jueves, 30 de abril de 2026

LA LOCURA (y II)

El valle está como un brócoli, como un verdor en redondez que se contiene. Abril se encarga de mojarlo y darle fotografía con rayo y nubarrón. La filmografía de Peckinpah me vale, me viene con el paraguas porque la violencia tiene ramas como un tronco de emoción. Le busco sinónimos al amor para que vuelva a significar. Tengo que escribir despacio para que el lector perciba que este ambiente de brócoli tiene metáfora en mi escritorio. Antes salían de su madriguera de madrugada (creo que madriguera viene de ahí). Salían solas como una recompensa al silencio, como premio al insomne, como un yoquehostiassé. El caso es que solo había que abarcar el chorro para que no se escaparan, como abrazan los niños el suelo de las cabalgatas. Sentarse y chupar los caramelos era un disfrute que Peckinpah me ha devuelto con su brócoli de amor violento. La coliflor huele a pedo y no viste nada en las revistas de dieta. La berza suena a pueblo y tiene un verde comido por la palabra emigrante. La coliflor tiene un blanco cerebral que rehogamos para olvidarnos de su alma de nuez. El trueno me devuelve a la clase de ciencias naturales, al narigudo don Santiago que llamábamos «Santi el de Naturales», pero que le pongo el don delante para darle más infancia (yo nací -perdonadme- con el tuteo demócrata). El trueno rompe la física, el tiempo y esas cosas de la conciencia. Cosas de arena, cosas que la psiquedelia va licuando por los aires mientras te deja cara de flipe. Esto de la realidad cada vez lo entiendo menos. Este berenjenal que chilla brócolis o muta en patatal, me tiene perplejo a estas edades. Cuando mis contemporáneos amasan las certezas de la barriga y el cochazo, uno anda por el vértigo del brócoli. Me pasé el western de la memoria con Regreso al futuro, por eso no entiendo a qué viene esta infancia de otro, este Grupo Salvaje de los sesenta, este revivirme en aventuras que le molaban a Chamorro. Pues sí, el brócoli alienta las aventuras de la rama, del árbol que esconde un revólver, un indio ahorcado y un polvo de grava en el culo (si no pongo la palabra culo al final no se entiende el polvo). Decía que este verdor, este empuje del agua hacia el sol, me tiene tenso. Me fustiga el trueno de abril como un rayo de memoria. Me pongo Peckinpah, borracho y Dostoiesky, para llorar mejor. Llorar viene de reír padentro. Risa de brócoli para entender La Huida, ese amor inasible que se llama compañía, ese tiempo acumulado, esa experiencia que alimenta a la extrañeza, al asombro del rayo que jamás se repite. Peckinpah era un romántico que creía en el amor porque sabía que no existe. Sabía que la palabra estaba hueca como una coliflor, que había que salpimentar aquello con tiros y la hostia para que funcionara el vertedero. Peckinpah conocía el fracaso y su épica de domingo como ese tirón de manta que da la espalda al cariño. En Perros de paja pone la vida sobre la mesa de una mujer. A Despentes le quedó un paluego con Teoría King-Kong, pero Susan George ya lo había gemido todo. Peckinpah hizo películas para sacar la espalda mejicana de las mujeres. Coburn, Heston o Holden, a todos se les cae la pistola al filo de un espinazo. En Quiero la cabeza de Alfredo García, Isela Vega condensa el universo femenino y Warren Oates le corta la cabeza al brócoli. Nos planta en la ambición decapitada con las moscas ruidosas que cantaba don Antonio Machacado. Resulta que mi heavy de los noventa venía de Peckinpah sin yo saberlo. Guns n´roses le cogió el tiro prestado a Bob Dylan. Knockin on heaven's door es la pólvora de la película, la atmósfera que perdona el pegotazo que Peckinpah le regala a Robert Allen en forma de Alias. Resulta que al final vengo de Dylan, de la poesía de Thomas, del desierto de whisky y del Nobel de literatura. En fin. Decíamos ayer, que la locura necesita obsesión y cariño. Un público para la épica del final. La tierna condescendencia de los niños y los viejos con la mano que atusa los anhelos. Escuchamos para colmar la importancia cuando no se tiene. Escuchar es dar la razón a la tontería porque el niño/viejo tiene locura en espera, un légamo tierno en cimientos/escombros. Una/ que balancea la emoción y nos conmueve. Peckinpah muestra como nadie lo que habita en el silencio. Llena sus personajes de pausa para entenderlos mejor como hacía Harold Pinter. Empatizamos con el hueco porque nos llena. No hace falta ponerse cuántico para comprender la calma, por eso la vejez camina hacia el remanso. El paréntesis tiene un lenguaje atávico que nos predispone. En poesía se escribe «no sé». Quintero lo sabía y se enchalecaba pañuelos como un cowboy de autonómica, como un Peckinpah de Canal Sur que convertía a Bob Dylan en Risitas. La locura del brócoli te arrastra por charcos de tiempo y cráneos partidos que suenan a maceta. Abril te oscurece la tarde, atruena verdores y recuerdas que has dejado el coche debajo del árbol mientras tiras de la sabana. La vida es ese tirón, ese darnos la espalda, ese encontrarnos con Peckinpah sin saber por qué, como una floración de berza por el tobogán de la Ketamina. Peckinpah suena al golpe que nos dejaba sin aire en los coches de choque. Cada vez que cuezo un brócoli me acuerdo de Bob Dylan y los pezones de Susan George aunque sean las once de la mañana. Envejecer debe parecerse a esto.

martes, 21 de abril de 2026

LA CANTIDAD

Dinero relleno.

Limpiar la conciencia la ensucia.

Saboreaba la libertad de la tutela.

Lo personal fabrica ingenuidad. 

Hay sinónimos que crecen hacia la antonimia.

Y el comentario mutó en pensamiento.

Pesimismo atávico por realismo histórico.

Quien te dirige se llama coordinador.

Los dedos hablan el lenguaje del cabello.

Resultado de la lucha obrera fue su paladar.

Somos muchos.

martes, 14 de abril de 2026

LA LOCURA

Sin locura el mantel se queda planchado. El loco arruga las cosas por arrebato. El enajenado nunca corta el cable rojo. Deja la puerta del baño abierta y grita para que se enteren de cómo tiene las venas. El manicomio está lleno de niños que piden teta. Piden la vanidad que el mundo les niega con su grisura recién planchada. El loco rompe, mancha y jironea las cosas, para darle la prestancia que el museo de los cuerdos necesita. El loco comienza por falta de afecto y se queda solo por enfado. En la soledad se ven cosas muy claras que no son verdad, pero lo parecen porque se impregnan de la pasión de quien no tiene más remedio que valerse de su furia. El loco se hace con rencor por eso necesita público, para decirle al mundo que le hicieron mal, para purgar la culpa que no metabolizó con la inteligencia del resignado. El tiempo teje perspectivas de calma a poco que uno salga a la lluvia sin chubasquero. La realidad se impone. Es lo que decía Neruda de la primavera por más que Trump quiera teñirla de Ormuz. La locura es un traje de domingo y un libro en la estantería. Es Mourinho metiéndole diez defensas en el ojo de Vilanova. Es la oreja de Van Gogh y así. Sin locura no se sube el Everest ni se mete uno al quirófano a ponerse Inteligencia. Sin locura no se escribe En busca del tiempo perdido. Hace falta loco para medrar, para esconder los cadáveres que hagan falta bajo la alfombra de la ambición porque ambicionar es una cosa de locos lo mires por donde lo mueras. Me he puesto en plan cuerdo porque me estoy chupando a Peckinpah que se puso alcohólico y farlopero para darse razones. Me se caen los cojones al suelo cuando veo sus películas. Joder, están bien. Están de puta madre. Cosas de locos. Al final, sin locos no hay Museos y las artes se quedarían en los lacitos de Christo y Jean-Claude que ojalá. La locura es un látigo de furia, un ramalazo de pasión que se concentra en valer. Sin loco no se pasa uno la vida subiendo induraines o con la greguería y el artículo como un pienso para lectores. Bendito pienso, luego existo. La locura hace más ancha la realidad porque la cordura tiene la frente muy corta y llena de arrugas para encajar la rosca de la gilipollez. Ya lo dijo Ignatius: «Tu libertad acaba donde comienza su gilipollez». Y la gilipollez humana, como decía Einstein, es infinita como el universo. Por eso tenemos la frente como un acordeón. La locura de Peckinpah residía en la pasión. Al loco hay que agradecerle su sacrificio, su darnos cuenta, sin necesidad de que nos corroamos el hígado. Son fabulosos fabuladores de fábulas que de tanta efe de fuelle al fuego se quedan sin dientes y les suenan las eses a dentaduras de Rulfo. Son fantasmas de páramos en llamas. Son locura de cactus y polvo aunque reposen en oficinas de un quinto con secretarias. El ascensor sube y baja como el litio, como las receprams de química violenta. La locura viene del blanco del objetivo, de la bata o de la gasa. Del alzacuellos, de la almohada o del foco. De la gloria, del váter o del semen. De la esclerótica de la poética que nos sedujo la saliva. El blanco es un color loco porque hay manchas para todo. La cordura es una mancha expansiva que galopa hacia el cáncer que nos vence. Por eso el loco se mata de albor que en Peckinpah se derrama como una venganza de sangre en Grupo Salvaje. Sam, era un romántico y los románticos somos enajenados. Entramos en la realidad por la puerta de la poesía y eso no hay quien lo entienda. Cuando entendemos nuestro error ya el tiempo se ha hecho tarde y no vemos la muerte cuando vuelan los estorninos. Vemos la belleza donde no la hay porque la locura sublima las cosas y les da una épica verosímil. Peckinpah creía en el amor porque sabía que no existe. Envolvía el cadáver en la sangre del tiro y La Huida es la mejor forma de llamarlo. Con La balada de Cable Hogue nos pone la camisa de fuerza y nos llama locos a cara. Conoce el dolor del huracán, la violencia de los pezones y la llaga del capricho. Peckinpah llama a las cosas por su nombre de mujer, como una atracción de imán sudado que no deja de doler. Con La cruz de hierro, Peckinpah se pone Jünger a quien veo como alter ego de Steiner/Coburn (cosas mías). Lleva la emoción al tuétano en plan sic. Desde el niño de la armónica hasta el violador de guerra pasando por la ambición del asco. No sé cómo haría Gonzalo Suárez para sufrirle, pero las razones que da en La musa intrusa no convencen. El loco está bien como resultado, por eso hay que pulirlo a base de medias horas de trato social. Una caña y pacasa porque sino el loco se pone inverso por cordura habitual. Hay que cuidarse de no enloquecer por cordura que de esto ya sabía Don Quijote. Los Peckinpah cultivamos la locura para no morir de realidad que además depende del loco que la contempla. Bien mirado, la mirada es un manicomio al que ponemos un horario y una fecha para que podamos jubilarnos y de esa locura no nos libra nadie. Amor, ambición y amistad son tres lágrimas que nos confunden. Las ensuciamos con barros de prehistoria. La existencia tiene estas cosas. El loco y el cuerdo están hechos de la misma calima, pero necesitamos al loco como piñata. Necesitamos el caramelo que revienta de sus entrañas para tomar perspectiva y tantearnos el regaliz. Tarantino es lo que nos queda de Peckinpah y le queda una peli. Alguien tendrá que venir a recordarnos la violencia decente que da matar a las putos malos y a las putas malas con la locura del arte, joderrr! Peckinpah ha venido a recordarme al loco que tenía abandonado. Hay que subirse a Rocinante de vez en cuando para no morirse de sanchopancismo. Da igual, qué coño. También sancho enloquece y llora cuando palma don Quijote (y se va con él por hacerse baratario).

lunes, 23 de febrero de 2026

LA EXPOSICIÓN

George Brecht

Sink, 1962-63/1974

Lavabo blanco con pastilla de jabón negra y cepillos de colores en un vaso. 80x68x56 cm.


EL LAVABO

Yo no sabía que George Brecht era George Ellis MacDiarmid. Me la suda. Pero en su lavabo se ve una pipa de Magritte que dice «esto no es una pipa», como un sucedáneo de la fuente de Duchamp. Las artes de los sesenta tuvieron en John Cage a su Timothy Leary que escribía en el agua de las vanguardias toda su lisergia. El lavabo tiene el tono de los pañales, el brillo viejo de los ojos con cataratas y el olor a polvo de las pensiones donde se oye una tos. Brecht es un sonido de tela rota, un eructo adolescente que vio en Cage el silbido bandasonoro de las películas de Morricone. Esos detalles de emoción que Ramón greguerizaba como nadie. «Mirar para ver lo ausente» es un pleonasmo, una redundancia. Se mira para sorprender a las cosas, para ver la saburra del cepillo que limpia la resaca del fracaso como la inercia de un matrimonio. Se mira para ver la flema del sumidero, el gapo que insulta a las gargantas y asfixia las verdades que no decimos. El lavabo es un váter inverso, una lámpara que ilumina las legañas, un embudo de loco al que nos asomamos para llorar el sueño y reposar el jabón. El sink de Brecht nos enseña los pelos de la tubería y los jirones de la arcada de un esmalte que se quita. Tiene algo de chuta, de dentadura postiza, y de goteras. Mirar el sink de Brecht es ver el lavabo de MacDiarmid porque la mirada está afuera y ya sabemos que «el ojo no es ojo porque tú lo veas es ojo porque te ve». Por eso se equivoca el amor y se van las mujeres guapas con los hombres feos. Asomarse a Brecht es un vértigo de sumidero. Perder la barandilla, quitarse el cinturón del coche que Vostell estampa en el cemento de los Barruecos. Vostell era un lavabo humano que sabía mejor que nadie para lo que sirve un lavadero. Plantaba un caza ruso para dar sombra al ánimo. Un Mig-21 para refrescar al paisano que se fija en la cigüeña y el cigüeñal y «lo que pesará eso en chatarra». Ese frescor abrupto, esa implosión de barras de pan y chapa de coche, sobrecoge como un fulgor austrohúngaro. Vostell, sabía que equivocarse es un acierto que es la forma tudesca de «lo que lo que no se da se pierde». Salpicaba sus obras con hostias de cemento y óxidos de tristeza porque él venía de aquella infancia alemana en que aprendió que el siglo XX eran dos cruces. Ser un Dalí de Malpartida es ser tu propio happening. Ser tu propio lavabo y andar con los grifos por fuera para dejar una huella macarra que reconforte a los triperos. Ese chispazo, esa sugerencia, puede darle emoción al frankenstein. De rosas no revive nadie y se le ponen a los muertos. Es la espina quien recuerda a la sangre su existencia, quien recuerda al ombligo su honestidad cuando protesta. Por eso los homúnculos lloran botones como lágrimas de Android. Se hacen selfies inversos. Se muestran invisibles a bases de miradas. No sé. Hay que mirar lo que no se sabe mirar, hacer lo que no podemos, pisar el misterio a ver qué pasa: cruzar la frontera del lavabo. El embudo de Brecht es la muñeca hinchable de Berlanga y el garrotazo de Goya. Es el palo castizo que se le mete por el culo al burro de los quintos o al mocho de la fregona. El español lleva un palo en la frente que le hace las arrugas y engarza los muñecos del futbolín. Ese palo que le ponemos a todo, para atrancar la puerta del suicida y poner la banderita al agujero en los campos de golf. Hasta la mierda la pinchamos en un palo a modo de estandarte como si fuera un poema, como este.

 

https://museovostell.es/noticia/inauguracion-de-la-exposicion-mirar-para-ver-lo-ausente-en-el-museo-vostell-malpartida/

"MIRAR PARA VER LO AUSENTE" (POEMAS








lunes, 16 de febrero de 2026

LA HUIDA

Daba como demanda.

Ternuras de acero.

Año nuevo, domingo viejo.

Seguimos peor.

La resignación mejora la rebeldía.

Hay quien escucha hacia adelante.

Viajo por la tos hacia bocas abiertas.

Y comenzó la rapiña del homenaje.

La sabiduría no coge los chistes.

Se etceteró.

Escuchar obedece.

Haz el amor y la guerrilla.

Estamos para llegar a ser.

Pretenderse creador y acabar en taxidermista.

La paradoja emociona por la fuerza del choque.

Te estás haciendo un poco tarde.

Detectó la calidad en el ticket.

Los camareros veranean en Matalascañas.

Estudio como huida.

sábado, 31 de enero de 2026

LA CIÁTICA X

Hay arrugas que duelen como recuerdos de un golpe con el patín de la infancia. La ciática duele como una arruga de patín adulto, duele porque ya no hay patín para que duela. Es un dolor que se multiplica por lo que deja de existir. Sabes que ya no habrá más juego que el dolor que vuelva con su antigüedad de temporada. La arruga emocional duele con cualquier objeto que active la memoria. La ciática volverá para recordarte el futuro que me espera. Hay gestos que me engrandecen de solo pensarlos como llevar viviendo de los libros veinticinco años por estos andurriales póstumos. Engradece la baja por no poder sentarte y pasarme dos meses de tumbado. Todo cierto y legal y hasta obligatorio. Con este currículum se acuerda uno de Rajoy y piensa «Jonás, sé fuerte». Galdós decía que su Abuelo estaba muy solo porque iba por el tercer perro enterrado. Leauteaud tenía una granja de gatos para olvidar su bastardía. Yo colecciono fisios para tamizarme el tumbado, para alicatar la ciática de extrañeza, para revestir de humanidad a las farmacéuticas. Qué más da cinco perros, que cinco gatos, que cinco fisios. Mi dolor es una pierna que se folla cualquier mano si la pago treinta euros. Esta prostitución inversa pone la cama y la paciencia. Soy una puta que lo necesita, que quiere que le follen para cambiar de cama. Una puta que espera un alta para volver a prostituirse a la esquina pública de su biblioteca. Los tumbados follamos poco porque nos duele mucho. Diferenciamos bien los verbos joder y follar, algo que los verticales mezclan si les conviene para el chiste. Cinco fisios, cinco medusas por mi pierna como bocas de Panero cuando bebía Coca-Cola. Soy una puta que paga para que le duelan. Soy la arruga que se estira, el patín de la memoria que sale a buscarse. «Voy a buscar a Jonás, a ver si se sale», pero no estoy o eso me digo. Cuando llega la tarde, Mordor parece hervir de frío. Las montañas parecen un filo de orejas que palpitan un sabañón escondido. Las uñas se parten sin que se note hasta que se chiva la lana de un jersey que no es de lana. L. alivia con su charla de juventud los silencios de bronce que llevamos las putas. Es una fisio de aguja, teje con su verborrea un ganchillo de una hora. La ciática pasa a un segundo plano y me espasma la pierna como la rana diseccionada de las ciencias naturales, con ese espasmo de pila de petaca y tacto viscoso. Mi pierna parece la tripa de un batracio que se estira con esa magia de la física, como el globo frotado de los pelos o el lápiz al que se pegan papelitos. Es la ilusión de la energía, ese fanatismo de la juventud que L. me transmite con su incontinencia verbal. En mi esquina bibliotecaria todo sigue peor. Proxenetas sin subvención y clientes que te echan de menos como molestias de perro que te lame la cara o te pone la pata sucia sobre el pantalón. Vienen a meterme la cara entre el libro y la pierna para que les diga que el baño está a la derecha. Estoy curado porque he perdido novedad como ya dije. A los dos días mis lectores ya no preguntan por mi salud y me exigen lo que solían. Vivir metaboliza vida y muerte, presencia y ausencia. No sostenemos el ayuno mucho tiempo porque somos una tripa enorme, un ano de mierda que gravita los sumideros. Marcamos el territorio como los gatos de Leateaud, como los perros de Galdós y las medusas de la puta que soy yo. Esta fisio joven como una ele -como la L. de su sombre que sostiene la arquitectura-, me pone agujitas eléctricas. Me pincha como si fuera un lepidóptero, me pone corrientes de scalextric, me convierte en pretecnología, me aniña. Con L. tengo veinte años de arruga en la pierna. Por un momento la ciática parece una larva de veinte kilos que ella pinchotea como un vudú. Soy una puta de trapo, una oreja en una camilla, el frío en la clase de ciencias y así. Ahora que la vida me ha puesto un chip de dolor me queda el consuelo de las medusas. Esperar a cambiar de manos como esperan a cambiar de tristeza las langostas de los restaurantes. Soy una puta en un acuario a la que tocan el cristal lectores con agujas. L. me pregunta desde su juventud. Comenta sus aguijazos con tono de verdulera. Solo le falta apuntillar su verborrea con esas coletillas de «corazón» y «tesoro» que ahora me dice mi colega Andrea. He vuelto a verle desde que estoy de alta. Andrea me pone cafés cortados con salchichas que no me cobra nunca. A mí me da vergüenza que me invite delante de sus clientes habituales, pero él tiene la inconsciencia de la terapia y me pone agujitas de palillo en las patatas. He vuelto a la rutina del esquinazo, al prostíbulo que conseguí a base de juicios y denuncias. He dejado mi grandeza de tumbado por mi desgracia de privilegio. Estoy curado, perdí la novedad. Habrá que esperar otra excusa para inventarme. Ahora tengo que alimentar esta arruga con medusas. L. me queda cerca y juega con mi ciática al operador. Tendré que buscar nuevas excusas con que divertirme las palabras, colocar otra jarra que complete el bodegón. La ciática ya me aburre, ha perdido fuelle y ya voy por el camino del Abuelo de Galdós, pero en cnidarios. La verdad es que le agradezco a L. que me haga cambiar de aburrimiento como vosotros cuando leéis textos como este. 

lunes, 26 de enero de 2026

LA PRESENTACIÓN

PRESENTACIÓN DE TORRELODONES

(Librería Enclave, 26 de enero de 2026)


Buenas tardes a todos y muchas gracias por asistir.

Como no tengo la capacidad de mi colega, he preparado un pequeño texto para no irme por mis frecuentados cerros de Úbeda.

Está dividido en dos partes: Acta y lío. Tienen una pretensión poética de la que pido disculpas anticipadas por su aridez (si lo fuera) y su brevedad (de no serlo).

Así que, procedo a leer el acta:


ACTA

Quiero dar unas gracias firmes a Antonio Ortega por dejar que «Torrelodones» participe en su selecta colección de poesía que barrunto como inevitable mascarón de proa de la egipciaca Editorial Dilema.

Y a la librería Enclave de libros por su labor cultural que nos presta desde hace casi quince años.

Creo que debo darle las gracias a Pablo Gadea por haber querido estar acompañándome en la presentación de este libro y sobre todo por ser mi Amigo, no diré que el único porque hoy me encuentro arropado por los mejores abrazos, pero sí -quizá- quien me reconforte más cerca, pese a que nos veamos siempre tan de tarde en tarde y tan lejos.

Basta que no me diga «ven» para ir a verle. Así, me presenté en su casa de Tánger, en Canarias, Cañicosa o ese inolvidable quinto sin ascensor cercano a Las Ventas, donde moraba su cuerpo – y digo cuerpo- de Manolete. En todos sus hogares le he frito la oreja tantas veces que nos sabemos de memoria.

La diferencia de Pablo y los demás, es que sabe mirar.

Capta la emoción de cualquier piedra y le saca partido a cualquier borracho. Su estado civil «disperso» le lleva a fustigar a La Cibeles para que le saque de la monodesidia de Madrid hacia los andurriales de cualquier pezón que mire a un árbol. Cuando se instala en su sonrisa de perillán, lo posible se convierte en Lotería donde siempre toca premio. Pinta con mirada de asfalto, fuma con nostalgias de alegría y escribe como si San Blas fuera marroquí.

No entiendo nada. Se habla poco de Pablo. De los pocos Pablos que le quedan al mundo. Un mundo al que se le está poniendo cara de Groenlandia.

 

LÍO

Hay que decir lo que hay que decir pronto,

de pronto,

visceral

del tronco;

con las menos palabras posibles

que sean posibles los imposibles.

Hay que hablar poco y decir mucho

hay que hacer mucho

y que nos parezca poco:

Arrancar el gatillo a las armas,

por ejemplo.

Este poema de Gloria Fuertes parece buen resumen de lo que pudiera ser un aforismo. En Torrelodones trato de arrancarle el gatillo a las palabras. Con «las menos palabras posibles» hacer «posibles los imposibles», y ya me paso de explicativo porque explicar la poesía se convierte en un exceso que se paga con prosa.

El gatillo sabe que «la caricia y el disparo nacen del mismo dedo», por eso basta con saborear el tiro. «Basta lo suficiente» decía Juan Ramón.

Con este horizonte, supongamos que existe un sol al que llamaremos aforismo. Ese será el clavo más mínimo al que estoy dispuesto a aferrarme. Creo entonces que hay que colgarlo de una nube y que aparezca debajo de una alfombra si acudes a tocarlo. Que te sopape la cara con su mano de Pedraza si le molestas mucho.

El aforismo puede llevar un verbo pero nunca el excluyente verbo ser. El aforismo espira una caricia de llama con ímpetu de verso y mesura de refrán. Tiene el fleco descuidado, las carnes prietas y un trapo en la garganta.

La emoción no admite el tobe estático. En poesía nada es, si no duda un poco. Quien no escucha no puede acertar y no hay mejor oído que un beso. Por eso el aforismo tiene actitud de sugerencia. Eso que estaba por allí y se rescata porque escribir es sorprender a las cosas. Girar la letra, tocar el acento, jugar con la palabra hasta que salga el genio escondido. Ocurre que los sustantivos vuelan, llevan la brisa en los labios y dejan sobre el folio la palabra mariposa. No olvidemos que la mariposa vuela porque duda.

El aforismo se escribe con el oído. El sonido ayuda a detectar lo que sobra, a reconocer el cambio, la silaba tónica del fallo. La fonética significa mejor. Diré que escribir significa recolectar, cazar los gatillos que se le olvidaron al mundo, trazar veladuras con rastros de silencio. Ese silencio olvidado donde el talento anida.

El aforismo tiene pedagogía sin pretenderla. Conversa con el otro que llevamos dentro. Amiga con Lope, Quevedo y Calderón. Bergamín, el último autor del siglo de oro con permiso de Pepe Hierro, dialogaba con su «cabeza parlante». Cajal, Humboldt o Darwin, con la ciencia poética. Y aquí tenemos otra pincelada del aforismo: su sinestesia.

«Basta lo suficiente», claro. Porque cuando un ojo se abre, un silencio penetra. Cuando un dedo acaricia, se saborea el chocolate. «Estoy oyendo crecer a mi hijo», decía Umbral que sabía de estas cosas. Dijo también que «Vivir es amar y olvidar mucho» porque era huérfano de afecto. Floreaba líricas en su prosa, novelaba sus poemas para venderse mejor, con cinismo de niño muerto.

Juan Rulfo sabía que el verso, el aforismo -qué más da qué-, era indispensable como el «aire de las colinas». Sabía que el mundo estaba cerrado hasta que llegó ella. Mojaba sus palabras en cuadros de Zöbel para amarle Cartas a Clara. Con Rulfo se sabe que lo sencillo se complica y que la complejidad arde en llamas.

Desde aquel páramo, qué tristeza da la prosa. Qué lástima que se cuele en el aire de los poemas. Qué pena que el adjetivo no rompa la mano al sustantivo. Cómo duele la casa blanca y el cielo azul. Qué rabia que no reviente la Casa Blanca con bombas de pájaros sin pico, que manchen de negro sus cúpulas con la sangre enamorada del color rojo.

El aforismo, como tal, se recolecta poco. Hay que cazarlo en el safari literario de otros géneros, pero nunca de otros idiomas. Lo siento por Montaigne, Lichtenberg o Marco Aurelio. Las palabras al traducirse se secan, pierden la clorofila del sonido y saben a taxidermia.

El aforismo pide aire. Sabe que el oxígeno tiene forma de risa, y que el humor, si es serio, te descojona como un hachazo de Chumy Chúmez. Así llegó Rodrigo Cortés a su Verbolario: «La capota, la capota que me aso», dice que dijo Kennedy.

«Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado» escribió, José Luis Cuerda. En mi pueblo de la España póstuma también somos de Faulkner. «¿Pensamos algo o nos esperamos al lunes», dijo el de Albacete que no es poco. Sabemos que sin absurdo no hay pan duro ni aforismos, claro.

Josep Pla había leído a Jules Renard y por eso hablaba en retranca. Confiaba su gracia a la psicología de lo inanimado. Supo que había tristeza en cualquier sopa, que el sorbo hacía un ruido viejo como el gozne del espejito de un baño. El aforismo se fija donde nadie lo hace y se escribe en cualquier género. Por eso, cuando uno va de Safari literario, reconoce especies en vías de extinción que cazo en jaulas de memoria. Hay aforismos que funcionan solos. Un ornitorrinco es un ornitorrinco. Y es más ornitorrinco si lo sueltas, de repente, en medio de la Gran Vía. La imagen se expande como un texto de Francisco Nieva, como el torso de Angélica Liddell cuando se pone ñoña y en tetas, a burlarse del dolor.

El aforismo actualiza repeticiones y le confiere al siempre una nueva vez. Sabe, por ejemplo, que el llanto eyacula; que el gato tiene modales de biblioteca y que el silencio tiene su lenguaje. Entiende que Neruda estiró el abanico desde arriba y que muchos cayeron aunque Miguel Hernández lo cogió del mango para dilatar la dignidad.

El aforismo también se caza en el coto de las madrugadas por donde campaba Ramón, Juan Ramón y Ramón María del Valle Umbral, magos de la química, funambulistas de la fonética que disparaban tintas furtivas sobre dianas escondidas. Lo siento por Antonio Porchia. Ellos crearon el ciervo con fijarse en él. Aparecía en la rama de un roble, porque supieron que esa rama podía ser una cervera, como yo pretendo ahora.

Y es que el aforismo escucha.

¿Por qué ya nadie escucha?

El aforismo se sienta en las sentencias con su toga de tiempo y espera. Esa ceniza tiene algo. Esas letras con desgana cuecen en acero la saliva. En mi casa se despierta de noche, cuando la madrugada mejora el silencio y pone venitas en la mirada. Cuando pican los ojos salen las palabras escondidas con escozor de grava secreta.

Disculpen, hoy me presto a la teoría, a morir con la mentira del cazador. ¿Qué hago aquí en este coto público, con mis asesinatos de la mano? ¿Qué obscenidad es esta que nadie pide y derramo como una bolsa sanguinolenta?

Sé que tanta niebla cansa, por eso vuelvo a la oración simple: sujeto-verbo- predicado: «La tinta-vuelve-a casa».

Nadie aguanta la niebla y la ebriedad pide cama. Hay que parar como sabemos los tumbados. Nadie entiende cuando hablan los boquerones y necesitamos volver al tenedor con su sabor de lengua clásica. La atmósfera de giros, marea de hermosura.

Pido perdón. Ya vuelvo.

La poesía con poesía se explica y por eso este dislate. Entender y disfrutar son antónimos. Que nadie llegue a Torrelodones a encontrar un porqué. Encontraréis imposibles varados en el zaguán de la pregunta. Hay puertas que enseñan con solo cruzarlas como hay cariños que laten con misterio de libélula. Aquí hay algunos ejemplos. Os debo mi camino hacia el espejo.

Muchas Gracias.





 

jueves, 15 de enero de 2026

LA CIÁTICA IX

La salud regresa cuando la enfermedad pierde novedad. La vida consiste en esa resignación, ese quitarle importancia a que te llamen asesino como un paleto de Gila. Gaza ya no muere tanto una vez arrasada, si le quitas la novedad el mundo regresa a su vejez de agua caliente. Solo se muere quien no se había muerto nunca. El accidente, la bomba y ese etcétera de daño vuelve a la normalidad de la vida si le quitas el ruido del foco, del telediario y la mani del domingo si no hay misa. Donde estará ya Haití, el volcán de La Palma o la Talidomida. Mi ciática tiene ya visos de guerra de Ucrania, esa antigualla que no interesa a nadie. Cuando se pierde la urgencia comienza el coñazo, la anemia cotidiana del cansancio que se compara con un «qué le vamos a hacer». La tristeza tiene razón, pero nada más. Cada uno vive su muerto como puede, por eso se llenan los bolsillos de antidepresivos porque las consultas de los amigos no dan a basto, y además no tengo. Por eso la solidaridad es un excedente, una forma de quitarle peso al ombligo, un oxígeno de domingos que se dan los padres, los funcionarios y otros vecinos de la nómina. Los Nadie no piensan en el Bisfenol A ni tiran el plástico al amarillo porque seguramente lo aprovechan para tapar una gotera. Sí, la salud es un privilegio de quienes tienen tiempo para pensar en ella, quienes viven en la dolencia perdieron la novedad en una montanera sin recetas. Para ellos la sorpresa reside en un pellizco de lotería que les tape el agujero de su vida. La vida es ese corcho, ese tapón que estabiliza la casa, la salud y el tiempo que nos queda. Los Di Caprio lo llevamos claro porque lo de menos es pagar las fantas, claro. Decía que ya he incorporado la ciática a mi vida. Sigo con molestias que me pinchan el gemelo como si fuera una avispa tobillera del tamaño de un cepo. Eso después de tres meses de fisio, opioides, estiramientos y balneario, lo que quiere decir que el cuerpo va a su pedo, que los resortes del dolor no tienen más remedio que la resignación, esperar a que pierdan novedad. Laporte, Gotzsche y esta gente hablan de Regresión a la Media que debe ser la forma científica de decir esta poética. Uno, que anda literario por la vida, pues se pone en plan periódico de ayer, en plan pan duro y en plan biblioteca. Lo tengo todo. Soy el Manrique del pensar, un morir superficial, recalentado en el microondas de la palabra. Para colmo las subo a este blog del que se ríen hasta los literatos que andan ya en Cum Laude de Instagram. Los periodistas -es un decir- se mofan de que escriba en este invento desfasado que perdió su actualidad. Cuando me pitaban los oídos ya me lo dijo mi Otorrino: «no lo pienses». La salud consiste en no pensar en ella. Saber que tienes dos lesiones cerebrales y que el neurocirujano los llame «tumorcillos». Quitarle importancia con el «vuelva usted mañana» que en medicina se llama revisión, Baja o análisis, según la antigüedad. Así, poco a poco, mes a mes, año a año, el achaque pierde coyuntura y se enquista como un callo, se suelda como un hueso, o te duele cuando quiere como una hernia, que es el caso porque la dermatitis y la almorrana ya ni cuentan. La novedad tiene la angustia de lo súbito, esa alegría inversa que necesita polvo para amortiguarse. Cuando la gente no pregunta por ti es que estás mejor. El telediario confunde las borrascas y alguien nuevo morirá porque siempre se muere quien no se había muerto nunca, hasta que llega el día en que te miras el muñón como quien lee una novela rusa. Así que tiendo a lo antiguo como forma de hacer deporte, de rejuvenecerme. Me pongo una levita, un reloj con leontina y un monedero de herradura como quien toma una aspirina porque la aspirina ya no se toma y eso la hace mejor, como si su olvido la diera una fórmula renovada. Ahora la novedad es lo permanente, la benzodiacepina, la depresión y el diagnóstico psiquiátrico que nos ponga en la onda de lo frenético. Los tumbados somos antiguos, gente que se para a escribir en un blog ideas que no lee nadie; literatura para familiares y amigos que se compadecen a través de mis dolores. Leerme -con la vejez que arrastro- os vuelve saludables. Os da un revolcón como una paja narrativa que hay que pararse a pensar por si entra en la paradoja de lo insólito. Reciente, insólito o fresco, qué más da si enferma nuestra culpa, si sabéis que os he llevado al gol de la poesía a través del retruécano poético. Sí, la lectura sirve como placer además de ser un pasatiempo. Si divertir y entretener queman el antagonismo por la vía de la salud del verso que tampoco existe desde que Juan Ramón se puso el opio por montera. Hay que ser muy burro para que no te guste Platero. Por eso escribo, para darle cana al sonido, ahora que no canto y no espanto mis males porque la salud consiste en anticuarse, ponerse Nokia, regresar al pueblo y volverse tacaño. Rumiar la ciática ajena con despotriques de Baja «¡si le he visto yo haciendo la compra!». La salud vive en los odios cotidianos, en el banquero de mesacamilla, en calentar el ahorro y criticar el dispendio como quien se chuta una alegría. El odio rejuvenece, convierte Groenlandia en Panamá, devuelve la actualidad al siglo XIX y hace de Trump un Monroe muy sano. Uno, que es tan antiguo, no odia y por eso enferma. Resigné mis ascos a desprecios de lanzallamas imaginarios y convertí la catequesis del Covirán en sarcasmos de Chamorro. En estos bálsamos de almoneda me procuro el Alta. Hay que decir que la burocracia no se rompió los cuernos. On/off. La novedad no se entera.