El valle está como un brócoli, como un verdor en redondez que se contiene. Abril se encarga de mojarlo y darle fotografía con rayo y nubarrón. La filmografía de Peckinpah me vale, me viene con el paraguas porque la violencia tiene ramas como un tronco de emoción. Le busco sinónimos al amor para que vuelva a significar. Tengo que escribir despacio para que el lector perciba que este ambiente de brócoli tiene metáfora en mi escritorio. Antes salían de su madriguera de madrugada (creo que madriguera viene de ahí). Salían solas como una recompensa al silencio, como premio al insomne, como un yoquehostiassé. El caso es que solo había que abarcar el chorro para que no se escaparan, como abrazan los niños el suelo de las cabalgatas. Sentarse y chupar los caramelos era un disfrute que Peckinpah me ha devuelto con su brócoli de amor violento. La coliflor huele a pedo y no viste nada en las revistas de dieta. La berza suena a pueblo y tiene un verde comido por la palabra emigrante. La coliflor tiene un blanco cerebral que rehogamos para olvidarnos de su alma de nuez. El trueno me devuelve a la clase de ciencias naturales, al narigudo don Santiago que llamábamos «Santi el de Naturales», pero que le pongo el don delante para darle más infancia (yo nací -perdonadme- con el tuteo demócrata). El trueno rompe la física, el tiempo y esas cosas de la conciencia. Cosas de arena, cosas que la psiquedelia va licuando por los aires mientras te deja cara de flipe. Esto de la realidad cada vez lo entiendo menos. Este berenjenal que chilla brócolis o muta en patatal, me tiene perplejo a estas edades. Cuando mis contemporáneos amasan las certezas de la barriga y el cochazo, uno anda por el vértigo del brócoli. Me pasé el western de la memoria con Regreso al futuro, por eso no entiendo a qué viene esta infancia de otro, este Grupo Salvaje de los sesenta, este revivirme en aventuras que le molaban a Chamorro. Pues sí, el brócoli alienta las aventuras de la rama, del árbol que esconde un revólver, un indio ahorcado y un polvo de grava en el culo (si no pongo la palabra culo al final no se entiende el polvo). Decía que este verdor, este empuje del agua hacia el sol, me tiene tenso. Me fustiga el trueno de abril como un rayo de memoria. Me pongo Peckinpah, borracho y Dostoiesky, para llorar mejor. Llorar viene de reír padentro. Risa de brócoli para entender La Huida, ese amor inasible que se llama compañía, ese tiempo acumulado, esa experiencia que alimenta a la extrañeza, al asombro del rayo que jamás se repite. Peckinpah era un romántico que creía en el amor porque sabía que no existe. Sabía que la palabra estaba hueca como una coliflor, que había que salpimentar aquello con tiros y la hostia para que funcionara el vertedero. Peckinpah conocía el fracaso y su épica de domingo como ese tirón de manta que da la espalda al cariño. En Perros de paja pone la vida sobre la mesa de una mujer. A Despentes le quedó un paluego con Teoría King-Kong, pero Susan George ya lo había gemido todo. Peckinpah hizo películas para sacar la espalda mejicana de las mujeres. Coburn, Heston o Holden, a todos se les cae la pistola al filo de un espinazo. En Quiero la cabeza de Alfredo García, Isela Vega condensa el universo femenino y Warren Oates le corta la cabeza al brócoli. Nos planta en la ambición decapitada con las moscas ruidosas que cantaba don Antonio Machacado. Resulta que mi heavy de los noventa venía de Peckinpah sin yo saberlo. Guns n´roses le cogió el tiro prestado a Bob Dylan. Knockin on heaven's door es la pólvora de la película, la atmósfera que perdona el pegotazo que Peckinpah le regala a Robert Allen en forma de Alias. Resulta que al final vengo de Dylan, de la poesía de Thomas, del desierto de whisky y del Nobel de literatura. En fin. Decíamos ayer, que la locura necesita obsesión y cariño. Un público para la épica del final. La tierna condescendencia de los niños y los viejos con la mano que atusa los anhelos. Escuchamos para colmar la importancia cuando no se tiene. Escuchar es dar la razón a la tontería porque el niño/viejo tiene locura en espera, un légamo tierno en cimientos/escombros. Una “/” que balancea la emoción y nos conmueve. Peckinpah muestra como nadie lo que habita en el silencio. Llena sus personajes de pausa para entenderlos mejor como hacía Harold Pinter. Empatizamos con el hueco porque nos llena. No hace falta ponerse cuántico para comprender la calma, por eso la vejez camina hacia el remanso. El paréntesis tiene un lenguaje atávico que nos predispone. En poesía se escribe «no sé». Quintero lo sabía y se enchalecaba pañuelos como un cowboy de autonómica, como un Peckinpah de Canal Sur que convertía a Bob Dylan en Risitas. La locura del brócoli te arrastra por charcos de tiempo y cráneos partidos que suenan a maceta. Abril te oscurece la tarde, atruena verdores y recuerdas que has dejado el coche debajo del árbol mientras tiras de la sabana. La vida es ese tirón, ese darnos la espalda, ese encontrarnos con Peckinpah sin saber por qué, como una floración de berza por el tobogán de la Ketamina. Peckinpah suena al golpe que nos dejaba sin aire en los coches de choque. Cada vez que cuezo un brócoli me acuerdo de Bob Dylan y los pezones de Susan George aunque sean las once de la mañana. Envejecer debe parecerse a esto.

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