
Cuando salgo del pueblo
con la inocencia de lo póstumo, se pasa por alto pagar el peaje
(aquí no hay literatura), madrugar, volver al atasco de la vida para
saborear la brisa caliente de un metro recién llegado. Ahora la
estación de Atocha se llama Almudena Grandes aunque, para los que
tenemos un padre coñazo, se llame Rafael Moneo. Cuando se vive en el
culo del mundo, cualquier mierda huele bien si la diarrea no dura
mucho. Por eso el AVE se coge al vuelo de la puntualidad y hasta eso
se agradece. Claro, Eduardo: El mundo es ancho y diverso (2018).
Pero parece un parque temático en suspensión de pagos. El mejor
paisaje está alicatado y cualquier tipismo manoseado. El mundo es un
selfie, un sucedáneo con que llamar a la vida porque el viaje
se hace hacia adentro o no se hace. El libro creo que ya lo había
leído en tu blog. Se le llama viaje a la vieja costumbre del partir.
El nombre, el título o lo que sea, es lo de menos. Ahora que sacas
Americaneando (2023) le llamaremos road-movie
por si te pones traductón. Lanzarote, Túnez o
Polonia, qué más da. Umbral decía que todo viaje se hace con la
esperanza de echar un polvo. Claro. La esperanza es lo último que se
pierde, pero tú ibas con la mujer y los hijos y yo fui a un Hostel
con negro arriba y chino al lado. Además, uno ya casi es monórquido
de tanto libro y tanto Einstein. Tu prosa viene a ser cristalina,
depurada, como un informe técnico que mira por la ventana. Hasta
cuando miras las tetas, los “pechos en punta rompen el viento”.
Con lo bien que te había quedado el “aeromozas” de las azafatas.
Sant Cugat muy bien. Parece una Suiza de playa sin playa y con
charnegos. Tiene luz de arena, gentío andaluz y tropezones de
historia. Franquicias medievales que lindan con heladerías de tofu.
Tu trato exquisito Eduardo, y si te echan de la depresión te pones de
guía de japos. Perdona que no retenga, pero en los pueblos chicos con
cuatro fechas hacemos la Iglesia. Vaya rosetón tenéis.
Sigo pensando que una buena piedra le daría pedigrí a las
vidrieras, tirón a la policía y carrete a los freetours. En
Barcelona, recorrí las librerías que me recomendaste para saber lo
que son. En Laie compré las Memorias de Sagarra con el
precio en pesetas. Josep Maria escribe como un Pla aristocrático.
Más periodista y menos payés. Menudo mosaico. Un friso de
atmósferas que saben. Limpias teselas de un imperio de mil páginas.
Otro argumento para escribir bien de lo que sea. Qué manera de
importarme una mierda su familia o sus estudios. Cómo le ignoré
cuando cuenta su Barcelona, y qué forma de disfrutarle cada página.
Maneja el adjetivo psicológico, tan mediterráneo, para lo
inanimado. Describe a lo bodegón lisérgico, como si un dibujo de
Nieva hubiera tomado las de Villaespesa y se sentara delante para ver
cómo te tomas la sopa. A veces aparece Bigas Luna. Con Sagarra por
fin me he enterado del Madrid de principios del XX, y la Barcelona de
los libros de Juan Carlos Usó. Ahora sé que “Barcelona estaba
adquiriendo unos aires de depravación enjoyada, a expensas de las
tragedias que pasaban en el mundo”. Y sé de la España provinciana
y cómo eran sus paletos. Sagarra describe la psicología como si
fuera un paisaje. Sabe que nadie se resiste al “gorjeo” de un
mirlo y te lo diseca, algo que además le mola. El barro en la
mirada (1998) ya es otra cosa. Bien lo sabes claro. Supongo que
publicas tus diarios para carpetar el expediente del escritor. Pero
luego tiras la piedra criminal a la vidriera de la poesía. El
barro tiene un sabor a lija barroca un poco Adonais. Costuras
líricas en una media con garbanzos donde metes las metáforas. Ya
sabes que a mí esto me pilla lejos, pero entiendo lo que dices
cuando me dices que “si perturba sirve” aunque se note el
esfuerzo. En Las horas y los labios (2003)
huelo a Fonollosa. No sé, quizá ya estabas tú con el DVD puesto y
se te nota la película. Tú lo haces tuyo como dicen los cantantes
malos cuando estropean la versión. Entiéndeme, tú cantas mejor que
Fonollosa, y mejor que Albert Pla cualquiera. El primero tiene la
cosa de lo raro y el segundo la lisergia de Krahe -que fue quien le
descubrió- aunque Javier fue más de porro y farlopita. Tú,
Eduardo, no pasas de la receta socialdemócrata y algún Gyntonic. Yo
te hablé de las virtudes de la psiquedelia y tú me escuchaste como
un padre, mitad preocupación, mitad quéenvidia. No te
preocupes, aquí me tienes sudando Umbral y dopamina. Antes que a
Juan Ramón había leído a Escohotado. Eso y un poco de mesura hacen
de la química el mejor compañero. Uno se droga “cuando está mal,
para estar bien y cuando está bien para estar mejor” que dice Usó.
Perdóname Eduardo, pero lo mejor de Dices (2014) son la citas
de Rajoy. Las de Aznar, laEspe y Cospedal parecen charcos. Aquí te
sale el ácrata. Te sale la rebeldía que se escapa de las letras si
se aprietan. Aquí comprobamos que no querías ser funcionario, pero
probaste la moto de la posición y se te ve el algo del que llega a
donde no quería. Es lo malo de no elegir lo que uno siente y tú que
eres poeta, eso te duele. Ahora andas como un Quijote con alarma
echándole las cuentas a la vida con un poco de miedo a Hacienda.
Gracias por todo Eduardo. Eres un amigo que me ensancha el horizonte.
Que me saca del pueblo y me abre su casa. Gracias por darme la excusa
para salir de mi sarcófago y respirar el aire puro que contamina las
ciudades. Tú sabes que vengo de El paraíso difícil (2020).
El desierto verde (2012) que sufriste tanto o más que yo,
porque yo soy un bibliotecario póstumo “y un poco triste que vive y escribe, valga la redundancia”. Ya te dije que después de
vernos, iría a la presentación del último libro del poeta JC (que
no me oiga este mail porque a él la poesía se la suda). Juan
Carlos es otra generosidad andante que enfoca hacia lugares por donde
no ha pasado nadie. El sol salió anoche y me cantó (2023)
podría ser un verso de Panero, pero su lírica es muy otra. Él
tiene la emoción intacta de lo humano. Penetra por la vía del
silencio como si fuera un árbol. Yo sé que tiene ramas y raíces
que dan frutos. Copa no porque ya no bebe, aunque haya vaciado muchos
floreros. Por allí estaban Felipe Borrallo, Tre Borrás y muchas
Mireias. Gentes que parecen de azúcar, con risas de bengala y
silencios incandescentes. Almas que construyen sin hacer ruido como
barros de vencejo. Empatías como nubes de estornino. Perdóname el
símil, pero a veces me gabrieligalano de tanto pueblo. A los
que estamos un poco Rulfos, la ciudad nos parece una metástasis
cazurra, un provincianismo urbano sin más allá que un lunes.
Barcelona, aquel jueves, estaba un poco domingo. Tenía aspecto de
grieta, como si la diagonal fuera una cicatriz donde se juntaran las
colillas y los coches. Una junta de semáforos y alcorques con orín
de mascota. Barna ahora va en patinete y viento en popa, con un aire
a Celestina que les convierte al Colón en una veleta que señala a
Puigdemont. La presentación era en la plaza del Norte, en el barrio
de Gracia que me pareció un Vallecas ordenado, como si le hubieran
dicho a los negros que no salieran y a los latinos les hubieran
escondido la gorra. Como si Lavapiés tuviera su franquicia con
guardería de puertas abiertas, como un bullicio de pájaros sin
pájaros, como un murmullo de nudos sin bultos. De dónde eres me
preguntaban y yo que de un pueblino de Cáceres “near to Portugal”
le dije al chino del Hostel. Y Montse que tendrías ganas de salir un
poco ¿no? “Lo que tengo es ganar de volverme ya”. Echaba de
menos mi muerte tranquila, la violencia decente del paisaje, la
soledad del confinado y la ternura de quien me habita. Y me vine,
claro.