“Prohibir lleva h intercalada, es un verbo espeluznante, la verdad”.
Ajo.
A la delicadeza le han puesto gafas. El viento de la caricia fuma porros y chispea versos como lágrimas de un sauce poético. AJO es una Gloria Fuertes despistada. Viene de Palencia de esos lugares donde no ocurre nada, donde vivimos los que nos gusta mirar y que nos dejen tranquilos. Micropoetisa por decreto unipersonal afila lo sutil con maña de fregona. Ha hecho cualquier trabajo con tal de no trabajar. Se metió a taquillera para abrirle la consigna a la intimidad. Le encantaba descubrir al otro para mirarse en el espejo de sí misma. Fidel Moreno, que tiene ojo de Jesús Quintero y replica de Director de banco, le hizo la interviú donde se desgrana. Lo que dice ya lo sabíamos porque un verso da para mucho y un micropoema te aboceta el autorretrato aunque no quieras. Y a ella, además, se la suda. AJO va por las cárceles dedicando libros a las reclusas, viaja hacia las presas como un Mahoma hasta el coño de las montañas. Tiene el corazón de las fuentes, el caño de la infancia intacto como una ternura que nos brinda como si fuera un helado. Por eso nos la sirve en breve, con filigranas dulces de sonrisa, para que no se deshaga la emoción. Ya sabemos que la risa viene del dolor, de la ausencia o de una melancolía por llegar. AJO que lleva mucho tripi encima, repite, se repite y eructa la pompa de un chicle de fresa con olor a Rave. Sus páginas huelen a francachela y siempre tiene una cenefa para que le veamos la liga a su poesía. Hay niñas que no dejan de serlo nunca, pero AJO le pone voluntad involuntaria. El mundo le viene grande, por eso se repliega y se remanga en sus lunares, como la hija tímida a la que presentan a unos tíos de Cartagena. Tiene el timbre de esas palabras lanzadas al absurdo, esa manzana que cae sin dar a Newton. Su micropoesía vive en ese mundo a media Rayuela entre el collage y el rallajo Basquiat. Parece la bolita de opio que se llevó el ratoncito Pérez y que ella recuperó para no quedarse sin dientes y sin sosiego, para dilatar la nube en que escribe los versos. Como buena madrileña -quizá la última- llegó a Madrid y Madrid le llegó, como le pasó a Galdós en la otra punta del universo. AJO cantaba porque era tímida y subirse al escenario le daba un calorcito de alcaloide que reconforta. El escenario colma la vanidad paterna de los que no tenemos hijos, es un aplauso a la autoestima del que cuesta quitarse, pero el mono hay que pasarlo para no parecerlo y que te tiren sujetadores como si fueran cacahuetes. AJO, en esa marihuanería de lecturas, debió ponerse PIHKAL/TIHKAL y le llegó la frase «de la piel para dentro mando yo» desde un libro de Escohotado. Escota «ávido dólar» y cuco, se la quedó deslumbrado por el brillo mudo de su inteligencia de urraca. Los que le hemos leído sabemos que las vigas maestras de su nido vienen de Huxley, Szasz y Hegel. AJO parece una Isabel Escudero sin pose, ni boina de Universidad. Viene de la Malasaña de Nieva y otras móvidas de heroína. A AJO La Odisea de Nolan se la suda porque sabe que Itaca está en cualquier váter sucio. Parece su propia maraca de opio, su propio sonido de cascabel, como si la peonza y el plato chino jugasen en competi para caerse al tiempo en que se vomita la ayahuasca. Se le nota disfrutona y llorona como la ene que atraviesa su nariz si le hablan de la perrina. Antes se teñía el pelo y se pintaba los labios como las menopáusicas buenorras, pero ahora que viste el tiempo de la pereza se ha dejado la cana Sontag para que la veamos el micropaso del tiempo por si no nos gusta el libro. A los jóvenes no les gusta morirse de viejos y a los viejos no nos gusta morirnos de jóvenes. Ella es la joven que se hace la vieja para seguir siendo niña. La misma niña de mejilla de pueblo, sonrosada por las campanas, la nieve y el beso sordo de una abuela militante. Ya nadie llama ajos a los tripis porque ya el tripi no hay quien lo trague, porque no hay quien lo pase. Andamos en tiempos ticktockers donde el coloque tiene que sintonizar con el Lexatin del gimnasio y las extraescolares del niño. Hay que colocarse pensando en el que el último metro sale a la una y media. Ese chupito sobra y la psiquedelia te planta el espejo en medio del salón para que no te escapes de ti mismo. Ya nadie quiere quince horas de viaje a través del verso caleidoscópico de tus miserias. Nadie quiere conocer a la belleza de la realidad, darle dos besos y ponerle los cuernos con el cotidiano. Nadie quiere leer a AJO porque saben que duele distinto. Saben que leerla es encontrarnos al niño que somos, disfrazado de años, fracasos y supositorios. Nadie quiere desnudarle, sacudirle la morralla y encontrarnos al marciano de nosotros mismos para besar a Drew Barrymore con el carmín del juego. AJO es la onomatopeya de los niños con babero, y el ronquido de la mona de Bacardi. A mí me parece un tallo mecido por el viento que vibra y se para a darle la calada al sol. Parece la varilla con que se limpian las pipas: tacto de seda y alambre por dentro. Los microversos de sus micropoemas te quitan la nicotina del alma y toses mejor el radón.

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