jueves, 18 de diciembre de 2025

LA CIÁTICA IV

La realidad, el mundo, la conciencia y ese etcétera de palabras para la vida se quiebran en el dolor. Cuando sufrir te reduce a una cama nada consuela. Incapacita, se rompen los vínculos con la vida que se vuelve ajena mientras aumentan los espejos interiores. Entras en el subsuelo, se saluda a los tobillos. El tiempo teje su cristal, traza una ventana por donde entran los «mejórate», «cuídate», carantoñas de lija como si la ciática fuera un mancha por despiste. Cuando el sosiego regresa al colchón, la lengua del pensamiento lame cada rincón de nuestra vigilia. Es curioso. El plural se instala en mi escritura cuando solo soy un soy minúsculo que se abre como un pistacho, para que un bulto arranque su cáscara. Escribo con vergüenza reversible, con los ojos gachos como un niño reprendido, porque veo desde mi cama las cartas de Ramón Sampedro. Soy la mezquindad que compara para respirar. La salud de cualquier tobillo que pase, da igual que muslo lo dirija, llega a incomodarme. Aplasta mi aliento sin responder a las manos que nos ofrecen su ojo atento. Sin embargo, agradezco los mensajes, las llamadas que reprocho y después acaricio con perplejidad. Soy un extraño que se rinde al lado humano. El dolor entristece y enfada por contacto. La tristeza encierra un egoísmo sin culpa que necesita manchar. Escupo su sordera hacia quien mejor me quiere. Pretendo agarrar impulsos que restauren mi desgracia. Repaso la memoria con lupas sin tiempo. Tapentadol y lunas con vaho, desde donde cabalga la nieve. Desde el asiento de atrás del coche, las ventanillas resbalan frío y me muestran el mundo que ven las patatas. Basta cualquier caos para modificar la realidad. El asiento ha perdido su atractivo. Ahora soy un ser horizontal, más gusano, menos hombre; una versión más ajustada a cómo siento. Llegó a Béjar, me tumbo y comienzo la psicoterapia. Vomito por el agujero de la camilla a mi cerebro. Saboreo mis tropezones de torpeza, separo mi conciencia de mi actos y distribuyo las piezas para ver el cuadro que serena una tarima. Cavilo que otra ciática ofertó su tiempo aquí. Dedos de medusa en alquiler. «Juan Carlos I, determina nuestro futuro, Marta». Nadie oye lo que pienso. De pequeño cuando cogía una piedra pensaba en su recorrido hasta mi mano. Un rayo de geología me sacudía el pensamiento, con ese látigo espinal de escalofrío que está más allá de la razón, como un desmayo consciente, como un chispazo en superficie. La piedra, tibia de sol de invierno en mi mano de fría infancia, lanzó la rana en el charco y nunca más volví a verla. La fisio me recuerda que mi error no es único cuando la vida nos lleva por intuiciones sin cauce hacia otras aguas. Su acento la delata. Las palabras nos descubren como flores que brotan sin querer. Desde la cama, en esta penumbra de mi mismo, lamo mi memoria por el tobogán que empuja hacia el charco del dolor. Me siento en la balanza de las emociones, tiro la perspectiva del peso y miro hacia donde se inclina la balanza. No hay más redención que aceptarnos. Vuelvo al plural, ay. Soy una omisión constante, un da igual. Ahora, cuando miro a las bombillas desde la bolsa de agua caliente oigo a mi abuelo llamarme: «Ya está aquí El abuelo». Cómo se escapa a eso, qué se puede hacer. No supe bailar con el quizá. Un charco suele quedar en mitad del río. También el cauce se equivoca, pero se fluye incluso entre la arena como un alga varada en la marea. Desde esta cama que me sostiene veo las paredes tamizadas de libros. Volúmenes que me contienen, que evocan un tiempo, una conciencia, con su germen de ciática que ahora purgo. Mientras la marihuana acuna mis dolores, la luz del vaper ilumina mi biblioteca con una intermitencia de colores morado y verde. La estancia se inflama y desinflama como si respirase psilocibina. Escucho a Jorgón con su voz de mesías macarra, con su carisma de violencia decente como un Bukowski asturiano. Esta oscuridad me reconforta. Me perdono. Crezco. Una raíz penetra en el sé. Jorgón se lamenta de haber follado mucho. Comenzó a rechazar orgías. También Escohotado arrepentía sacudir camas y gonorreas. Después, todo tiempo parece perdido. Quisieran haberse dedicado más al estudio, a la papiroflexia y a ver cómo un churrero se rascaba el culo. Y me proyecto, claro, inevitable en ellos, para darle la vuelta al reloj. A través de la poesía encontré mi lugar equivocado. Derroché emociones sin oído. Libé la ternura siendo un todavía y he llegado a las drogas con estudio. Quizá con entusiasmo cualquier posible hubiera sido realidad. Escribir es lo que nos queda. Pespuntar signos y ver qué ocurre. Esperarnos, en un singular de la oscuridad, con la palabra encendida para sentir. Siempre hay una llave con nosotros, siempre hay nosotros en la llave, pero no hay plural en el soy: esa es la tragedia. La biología traza sus micelios sociales sin rozar. La cuántica nos vacía y nos devuelve a la cama del sueño para completar la confusión. Qué realidad entonces, qué dolor, qué ciática. Eduardo Moga describe desde Miami sus andanzas de Nocilla y sexo. Se sienta en los cojones de su poesía Nacional, mientras uno tramadolea llantinas juanramonas. Algo nos une, sin embargo. Un instinto, una empatía, esos intangibles que la psiquedelia revela mejor. Esa parte que salta de la palabra a la voz como un vacío. Esa atracción de un imán incierto que ha traído a Sabino Méndez en plan propio: «Aprendí a considerar la delicadeza implacable como una de las joyas que pueden encontrarse en el carácter humano […] La confianza en las posibilidades de la palabra me obsequió con los interlocutores adecuados […] El hombre queda, pues, traicionado por todas las historias, por la propia memoria». En este túnel de biblioteca, en este Auto de fe a lo Canetti, ha comenzado a llover y suenan las estrellas. Miro a mis lados por si Jaime Jaime me sonríe. Cierro los ojos y brilla la memoria. Amigos, palabras, conversaciones y algo de futuro. También encuentro en este océano el disfrute, la íntima relación con mi nocturno que, tanto después, ya reconforta. Sereno, reposado. Trazo una palabra, relamo el sonido de un violín que llora, aguanto el plano de una secuencia. Jonas Mekas se opone a resistir. Efímero e íntimo, no hay más éxito. En fin, me alejo y me acerco, desde dentro. Buceo en la laguna. Con ese algo difuso, esa brisa que atraviesa si se inspira cuando llega. Hay un silencio que envuelve y se parece mucho a mí. Estar muta en ser. Y parece suficiente. A veces, demasiado, aunque siempre dura poco. No suelo ya cantar. Y en un instante todo desaparece de mi mente. La luz verde mapea la habitación. Me relaja su atmósfera de vapor y sueño. Ahora, es ahora. El dolor se fue. Apaga. Duerme.

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