sábado, 22 de agosto de 2026

EL AJO

“Prohibir lleva h intercalada, es un verbo espeluznante, la verdad”. 

Ajo.

  

A la delicadeza le han puesto gafas. El viento de la caricia fuma porros y chispea versos como lágrimas de un sauce poético. AJO es una Gloria Fuertes despistada. Viene de Palencia de esos lugares donde no ocurre nada, donde vivimos los que nos gusta mirar y que nos dejen tranquilos. Micropoetisa por decreto unipersonal afila lo sutil con maña de fregona. Ha hecho cualquier trabajo con tal de no trabajar. Se metió a taquillera para abrirle la consigna a la intimidad. Le encantaba descubrir al otro para mirarse en el espejo de sí misma. Fidel Moreno, que tiene ojo de Jesús Quintero y replica de Director de banco, le hizo la interviú donde se desgrana. Lo que dice ya lo sabíamos porque un verso da para mucho y un micropoema te aboceta el autorretrato aunque no quieras. Y a ella, además, se la suda. AJO va por las cárceles dedicando libros a las reclusas, viaja hacia las presas como un Mahoma hasta el coño de las montañas. Tiene el corazón de las fuentes, el caño de la infancia intacto como una ternura que nos brinda como si fuera un helado. Por eso nos la sirve en breve, con filigranas dulces de sonrisa, para que no se deshaga la emoción. Ya sabemos que la risa viene del dolor, de la ausencia o de una melancolía por llegar. AJO que lleva mucho tripi encima, repite, se repite y eructa la pompa de un chicle de fresa con olor a Rave. Sus páginas huelen a francachela y siempre tiene una cenefa para que le veamos la liga a su poesía. Hay niñas que no dejan de serlo nunca, pero AJO le pone voluntad involuntaria. El mundo le viene grande, por eso se repliega y se remanga en sus lunares, como la hija tímida a la que presentan a unos tíos de Cartagena. Tiene el timbre de esas palabras lanzadas al absurdo, esa manzana que cae sin dar a Newton. Su micropoesía vive en ese mundo a media Rayuela entre el collage y el rallajo Basquiat. Parece la bolita de opio que se llevó el ratoncito Pérez y que ella recuperó para no quedarse sin dientes y sin sosiego, para dilatar la nube en que escribe los versos. Como buena madrileña -quizá la última- llegó a Madrid y Madrid le llegó, como le pasó a Galdós en la otra punta del universo. AJO cantaba porque era tímida y subirse al escenario le daba un calorcito de alcaloide que reconforta. El escenario colma la vanidad paterna de los que no tenemos hijos, es un aplauso a la autoestima del que cuesta quitarse, pero el mono hay que pasarlo para no parecerlo y que te tiren sujetadores como si fueran cacahuetes. AJO, en esa marihuanería de lecturas, debió ponerse PIHKAL/TIHKAL y le llegó la frase «de la piel para dentro mando yo» desde un libro de Escohotado. Escota «ávido dólar» y cuco, se la quedó deslumbrado por el brillo mudo de su inteligencia de urraca. Los que le hemos leído sabemos que las vigas maestras de su nido vienen de Huxley, Szasz y Hegel. AJO parece una Isabel Escudero sin pose, ni boina de Universidad. Viene de la Malasaña de Nieva y otras móvidas de heroína. A AJO La Odisea de Nolan se la suda porque sabe que Itaca está en cualquier váter sucio. Parece su propia maraca de opio, su propio sonido de cascabel, como si la peonza y el plato chino jugasen en competi para caerse al tiempo en que se vomita la ayahuasca. Se le nota disfrutona y llorona como la ene que atraviesa su nariz si le hablan de la perrina. Antes se teñía el pelo y se pintaba los labios como las menopáusicas buenorras, pero ahora que viste el tiempo de la pereza se ha dejado la cana Sontag para que la veamos el micropaso del tiempo por si no nos gusta el libro. A los jóvenes no les gusta morirse de viejos y a los viejos no nos gusta morirnos de jóvenes. Ella es la joven que se hace la vieja para seguir siendo niña. La misma niña de mejilla de pueblo, sonrosada por las campanas, la nieve y el beso sordo de una abuela militante. Ya nadie llama ajos a los tripis porque ya el tripi no hay quien lo trague, porque no hay quien lo pase. Andamos en tiempos ticktockers donde el coloque tiene que sintonizar con el Lexatin del gimnasio y las extraescolares del niño. Hay que colocarse pensando en el que el último metro sale a la una y media. Ese chupito sobra y la psiquedelia te planta el espejo en medio del salón para que no te escapes de ti mismo. Ya nadie quiere quince horas de viaje a través del verso caleidoscópico de tus miserias. Nadie quiere conocer a la belleza de la realidad, darle dos besos y ponerle los cuernos con el cotidiano. Nadie quiere leer a AJO porque saben que duele distinto. Saben que leerla es encontrarnos al niño que somos, disfrazado de años, fracasos y supositorios. Nadie quiere desnudarle, sacudirle la morralla y encontrarnos al marciano de nosotros mismos para besar a Drew Barrymore con el carmín del juego. AJO es la onomatopeya de los niños con babero, y el ronquido de la mona de Bacardi. A mí me parece un tallo mecido por el viento que vibra y se para a darle la calada al sol. Parece la varilla con que se limpian las pipas: tacto de seda y alambre por dentro. Los microversos de sus micropoemas te quitan la nicotina del alma y toses mejor el radón.

domingo, 16 de agosto de 2026

EL CALOR


Menos blisters y más blotters.

Vivía en la comodidad de la resta.

La renovación acabó en restauración.

Apenas tuvo coito intelectual.

La nómina como indemnización.

Se dice escuchar, pero se hace en silencio. 

Adocenarse da calorcito.

Sin negocio la revolución no compensaba. 

¿No serás Godot?

martes, 11 de agosto de 2026

EL PLACER

Ya sobrepasé la edad en que no leeré los libros que tengo. Ahora se amontonan para hacer biblioteca, para dar compañía, para tener el abrigo a mano por si entra el frío de la lectura. Me dan certidumbre. Chorradas. Cuando uno no tiene más biografía que su bibliografía, a veces levantas la mirada por el gusto de verte a través de sus lomos como espejitos convexos que apepinan mi careto. Devuelven el retrato de tiempos complejos y un esperpento de dinamita. No esperaré al cáncer para dejar de leer novelas porque estoy con Pla en eso de que con más de treinta quien las lee «es un perfecto cretino» porque es la «literatura infantil de los adultos». La novela se finiquitó en el siglo XIX con los rusos, Flaubert, Stendhal y esta gente, que apuraron sus posibilidades. Joyce y Faulkner la convirtieron en una partida de ajedrez. Rulfo la doblegó al mundo del verso, pero ya Cervantes había hecho todo eso y todo junto en El Quijote. Y Quevedo, pues se te va la olla. Quiero decir que eso ya está, que uno anda por la vida como Giovanni Drogo en una repetición de su historia personal como si fuera Bill Murray en Atrapado en el tiempo. También escribir es actualizar repeticiones y aquí estoy, metiendo la pierna en el charco, otra vez. Uno quiere darle matiz, ser contribuyente, pero también la diferencia forma parte del siempre. Y claro, puestos a no leer, me doy un paseo por el vistazo y me paro en Huxley, que más allá de sus ensayos sobre drogas pues tiene de todo y sobre todo. Pellizco el índice y veo que se ocupa, por ejemplo, de los matices cotidianos. Oscila de lo personal a lo ajeno, de lo individual a lo colectivo, del hecho consumado a la hipótesis, del pasado a lo futurible con la mirada oblicua que le daba su glaucoma. Huxley sabía que para ver no hacen falta ojos. Cuando se quedó ciego y aprendió braille decía que había ganado en comodidad porque podía leer en la cama sin sacar los brazos, arropado y calentito. Ver es una vulgaridad, mirar, desentrañar, tiene una oscuridad de pausa, de interior, de comer el techo del sonido. De pelear con los tabiques de tu propio cráneo hasta entender que «la realidad es una alucinación avalada por la cultura y reforzada por el lenguaje». Huxley junto a Orwell son dos ensayistas que tocan la vida para ponerla de perfil. Reparan en lo cotidiano como si fueran entomólogos. Van con su lupa y su sapiencia para enseñarnos las mariposas del latido, su vuelo de duda, su colorido y su crisálida. En España fue Antonio Escohotado quien les recoge el jamo. También Sánchez Ferlosio, pero a Rafael le iba más el alfabeto, como un Nabokov anfetamínico. «Escota» sí. Escota caza lo que Aldous ya tenía pinchado y metido en una urna, pero le da tono, le da pedagogía y un poco de Amnesia ibicenca. Quien le quiera meter mano a Ferlosio tiene tres volúmenes de ensayos que lucen muy bien en el salón. Quien prefiera a don Antonio puede meterse con Frente al miedo I y II que le publicaron los de Página Indómita. Huxley está descatalogado, aunque estaba completo, creo, por Edhasa. Aldous es un chorro de razón, la piedra pómez del pensamiento. Te desfolia la chorrada con cuatro ideas como si fueran cuatro trazos con los que Goya te montaba la alegoría de lo humano. Huxley tenía un ojo Trueba y una Belle Epoque en la palabra. Entró en lo visionario a través de la poesía de Blake. Encontró allí Las puertas de la percepción. Luego ya entró sin llamar con Cielo e infierno y otras mescalinas. Soma para Un mundo feliz. Moshka para La isla. Pero yo de las novela paso, ya he dicho. Hasta para las de Huxley. Por eso llevo unos días leyendo Al margen y Música en la noche como si fuera un hámster en su rueda. No conviene repasar tu vida como no conviene repasar tu biblioteca, porque ahora ando contagiado de su ceguera, de su mirar las cosas por dentro desde fuera, con su análisis a lo Saramago cuya novela cumple 30 años. Sara venía de la pintura y el premio Nobel, por eso hizo el pastiche molón de la novela, pero llegaba tarde y repetido como Giovanni Drogo. Sí, ando con los matices mal traducidos de Huxley, con su romanticismo de espinas, con su machadiano mairenismo de guantazos y su flema británica. Ando con su tacto de pitoniso, con su atuse de gato de tinta ardiente. Con Huxley se me olvida la biblioteca y reparo en el santorrostro de sus textos. Entiendo la biología, la intuición que subyace en el medio. Entiendo que el hábitat hace a la especie y que mi condena son estos putos libros que me alejan tanto de la gente y alienta esta misantropía desganada. Sigo con mi biografía bibliográfica porque «las matemáticas no fallan pero tampoco aman» y me dicen que el Valle entero tiene ocho mil monos. Qué le vamos a hacer. Llevo unos días tan alegre que canto por la mañana y hasta tomo café los sábados. Huxley sabía que el resto del cosmos había que buscarlo adentro, que «se necesita un placer nuevo*», que la tecnología cambia la existencia por la vía de la comodidad, pero que la comodidad puede llevar al tedio y que habría de venir un Shulguin para completar la francachela. Que dándole vueltas al Safrol se encontraría la «droga total**» de la que habla Bouso en su manual de Medicina psiquedélica. Huxley viene de lo telúrico y llega a lo adivinatorio con la bola de cristal de su ojo virulé. Así ando en este agosto de fuego. Así me distraigo de los muertos distraídos por unas vacaciones que los cadáveres nunca tendrán. Con Huxley me entiendo. Ahora sé porque estaba en mi biblioteca, claro. Él ya sabía hace cien años que somos muchos y el planeta no da más. Ese es el Problema. A ver si tengo sus huevazos al marcharme de este mundo.


*Título de un microensayo incluido en Musica en la noche: «A lo que se me alcanza, el único placer nuevo tendría que proceder de la invención de alguna droga -un sucedáneo, más o menos nocivo, del alcohol y la cocaína-. Si yo fuera millonario subvencionaría a un grupo de científicos para que se dedicase a descubrir ese tóxico ideal. Si nosotros pudiéramos aspirar o digerir algo que, por espacio de cinco o seis horas cada día, aboliera nuestra privativa soledad, nos concertara con nuestros semejantes en una vehemente exaltación afectiva e hiciera que la vida se nos apareciese, en todos sus aspectos, no sólo como digna de ser vivida, sino también como llena de sentido, como algo divinamente hermoso, y si esta droga celestial, transfiguradora del mundo, fuera de tal especie que pudiéramos despertarnos al día siguiente con la cabeza despejada y en perfecto estado, entonces creo que todos nuestros problemas -y no únicamente el pequeño problema del hallazgo de un placer nuevo- quedarían totalmente resueltos y la tierra se transformaría en un paraíso». Se necesita un placer nuevo. (p.869).

** Así denomina José Carlos Bouso al MDMA en su último libro Medina psiquedélica.

martes, 4 de agosto de 2026

EL GESTO

El último número (7-8, julio 2026) de la revista Gesto, dirigida por Juan Luis Calbarro, incluye mi colaboración titulada «La miel salvaje: apuntes para una lírica opiácea en castellano». Espero que os guste. [Descargable y gratuita].

 

[Juan Carlos Usó se hace eco de «La miel salvaje: apuntes para una lírica opiácea en castellano» en su blog Los Simples Deseos. Muy agradecido].

sábado, 18 de julio de 2026

LA PERVERSIÓN


Ministerio de Contracultura.

Su docilidad asusta.

Llegó al entusiasmo por exceso de aburrimiento.

Comprar o gastar.

Qué nosotros tan excluyente.

La sombra hay que construirla.

Cada terror tiene sus manías.

Ser y no ser resultan ser la vida.

El respeto conforma una búsqueda.

Pervirtieron la verdad con satisfacción.

jueves, 9 de julio de 2026

EL BARRUECO

En mi tiempo se ha perdido la urgencia. Ha entrado en la crisálida de un barrueco y los años pesan menos que las horas del granito. Constato que la biología es un prólogo de la arqueología, que la pasión tiene cuerpo de foto y ya ni eso. Ahora la ruina es un cero a la izquierda o a la derecha que eso al byte se la suda. El entusiasmo crece, con su tiempo de tallo, pero se marchita solo y a veces con la ayuda de un desbroce que en la vida es un cáncer o un amor, y hasta el cangrejo del beso, según me cuentan. El corte llega por natural o por derechazo, pero llega, como un toro de Pamplona al que despiden con un «pobredemí». Ese vestigio recidivo vuelve, pero nunca es igual porque el polvo cala. Por eso a Jesulín, que venía del cante, se le puso cara de Cuco, de Gallolo torrentino que es la caspa castiza, esa que sabe sacarle la ubre al dinero y chupar como un lazarillo con cara de Torres Villarroel. Ya ves, Torres Villarroel, como si a Segura le diera por la biblioteca. A Torrente le vale con saber donde está la celestina, ponerse picarescu y dejar que la gallofa se parta con su retrato en espejo. La biología se nota en el adjetivo y en el trazo. No se empalma igual un follar que un amar. Hay algo en la inconsciencia que da frescura, como quien la mete en el cruising o se come la ciruela sin pelar. La vida tiene un remanso de montaña, de horizonte que nos mira y se compadece. Nos trata con lejanía como si fuéramos heideggeritos obcecados en una Medalla de Oro a la Bella Obediencia, o el reconocimiento al ego más desinflado por la apatía. El viaje, la vida en sí, tiene algo de piedra. De casoplón con terrenito que te cansas de regar. Los fachas llamaban cortijo a sus hectáreas en alcurnia. Los del quinceéme, como viven en la hipoteca ideológica lo apodaron terrenito (así, en diminutivo) para que la herencia a dejar les parezca de obreros y no les confundan con la monarquía (que no se les desmantele la ideología por regar cuatro plataneros). Al final, la sombra sale por más que la montaña nos vigile los inviernos. El club de campo se seca y nos vemos desnudos en mitad de nosotros mismos con los árboles tiesos. Somos una hipoteca con la ideología mal regada. Y es normal, claro, porque lo que hay que regar cansa y tenemos biología de primate, que lo mismo vota a Trump, que desparasita la democracia para ver en Pedro Sánchez a un hombre vapuleado. Somos una pereza azotada por la arqueología, por el invento de trascender, por el aburrimiento mosqueao que, a veces, nos hace un libro, un viaje o un beso. Libro, viaje, beso; son un poco arqueología y un poco biología, o eso dicen los cuánticos, que dicen cada cosa... Ya está todo dicho y es muy nada. El caso es que siento que se me modula el cansancio. Antes me lanzaba a la palabra como búsqueda de sosiego. Ahora casi palpo el esfumato del horizonte y paladeo a Jonathan Ott en un magnolio. Toco el secreto de Las Meninas cuando lo miro. Pienso las películas que hace Christopher Nolan y me da fatiga tanto currazo. La Odisea, ay, se vive y ya. Vamos hacia la arqueología de una Ítaca sin rastro. Vamos. Estamos. Cuando se inicia uno a palparse la biología de la conciencia, parece entender las preguntas de siempre. Hawking decía algo de eso, que la respuesta a la pregunta es que no hay pregunta. Que no hay antes cuando hay un «hay». Un carpe diem continuo hasta que se apaga y otra neurona chispea como energías que colapsan y dan excusa a los abrazos. Esto me ha quedado fonético, balsámico, poético. A los psiconautas se la suda un poco los poetas. Claro, ellos han entrado en la montaña, y han visto el fuego del cosmos. Saben cosas de solitarios que es como mejor se está con el demás de nosotros mismos. Saben que la ignorancia es el único remo, que el asombro nace con cambiar la perspectiva. Los psiconautas se cansaron del verso patoso que hay que latigar para que funcione la emoción. Las palabras ya no erectan porque saben que «quien lo probó lo sabe». Saben que probar tiene sapiencia en asombro y les sobra el mitín. Les sobra la asamblea con sus manitas alzadas para pedir la palabra cuando los actos «probados» saben a ranas distintas y hasta a Sapo Bufo. Que ni príncipe ni hostias, claro. No va más. La jugada acaba por fundir el plomo. Arqueología, biología. Palabras como muletas para surcar el mutismo. De dónde sale el trazo de Goya o la metáfora que ilumina el ángulo imposible. Si no se piensa, si no es razón, no es lenguaje, es otra dimensión, otra conciencia que nos explora, y nos formula al revés como intuyeron los jotacés*. Un flujo que se nos posa, que nos sintoniza, que nos varita. Palabras como remos de Ulises. Palabras como salvavidas que no salvan nada, pero salvan «un» todo. Cambiar un «mi» por un «un» abre la puerta al silencio. Allí, cuando la química hace su biología, en ese mutismo, nace una fonética distinta, un universo inefable que nos escapa, que nos abruma si queremos dirigirlo con el remo de la palabra. Se siente la corriente, el huracán tranquilo que nos lleva. De vuelta, nos encontramos la despensa sin diccionario. Se acabó Hawking, se apagó el pasmo y queda ese polvo, ese cansancio de biología arqueológica que ya no hace llorar. Paro. Insisto. Quiero entrar en la transparencia. Intuyo algo que se ilumina más allá de la luz. Quiero penetrar en los límites del lenguaje. Quiero ese imposible. Navegar el silencio que contempla cómo se mueve un caracol o la sombra marina de un ramaje que agita sus hojas con su pez de plata en claroscuros. Quisiera llegar a las «palabras mudas» que decía Ott, tocarlas y traer alguna de regreso.

* (Así se conoce en Ulises a J[osé] C[arlos] Bouso y a J[uan] C[arlos] Usó. Acerca de la «conciencia»: El sol salió anoche y me cantó / Juan Carlos Usó. - Santander: El Desvelo, 2023Los psiquedélicos van a revolucionar la psiquiatría / José Carlos Bouso. #ESDLB. Cap. 608).


sábado, 20 de junio de 2026

EL ASOMBRO

Después de treinta años me paro a intuir y ver si así nos entendemos. Observo tus movimientos de gato, la belleza de tus ojos vulnerables, vivaces, en una llama frágil y tierna que los envuelve. No pretendas la mirada de limpieza que derrochas. Verte sobrecoge y humaniza. Contagias la bondad de los niños cuando te cogen de la mano, como esta g que flota en el texto, como ese abismo de aire que exhalamos cuando sentimos la vida de súbito. Me haces mejor. Siento el residuo del humano que pretendo. Ahora que las palabras han perdido su tensión y el silencio gana en miradas, hablamos los gestos como nunca. Ahora vivimos los ahoras más abarcadores. Chupo los huesos del goce que da tu compañía. Tienes el chorro del disfrute, la peonza del baile en las caderas. Me das buen rollo porque tu presencia tiene calma, tienes la alegría verde del crecimiento y me subo a ella para viajar hacia el misterio. Abrazados -¿te acuerdas?- rozamos puertas extrañas y notamos huecos al universo. Conocer el asombro desde tu orilla no se olvida. Eres mi mejor memoria, mi soledad abierta. El aprendizaje de merecerte sigue su camino. «¿Qué tal me estoy portando?» «¿Mejoré?» Procuro limar mis verdades con tu vida. Cuando te ríes de mis preguntas me alegro porque querer se completa con la risa. Reír enamora porque deja una lámina desahogada donde bañarse, como un abrazo que se adentra en el ánimo. El agua y la risa son recreos infalibles que te disfrutan. Creo que nuestras risas se quieren y siguen su propio camino insólito. Eres razón y pregunta. Tienes gestos de pétalo, voz de regalo, ademanes de vuelo. Cuando miras, me intimida tu silencio en sombras. Juego con la arena del tiempo en espera. Sigo, persigo. Buceo en las almohadas donde encuentro un océano con tu cuello en maresía. Eres mi único, mi tamiz para el mundo, un oído que contagia infancia. Sigo, persigo tu merecimiento, que llegue el instante en que tus ojos me digan, «parece que este gilipollas me quiere». Y a veces ya, hasta me lo parece.

miércoles, 3 de junio de 2026

EL PLÁTANO

Prostitución como síntesis matrimonial.

El rico desea la avaricia del pobre.

Racionalizó sus contradicciones.

Cuidaba el cariño con hipocresía.

La pluma te enseña a escribir.

Podía bailar muy arriba en el abajo.

Eres mi mejor intento.

Fabricaba cajones de silencio.

Lo difícil es gustarle al hombre plátano.

lunes, 25 de mayo de 2026

LA SORPRESA

Cuando a uno le publican un libro no sabe a donde lo llevará la marea del capricho. La deriva suele vararlos en estantes lejanos de unos amigos que no supieron eludir el regalo o que sucumbieron a la compasión de la compra por el qué dirán de la ilusión. Sin embargo, a veces ocurren estas cosas, carambolas a triple banda como si uno fuese Jackie Gleason en El BuscavidasEl caso es que un colega francés, bibliotecario jubilado, Philippe Billé ha traducido una veintena de aforismos de Torrelodones. El escritor Mario Martín Gijón se hizo eco de Juan Ramón Jiménez y las drogas en El Periodico Extremadura, un artículo que movió por redes y que este colega francés debió leer con atención. Tanta que, al comprobar en mi biografía que había escrito aforismos, tomó el interés suficiente para pedir un ejemplar de Torrelodones para la biblioteca universitaria de Burdeos donde me ha leído y decidido traducir. Y yo feliz. Aquí os dejo el ENLACE.