jueves, 15 de enero de 2026

LA CIÁTICA IX

La salud regresa cuando la enfermedad pierde novedad. La vida consiste en esa resignación, ese quitarle importancia a que te llamen asesino como un paleto de Gila. Gaza ya no muere tanto una vez muerto, si le quitas la novedad el mundo regresa a su vejez de agua caliente. Solo se muere quien no se había muerto nunca. El accidente, la bomba y ese etcétera de daño vuelve a la normalidad de la vida si le quitas el ruido del foco, del telediario y la mani del domingo si no hay misa. Donde estará ya Haití, el volcán de La Palma o la Talidomida. Mi ciática tiene ya visos de guerra de Ucrania, esa antigualla que no interesa a nadie. Cuando se pierde la urgencia comienza el coñazo, la anemia cotidiana del cansancio que se compara con un «qué le vamos a hacer». La tristeza tiene razón, pero nada más. Cada uno vive su muerto como puede, por eso se llenan los bolsillos de antidepresivos porque las consultas de los amigos no dan a basto, y además no tengo. Por eso la solidaridad es un excedente, una forma de quitarle peso al ombligo, un oxígeno de domingos que se dan los padres, los funcionarios y otros vecinos de la nómina. Los Nadie no piensan en el Bisfenol A ni tiran el plástico al amarillo porque seguramente lo aprovechan para tapar una gotera. Sí, la salud es un privilegio de quienes tienen tiempo para pensar en ella, quienes viven en la dolencia perdieron la novedad en una montanera sin recetas. Para ellos la sorpresa reside en un pellizco de lotería que les tape el agujero de su vida. La vida es ese corcho, ese tapón que estabiliza la casa, la salud y el tiempo que nos queda. Los Di Caprio lo llevamos claro porque lo de menos es pagar las fantas, claro. Decía que ya he incorporado la ciática a mi vida. Sigo con molestias que me pinchan el gemelo como si fuera una avispa tobillera del tamaño de un cepo. Eso después de tres meses de fisio, opioides, estiramientos y balneario, lo que quiere decir que el cuerpo va a su pedo, que los resortes del dolor no tienen más remedio que la resignación, esperar a que pierdan novedad. Laporte, Gotzsche y esta gente hablan de Regresión a la Media que debe ser la forma científica de decir esta poética. Uno, que anda literario por la vida, pues se pone en plan periódico de ayer, en plan pan duro y en plan biblioteca. Lo tengo todo. Soy el Manrique del pensar, un morir superficial, recalentado en el microondas de la palabra. Para colmo las subo a este blog del que se ríen hasta los literatos que andan ya en Cum Laude de Instagram. Los periodistas -es un decir- se mofan de que escriba en este invento desfasado que perdió su actualidad. Cuando me pitaban los oídos ya me lo dijo mi Otorrino: «no lo pienses». La salud consiste en no pensar en ella. Saber que tienes dos lesiones cerebrales y que el neurocirujano los llame «tumorcillos». Quitarle importancia con el «vuelva usted mañana» que en medicina se llama revisión, Baja o análisis, según la antigüedad. Así, poco a poco, mes a mes, año a año, el achaque pierde novedad y se enquista como un callo, se suelda como un hueso, o te duele cuando quiere como una hernia, que es el caso. La dermatitis y la almorrana ya ni cuentan. La novedad tiene la angustia de lo súbito, esa alegría inversa que necesita polvo para amortiguarse. Cuando la gente no pregunta por ti es que estás mejor. El telediario confunde las borrascas y alguien nuevo morirá porque siempre se muere quien no se había muerto nunca, hasta que llega el día en que te miras el muñón como quien lee una novela rusa. Así que tiendo a lo antiguo como forma de hacer deporte, de rejuvenecerme. Me pongo una levita, un reloj con leontina y un monedero de herradura como quien toma una aspirina porque la aspirina ya no se toma y eso la hace mejor, como si su olvido la diera una fórmula renovada. Ahora la novedad es lo permanente, la benzodiacepina, la depresión y el diagnóstico psiquiátrico que nos ponga en la onda de lo frenético. Los tumbados somos antiguos, gente que se para a escribir en un blog ideas que no lee nadie; literatura para familiares y amigos que se compadecen a través de mis dolores. Leerme -con la vejez que arrastro- os vuelve saludables. Os da un revolcón como una paja narrativa que hay que pararse a pensar por si entra en la paradoja de lo insólito. Reciente, insólito o fresco, qué más da si enferma nuestra culpa, si sabéis que os he llevado al gol de la poesía a través del retruécano poético. Sí, la lectura sirve como placer además de pasatiempo. Si divertir y entretener queman el antagonismo por la vía de la salud del verso que tampoco existe desde que Juan Ramón se puso el opio por montera. Hay que ser muy burro para que no te guste Platero. Por eso escribo, para darle cana al sonido, ahora que no canto y no espanto mis males porque la salud consiste en anticuarse, ponerse Nokia, regresar al pueblo y volverse tacaño. Rumiar la ciática ajena con despotriques de Baja «¡si le he visto yo haciendo la compra!». La salud vive en los odios cotidianos, en el banquero de mesacamilla, en calentar el ahorro y criticar el dispendio como quien se chuta una alegría. El odio rejuvenece, convierte Groenlandia en Panamá, devuelve la actualidad al siglo XIX y hace de Trump un Monroe muy sano. Uno, que es tan antiguo, no odia y por eso enferma. Resigné mis ascos a desprecios de lanzallamas imaginarios. Convertí la catequesis del Covirán en sarcasmos de Chamorro. En estos bálsamos de almoneda me procuro el Alta. Hay que decir que la burocracia no se rompió los cuernos. On/off. La novedad no se entera.

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