Sin locura el mantel se
queda planchado. El loco arruga las cosas por arrebato. El enajenado
nunca corta el cable rojo. Deja la puerta del baño abierta y grita
para que se enteren de cómo tiene las venas. El manicomio está
lleno de niños que piden teta. Piden la vanidad que el mundo les
niega con su grisura recién planchada. El loco rompe, mancha y
jironea las cosas, para darle la prestancia que el museo de los
cuerdos necesita. El loco comienza por falta de afecto y se queda
solo por enfado. En la soledad se ven cosas muy claras que no son
verdad, pero lo parecen porque se impregnan de la pasión de
quien no tiene más remedio que valerse de su furia. El loco se hace
con rencor por eso necesita público, para decirle al mundo que le
hicieron mal, para purgar la culpa que no metabolizó con la
inteligencia del resignado. El tiempo teje perspectivas de calma a
poco que uno salga a la lluvia sin chubasquero. La realidad se
impone. Es
lo que decía Neruda de la primavera por más que Trump quiera
teñirla de Ormuz. La locura es un traje de domingo y un libro en la
estantería. Es Mourinho metiéndole diez defensas en el ojo
de Vilanova. Es la oreja de Van Gogh y así. Sin locura no se
sube el Everest ni se mete uno al quirófano a ponerse Inteligencia.
Sin locura no se escribe En busca del tiempo perdido. Hace
falta loco para medrar, para esconder los cadáveres que hagan falta
bajo la alfombra de la ambición porque ambicionar es una cosa de
locos lo mires por donde lo mueras. Me he puesto en plan cuerdo
porque me estoy chupando a Peckinpah que se puso alcohólico y
farlopero para darse razones. Me se caen los cojones al suelo cuando
veo sus películas. Joder, están bien. Están de puta madre. Cosas
de locos. Al final, sin locos no hay Museos y las artes se quedarían
en los
lacitos de Christo y Jean-Claude que ojalá. La locura es un
látigo de furia, un ramalazo de pasión que se concentra en valer.
Sin loco no se pasa uno la vida subiendo induraines o con la
greguería y el artículo como un pienso para lectores. Bendito
pienso, luego existo. La locura hace más ancha la realidad porque la
cordura tiene la frente muy corta y llena de arrugas para encajar la
rosca de la gilipollez. Ya lo dijo Ignatius: «Tu libertad acaba
donde comienza su gilipollez». Y la gilipollez humana, como decía
Einstein, es infinita como el universo. Por eso tenemos la frente
como un acordeón. La locura de Peckinpah residía en la pasión. Al
loco hay que agradecerle su sacrificio, su darnos cuenta; sin
necesidad de que nos corroamos el hígado. Son fabulosos fabuladores
de fábulas que de tanta efe de fuelle al fuego se quedan sin dientes
y les suenan las eses a dentaduras de Rulfo.
Son fantasmas de páramos en llamas. Son locura de cactus y polvo
aunque reposen en oficinas de un quinto con secretarias. El ascensor
sube y baja como el litio, como las receprams de química
violenta. La locura viene del blanco del objetivo, de la bata o de la
gasa. Del alzacuellos, de la almohada o del foco. De la gloria, del
váter o del semen. De la esclerótica de la poética que nos sedujo
la saliva. El blanco es un color loco porque hay manchas para todo.
La cordura es una mancha expansiva que galopa hacia el cáncer que
nos vence. Por eso el loco se mata de albor que en Peckinpah se
derrama como una venganza de sangre en Grupo
Salvaje. Sam, era un romántico y los románticos somo
enajenados. Entramos en la realidad por la puerta de la poesía y eso
no hay quien lo entienda. Cuando entendemos nuestro error ya el
tiempo se ha hecho tarde y no vemos la muerte cuando
vuelan los estorninos. Vemos la belleza donde no la hay porque la
locura sublima las cosas y les da una épica verosímil. Peckinpah
creía en el amor porque sabía que no existe. Envolvía el cadáver
en la sangre del tiro y La
Huida es la mejor forma de llamarlo. Con La
balada de Cable Hogue nos pone la camisa de fuerza y nos
llama locos a cara. Conoce el dolor del huracán, la violencia de los
pezones y la llaga del capricho. Peckinpah llama a las cosas por su
nombre de mujer, como una atracción de imán sudado que no deja de
doler. Con La
cruz de hierro, Peckinpah se pone Jünger
a quien veo como alter ego de Steiner/Coburn
(cosas mías). Lleva la emoción al tuétano en plan sic.
Desde el niño de la armónica hasta el violador de guerra pasando
por la ambición del asco. No sé cómo haría Gonzalo
Suárez para sufrirle, pero las razones que da en La
musa intrusa no convencen. El loco está bien como resultado,
por eso hay que pulirlo a base de medias horas de trato social. Una
caña y pacasa porque sino el loco se pone inverso por cordura
habitual. Hay que cuidarse de no enloquecer por cordura que de esto
ya sabía Don Quijote. Los Peckinpah cultivamos la locura para no
morir de realidad que además depende del loco que la contempla. Bien
mirado, la mirada es un manicomio al que ponemos un horario y una
fecha para que podamos jubilarnos y de esa locura no nos libra nadie.
Amor, ambición y amistad son tres lágrimas que nos confunden. Las
ensuciamos con barros de prehistoria. La existencia tiene estas
cosas. El loco y el cuerdo están hechos de la misma calima, pero
necesitamos al loco como piñata. Necesitamos el caramelo que
revienta de sus entrañas para tomar perspectiva y tantearnos el
regaliz. Tarantino
es lo que nos queda de Peckinpah y le
queda una peli. Alguien tendrá que venir a recordarnos la
violencia decente que da matar a las putos malos y a las putas malas
con la locura del arte, joderrr! Peckinpah ha venido a recordarme al
loco que tenía abandonado. Hay que subirse a Rocinante de vez en
cuando para no morirse de sanchopancismo. Da igual, qué coño.
También sancho enloquece y llora cuando palma don Quijote (y se va
con él por hacerse baratario).

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