jueves, 30 de abril de 2026

LA LOCURA (y II)

El valle está como un brócoli, como un verdor en redondez que se contiene. Abril se encarga de mojarlo y darle fotografía con rayo y nubarrón. La filmografía de Peckinpah me vale, me viene con el paraguas porque la violencia tiene ramas como un tronco de emoción. Le busco sinónimos al amor para que vuelva a significar. Tengo que escribir despacio para que el lector perciba que este ambiente de brócoli tiene metáfora en mi escritorio. Antes salían de su madriguera de madrugada (creo que madriguera viene de ahí). Salían solas como una recompensa al silencio, como premio al insomne, como un yoquehostiassé. El caso es que solo había que abarcar el chorro para que no se escaparan, como abrazan los niños el suelo de las cabalgatas. Sentarse y chupar los caramelos era un disfrute que Peckinpah me ha devuelto con su brócoli de amor violento. La coliflor huele a pedo y no viste nada en las revistas de dieta. La berza suena a pueblo y tiene un verde comido por la palabra emigrante. La coliflor tiene un blanco cerebral que rehogamos para olvidarnos de su alma de nuez. El trueno me devuelve a la clase de ciencias naturales, al narigudo don Santiago que llamábamos «Santi el de Naturales», pero que le pongo el don delante para darle más infancia (yo nací -perdonadme- con el tuteo demócrata). El trueno rompe la física, el tiempo y esas cosas de la conciencia. Cosas de arena, cosas que la psiquedelia va licuando por los aires mientras te deja cara de flipe. Esto de la realidad cada vez lo entiendo menos. Este berenjenal que chilla brócolis o muta en patatal, me tiene perplejo a estas edades. Cuando mis contemporáneos amasan las certezas de la barriga y el cochazo, uno anda por el vértigo del brócoli. Me pasé el western de la memoria con Regreso al futuro, por eso no entiendo a qué viene esta infancia de otro, este Grupo Salvaje de los sesenta, este revivirme en aventuras que le molaban a Chamorro. Pues sí, el brócoli alienta las aventuras de la rama, del árbol que esconde un revólver, un indio ahorcado y un polvo de grava en el culo (si no pongo la palabra culo al final no se entiende el polvo). Decía que este verdor, este empuje del agua hacia el sol, me tiene tenso. Me fustiga el trueno de abril como un rayo de memoria. Me pongo Peckinpah, borracho y Dostoiesky, para llorar mejor. Llorar viene de reír padentro. Risa de brócoli para entender La Huida, ese amor inasible que se llama compañía, ese tiempo acumulado, esa experiencia que alimenta a la extrañeza, al asombro del rayo que jamás se repite. Peckinpah era un romántico que creía en el amor porque sabía que no existe. Sabía que la palabra estaba hueca como una coliflor, que había que salpimentar aquello con tiros y la hostia para que funcionara el vertedero. Peckinpah conocía el fracaso y su épica de domingo como ese tirón de manta que da la espalda al cariño. En Perros de paja pone la vida sobre la mesa de una mujer. A Despentes le quedó un paluego con Teoría King-Kong, pero Susan George ya lo había gemido todo. Peckinpah hizo películas para sacar la espalda mejicana de las mujeres. Coburn, Heston o Holden, a todos se les cae la pistola al filo de un espinazo. En Quiero la cabeza de Alfredo García, Isela Vega condensa el universo femenino y Warren Oates le corta la cabeza al brócoli. Nos planta en la ambición decapitada con las moscas ruidosas que cantaba don Antonio Machacado. Resulta que mi heavy de los noventa venía de Peckinpah sin yo saberlo. Guns n´roses le cogió el tiro prestado a Bob Dylan. Knockin on heaven's door es la pólvora de la película, la atmósfera que perdona el pegotazo que Peckinpah le regala a Robert Allen en forma de Alias. Resulta que al final vengo de Dylan, de la poesía de Thomas, del desierto de whisky y del Nobel de literatura. En fin. Decíamos ayer, que la locura necesita obsesión y cariño. Un público para la épica del final. La tierna condescendencia de los niños y los viejos con la mano que atusa los anhelos. Escuchamos para colmar la importancia cuando no se tiene. Escuchar es dar la razón a la tontería porque el niño/viejo tiene locura en espera, un légamo tierno en cimientos/escombros. Una/ que balancea la emoción y nos conmueve. Peckinpah muestra como nadie lo que habita en el silencio. Llena sus personajes de pausa para entenderlos mejor como hacía Harold Pinter. Empatizamos con el hueco porque nos llena. No hace falta ponerse cuántico para comprender la calma, por eso la vejez camina hacia el remanso. El paréntesis tiene un lenguaje atávico que nos predispone. En poesía se escribe «no sé». Quintero lo sabía y se enchalecaba pañuelos como un cowboy de autonómica, como un Peckinpah de Canal Sur que convertía a Bob Dylan en Risitas. La locura del brócoli te arrastra por charcos de tiempo y cráneos partidos que suenan a maceta. Abril te oscurece la tarde, atruena verdores y recuerdas que has dejado el coche debajo del árbol mientras tiras de la sabana. La vida es ese tirón, ese darnos la espalda, ese encontrarnos con Peckinpah sin saber por qué, como una floración de berza por el tobogán de la Ketamina. Peckinpah suena al golpe que nos dejaba sin aire en los coches de choque. Cada vez que cuezo un brócoli me acuerdo de Bob Dylan y los pezones de Susan George aunque sean las once de la mañana. Envejecer debe parecerse a esto.

martes, 21 de abril de 2026

LA CANTIDAD

Dinero relleno.

Limpiar la conciencia la ensucia.

Saboreaba la libertad de la tutela.

Lo personal fabrica ingenuidad. 

Hay sinónimos que crecen hacia la antonimia.

Y el comentario mutó en pensamiento.

Pesimismo atávico por realismo histórico.

Quien te dirige se llama coordinador.

Los dedos hablan el lenguaje del cabello.

Resultado de la lucha obrera fue su paladar.

Somos muchos.

martes, 14 de abril de 2026

LA LOCURA

Sin locura el mantel se queda planchado. El loco arruga las cosas por arrebato. El enajenado nunca corta el cable rojo. Deja la puerta del baño abierta y grita para que se enteren de cómo tiene las venas. El manicomio está lleno de niños que piden teta. Piden la vanidad que el mundo les niega con su grisura recién planchada. El loco rompe, mancha y jironea las cosas, para darle la prestancia que el museo de los cuerdos necesita. El loco comienza por falta de afecto y se queda solo por enfado. En la soledad se ven cosas muy claras que no son verdad, pero lo parecen porque se impregnan de la pasión de quien no tiene más remedio que valerse de su furia. El loco se hace con rencor por eso necesita público, para decirle al mundo que le hicieron mal, para purgar la culpa que no metabolizó con la inteligencia del resignado. El tiempo teje perspectivas de calma a poco que uno salga a la lluvia sin chubasquero. La realidad se impone. Es lo que decía Neruda de la primavera por más que Trump quiera teñirla de Ormuz. La locura es un traje de domingo y un libro en la estantería. Es Mourinho metiéndole diez defensas en el ojo de Vilanova. Es la oreja de Van Gogh y así. Sin locura no se sube el Everest ni se mete uno al quirófano a ponerse Inteligencia. Sin locura no se escribe En busca del tiempo perdido. Hace falta loco para medrar, para esconder los cadáveres que hagan falta bajo la alfombra de la ambición porque ambicionar es una cosa de locos lo mires por donde lo mueras. Me he puesto en plan cuerdo porque me estoy chupando a Peckinpah que se puso alcohólico y farlopero para darse razones. Me se caen los cojones al suelo cuando veo sus películas. Joder, están bien. Están de puta madre. Cosas de locos. Al final, sin locos no hay Museos y las artes se quedarían en los lacitos de Christo y Jean-Claude que ojalá. La locura es un látigo de furia, un ramalazo de pasión que se concentra en valer. Sin loco no se pasa uno la vida subiendo induraines o con la greguería y el artículo como un pienso para lectores. Bendito pienso, luego existo. La locura hace más ancha la realidad porque la cordura tiene la frente muy corta y llena de arrugas para encajar la rosca de la gilipollez. Ya lo dijo Ignatius: «Tu libertad acaba donde comienza su gilipollez». Y la gilipollez humana, como decía Einstein, es infinita como el universo. Por eso tenemos la frente como un acordeón. La locura de Peckinpah residía en la pasión. Al loco hay que agradecerle su sacrificio, su darnos cuenta, sin necesidad de que nos corroamos el hígado. Son fabulosos fabuladores de fábulas que de tanta efe de fuelle al fuego se quedan sin dientes y les suenan las eses a dentaduras de Rulfo. Son fantasmas de páramos en llamas. Son locura de cactus y polvo aunque reposen en oficinas de un quinto con secretarias. El ascensor sube y baja como el litio, como las receprams de química violenta. La locura viene del blanco del objetivo, de la bata o de la gasa. Del alzacuellos, de la almohada o del foco. De la gloria, del váter o del semen. De la esclerótica de la poética que nos sedujo la saliva. El blanco es un color loco porque hay manchas para todo. La cordura es una mancha expansiva que galopa hacia el cáncer que nos vence. Por eso el loco se mata de albor que en Peckinpah se derrama como una venganza de sangre en Grupo Salvaje. Sam, era un romántico y los románticos somos enajenados. Entramos en la realidad por la puerta de la poesía y eso no hay quien lo entienda. Cuando entendemos nuestro error ya el tiempo se ha hecho tarde y no vemos la muerte cuando vuelan los estorninos. Vemos la belleza donde no la hay porque la locura sublima las cosas y les da una épica verosímil. Peckinpah creía en el amor porque sabía que no existe. Envolvía el cadáver en la sangre del tiro y La Huida es la mejor forma de llamarlo. Con La balada de Cable Hogue nos pone la camisa de fuerza y nos llama locos a cara. Conoce el dolor del huracán, la violencia de los pezones y la llaga del capricho. Peckinpah llama a las cosas por su nombre de mujer, como una atracción de imán sudado que no deja de doler. Con La cruz de hierro, Peckinpah se pone Jünger a quien veo como alter ego de Steiner/Coburn (cosas mías). Lleva la emoción al tuétano en plan sic. Desde el niño de la armónica hasta el violador de guerra pasando por la ambición del asco. No sé cómo haría Gonzalo Suárez para sufrirle, pero las razones que da en La musa intrusa no convencen. El loco está bien como resultado, por eso hay que pulirlo a base de medias horas de trato social. Una caña y pacasa porque sino el loco se pone inverso por cordura habitual. Hay que cuidarse de no enloquecer por cordura que de esto ya sabía Don Quijote. Los Peckinpah cultivamos la locura para no morir de realidad que además depende del loco que la contempla. Bien mirado, la mirada es un manicomio al que ponemos un horario y una fecha para que podamos jubilarnos y de esa locura no nos libra nadie. Amor, ambición y amistad son tres lágrimas que nos confunden. Las ensuciamos con barros de prehistoria. La existencia tiene estas cosas. El loco y el cuerdo están hechos de la misma calima, pero necesitamos al loco como piñata. Necesitamos el caramelo que revienta de sus entrañas para tomar perspectiva y tantearnos el regaliz. Tarantino es lo que nos queda de Peckinpah y le queda una peli. Alguien tendrá que venir a recordarnos la violencia decente que da matar a las putos malos y a las putas malas con la locura del arte, joderrr! Peckinpah ha venido a recordarme al loco que tenía abandonado. Hay que subirse a Rocinante de vez en cuando para no morirse de sanchopancismo. Da igual, qué coño. También sancho enloquece y llora cuando palma don Quijote (y se va con él por hacerse baratario).