Cuando se pierde la concepción del tiempo se pregunta uno si existió alguna vez, si la realidad, la conciencia y esas cosas de Damasio son algo más que un capricho celular. Basta remover la química para remover la realidad. Bueno, eso o que el gobierno diga que a las tres son las dos o que Trump diga que el gobierno es él y sus cojones de petróleo. Salgo al paseo ciático con más frío que vergüenza. Las montañas de Mordor son un espectáculo de alambres y estacas clavadas en el granito con la fuerza cruda del gris vertical. A veces el blanco suaviza las concertinas y le da al frío la calidez de la nieve. Cuando sopla un poco el viento el gorro confiesa su polyester, como si Trump hubiera cagado un poco de crudo sobre mi cabeza, como si estas tierras raras fueran una Groenlandia deficitaria, en la que solo quedamos los Tumbados del paseo. Me lloran los ojos entre el frío y la fiebre. Me duele la pierna entre la ciática y el reúma. La enfermedad es esa frontera, ese puente sin amarre que no se reconoce, ese tiempo sin tiempo de la baja. La tarde vino como llegó la mañana. Sigo dentro de mi mismo a la espera del tiempo sucesivo. Entendemos que estar bien es recuperar el horario, volver a perder el tiempo. Eso es la vida, decía Bergamín. Por eso yo ahora estoy muerto. Soy el tiempo detenido y sin pauta. Libro, película y pensamiento. Atmósfera sin más motivo que el capricho. Soy un jubilado temporal que quiere dejar de serlo por aquello de la salud que no es más que ignorar la enfermedad. La enfermedad nos da una pausa para resignarnos, para que pensemos en la muerte a plazos, en los plazos que nos da la muerte para que vayamos acostumbrados a su abrazo. El dolor nos resigna a la vida. Nos lleva al espejo de las fotografías, a la memoria de los que no están, a compararnos las tragedias. Miserias humanas y cotidianas que devuelven la savia a la vida. Desde la pensión Bronquitis todos los días son el mismo día. Convivimos en una sucesión de abrazos de leche y miel. Se degusta mejor la molestia cotidiana con que nos enamoramos. Es muy fácil fregar los cacharros, llenar la escupidera y mirarte a los ojos. El placer sencillo del odio, de la caricia y poner la mesa. Decirte hasta mañana que es decir hasta siempre porque el tiempo, ya lo dijimos, no existe ahora. Tu presencia es quien me une al mundo. Mi única oreja, mi única mano, el único habitante de mi soledad. Mi soy, mi plátano y mi cuello sobre la cama. Quizá existamos para aliviar soledad. Solitarios con necesidad de cartas de café. Legañas que anhelan una mano que devuelva al ojo su alegría. Escuchas de macramé y dosis de tiempo amable para reconfortar el desamparo. En estos talleres conviene un buen compañero de viaje. En la tormenta de bronquios y Gelocatil, en mitad del rayo dexametosano, he vuelto al nido del letargo amable, a la comodidad de la presencia atenta. Tus manos son una manta, tus ojos una hija, tus pasos la vida que se extiende como hojas de un otoño que florece. Desprendes ternura y saberlo toca. Cuando el frío del mundo crece queda tu fiebre, tu candor, tu recogida sabiduría de silencio. Frente a mi queja, frente a mi frente, queda tu duda. Queda tu grandeza de madre a la que negué los hijos. Tumbado en esta jubilación sin tiempo, confundo las orfandades. No sé quien murió antes si el hijo o el tiempo. Quien es más madre si tú o yo. Esta confusión sin tiempo, esta atmósfera de miel y termómetro nos acerca a nuestra historia, ese tiempo sin tiempo que nos guía. Tumbado, jubilado, muerto sin todavía, entiendo que la vida no es más que esto, una compañía amable y atenta con ganas de mejorarse. «Ha llegado otro libro», y me sonríes mientras me desnudas y no sé cómo responderte. Sigo hacia tu misterio tranquilo, indago en tu dolor sin importancia. Has cerrado las puertas que no ocurren, pero riegas las ventanas por donde crecen pájaros que no me canso de volar. Hay luces por todas partes, instantes que no existen sin tu tranquilidad. Siempre tienes un «quieres» que ofrecer. Ya no escribo el ácido de los días. Cómo puedo, si me traes un café -«¿bombón o palmerita?-, ser el cabrón que soy. Abro el paquete y viene más Chumy y un Huxley de mescalina. Moksha que viene a ser el Viaje a Godenholm de Jünger, pero en plan antología. Aldous se quedó ciego, pero veía mejor que nadie. Le dolía un mundo superpoblado allá por los años cincuenta del siglo XX. Ahora Trump quiere Groenlandia para darle consumo al rebaño que cambia el clima para mayor escarnio de mi ciática. Las «tierras raras» son un pleonasmo. Dice Sheldrake que en un metro cúbico de suelo hay micelio para llegar a la la luna. Xiaodong que no sabemos qué hay en el núcleo y así. Tierras raras es el eufemismo para llamar a la tecnología que ya sabemos que tiene gatillo como toda ciencia. Ciencia y gatillo son eufemismos de contaminación, como tirarse un pedo o buscar en Google. Que leas esto perjudica el medio ambiente porque Huxley tenía razón: somos muchos. Volverá el tiempo de los ventiladores. Al final el tiempo se impone por más que la ciática nebulice su percepción en una fiebre de bronquios y convulsiones de miel. El tiempo no tiene consciencia Damasio, qué cojones pasa aquí. Pasamos por la ciática de la vida sin saber nada, como una baja mental en la que tumbarnos a esperar una alegría que nos justifique. Este año he sido bueno y los Reyes me han traído muchas cosas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario