El lienzo invisible:
PALABRAS MUDAS
por Jonás Sánchez Pedrero
Las preguntas saltan solas como resortes: ¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo explicarlo? Tras la experiencia psiquedélica los interrogantes nos acompañan con una respuesta común: es inefable. Las emociones, los escenarios y cuanto acontece bajo la estimulación química nos sorprende y nos lleva, como decía San Juan de la Cruz, «más adentro a la espesura».
Podemos nombrar nuestra realidad cotidiana porque el hábito y la costumbre nos permiten definir las palabras con las que acordamos llegar a un cierto grado de convención que asumimos como cierta. La palabra «casa» tiene unas características que el adjetivo ayuda a connotar: CASA-GRANDE. Este sintagma pudiera ser sustituido por un sinónimo como «chalet», «casoplón» y así hasta llegar al «ático» de la señora Ayuso.
Todos sabemos que existen porque algún amigo lo tiene, los hemos visto en las películas o nos lo ha contado un primo de Vallecas con ínfulas de Galapagar. No hay duda, existen. Aunque vivas en una infravivienda de pueblo póstumo, podrías hablar de ellos con relativa exactitud.
Sin embargo, cómo explicar lo que no tiene nombre, lo que no tiene más realidad que una efímera subjetividad intrasferible. Entro en este enorme jardín de puntillas, para no embarrar ni desbarrar, con la firme intención de mancharme lo mejor posible.
Cabría remontarse a los orígenes del lenguaje y puntualizar qué es y cómo funciona la comunicación, pero el poeta José Bergamín -lo reconozco, una de mis debilidades- ya escribió que «buscar las raíces era otra forma de andarse por las ramas». Por lo tanto teorizar sobre poesía me parece una pérdida de tiempo y hasta algo grosero. La poesía con poesía se explica. Hay mucha teoría sobre ella, muchas cátedras que intentan apresarla en antologías aunque siempre escape por su falta de corsé. También diré que la poesía es inasible. Al igual que la utopía, si se da un paso se aleja otro y así nos vemos caminar tras ella, pero «haciendo camino al andar» que diría don Machacado. Por tanto, aquí tenemos un paralelismo entre la experiencia psiquedélica y la poesía: su escurridiza naturaleza.
Hace unos años divagué en la revista Ulises sobre «la poesía como lenguaje psiquedélico». Allí acuñé esa oración tan cursi como respuesta al «estado translinguísticoi» con que Jonathan Ott se refería a su espíritu en las «experiencias visionarias».
Esa pérdida del lenguaje bajo los efectos de los psiquedélicos, sin embargo, no es una renuncia a la comunicación. Muy al contrario, durante ese trance nos relacionamos a base de miradas, de tacto y empatías de toda índole que nos llevan a sensaciones inefables de las que, valga la paradoja, venimos hablando.
En la entrevista que Marta Torres realizó a Jonathan Ott, publicada en el número 24 de Ulises, el etnobotánico se refería a las «palabras mudasii» como «las «palabras escritas» que «nacen por sí solas. No es por voluntad ni por esfuerzo mental», remataba. Cabría entonces preguntarse ¿De dónde vienen? ¿Quién las colocó en el lugar necesario para convertirlas en mensaje?
A quienes jugamos con el idioma, a veces las palabras nos despiertan del sueño, nos atracan los paseos o violan los atardeceres, sin que sepamos por qué. Simplemente llegan. No tenemos ni puta idea de casi nada porque vivimos en un paleolítico con smartphones. Aumentan las preguntas, pero no las respuestas. ¿Cómo, quién, dónde se generan las visiones ketamínicas, las pesadillas o el sueño? ¿Qué es esto de la conciencia? ¿La tendrá Netanyahu?
Ott, dijo en Ibiza, durante la I Conferencia Internacional sobre Ayahuasca, que lo esencial de la experiencia con psiquedélicos era percibir el universo como flujo de energía y no como materia. Que estas sustancias, lejos de ser alucinógenos, eran antialucinógenos, porque nos ayudaban a ver la realidad tal cual es.
El autor de Pharmacotheon habló sobre un poema de William Blake que pudo desentrañar después de tomar LSD. El poeta inglés dejó escrito que sus sentidos le permitieron «descubrir el infinito en todo». Blake también menciona la energía en su poema y todo esto «antes de las teorías de la termodinámica», remarcaba Ott. Jonathan relacionó al rapsoda con Richard Feynman quien vino a decir lo mismo doscientos años después. Quién o qué le pudo rebelar/revelar (con b y con v) al poeta británico, aquellas «palabras mudas» que todavía hoy resuenan a mi través. En cualquier caso lo inefable se explicó y lo hizo a través de la poesía.
Lo poético está más allá del lenguaje y para mí es tan abarcador como la emoción que subyace en todas las cosas, como si fuera su átomo emocional. En cualquier objeto, situación o instante, hay una tensión poética dispuesta para ser rebelada/revelada (con b y con v) y ser aprehendida/aprendida (con h y sin ella).
Escribir, es sorprender a las cosas. Para ello los poetas contamos con la herramienta de la metáfora, esa «figura/verso» que ilumina el ángulo imposible. Porque lo que no se puede explicar, se puede explicar mejor.
El fotógrafo Alberto García-Alix escribió que «las palabras tienen el poder de hacer visible lo que se esconde y lo que se anhela ver. La ecuación es infinitaiii». Con la poesía, como con el viaje psiquedélico, hay que dejarse llevar sin imponer razones. El verso no ha de ser cierto, basta con que sea certero. No hay que entender los huevos con chorizo, basta con que te gusten. Pero -ay-, Cervantes los llamó, hace más de cuatrocientos años, «duelos y quebrantos» al comenzar El Quijote. Nunca unos huevos que no caté me han sabido tan bien. «Duelos y quebrantos» dijo. Duelos y quebrantos. ¡Qué cabrón!
Decía, que la metáfora se convierte en la mejor herramienta al servicio de la emoción poética. Para los académicos es «una figura retórica». La «Traslación del sentido recto de una voz a otro figurado, en virtud de una comparación tácita».
¡Pues vale!
La metáfora, como la poesía, escapa a las definiciones aunque para mí, se asemejen mucho a las «greguerías» de Ramón Gómez de la Serna.
Ramóniv, más que filtrar la realidad, la recreaba y creaba con su tamiz poético:
«La gasolina es el incienso de la civilización».
«Soplando velas se hacen brotar luciérnagas en el campo».
«La sopa es el baño del apetito».
«Después de comer alcachofas, el agua tiene un sabor azul».
«Los azulejos son espejos con los ojos en blanco».
«Los suspiros no salen del corazón sino del centro de la tierra».
Ramón recrea, pero sobre todo crea realidad. Toca las palabras, las pone de lado para que nos rebelen/revelen (con b y con v) una nueva perspectiva. Descubrió lo inefable de la «metáfora translinguística».
En sus greguerías notamos su desparpajo para manejar los matices del diccionario. El matiz clarifica, ayuda al trazo de la idea. No es lo mismo un pato que un ornitorrinco, pero un ornitorrinco en la Gran Vía es todavía más ornitorrinco. El detalle de la palabra clarifica la idea.
Al igual que el idioma chino tienen multitud de términos para designar los distintos estados del arroz, los inuit las tienen para la nieve, o los gallegos para la lluvia como comprueba cualquiera que haya leído Mazurca para dos muertos de Camilo José Cela. El continuo contacto con «su» realidad les lleva a detallar lo que para un profano simplemente sería arroz, nieve o lluvia.
De igual manera ha venido ocurriendo con la jerga psiquedélica. De apenas disponer de terminología en los años cincuenta ahora podemos hablar de enteógenos, psicodélicos o psicotomiméticos, con ligeras connotaciones para referirnos a la palabra alucinógenov. Nadie duda de lo que es un «bajón» o un «mal viaje», aunque haya diferencias. Creo, además, que cada idioma deberá tejer su propia jerga con términos que puedan sentir como únicos que amplíen el abanico con que airear lo inefable. En mi pueblo póstumo del norte cacereño al set and setting lo llamamos «paisaje» y «paisanaje».
¿Cómo explicar lo inasible, cómo trasladar nuestra emoción a un ajeno? La naturaleza del misterio vive en su estupor. Sin embargo, decir que la experiencia psiquedélica es «inefable» ya es decir algo. Adentrarnos en ese «algo» puede parecer estéril. Y lo es. Pero la naturaleza humana nos lleva a estos desafíos inútiles. Pretender explicar lo inexplicable es muy humano. Nos enredamos en disquisiciones, chorradas de toda índole. Turras imperdonables, sí. Y sin embargo, un día, aparece la equivocación acertada. «No importa. Fracasa otra vez. Fracasa mejor», dejó escrito Samuel Beckett.
Ocurre que el lenguaje suele acotar la comunicación al ámbito del entendimiento. Los psiquedélicos, como dijo Richard Louis Miller, «desafían a las explicaciones reduccionistas. Sus efectos se propagan por las dimensiones: fisiológica, psicológica, simbólica y espiritual. Disuelven formas habituales de comprender el yo y el mundo, generando unas formas nuevas de significado profundo, pero escurridizovi». Los límites se difuminan como atmósferas, tal y como la metáfora poética deja en el paladar. Quien haya leído Pedro Páramo de Juan Rulfo o escuchado las melodías de Erik Satie, sabe de lo que hablo. Para Louis Miller la descripción de la experiencia psiquedélica es más fácil captarla mediante el mundo del arte y pone como ejemplo «los cuadros de Alex Grayvii». Para mí, una imagen vale más que mi palabras sólo si la imagen es de Baudelaire.
También el mundo de la física cuántica nos enseña que la observación humana tiene sus propios límites. Para embrollar este lío el «Principio de incertidumbre» de Heisenbergviii desinfla nuestras aspiraciones de saber, al recordarnos que al «intentar fijar la localización de una partícula» creamos «muchas otras» influyendo de manera decisiva sobre lo que percibimos. Esto es algo que Duchamp, al llamar Fuente a un urinarioix firmado por R. Mutt, ya nos había advertido. De nuevo el arte y la palabra adelantándose a la ciencia, como vimos con William Blake.
Todas estas reflexiones nos conducen al sumidero de la conciencia. Ya te puedes leer a Antonio Damasio las veces que quieras, que no hay respuesta. Al final todos llegan al principio: No tenemos ni puta idea. Estamos encerrados en los límites perceptuales que nuestra naturaleza de Homo Siemens nos aporta. Esos límites que los psiquedélicos ayudan a cuestionar, dilatar y expandir, pero dentro de las fronteras de la conciencia humana, que no sabemos qué coño es.
Quizá convenga revisar la idea romántica de la «inspiración». Oliver Sacks, en su libro Alucinaciones, recordaba que a mediados del siglo XVIII se consideró que las visiones y voces alucinatorias, tenían una base fisiológica en la hiperactividad de ciertos centros cerebrales», donde «todo escritor, era visto o se veía a sí mismo como el transcriptor, el amanuense, de una Voz, que a veces tenía que esperar años (como le ocurría a Rilke) para que la Voz le hablaráx.
A la pregunta de si «¿Es posible que exista una Consciencia Eterna que se manifieste a través de nuestro cerebro que lo utilice a modo de amplificador?» realizada por Juan Carlos Usó en su libro El sol salió anoche y me cantó, José Carlos Bouso respondió con su habitual lucidez que «por supuesto que es posible que haya una Consciencia Eterna que de alguna forma es independiente del cerebro y solo dependiente mientras el cerebro está vivo. Pero es que tampoco sabemos qué es la vida. Así que la ciencia materialista es solo una creencia más. La ciencia sirve para resolver problemas, pero rara vez llega a verdades absolutas. […] en ciencia hay un axioma básico que dice que la ausencia de prueba no es prueba de ausenciaxi».
Desde hace años camino a tientas tras la poesía. Más reciente es mi sendero psiquedélico. Creo, sin más razones que la intuición, que ambas estelas se tejen de un mismo asombro. Gozar su abrazo será suficiente mientras crezcan más preguntas.
Ya saben: preguntar, responde un poco.
Muchas gracias.
iManifestó ese «estado translinguístico» en la videoconferencia homenaje a Antonio Escohotado dentro del 9º Congreso Universitario sobre sustancias psicoactivas de la Universidad de México celebrado en Diciembre de 2022. Disponible en «https://ulises.online/encuentro/9o-congreso-universitario-sobre-sustancias-psicoactivas-universidad-de-mexico-2022/» [Consulta 29/09/2026. Ver minuto 1:45:54].
iiOtt habla de las «palabras mudas» cuando comenta el título del que será su siguiente libro [inédito y ya póstumo], en la entrevista que Miguel Castejón le realizó para el nº300 (diciembre de 2022) de la revista Cáñamo: «Se llama Palabras mudas y es sobre el proceso de escribir y de dónde nace la palabra escrita, la inspiración literaria. Es como una obra literaria, pero enmascarada en un ensayo, para demostrar que las palabras mudas nacen espontáneamente y no vienen pensadas».
iiiMoriremos mirando: textos completos / Alberto García-Alix. - Madrid: LaFábrica, 2021. p. 87.
ivVer «Nebulosa Ramón: la literatura como mundo» en número 23 de la Revista Ulises, año 2021. pp. 30-37.
vSe han barajado otros sinónimos. Al efecto Jonathan Ott declaraba que «Psicoóptica es la palabra adecuada en inglés que ya existe en el diccionario Oxford y viene de visión quiere decir «visión de la mente o el alma» y la palabra tiene que referirse al sentido visual porque es fundamental para la experiencia de la mayoría son cosas que ven, visiones. La palabra «psicoóptica» es una rama de «psicofísica», que quiere decir cómo se construyen imágenes visuales por el impacto de fotones sobre la retina. Es «psicoóptica». Y «psicofísica» es el impacto de la psicología de cualquier partícula o radiación sobre el sensor». Entrevista de Jaime Andrés Vinasco Barco. [Consulta 29/09/2026] «https://www.youtube.com/watch?v=4NLtMDH_XI0»
viMedicina psicodélica al final de la vida. - Barcelona: Ediciones Obelisco, 2025. p. 83.
viiIbidem. p. 78.
viiiUna explicación al «El principio de incertidumbre» de Heisenberg puede leerse en Lo que no podemos saber / Marcus du Sautoy. - Barcelona: Acantilado, 2018. pp. 205-213.
ix«Fuente» es una obra de 1917. «El principio de incertidumbre» de Heisenberg se publicó en 1927. También Magritte remató la misma idea con la imagen de su pipa, en la que rezaba «Esto no es una pipa» en 1929.
xAlucinaciones. - Barcelona: Anagrama, 2013. p. 75.
xiEl sol salió anoche y me cantó. - Santander: El Desvelo, 2023. p. 121.

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