miércoles, 8 de octubre de 2014

LA TORRE LUCÍA

Para Diana, Mónica y Abel
que estuvieron allí.

Plasencia tiene una plaza mayor recoleta de un calor aplastado que en octubre da sudor por las prendas confundidas del calendario. Heroinómanos tienden su mono pidiendo una moneda para su cadáver. Los camareros del Goya representan la hostelería castiza del bar estrecho con servicio al fondo a la derecha. Camisa blanca, pantalón negro planchado a raya y corte a la posguerra. Pocos negocios han evolucionado menos en un progreso evidente. Frente a la portada del Ayuntamiento se levantaba un escenario sin que ninguna pancarta anunciara su porqué, invitando a ese cotilleo que, a menudo, mejora la previsible realidad. Y recuerdo que mi hermano tenía previsto que "me han llamado para actuar en un festival de músicos callejeros en Plasencia". Y le llamo y me dice que va a empezar ahora mismo en el recinto de la Torre Lucía. Subimos hacia el teatro Alcázar, y de allí, sin más anuncio que un eco lejano de una cercana música, dimos por entrar al recinto de la cosa. "Supongo que será aquí", le dije a Mónica. Por los márgenes del recinto se desperdigaban varios instalaches en una asimetría rectangular. Vendían cerveza artesana a precio delicatessen; pequeños toldos prefabricados a modo de carpas plegables sosteniendo una pequeña sombra y un bafle mudo. Dos famélicas pantallas desamparadas en la amplitud de la plaza proyectaban el exquisito toque de mi hermano con su pose tranquila de virtuoso. Diana -ojos de glauca miel- nos saludó y escuchamos.

Engarzó arpegios, acordes y punteos hasta completar un breve repertorio de  media hora entrañable. Nunca ha leído un libro y tiene la vida llena. Posee una intuición que le desborda en una intimidad poética. Compone delicadas melodías desde la asepsia de su gesto. Bucles que calan la sensibilidad armónica del oído. El oído es el olfato del hombre. Sin nariz no sabemos dónde anda la creación. Es el vistazo que nos lleva hacia la taza caliente del temblor. “Son cien euros por una hora”, dice mi hermano, con ese desprestigiarse del que se gusta. Y ella, que se vende aprecioputa. “De lujo -me dice- que yo cobro a cinco euros la hora”. Me callo, yo no llego a cuatro. Abel siempre tiene una frase pedestre que le corte las alas a sus dedos. Es la ley del mínimo en serio. Eso le ayuda a desplegar su halo de bohemia encantadora que culmina en una meticulosa apariencia desarrapada, tatuajes y rastas. “Quién quiere semen de burra”, dice señalando una cerveza. Levanto el dedo “que sean cinco”. Y le clavan tres euros por vaso y se ríe con la risa de lo pasado, con la carcajada de quienes padecen la vida como quien oye llover -es agua, es vida, es semen de burra- y la tarde fue pasando entre besos, acordes y un speaker con gafas y bigote. Sus palabras inseguras desnudaban a un hombre tímido oculto tras las birras de un cigarro. Niños correteando, huyendo de madres rubias y abrazos de domingo. Tenderetes que ofrecían útiles de cuero de una manualidad repetida, de una artesanía industrial. Y nos cantamos unas rumbas cuando el alcohol había subido la luna a lo alto y las piedras rezumaban un relente de ocaso. Los cuerpos columpiaban el sábado cuando mi hermano dejó la guitarra para sacar el gorro de lana de las limosnas. Y por allí pasó mi librera con la belleza mortecina de lo flaco y su flequillo negro cortado a frente, y Miguel con su efébica novia, y Manolo quesiempreencuentroaalguiendeBaños, y mi prima Rebeca con su morenía a plena sonrisa. Había una ligereza fresca y olorosa de la noche que comienza. Y cuando todo se concretaba nos fuimos. El speaker brindó con Abel diciéndole “de dónde has sacado a este”, “es mi hermano”, escuché. Y me fui envanecido pensando en el gorro de las limosnas.

Ya en el coche, camino de casa, mi verborrea liquidó el diálogo en una incontinencia verbal que Mónica asumió con un silencio displicente. Llegamos al único bar abierto. En la oscuridad, la endogamia se muestra radiante, como una incapacidad que trota con su agónico troquel. Padres. Gentes sin más perspectiva que la prole, la partida y el cubalibre. Destierran el “noesesto” con el “ponmeotra” y se la ponen, y se ponen y se lo beben y se acuestan prolongando la tragedia hasta el próximo silencio. La semana trascurrirá entre horarios y disculpas para llegar al tesoro de las madrugadas. Víboras sin más veneno que un mechero que alguien robará con la risa maléfica de lo acumulado, ese absurdo del tiempo sin disfrute, esa acidia del cinismo que odia las preguntas.

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