sábado, 31 de enero de 2026

LA CIÁTICA X

Hay arrugas que duelen como recuerdos de un golpe con el patín de la infancia. La ciática duele como una arruga de patín adulto, duele porque ya no hay patín para que duela. Es un dolor que se multiplica por lo que deja de existir. Sabes que ya no habrá más juego que el dolor que vuelva con su antigüedad de temporada. La arruga emocional duele con cualquier objeto que active la memoria. La ciática volverá para recordarte el futuro que me espera. Hay gestos que me engrandecen de solo pensarlos como llevar viviendo de los libros veinticinco años por estos andurriales póstumos. Engradece la baja por no poder sentarte y pasarme dos meses de tumbado. Todo cierto y legal y hasta obligatorio. Con este currículum se acuerda uno de Rajoy y piensa «Jonás, sé fuerte». Galdós decía que su Abuelo estaba muy solo porque iba por el tercer perro enterrado. Leauteaud tenía una granja de gatos para olvidar su bastardía. Yo colecciono fisios para tamizarme el tumbado, para alicatar la ciática de extrañeza, para revestir de humanidad a las farmacéuticas. Qué más da cinco perros, que cinco gatos, que cinco fisios. Mi dolor es una pierna que se folla cualquier mano si la pago treinta euros. Esta prostitución inversa pone la cama y la paciencia. Soy una puta que lo necesita, que quiere que le follen para cambiar de cama. Una puta que espera un alta para volver a prostituirse a la esquina pública de su biblioteca. Los tumbados follamos poco porque nos duele mucho. Diferenciamos bien los verbos joder y follar, algo que los verticales mezclan si les conviene para el chiste. Cinco fisios, cinco medusas por mi pierna como bocas de Panero cuando bebía Coca-Cola. Soy una puta que paga para que le duelan. Soy la arruga que se estira, el patín de la memoria que sale a buscarse. «Voy a buscar a Jonás, a ver si se sale», pero no estoy o eso me digo. Cuando llega la tarde, Mordor parece hervir de frío. Las montañas parecen un filo de orejas que palpitan un sabañón escondido. Las uñas se parten sin que se note hasta que se chiva la lana de un jersey que no es de lana. L. alivia con su charla de juventud los silencios de bronce que llevamos las putas. Es una fisio de aguja, teje con su verborrea un ganchillo de una hora. La ciática pasa a un segundo plano y me espasma la pierna como la rana diseccionada de las ciencias naturales, con ese espasmo de pila de petaca y tacto viscoso. Mi pierna parece la tripa de un batracio que se estira con esa magia de la física, como el globo frotado de los pelos o el lápiz al que se pegan papelitos. Es la ilusión de la energía, ese fanatismo de la juventud que L. me transmite con su incontinencia verbal. En mi esquina bibliotecaria todo sigue peor. Proxenetas sin subvención y clientes que te echan de menos como molestias de perro que te lame la cara o te pone la pata sucia sobre el pantalón. Vienen a meterme la cara entre el libro y la pierna para que les diga que el baño está a la derecha. Estoy curado porque he perdido novedad como ya dije. A los dos días mis lectores ya no preguntan por mi salud y me exigen lo que solían. Vivir metaboliza vida y muerte, presencia y ausencia. No sostenemos el ayuno mucho tiempo porque somos una tripa enorme, un ano de mierda que gravita los sumideros. Marcamos el territorio como los gatos de Leateaud, como los perros de Galdós y las medusas de la puta que soy yo. Esta fisio joven como una ele -como la L. de su sombre que sostiene la arquitectura-, me pone agujitas eléctricas. Me pincha como si fuera un lepidóptero, me pone corrientes de scalextric, me convierte en pretecnología, me aniña. Con L. tengo veinte años de arruga en la pierna. Por un momento la ciática parece una larva de veinte kilos que ella pinchotea como un vudú. Soy una puta de trapo, una oreja en una camilla, el frío en la clase de ciencias y así. Ahora que la vida me ha puesto un chip de dolor me queda el consuelo de las medusas. Esperar a cambiar de manos como esperan a cambiar de tristeza las langostas de los restaurantes. Soy una puta en un acuario a la que tocan el cristal lectores con agujas. L. me pregunta desde su juventud. Comenta sus aguijazos con tono de verdulera. Solo le falta apuntillar su verborrea con esas coletillas de «corazón» y «tesoro» que ahora me dice mi colega Andrea. He vuelto a verle desde que estoy de alta. Andrea me pone cafés cortados con salchichas que no me cobra nunca. A mí me da vergüenza que me invite delante de sus clientes habituales, pero él tiene la inconsciencia de la terapia y me pone agujitas de palillo en las patatas. He vuelto a la rutina del esquinazo, al prostíbulo que conseguí a base de juicios y denuncias. He dejado mi grandeza de tumbado por mi desgracia de privilegio. Estoy curado, perdí la novedad. Habrá que esperar otra excusa para inventarme. Ahora tengo que alimentar esta arruga con medusas. L. me queda cerca y juega con mi ciática al operador. Tendré que buscar nuevas excusas con que divertirme las palabras, colocar otra jarra que complete el bodegón. La ciática ya me aburre, ha perdido fuelle y ya voy por el camino del Abuelo de Galdós, pero en cnidarios. La verdad es que le agradezco a L. que me haga cambiar de aburrimiento como vosotros cuando leéis textos como este. 

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