sábado, 4 de septiembre de 2021

viernes, 3 de septiembre de 2021

jueves, 2 de septiembre de 2021

EL AFECTO

El pueblo como microscopio.

Gracias significa lo siento.

Robinson dice que es libre.

Vivir a rosca.

La vigilancia se hace sola.

Desahució la mirada.

Ojalá la ciudad fuera un hormiguero.

La propiedad necesita afecto.

jueves, 5 de agosto de 2021

LA SORPRESA

Fabricaba únicos.

Prohibía en libertad.

En salud se mata mejor.

Odio al parche.

La verdad existe, pero dura poco.

Hernia mental.

Toda inteligencia es artificial.

Vivía en la comodidad del malestar.

Acto simbólico revolucionario.

Tu egoísmo es mío.

Sorpresa ordinaria.

martes, 3 de agosto de 2021

LA DISIDENCIA

(Exposición "Disidencia y otras hierbas" de Pedro Sánchez González)

Hay que asomarse al abismo para comprobar que no existe. Hay que bajar a la tragedia para saber que amanece, que la luz vuelve como si todo fuera nada y la arena se la llevara la marea. La disidencia es una hierba que crece en los rincones. Seamos serios. Esto es una broma. El amor es una broma, la fontanería una broma y el arte -oigo risas- la comedia con que pasamos el domingo de los días. Hay, también, personas en el mundo. Gente que pone almohadones en las cabezas de los niños, hombres por los que tragamos el trapo de la existencia. Son los disidentes. No sé. Cada vez que escribo nosé, algo se aclara. No saber es una pausa, un límite que nos respeta como quien mira el horizonte. Es el paso atrás de la perspectiva: la distancia necesaria para ver. En esa línea nace la bacteria silente del caos. En ese bosque atávico, en ese instante tranquilo, a veces, surge la pintura. A veces, el universo cabe en un lienzo. Es la noche que nos mira a base de brochazos fugaces y nos enfrenta con el cosmos de nosotros mismos. Pintar es una forma de creer en la belleza: la manera decente de abrazar a los ojos. Los ojos son lo que nos queda del niño. Las orejas, la nariz y la piel llevan su reloj a cuestas. Las vísceras se pudren como casquería de oro. Los ojos no. Los ojos son dos niños de la mano. Dos siameses que crecen juntos unidos por la mirada. Aquí tenemos una mirada, la broma macabra de un místico social. Veladuras, perseidas de color en rabia, que muestran el polen de la arcada. Nada nuevo. Desde la cueva, desde la primera avispa al último nido de cigüeña, llenamos el hormiguero del tiempo con cáscaras de margen. Llenamos los ojos con bolsas de versos, filatelia o macramé. Nos sentimos aliviados cuando nos abrazan o acertamos con el regalo. No sé. Da igual. Nada aguanta un para qué. Siempre que se mira un niño nace una pregunta. Preguntar es responder un poco. Poco puedo decir de este niño que se convirtió en mi padre. Ya no sé lo que es un padre. No sé cómo se disiente en un tren en marcha ni cómo se digieren las ilusiones necesarias. No sé casi nada, pero me alivia inventarlo. Lo aprendí creciendo entre las formas de estos cuadros. De las hierbas, que ayudan y mucho, hablaremos otro día.

miércoles, 28 de julio de 2021

EL PERSEGUIDOR

 


 
Número 284 de la revista Cáñamo

sábado, 24 de julio de 2021

LA CUEVA

https://www.hoy.es/prov-badajoz/tres-meses-cueva-20210618203130-nt.html

"(él prefiere llamarse ebanista, cuentan algunos vecinos)...".

Claro. Yo también necesito perderme tres meses aunque me conforme con 15 días. Los pobres somos funcionarios. Necesitamos la riqueza de la cueva que llevamos dentro. O sea que nuestra piel es el borde de la montaña, nuestras vísceras la caverna de Platón y un follón de pensamientos en el hueco de Altamira. Hay noches en que salgo a cazar fuera. El sofá se encoge, las metáforas se esconden detrás de los muebles y me voy a La Estación a mirarme el firmamento. Contemplo las estrellas como si fueran las pecas de mis defectos y sigo la trayectoria de mis rencores. El rencor es el espía de la memoria. Un satélite que guiña el ojo cobarde, la sombra que nos impide enterrar el yo bajo la piedra del nosotros. El cielo es una cueva doméstica, un silencio comprensible, educado, que no alarma a los vecinos, porque para mirar el universo hay que callarse. El silencio inesperado alerta. Enseguida salta un «qué te pasa» como si nuestra propia cueva fuera un grito que despliega a los amigos. No se puede uno callar así porque así. Hay que ir tejiendo el gato poco a poco. Somos (aquí está mi «nosotros») la policía del silencio. También el ruido es mudo, pero se le ve el escondite. Es el lobo de los títeres con sus niños de presa. La cueva y el cielo son la misma renuncia. Las estrellas estrenan su melodía de madrugada, cuando la frescura del sueño necesita una mano, porque para mirar hace falta tacto. La mano es una hoja seca que se aleja con el viento y se rompe cuando se apresa. A veces la hojarasca, satura el sumidero y exabrupta una burbuja. Necesitamos (aquí estoy otra vez) volver a la cueva, al cielo, al silencio. Necesito volver al telescopio, comunicarnos ojo a ojo con la luna sin que las concertinas del oleaje, nos roben el aire. La asfixia, puedo decirlo (aquí está mi «vosotros»), es un robo involuntario, la muerte por bondad, la necesidad de un septiembre necesario.

viernes, 16 de julio de 2021

EL LAZO

Hoy, he sorprendido a mi zapatilla con el cordón de sus eles deslazados. He visto las mangas de su abrigo sin cuerpo, lánguidas como heces abandonadas, como una cama deshecha. Aquellos espaguetis de tela oscura brotaban como venas de oscuridad, como si mi pie hubiera echado raíces de pronto y quisieran atarme al suelo de la noche. De pronto fui un jamón sentado con una tomiza abierta y sentí mis entrañas cortadas a cuchillo por no sé qué voraces bocas. La noche se abría hacía una sorpresa tranquila como su brillo de estrellas. Giré el pie para comprobar la escena y colgaron los brazos del cordón. La zapatilla era el cadáver abierto de un delfín que reposaba en la arena. Un sandwich con bordados de lana oscura y olor a queso. Aquella niña de lacias coletas parecía un coche de novia con las cintas dormidas, como si la boda hubiera convertido los adornos en escaleras. Y vi que el poema se pisaba los cordones, que caía al pozo de un vehículo en marcha como si la noche fuera una novia que nos engaña con nosotros mismos, como si el misterio de dormir fuese la suela tranquila que no vemos, pero camina. La serpiente de mi pie enseñó el truco, se hizo blanda, como un hombre abatido, como la idea resignada de un pañuelo arrugado. Aquel cordón decía muchas cosas. Solo supe mirarlo. Lo cogí como quien coge un pajarillo, con la delicadeza de una muerte pequeña, con la mano con que tocamos la carita de un recién nacido. Hice el nudo. Tenía tacto de peonza, de piedras tiradas en la memoria que un día recoges cuando te atas la zapatilla, como el lazo cursi del sujetador que me regalaron un día. Las cuerdas se mueren cuando se desatan, como el ovillo que deshace su laberinto, como la alfombra que encuentra su salón. Mi pie es una maceta de flores que cuelgan. La zapatilla es la támbara del mono, el truco del camino, la cuerda floja de la subida al Tourmalet. El lazo, que necesitamos para que la vida no se escape, a veces flojea. Andamos sobre el fonambulismo de un poema, que se desata.

sábado, 10 de julio de 2021

EL VAGIDO

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura...

«Aullido». Allen Gingsberg.

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por las oposiciones a obediencia, hambrientas de histéricas vestidas de Inditex, arrastrándose por los tribunales de los funcionarios al anochecer en busca de un cómodo salario,

hipsters sin cabeza votando la antigua mesa electoral con la cruzada de la fanfarria eterna,

que pobres y subcontratados y ojerosos pasaron la noche estudiando en la oscuridad del futuro, de pisos de estudiantes, apartamentos de vacaciones pagados por sus padres contemplando la electrónica del grunge, el rap y el reaggeton postrero,

que desnudaron sus cerebros ante el cielo del 15M y vieron como Podemos les desencantaba la enésima ilusión, que nunca fue porque nunca tuvieron palabras en los bolsillos,

que pasaron por las universidades para adoptar la pose del convencimiento, de la promesa incumplida y la tragedia de Kurt Kobain flotando en las cabezas,

que se pintaron la bandera de España al ganar la primera Eurocopa porque lo dijo el abuelo antes de morir, y Vicente del Bosque era nuestro viejo profesor, la buena persona de la moral alta en la que había que mirarse,

que el aula fue la pistola que teñía de paternidad y se dan las collejas de los consejos con la misma condescendencia, sin más trauma que hacer lo que se puede ni más consuelo que el salario basura que hasta Rajoy subía,

que lo menos malo era lo mejor y además era cierto, en la desgracia cotidiana inmejorable que nos ofrece el mejor de los mundos imposibles, 

que el mundo era un parque de turismo temático en suspensión de pagos y el ocio como un negocio de afectos sociales, que todas las redes eran redes de pesca y todos los bancos de sangre, y todo el dinero público y toda relación de conveniencia,

[...]

que escribiría como las traducciones malas, para parecer, como los poetas como Ginsberg, con un manifiesto fuerte que se subrayen los libros de textos y dar entrevistas, cambiando los tiempos verbales y darlo como frescura sin concordancia,

que de tanto mirar el firmamento de madrugada me hizo aprender del universo y cuando regresé los amigos se me habían caído de la boda, y se hicieron padres para apartarse de la depresión que nunca nos abandona,

que quienes fueron lo que les dejaron pagaron demasiado fuerte la factura de ser su nada, pero fueron, y siguieron la senda de noche que busca su conciencia, en el fracaso de la química inorgánica,

y se alzaron en su soledad de brisa, de placer al vuelo, en la mejor tragedia que supieron ser para acabar la media sonrisa que solían como si fuera el absoluto corazón de Berlanga quien les alimentase mil años.

jueves, 8 de julio de 2021

EL PISTACHO

La caza anoche fue bien. Mientras aguardaba en el sofá, el tiempo infló la inercia para sacar a flote los cadáveres sin dueño: que no sirve ser intenso y que el tiempo lima la alegría de las cosas. Emergió el vacío que vive en el día después, el lustre perdido de un libro recién abierto y la garantía vencida del coche aunque brille la chapa. Ese inasible convierte la risa en mueca y duele como la guillotina que no cae. La resaca no es más que una molestia que se diluye en la rutina sin que ningún pecho roce tu codo como si nada. La desilusión importa porque cede su espacio a la inercia. Es la sutileza del hambre diluida en el quinto pistacho, como el cansancio tranquilo que aparece tras la brisa del paseo. Es lo que queda tras soplar un verso brillante. El labio deja su forma en la copa vacía y los árboles noviembran su ramaje. Heráclito se equivocaba. Los ríos son corrientes en pausa, rocas sonoras en trampa. También el para qué se acaba como un maquillaje roto. Y sin embargo, también hay un deterioro honesto -hoy su pelo canoso está sucio y eso me alegra-, y las palabras quemadas dejan olor a reciente. Los dados no funden el juego de la cama y reaccionamos sin tacto, como la flor y la luz, como el sexo y la sorpresa, como la vida y la nada ¿Qué ocurre entonces? Una suciedad tranquila alegra el suelo de los días, como una siembra íes. Observo el ánimo de cada emoción. Por qué las ocho de la mañana son tan distintas de las seis. Qué ha ocurrido en el aliento del tiempo. Busco las metáforas y las pongo en la incubadora del verso. Siempre el mismo poema y diferente, porque algo se le desprendió a la última y griega. Y busco la cáscara del pistacho que florece los hormigueros.