El tiempo ha perdido la
urgencia. Ha entrado en la crisálida de un barrueco y los años
pesan menos que las horas del granito. Constato que la biología es un
prólogo de la arqueología, que la pasión tiene cuerpo de foto y ya
ni eso. Ahora la ruina es un cero a la izquierda o a la derecha que eso al byte se la suda. El entusiasmo crece, con su tiempo de
tallo, pero se marchita solo y a veces con la ayuda de un desbroce
que en la vida es un cáncer o un amor, y hasta el cangrejo del beso,
según me cuentan. El corte llega por natural o por derechazo, pero
llega, como un toro de Pamplona al que despiden con un «pobredemí».
Ese vestigio recidivo vuelve, pero nunca es igual porque el polvo
cala. Por eso a Jesulín, que venía del cante, se le puso cara de
Cuco, de Gallolo torrentino que es la caspa castiza, esa que sabe
sacarle la ubre al dinero y chupar como un lazarillo con cara de
Torres Villarroel. Ya ves, Torres Villarroel, como si a Segura le diera por la biblioteca. A Torrente le vale con saber donde
está la celestina, ponerse picarescu y dejar que la gallofa se parta
con su retrato en espejo. La biología se nota en el adjetivo y en el
trazo. No se empalma igual un follar que un amar. Hay algo en la
inconsciencia que da frescura, como quien la mete en el cruising
o se come la ciruela sin pelar. La vida tiene un remanso de montaña, de
horizonte que nos mira y compadece. Nos trata con lejanía como si
fuéramos heideggeritos obcecados en una Medalla de Oro a la Bella Obediencia, o el reconocimiento al ego más desinflado por la
indiferencia. El viaje, la vida en sí, tiene algo de piedra. De
casoplón con terrenito que te cansas de regar. Los fachas llamaban cortijo a sus hectáreas de alcurnia. Los del quinceéme, como viven en
la hipoteca ideológica lo apodaron terrenito (así, en diminutivo)
para que la herencia a dejar les parezca de obreros y no les
confundan con la monarquía (que no se les desmantele la ideología
por regar cuatro plataneros). Al final, la sombra sale por más que la
montaña nos vigile los inviernos. El club de campo se seca y nos
vemos desnudos en mitad de nosotros mismos con los árboles tiesos.
Somos una hipoteca con la ideología mal regada. Y es normal, claro,
porque lo que hay que regar cansa y tenemos biología de primate, que
lo mismo vota a Trump, que desparasita la democracia para ver en
Pedro Sánchez a un hombre vapuleado. Somos una pereza azotada por la
arqueología, por el invento de trascender, por el aburrimiento
mosqueao que, a veces, nos hace un libro, un viaje o un beso. Libro,
viaje, beso; son un poco arqueología y un poco biología, o eso
dicen los cuánticos, que dicen cada cosa... Ya está todo dicho y es
muy nada. El caso es que siento que se me modula el cansancio. Antes
me lanzaba a la palabra como búsqueda de sosiego. Ahora casi palpo
el esfumato del horizonte y paladeo a Jonathan Ott en un magnolio.
Toco el secreto de Las Meninas cuando lo miro. Pienso las películas
que hace Christopher Nolan y me da fatiga tanto currazo. La Odisea,
ay, se vive y ya. Vamos hacia la arqueología de una Ítaca sin
rastro. Vamos. Estamos. Cuando se inicia uno a palparse la biología
de la conciencia, parece entender las preguntas de siempre. Hawking
decía algo de eso, que la respuesta a la pregunta es que no hay
pregunta. Que no hay antes cuando hay un «hay». Un carpe diem
continuo hasta que se apaga y otra neurona chispea como energías que
colapsan y dan excusa a los abrazos. Esto me ha quedado fonético,
balsámico, poético. A los psiconautas se la suda un poco los
poetas. Claro, ellos han entrado en la montaña, y han visto el fuego
del cosmos. Saben cosas de solitarios que es como mejor se está con
el demás de nosotros mismos. Saben que la ignorancia es el único
remo, que el asombro nace con cambiar la perspectiva. Se cansaron del
verso patoso que hay que latigar para que funcione la emoción. Las
palabras ya no erectan porque saben que «quien lo probó lo sabe».
Saben que probar tiene sapiencia en asombro. No va más. La jugada
acaba por fundir el plomo. Arqueología, biología. Palabras como
muletas para surcar el mutismo. De dónde sale el trazo de Goya o la
metáfora que ilumina el ángulo imposible. Si no se piensa, si no es
razón, no es lenguaje, es otra dimensión, otra conciencia que nos
explora, y nos formula al revés como intuyeron los jotacés*. A veces
decir «te quiero», a veces decir «te odio con todo mi cariño».
Palabras como remos de Ulises. Palabras como salvavidas que no salvan
nada, pero salvan «un»
todo. Cambiar un «mi» por un «un» abre la puerta al silencio.
Allí, cuando la química hace su biología, en ese mutismo, nace una
fonética distinta, un universo inefable que nos escapa, que nos
abruma si queremos dirigirlo con el remo de la palabra. Se siente la
corriente, el huracán tranquilo que nos lleva. Cuando regresamos a
lo binario no hay palabras. Se acabó Hawking, se apagó el pasmo y
queda ese polvo, ese cansancio de biología arqueológica que ya no
hace llorar. Paro. Insisto. Quiero entrar en la transparencia. Intuyo
algo que se ilumina más allá de la luz. Quiero penetrar en los límites
al lenguaje. Quiero ese imposible. Navegar el silencio que contempla
cómo se mueve un caracol o la sombra marina de un ramaje que agita
sus hojas con su pez de plata en claroscuros. Quisiera llegar a las «palabras mudas» que decía Ott, tocarlas y traer alguna de regreso.
* (Así se conoce en Ulises a J[osé] C[arlos] Bouso y a J[uan] C[arlos] Usó. El sol salió anoche y me cantó / Juan Carlos Usó. - Santander: El Desvelo, 2023 y Los psiquedélicos van a revolucionar la psiquiatría / José Carlos Bouso. #ESDLB. Cap. 608).













