decíamos ayer, que la locura necesita obsesión y cariño. Un público para la épica del final. La tierna condescendencia de los niños y los viejos con la mano que atusa los anhelos. Escuchamos para colmar la importancia cuando no se tiene. Escuchar es dar la razón a la tontería porque el niño/viejo tiene locura en espera, un légamo tierno en cimientos/escombros. Una/ que balancea la emoción y nos conmueve. Peckinpah muestra como nadie lo que habita en el silencio. Llena sus personajes de pausa para entenderlos mejor como hacía Harold Pinter. Empatizamos con el hueco porque nos llena. No hace falta ponerse cuántico para comprender la calma, por eso la vejez camina hacia el remanso. El paréntesis tiene un lenguaje atávico que nos predispone. En poesía se escribe «no sé». Quintero lo sabía y se enchalecaba pañuelos como un cowboy de autonómica, como un Peckinpah de Canal Sur que convertía a Bob Dylan en Risitas. La locura del brócoli te arrastra por charcos de tiempo y cráneos partidos que suenan a maceta. Abril te oscurece la tarde, atruena verdores y recuerdas que has dejado el coche debajo del árbol mientras tiras de la sabana. La vida es ese tirón, ese darnos la espalda, ese encontrarnos con Peckinpah sin saber por qué, como una floración de berza por el tobogán de la Ketamina. Peckinpah suena al golpe que nos dejaba sin aire en los coches de choque. Cada vez que cuezo un brócoli me acuerdo de Bob Dylan y los pezones de Susan George aunque sean las once de la mañana. Envejecer debe parecerse a esto.

martes, 21 de abril de 2026

LA CANTIDAD

Dinero relleno.

Limpiar la conciencia la ensucia.

Saboreaba la libertad de la tutela.

Lo personal fabrica ingenuidad. 

Hay sinónimos que crecen hacia la antonimia.

Y el comentario mutó en pensamiento.

Pesimismo atávico por realismo histórico.

Quien te dirige se llama coordinador.

Los dedos hablan el lenguaje del cabello.

Resultado de la lucha obrera fue su paladar.

Somos muchos.

martes, 14 de abril de 2026

LA LOCURA

Sin locura el mantel se queda planchado. El loco arruga las cosas por arrebato. El enajenado nunca corta el cable rojo. Deja la puerta del baño abierta y grita para que se enteren de cómo tiene las venas. El manicomio está lleno de niños que piden teta. Piden la vanidad que el mundo les niega con su grisura recién planchada. El loco rompe, mancha y jironea las cosas, para darle la prestancia que el museo de los cuerdos necesita. El loco comienza por falta de afecto y se queda solo por enfado. En la soledad se ven cosas muy claras que no son verdad, pero lo parecen porque se impregnan de la pasión de quien no tiene más remedio que valerse de su furia. El loco se hace con rencor por eso necesita público, para decirle al mundo que le hicieron mal, para purgar la culpa que no metabolizó con la inteligencia del resignado. El tiempo teje perspectivas de calma a poco que uno salga a la lluvia sin chubasquero. La realidad se impone. Es lo que decía Neruda de la primavera por más que Trump quiera teñirla de Ormuz. La locura es un traje de domingo y un libro en la estantería. Es Mourinho metiéndole diez defensas en el ojo de Vilanova. Es la oreja de Van Gogh y así. Sin locura no se sube el Everest ni se mete uno al quirófano a ponerse Inteligencia. Sin locura no se escribe En busca del tiempo perdido. Hace falta loco para medrar, para esconder los cadáveres que hagan falta bajo la alfombra de la ambición porque ambicionar es una cosa de locos lo mires por donde lo mueras. Me he puesto en plan cuerdo porque me estoy chupando a Peckinpah que se puso alcohólico y farlopero para darse razones. Me se caen los cojones al suelo cuando veo sus películas. Joder, están bien. Están de puta madre. Cosas de locos. Al final, sin locos no hay Museos y las artes se quedarían en los lacitos de Christo y Jean-Claude que ojalá. La locura es un látigo de furia, un ramalazo de pasión que se concentra en valer. Sin loco no se pasa uno la vida subiendo induraines o con la greguería y el artículo como un pienso para lectores. Bendito pienso, luego existo. La locura hace más ancha la realidad porque la cordura tiene la frente muy corta y llena de arrugas para encajar la rosca de la gilipollez. Ya lo dijo Ignatius: «Tu libertad acaba donde comienza su gilipollez». Y la gilipollez humana, como decía Einstein, es infinita como el universo. Por eso tenemos la frente como un acordeón. La locura de Peckinpah residía en la pasión. Al loco hay que agradecerle su sacrificio, su darnos cuenta, sin necesidad de que nos corroamos el hígado. Son fabulosos fabuladores de fábulas que de tanta efe de fuelle al fuego se quedan sin dientes y les suenan las eses a dentaduras de Rulfo. Son fantasmas de páramos en llamas. Son locura de cactus y polvo aunque reposen en oficinas de un quinto con secretarias. El ascensor sube y baja como el litio, como las receprams de química violenta. La locura viene del blanco del objetivo, de la bata o de la gasa. Del alzacuellos, de la almohada o del foco. De la gloria, del váter o del semen. De la esclerótica de la poética que nos sedujo la saliva. El blanco es un color loco porque hay manchas para todo. La cordura es una mancha expansiva que galopa hacia el cáncer que nos vence. Por eso el loco se mata de albor que en Peckinpah se derrama como una venganza de sangre en Grupo Salvaje. Sam, era un romántico y los románticos somos enajenados. Entramos en la realidad por la puerta de la poesía y eso no hay quien lo entienda. Cuando entendemos nuestro error ya el tiempo se ha hecho tarde y no vemos la muerte cuando vuelan los estorninos. Vemos la belleza donde no la hay porque la locura sublima las cosas y les da una épica verosímil. Peckinpah creía en el amor porque sabía que no existe. Envolvía el cadáver en la sangre del tiro y La Huida es la mejor forma de llamarlo. Con La balada de Cable Hogue nos pone la camisa de fuerza y nos llama locos a cara. Conoce el dolor del huracán, la violencia de los pezones y la llaga del capricho. Peckinpah llama a las cosas por su nombre de mujer, como una atracción de imán sudado que no deja de doler. Con La cruz de hierro, Peckinpah se pone Jünger a quien veo como alter ego de Steiner/Coburn (cosas mías). Lleva la emoción al tuétano en plan sic. Desde el niño de la armónica hasta el violador de guerra pasando por la ambición del asco. No sé cómo haría Gonzalo Suárez para sufrirle, pero las razones que da en La musa intrusa no convencen. El loco está bien como resultado, por eso hay que pulirlo a base de medias horas de trato social. Una caña y pacasa porque sino el loco se pone inverso por cordura habitual. Hay que cuidarse de no enloquecer por cordura que de esto ya sabía Don Quijote. Los Peckinpah cultivamos la locura para no morir de realidad que además depende del loco que la contempla. Bien mirado, la mirada es un manicomio al que ponemos un horario y una fecha para que podamos jubilarnos y de esa locura no nos libra nadie. Amor, ambición y amistad son tres lágrimas que nos confunden. Las ensuciamos con barros de prehistoria. La existencia tiene estas cosas. El loco y el cuerdo están hechos de la misma calima, pero necesitamos al loco como piñata. Necesitamos el caramelo que revienta de sus entrañas para tomar perspectiva y tantearnos el regaliz. Tarantino es lo que nos queda de Peckinpah y le queda una peli. Alguien tendrá que venir a recordarnos la violencia decente que da matar a las putos malos y a las putas malas con la locura del arte, joderrr! Peckinpah ha venido a recordarme al loco que tenía abandonado. Hay que subirse a Rocinante de vez en cuando para no morirse de sanchopancismo. Da igual, qué coño. También sancho enloquece y llora cuando palma don Quijote (y se va con él por hacerse baratario).