PRESENTACIÓN
DE TORRELODONES
(Librería
Enclave, 26 de enero de 2026)
Buenas
tardes a todos y muchas gracias por asistir.
Como
no tengo la capacidad de mi colega, he preparado un pequeño texto
para no irme por mis frecuentados cerros de Úbeda.
Está
dividido en dos partes: Acta y lío. Tienen una pretensión poética
de la que pido disculpas anticipadas por su aridez (si lo fuera) y su
brevedad (de no serlo).
Así
que, procedo a leer el acta:
ACTA
Quiero
dar unas gracias firmes a Antonio Ortega por dejar que «Torrelodones»
participe en su selecta colección de poesía que barrunto como
inevitable mascarón de proa de la egipciaca Editorial Dilema.
Y
a la librería Enclave de libros por su labor cultural que nos presta
desde hace casi quince años.
Creo
que debo darle las gracias a Pablo Gadea por haber querido estar
acompañándome en la presentación de este libro y sobre todo por
ser mi Amigo, no diré que el único porque hoy me encuentro arropado
por los mejores abrazos, pero sí -quizá- quien me reconforte más
cerca, pese a que nos veamos siempre tan de tarde en tarde y tan
lejos.
Basta
que no me diga «ven» para ir a verle. Así, me
presenté en su casa de Tánger, en Canarias, Cañicosa o ese
inolvidable quinto sin ascensor cercano a Las Ventas, donde moraba su
cuerpo – y digo cuerpo- de Manolete. En todos sus hogares le he
frito la oreja tantas veces que nos sabemos de memoria.
La
diferencia de Pablo y los demás, es que sabe mirar.
Capta
la emoción de cualquier piedra y le saca partido a cualquier
borracho. Su estado civil «disperso» le lleva a fustigar a La
Cibeles para que le saque de la monodesidia de Madrid hacia los
andurriales de cualquier pezón que mire a un árbol. Cuando se
instala en su sonrisa de perillán, lo posible se convierte en
Lotería donde siempre toca premio. Pinta con mirada de asfalto, fuma
con nostalgias de alegría y escribe como si San Blas fuera marroquí.
No
entiendo nada. Se habla poco de Pablo. De los pocos Pablos que le
quedan al mundo. Un mundo al que se le está poniendo cara de
Groenlandia.
LÍO
Hay
que decir lo que hay que decir pronto,
de
pronto,
visceral
del
tronco;
con
las menos palabras posibles
que
sean posibles los imposibles.
Hay
que hablar poco y decir mucho
hay
que hacer mucho
y
que nos parezca poco:
Arrancar
el gatillo a las armas,
por
ejemplo.
Este
poema de Gloria Fuertes parece buen resumen de lo que pudiera ser un
aforismo. En Torrelodones trato de arrancarle el gatillo a las
palabras. Con «las menos palabras posibles» hacer «posibles los
imposibles», y ya me paso de explicativo porque explicar la poesía
se convierte en un exceso que se paga con prosa.
El
gatillo sabe que «la caricia y el disparo nacen del mismo dedo»,
por eso basta con saborear el tiro. «Basta lo suficiente» decía
Juan Ramón.
Con
este horizonte, supongamos que existe un sol al que llamaremos
aforismo. Ese será el clavo más mínimo al que estoy dispuesto a
aferrarme. Creo entonces que hay que colgarlo de una nube y que
aparezca debajo de una alfombra si acudes a tocarlo. Que te sopape la
cara con su mano de Pedraza si le molestas mucho.
El
aforismo puede llevar un verbo pero nunca el excluyente verbo ser. El
aforismo espira una caricia de llama con ímpetu de verso y mesura de
refrán. Tiene el fleco descuidado, las carnes prietas y un trapo en
la garganta.
La
emoción no admite el tobe estático. En poesía nada es, si
no duda un poco. Quien no escucha no puede acertar y no hay mejor
oído que un beso. Por eso el aforismo tiene actitud de sugerencia.
Eso que estaba por allí y se rescata porque escribir es sorprender a
las cosas. Girar la letra, tocar el acento, jugar con la palabra
hasta que salga el genio escondido. Ocurre que los sustantivos
vuelan, llevan la brisa en los labios y dejan sobre el folio la
palabra mariposa. No olvidemos que la mariposa vuela porque duda.
El
aforismo se escribe con el oído. El sonido ayuda a detectar lo que
sobra, a reconocer el cambio, la silaba tónica del fallo. La
fonética significa mejor. Diré que escribir significa recolectar,
cazar los gatillos que se le olvidaron al mundo, trazar veladuras con
rastros de silencio. Ese silencio olvidado donde el talento anida.
El
aforismo tiene pedagogía sin pretenderla. Conversa con el otro que
llevamos dentro. Amiga con Lope, Quevedo y Calderón. Bergamín, el
último autor del siglo de oro con permiso de Pepe Hierro, dialogaba
con su «cabeza parlante». Cajal, Humboldt o Darwin, con la
ciencia poética. Y aquí tenemos otra pincelada del aforismo: su
sinestesia.
«Basta
lo suficiente», claro. Porque cuando un ojo se abre, un silencio
penetra. Cuando un dedo acaricia, se saborea el chocolate. «Estoy
oyendo crecer a mi hijo», decía Umbral que sabía de estas cosas.
Dijo también que «Vivir es amar y olvidar mucho» porque era
huérfano de afecto. Floreaba líricas en su prosa, novelaba sus
poemas para venderse mejor, con cinismo de niño muerto.
Juan
Rulfo sabía que el verso, el aforismo -qué más da qué-, era
indispensable como el «aire de las colinas». Sabía que el mundo
estaba cerrado hasta que llegó ella. Mojaba sus palabras en cuadros
de Zöbel para amarle Cartas a Clara. Con Rulfo se sabe que lo
sencillo se complica y que la complejidad arde en llamas.
Desde
aquel páramo, qué tristeza da la prosa. Qué lástima que se cuele
en el aire de los poemas. Qué pena que el adjetivo no rompa la mano
al sustantivo. Cómo duele la casa blanca y el cielo azul. Qué rabia
que no reviente la Casa Blanca con bombas de pájaros sin pico, que
manchen de negro sus cúpulas con la sangre enamorada del color rojo.
El
aforismo, como tal, se recolecta poco. Hay que cazarlo en el safari
literario de otros géneros, pero nunca de otros idiomas. Lo siento
por Montaigne, Lichtenberg o Marco Aurelio. Las palabras al
traducirse se secan, pierden la clorofila del sonido y saben a
taxidermia.
El
aforismo pide aire. Sabe que el oxígeno tiene forma de risa, y que
el humor, si es serio, te descojona como un hachazo de Chumy Chúmez.
Así llegó Rodrigo Cortés a su Verbolario: «La capota, la
capota que me aso», dice que dijo Kennedy.
«Si
amaestras una cabra, llevas mucho adelantado» escribió, José Luis
Cuerda. En mi pueblo de la España póstuma también somos de
Faulkner. «¿Pensamos algo o nos esperamos al lunes», dijo el de
Albacete que no es poco. Sabemos que sin absurdo no hay pan duro ni
aforismos, claro.
Josep
Pla había leído a Jules Renard y por eso hablaba en retranca.
Confiaba su gracia a la psicología de lo inanimado. Supo que había
tristeza en cualquier sopa, que el sorbo hacía un ruido viejo como
el gozne del espejito de un baño. El aforismo se fija donde nadie lo
hace y se escribe en cualquier género. Por eso, cuando uno va de
Safari literario, reconoce especies en vías de extinción que cazo
en jaulas de memoria. Hay aforismos que funcionan solos. Un
ornitorrinco es un ornitorrinco. Y es más ornitorrinco si lo
sueltas, de repente, en medio de la Gran Vía. La imagen se expande
como un texto de Francisco Nieva, como el torso de Angélica Liddell
cuando se pone ñoña y en tetas, a burlarse del dolor.
El
aforismo actualiza repeticiones y le confiere al siempre una nueva
vez. Sabe, por ejemplo, que el llanto eyacula; que el gato tiene
modales de biblioteca y que el silencio tiene su lenguaje. Entiende
que Neruda estiró el abanico desde arriba y que muchos cayeron
aunque Miguel Hernández lo cogió del mango para dilatar la
dignidad.
El
aforismo también se caza en el coto de las madrugadas por donde
campaba Ramón, Juan Ramón y Ramón María del Valle Umbral, magos
de la química, funambulistas de la fonética que disparaban tintas
furtivas sobre dianas escondidas. Lo siento por Antonio Porchia.
Ellos crearon el ciervo con fijarse en él. Aparecía en la rama de
un roble, porque supieron que esa rama podía ser una cervera, como
yo pretendo ahora.
Y
es que el aforismo escucha.
¿Por
qué ya nadie escucha?
El
aforismo se sienta en las sentencias con su toga de tiempo y espera.
Esa ceniza tiene algo. Esas letras con desgana cuecen en acero la
saliva. En mi casa se despierta de noche, cuando la madrugada mejora
el silencio y pone venitas en la mirada. Cuando pican los ojos salen
las palabras escondidas con escozor de grava secreta.
Disculpen,
hoy me presto a la teoría, a morir con la mentira del cazador. ¿Qué
hago aquí en este coto público, con mis asesinatos de la mano? ¿Qué
obscenidad es esta que nadie pide y derramo como una bolsa
sanguinolenta?
Sé
que tanta niebla cansa, por eso vuelvo a la oración simple:
sujeto-verbo- predicado: «La tinta-vuelve-a casa».
Nadie
aguanta la niebla y la ebriedad pide cama. Hay que parar como sabemos
los tumbados. Nadie entiende cuando hablan los boquerones y
necesitamos volver al tenedor con su sabor de lengua clásica. La
atmósfera de giros, marea de hermosura.
Pido
perdón. Ya vuelvo.
La
poesía con poesía se explica y por eso este dislate. Entender y
disfrutar son antónimos. Que nadie llegue a Torrelodones a
encontrar un porqué. Encontraréis imposibles varados en el zaguán
de la pregunta. Hay puertas que enseñan con solo cruzarlas como hay
cariños que laten con misterio de libélula. Aquí hay algunos
ejemplos. Os debo mi camino hacia el espejo.
Muchas
Gracias.