martes, 14 de abril de 2026

LA LOCURA

Sin locura el mantel se queda planchado. El loco arruga las cosas por arrebato. El enajenado nunca corta el cable rojo. Deja la puerta del baño abierta y grita para que se enteren de cómo tiene las venas. El manicomio está lleno de niños que piden teta. Piden la vanidad que el mundo les niega con su grisura recién planchada. El loco rompe, mancha y jironea las cosas, para darle la prestancia que el museo de los cuerdos necesita. El loco comienza por falta de afecto y se queda solo por enfado. En la soledad se ven cosas muy claras que no son verdad, pero lo parecen porque se impregnan de la pasión de quien no tiene más remedio que valerse de su furia. El loco se hace con rencor por eso necesita público, para decirle al mundo que le hicieron mal, para purgar la culpa que no metabolizó con la inteligencia del resignado. El tiempo teje perspectivas de calma a poco que uno salga a la lluvia sin chubasquero. La realidad se impone. Es lo que decía Neruda de la primavera por más que Trump quiera teñirla de Ormuz. La locura es un traje de domingo y un libro en la estantería. Es Mourinho metiéndole diez defensas en el ojo de Vilanova. Es la oreja de Van Gogh y así. Sin locura no se sube el Everest ni se mete uno al quirófano a ponerse Inteligencia. Sin locura no se escribe En busca del tiempo perdido. Hace falta loco para medrar, para esconder los cadáveres que hagan falta bajo la alfombra de la ambición porque ambicionar es una cosa de locos lo mires por donde lo mueras. Me he puesto en plan cuerdo porque me estoy chupando a Peckinpah que se puso alcohólico y farlopero para darse razones. Me se caen los cojones al suelo cuando veo sus películas. Joder, están bien. Están de puta madre. Cosas de locos. Al final, sin locos no hay Museos y las artes se quedarían en los lacitos de Christo y Jean-Claude que ojalá. La locura es un látigo de furia, un ramalazo de pasión que se concentra en valer. Sin loco no se pasa uno la vida subiendo induraines o con la greguería y el artículo como un pienso para lectores. Bendito pienso, luego existo. La locura hace más ancha la realidad porque la cordura tiene la frente muy corta y llena de arrugas para encajar la rosca de la gilipollez. Ya lo dijo Ignatius: «Tu libertad acaba donde comienza su gilipollez». Y la gilipollez humana, como decía Einstein, es infinita como el universo. Por eso tenemos la frente como un acordeón. La locura de Peckinpah residía en la pasión. Al loco hay que agradecerle su sacrificio, su darnos cuenta; sin necesidad de que nos corroamos el hígado. Son fabulosos fabuladores de fábulas que de tanta efe de fuelle al fuego se quedan sin dientes y les suenan las eses a dentaduras de Rulfo. Son fantasmas de páramos en llamas. Son locura de cactus y polvo aunque reposen en oficinas de un quinto con secretarias. El ascensor sube y baja como el litio, como las receprams de química violenta. La locura viene del blanco del objetivo, de la bata o de la gasa. Del alzacuellos, de la almohada o del foco. De la gloria, del váter o del semen. De la esclerótica de la poética que nos sedujo la saliva. El blanco es un color loco porque hay manchas para todo. La cordura es una mancha expansiva que galopa hacia el cáncer que nos vence. Por eso el loco se mata de albor que en Peckinpah se derrama como una venganza de sangre en Grupo Salvaje. Sam, era un romántico y los románticos somo enajenados. Entramos en la realidad por la puerta de la poesía y eso no hay quien lo entienda. Cuando entendemos nuestro error ya el tiempo se ha hecho tarde y no vemos la muerte cuando vuelan los estorninos. Vemos la belleza donde no la hay porque la locura sublima las cosas y les da una épica verosímil. Peckinpah creía en el amor porque sabía que no existe. Envolvía el cadáver en la sangre del tiro y La Huida es la mejor forma de llamarlo. Con La balada de Cable Hogue nos pone la camisa de fuerza y nos llama locos a cara. Conoce el dolor del huracán, la violencia de los pezones y la llaga del capricho. Peckinpah llama a las cosas por su nombre de mujer, como una atracción de imán sudado que no deja de doler. Con La cruz de hierro, Peckinpah se pone Jünger a quien veo como alter ego de Steiner/Coburn (cosas mías). Lleva la emoción al tuétano en plan sic. Desde el niño de la armónica hasta el violador de guerra pasando por la ambición del asco. No sé cómo haría Gonzalo Suárez para sufrirle, pero las razones que da en La musa intrusa no convencen. El loco está bien como resultado, por eso hay que pulirlo a base de medias horas de trato social. Una caña y pacasa porque sino el loco se pone inverso por cordura habitual. Hay que cuidarse de no enloquecer por cordura que de esto ya sabía Don Quijote. Los Peckinpah cultivamos la locura para no morir de realidad que además depende del loco que la contempla. Bien mirado, la mirada es un manicomio al que ponemos un horario y una fecha para que podamos jubilarnos y de esa locura no nos libra nadie. Amor, ambición y amistad son tres lágrimas que nos confunden. Las ensuciamos con barros de prehistoria. La existencia tiene estas cosas. El loco y el cuerdo están hechos de la misma calima, pero necesitamos al loco como piñata. Necesitamos el caramelo que revienta de sus entrañas para tomar perspectiva y tantearnos el regaliz. Tarantino es lo que nos queda de Peckinpah y le queda una peli. Alguien tendrá que venir a recordarnos la violencia decente que da matar a las putos malos y a las putas malas con la locura del arte, joderrr! Peckinpah ha venido a recordarme al loco que tenía abandonado. Hay que subirse a Rocinante de vez en cuando para no morirse de sanchopancismo. Da igual, qué coño. También sancho enloquece y llora cuando palma don Quijote (y se va con él por hacerse baratario).

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