viernes, 13 de diciembre de 2024

jueves, 5 de diciembre de 2024

LA VIRGULILLA

A Mónica

Te das cuenta que has subido el tobogán de la constancia cuando te deslizas por tu bibliografía con el ojo sorprendido. El tiempo se ha quedado abajo, flotando en la nube de la memoria, como si fueras un extraño para tu hoy. Reconoces el ojo, claro; esa cara de estar hasta la polla que tenías desde pequeño y todavía escupes. Antes dejabas que ardiera la pólvora que ahora se moja en pellizcos de lengua. Ahora soy el otro. Esa persona que no imaginaba porque el tiempo no daba para tanto. Le hemos dado la vuelta al jamón de la conciencia como si fuera ánimo en un reloj de arena. Ahora todo es adiós disfrazado de hasta luego. Sí, claro, todavía queda una botella. Todavía queda un todavía si eres de Machado. Pero ya no puedes engañarte el ojo. Ya no se ríe como antes. Nunca fuiste mucho de Reyes Magos. Eras más de cumpleaños, de esa gloria absurda que es llamarte José Pilar Constitución en Nochevieja. El absurdo es el KH7 de la mirada. El frentejudaicopopular de las tardes, el cómplice que te enciende el porro y te calienta el pedo bajo las mantas. Debajo de la cama oyes el rumor de la niebla. El tamo de la existencia que inhalas cuando se vierte dopamina. Las neuronas vuelan como un soplo emocionado. Son las mariposas del alma que decía Cajal. Las mariposas vuelan porque dudan. Miran el tobogán como si fueran meandros, como si fueran veganas, como si el jamón tuviera bellotas en cada veta. Ahora se me encienden los ocres y los naranjas. Me fijo en los matices del fuego, atisbo la chispa, hozo en las brasas. Palpo los rescoldos de luz que huelen a tortilla y a piscina sin estudios porque aprobaste chupetón. Ahora veo más lejos porque estoy más cerca. Tengo el tobogán doble de un bigote en greguería. Tengo la otredad de algunos libros que me delatan. Tengo demasiada soledad. Tengo la virgulilla nasal de mis defectos en un zumbar que ya veremos. Tengo demasiada soledad. Tengo una caverna de miradas que han perdido estalactismo. Tengo una cavidad de cosmos, un hueco oscuro que trasforma el asombro. Ahora sé cómo crece el agua, cómo sabe el púrpura y dónde tocar el sumidero. Sigo. Sigo la senda que nunca se ha de volver a pisar. Cojo el cepillo de dientes con la desgana de la miga de pan. Ahora la sorpresa no sorprende -extraña que nada extrañe-, porque la sorpresa es sorprendente. Vuelvo con el cansancio que se encienden las pantallas. La realidad sigue ahí. Creo que he visto una mariposa, le digo, mientras aprieto su mano.

jueves, 14 de noviembre de 2024

EL LABERINTO

Asociación de solitarios.

La ignorancia no hizo prudencia.

Cuídalo como si fuera mío.

Los periodistas verbenean las noticias.

Mis ojos juegan al tenis.

Prefería llamar renuncia a su resignación.

Que se es y se está culpable ya lo sabían los ingleses.

Hay un candor obsceno.

A por otro perrito Pinocho.

Del cansancio de la solidaridad nació el instinto.

Perseguía la perfección del desastre.

La lisergia le abrió el código del alba.

Habla necesita a Escucha.

Cuanto más conozco a tu amo más quiero a mi cactus.

Puede que el tiempo vuelva a su tempo.

No solo de vida vive el hombre.

Y vislumbré tu laberinto de telones.

miércoles, 30 de octubre de 2024

LA HUMILDAD

La chorrada de ser humilde viene de la culpa de haber nacido en Villatripas de Abajo. La humildad bien entendida consiste en no ser gilipollas. Es decir, que ser humilde por ser pobre es otra chorrada porque se sigue siendo de derechas y echando horas que no te pagan. La gilipollez aglutina al humilde, al paleto y al votante de Vox, que además de ser del Atleti suele ser el mismo hombre en busca de pesebre, que diría Viktor Frankl. Quiero decir, que más que ser humilde, lo que no hay que ser es gilipollas, porque el gilipollas suele ser soberbio como primera acepción, pero también dócil y apocado como segunda. Ya sabemos que en misa se llama bueno al que abre la boca y cierra los ojos para recibir la hostia que no por bendita es menos hostia. Y además pone la otra mejilla (cosas del cristianismo). Humilde se es sin querer y viene tatuado en la nómina del paro y la infravivienda. La humildad como concepto es una chorrada porque lo asimilamos a la modestia y toda modestia es falsa y no hay peor soberbia. La humildad bien entendida viene por negar la gilipollez. La gilipollez de ser humilde lo primero, y luego las demás. Como hacer pilates, el pagafantismo o comer con la familia los domingos. La humildad -la palabra lo dice- es la edad del humo, el pufo que nos cuela el lenguaje por el rondón de la frase hecha, que es la forma de no revisarle las faltas de ortografía al pensamiento. Aquí de lo que se trata es de no ser gilipollas. En exceso, se entiende. Gilipollas somos todas por el hecho de haber nacido, que diría Ciorán. Luego ya cada uno se pone el lazo, se maquilla el bigote, se apaña. Se busca el enchufe para venderse la moto del funcionariato, la subvención de empresa ruinosa o el contrato basura de alta flexible y bajas a medio morir como quiere la Ministra. La palabra lo aguanta todo, por eso hay que ser gilipollas y humilde para ser tonto de remate. Mentiras para una vida, sería un buen título para que Netflix enganchara a los humildes gilipollas con un rosario de negocios en abanico, como si fueran cromos repetidos en el sile/nole del menú del propio Netflix. Si usted dice eso de hayqueserhumilde tiene números de ser gilipollas. Hágaselo mirar porque es la tapa del pensamiento troquelado por la gilipollez ambiente, como si fuera un smog urbano que alguien ha subido a la nube del Instagram. Mire si dice postureo, tardeo, o si tiene mascota, complementos inequívocos del gilipollas humilde. Decía, que con no ser muy gilipollas, vale. Procúrese un poco de aburrimiento decente. Váyase a un parque a ver cómo lloran los niños porque sí. Sin mayor razonamiento. Ha de saber que los críos ya no se desollan las rodillas porque no hay arena. Ahora los columpios están acolchados con tartán y los castillos se hacen en el aire del mimo. Hay -según cifras oficiales- más perros que niños en las grandes ciudades. Quienes sufrimos las meadas y ladridos intangibles de las mascotas ajenas, sabemos que el perro es el mejor amigo de la molestia. Lo digo desde la humildad porque otra gilipollez de la palabra humildad es la sinonimia con respeto, cuando el respeto y la humildad no son palabras ni conceptos sobre el papel (humildemente lo digo), sino actos en la calle de Celaya. Uno está podrido de ver humildes y respetuosos pisotearse la poca decencia que les quedaba con el primer miedo que se encuentran por el Telediario. Lo mismo da una vacuna que un mena. Lo mismo el escarabajo albino de Nebraska que el jabalí salvaje de Entrevías. Hay que temer hasta del hijo adolescente que, para colmo, ve porno. Está claro, solo vemos la paja ajena. Y es que el acojone viene de serie con el gilipollas. Es por esto que tampoco tienen culpa, pero tampoco el candor de llorar por las esquinas del verso. Hoy la inocencia se antoja una obscenidad, verdadera pornografía y no la que ve su hijo, señora. Al final cada uno hace lo que puede y purga su gilipollez como le dejan sus atrofiadas entendederas de Homo Siemens. No seamos gilipollas. Lo digo con humildad.

miércoles, 9 de octubre de 2024

EL SUSURRO

 

La locura necesita público.

Cada trompeta con su torero.

Sin mérito no hay igualdad.

Repetición para muescas con matiz.

La fluidez no cicatriza.

El fuelle de la paradoja incendió el verso.

Marchita la esperanza germina la perspectiva.

Hoy asombra el pábulo.

La lectura como mito de la venta.

Donde fueres haz que no vieres.

Conoció la empatía por el camino del miedo. 

Nutro la existencia con susurros de silocina.

sábado, 5 de octubre de 2024

LA CÁSCARA

 
Algo se filtra. La visión pasa a 0.6 en un movimiento hidráulico. La conciencia entra en el universo, dentro de la mirada, como si los ojos sacasen los codos para ensanchar la realidad y los colores respiraran. Con la sutileza cromática de un violín que llora, con la sensibilidad de los pétalos, como si todo fuese lengua. Amniotizas, revoloteas por la zeta, como si la línea del horizonte fuera el infinito de un ojo cósmico por el que fluye la realidad. Ahora la piel es una oasis de mar donde la arena funde los relojes. Ahora parece que fuera siempre para mañana, que la mañana fuera esa nube lenta que se fue. Suspiras para respirar, para asimilar la sutileza anaranjada de la tarde. La belleza tiene esa zeta de piel, esa línea que acaricia el dorso de la uña. ¡Ah! Una pica de ánimo te clava a lo etéreo. La melodía se yergue como un tallo. Fluye, se desliza por un lugar sin sitio, por un tiempo estático. Hacia el volumen penetra la importancia. «Ahora entiendo la cáscara del sonido que envuelve la palabra». Intentarás retener el aire de aquella emoción con madejas de poesía. Querrás ponerle el traje a lo invisible, a la paradoja donde rezuman las montañas, a los bosques por los que fluyen los ciclos, al agua inexplicable, a la savia que acude a la última hoja del último árbol desde la raíz más enterrada en qué misterio. Suspiras para asimilar tanta belleza con la seguridad del secreto, con la certeza que los ojos trasmiten con lágrimas que escapan solas. El silencio impone su lenguaje. Siento piedad del alfabeto y me dejo llevar por la honda, por ese hueco infinito que barruntan, por las dimensiones de lo incognoscible. Sientes la pavesa del cosmos, la energía de lo cuántico. Entre la resignación y la complacencia habrá surgido el eclecticismo que compadece a la complacencia y a la resignación. Física y química hallan fundido el instante con ebriedad. Cómo juzgar un microscopio. Qué moral aglutinan los electrones. La luz de las estrellas rompe la dimensión. Todo llega a su remanso, a la catarsis evocada del confort humano. «Cuánta belleza», mientras cierro los ojos. Cierro los ojos para no hablar en lenguaje, para licuar en oscuridad el pensamiento. Entonces la geometría estalla. Chilla colores de movimiento incandescente. Suspiro para asimilarme, para volver a tierra. Vuelvo al horizonte, a la uña del sol y la piel de la atmósfera en que reposa el misterio. 
 

sábado, 28 de septiembre de 2024

EL GOZO

 

La o se come a la zeta, por eso el gozo disfruta más que el placer. Parece que sale a tomarse el aperitivo del paseo, a que le dé la brisa de la mirada en la frente de los ojos. Gozar es una adolescencia sin tiempo, es descubrir los matices nuevos en la repetición de siempre para nacer a lo minucioso. Se mueve la lengua por el horario hasta que se encuentra el beso. Es la adrenalina de llegar aunque no sientas el viaje. El gozo es la cara opuesta de la tristeza con la misma latitud de moneda. Se puede gozar la tristeza -como si fuera un opiáceo- y se puede llorar el gozo como si fuera una alegría. Follar sería un ejemplo. El orgasmo tiene un chispazo de muerte. Ya sabemos que los franceses son Truffauncionarios y tienen Rohmer para Renoir y reGodard. Los gabachos son un poco Sena. Un gris tranquilo para ver sin luz y que no llueva mucho. El gozo es un sacacorchos. Un disparo de alegría como el beso de una madre. Tiene la memoria de los peces y la mirada de los burros. Vive fuera de casa mejor que en ningún sitio. Es la llama que prende los petardos, el gas de los suicidas y la intimidad de las madrugadas. El porro imita el sonido del gozo cuando la biblioteca culmina su jersey. Ya sabemos que no hay mejor semántica que la fonética, por eso hay que escuchar lo que nos dice la pavesa del canuto con su lenguaje de risa súbita. Los libros rulan la confidencia y se duermen. La música amarihuana el movimiento y endulza la boca del sonido. El instinto se revuelve dentro de las sábanas. Se aleja de la pesadilla del dinero como un pez elefante. Fulmina los relojes, quema los contratos y las vacas cagan psilocibina. Entonces el firmamento se abre como un vuelo. El gozo es ese vuelo, ese inasible que se escapa como una lágrima absurda. Llorar es una pregunta que se responde sola, un abrazo solitario, el poema de siempre. Es una patada en los huevos del masoquista y ponerse el suéter rosa del hortera. Es meter los dedos en el niño y ponerse las Katiuskas de follar. Mirar cómo se pone el sol y cómo sale la luna, porque mirar es el goce mismo como sabemos los voyeurs. Es contemplar el movimiento felino de unas caderas o ver tiritar a una flor. El gozo vive en los pezones duros y los versos frágiles. Vive en la amistad que se azora por las tardes, cuando el alcohol se pone súbito. Tiene labios furtivos y venganza. Es el timbre que corre por lo que no hicimos. El gozo es lo que nos queda del niño cuando ya no juega. Es comerse la última croqueta y cagar a tiempo. Contar bien el chiste y llegar a la nota en la Jurado. Es tumbarse en la cama del descanso, sacarse el moco encofrado y cortarse la uña que te engrima. Tirarle del moflete al niñohijo, beber a chorro y deshacerse de las cosquillas. El gozo es que se vayan los albañiles, publicar el puto libro y que alguien lo lea. Oler el sol en las sábanas limpias, oír el hielo del seagramstónica y cantar yahora en el karaoke. El gozo está en las ganas de cada piel. Se esconde como una sombra tímida, como la vergüenza masoca de los niños, como una planta que se estropea. El gozo está en cada átomo, en cada tacto. Por eso hay que espabilar el tiempo y despertar el agua. Cada segundo es una ola posible, una foto para enmarcar memoria, un tobogán inverso que extiende sus alas. El gozo tiene salud porque no tiene miedo a morir. Ignora el velcro melancólico hasta que se octubra, cae y florece de otoño. El otoño goza de color y del frío de las piedras. Es el musgo de las uñas y los cuellos oferentes. Es la tarde perdida, la vida para nada y el pedo silencioso. Es la e de la risa, la flecha de la luz y un seacabó. Es el viaje de los días, haber nacido en el norte y apagar la tele de un botonazo. Es tirarse al río, comerse la tortilla y tumbarse sobre la hierba. Es decirle «no te rías» a las cosas serias y un guantazo con la mano abierta. Es alegrarse del mal ajeno y que se muera Netanyahu. Heredar una fortuna de un pariente birmano y comer roscón el día de reyes. El gozo es llegar a otro septiembre sin más coleccionable que estas letras que me asaltan. Sentirte un poco Ulises, mejor y agradecido. Cambiar de forma como una nube y asomarte al asombro lisérgico. Es la polución nocturna que se cumple, palmearle el culo al feminismo y notar como se enciende su mosqueo. El gozo es pollónico, etcétera.

 

viernes, 27 de septiembre de 2024

jueves, 26 de septiembre de 2024

LA REVISTA

 Ya está disponible el número 26 de la revista digital Ulises:

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