George Brecht
Sink, 1962-63/1974
Lavabo blanco con pastilla de jabón negra y cepillos de colores en un vaso. 80x68x56 cm.
EL LAVABO
Yo no sabía que George Brecht era George Ellis MacDiarmid. Me la suda. Pero en su lavabo se ve una pipa de Magritte que dice «esto no es una pipa», como un sucedáneo de la fuente de Duchamp. Las artes de los sesenta tuvieron en John Cage a su Timothy Leary que escribía en el agua de las vanguardias toda su lisergia. El lavabo tiene el tono de los pañales, el brillo viejo de los ojos con cataratas y el olor a polvo de las pensiones donde se oye una tos. Brecht es un sonido de tela rota, un eructo adolescente que vio en Cage el silbido bandasonoro de las películas de Morricone. Esos detalles de emoción que Ramón greguerizaba como nadie. «Mirar para ver lo ausente» es un pleonasmo, una redundancia. Se mira para sorprender a las cosas, para ver la saburra del cepillo que limpia la resaca del fracaso como la inercia de un matrimonio. Se mira para ver la flema del sumidero, el gapo que insulta a las gargantas y asfixia las verdades que no decimos. El lavabo es un váter inverso, una lámpara que ilumina las legañas, un embudo de loco al que nos asomamos para llorar el sueño y reposar el jabón. El sink de Brecht nos enseña los pelos de la tubería y los jirones de la arcada de un esmalte que se quita. Tiene algo de chuta, de dentadura postiza, y de goteras. Mirar el sink de Brecht es ver el lavabo de MacDiarmid porque la mirada está afuera y ya sabemos que «el ojo no es ojo porque tú lo veas es ojo porque te ve». Por eso se equivoca el amor y se van las mujeres guapas con los hombres feos. Asomarse a Brecht es un vértigo de sumidero. Perder la barandilla, quitarse el cinturón del coche que Vostell estampa en el cemento de los Barruecos. Vostell era un lavabo humano que sabía mejor que nadie para lo que sirve un lavadero. Plantaba un caza ruso para dar sombra al ánimo. Un Mig-21 para refrescar al paisano que se fija en la cigüeña y el cigüeñal y «lo que pesará eso en chatarra». Ese frescor abrupto, esa implosión de barras de pan y chapa de coche, sobrecoge como un fulgor austrohúngaro. Vostell, sabía que equivocarse es un acierto que es la forma tudesca de «lo que lo que no se da se pierde». Salpicaba sus obras con hostias de cemento y óxidos de tristeza porque él venía de aquella infancia alemana en que aprendió que el siglo XX eran dos cruces. Ser un Dalí de Malpartida es ser tu propio happening. Ser tu propio lavabo y andar con los grifos por fuera para dejar una huella macarra que reconforte a los triperos. Ese chispazo, esa sugerencia, puede darle emoción al frankenstein. De rosas no revive nadie y se le ponen a los muertos. Es la espina quien recuerda a la sangre su existencia, quien recuerda al ombligo su honestidad cuando protesta. Por eso los homúnculos lloran botones como lágrimas de Android. Se hacen selfies inversos. Se muestran invisibles a bases de miradas. No sé. Hay que mirar lo que no se sabe mirar, hacer lo que no podemos, pisar el misterio a ver qué pasa: cruzar la frontera del lavabo. El embudo de Brecht es la muñeca hinchable de Berlanga y el garrotazo de Goya. Es el palo castizo que se le mete por el culo al burro de los quintos o al mocho de la fregona. El español lleva un palo en la frente que le hace las arrugas y engarza los muñecos del futbolín. Ese palo que le ponemos a todo, para atrancar la puerta del suicida y poner la banderita al agujero en los campos de golf. Hasta la mierda la pinchamos en un palo a modo de estandarte como si fuera un poema, como este.
"MIRAR PARA VER LO AUSENTE" (POEMAS)











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