(Fotografía: Pilar Galán)
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HOMENAJE A
VÍCTOR CHAMORRO
(Hervás,
18/03/2023)
Buenos
días a todos:
Cuando
Pilar Galán me pidió un título para mi intervención en este acto
homenaje lo tuve claro: Baratarias. Fue uno de los muchos
títulos que manejamos para lo que será la obra póstuma de Víctor
Chamorro, en la que trabajé con él más de quince años. La
tinta hervida fue el cigoto. Anábasis fue la versión más
extendida que llegó a las 1500 páginas. Decidimos entonces
fragmentar la obra en dos. Una de documentación, con antología de
textos renovados, y otra con lo relativo a la intrahistoria de su
bibliografía. Volvimos a la idea primigenia, rehicimos una y mil
veces los borradores. Noté su desesperación y sé que echó de
menos a Teresa. Ella era quien le quitaba las obras de la manos para
enviarlas a editoriales y concursos, tras décadas de reescritura.
Quienes conocíamos a Víctor de cerca no nos sorprendían sus
constantes cambios de rumbo, sus tanteos de todas las posibilidades,
que soslayaban una inseguridad que le venía de la niñez. Solo
accedía a la confianza generada por el trabajo mesurado que hace a
la palabra incólume.
La
literatura era para él lo más importante. A través de ella
compensó los complejos que la educación nacional-católica le había
inculcado. En la escuela, le tildaron de “botarate” e “inútil
total”. Cuando vio por primera vez su nombre impreso en la Revista
Certamen (donde publicó su
primer relato), su autoestima recuperó la confianza
que la bendita educación franquista le había mutilado. La
importancia del lenguaje para formar a la persona, fue algo que
siempre intentó enseñar a sus alumnos y al público que asistía a
sus conferencias.
Siendo
profesor del Colegio Libre Adoptado de Hervás, completó el Auto
de los Reyes Magos que
representó con sus alumnos, en este mismo teatro, hace más de 50
años. Fue un cálido proemio para otras más combativas como
Escuadra hacia la muerte y La mordaza, del también
preterido Alfonso Sastre, que ya entonces eran censuradas.
Conocí
a Víctor Chamorro como se conoce a los amigos: buscando una emoción
hermana. Me presenté en su casa de La Corredera, siempre abierta, y
toqué el timbre de su nombre. “Sube” y en aquella atalaya de
sarcasmo pasé sus últimos dieciséis años. Radiografió mis
inquietudes con el gesto granuja y la transaminasa melancólica por
depresiones recidivas.
“O
Umbral o yo, Jonás”. Víctor no entendía que pudiera estimar los
latigazos poéticos del autor de Mortal y rosa, sin comulgar
con su carácter. Chamorro era de Dostoievski. Con él disfrutó su
soledad adolescente. Con una novelita del autor ruso se arrancó a la
lectura. Por eso titulé mi homenaje póstumo Noches blancas.
Allí descubrió palabras hermanas a las que sentía por Teresa.
Encontró en la literatura el consuelo que la España Nacional
Católica le negaba. Curas pederastas, represión moral, y educación
castrense le llevaron al fracaso escolar en “el pequeño Oxford”
de Villafranca de los Barros.
Desde
entonces, comenzó a escribirse en un diario de oraciones simples a
modo de cloaca. Un légamo que cuajaría en su primera novela que
bajo el seudónimo de Vizarco, Teresa enviaría al premio
Planeta.
“Inútil
total” fue su diagnóstico, El santo y el demonio (1963) su
tratamiento. En una cama con escombros de reuma, comenzó un exilio
de Noches blancas y cartas de amor a Teresa. En Hervás -ya
para siempre Gervasia- fue creando su Comala particular. Entuertos
domésticos que desfacía a golpe de diario y lecturas de El
Guerrero del antifaz, porque
inmerso en el bocadillo del tebeo se nutría mejor que con pan
blanco.
Con
dieciséis años finalistó el premio Nadal, pero su padre no quiere
que escriba y él lo niega. El señor secretario quiere un hijo
Derecho. La prensa publica su nombre y la sentencia es firme: “Ojalá
tu talento esté a la altura de tu cinismo”. Chamorro se fue
orihuelando. Eran tiempos de zozobra. Su padre fue procesado por
ejercer el cargo con honestidad y el futuro escritor creció
encarando la injusticia, algo que forjó su carácter.
El
adúltero y Dios (1964) son las memorias de un celoso extremeño.
Un testimonio real que novelizó. La Guerra Civil vista desde un ojo
particular. Lara la desdeña y Delibes la aplaude. Queda segundo otra
vez en el premio Planeta. Chamorro sopla la ceniza y la retitula
Amores de invierno (1966) y repite puesto en el premio Blasco
Ibáñez de 1966. Raúl del Pozo titula en Pueblo: “Víctor
Chamorro: de profesión finalista”. Rompe la dinámica con La
Venganza de las ratas, 1967. Gana el premio Urriza de ese año y
comprende la gramática del éxito. Viajes, firmas, entrevistas,
prensa y televisión. Pero Víctor siente la tinta como un linaje y
no cede al escaparate. “Yo me vuelvo a Gervasia” les dice, casado
ya con Teresa.
Dos
partos fallidos escriben El Seguro, de actual y pertinente
subtítulo: enfermos ricos, enfermos pobres, pero estamos en
1968. Narrada desde la atmósfera febril del insomnio, apunta el tono
que cuajará en La hora del Barquero (2002). En ella
encontramos dos claves de su obra: la vida como material novelable y
la pertenencia de clase como semántica. Que quede claro: Víctor
Chamorro siempre se consideró un escritor marxista.
Recoge
en Gijón el premio Ateneo Jovellanos (1968), pegando un
portazo al editor Richard Grandío. Viaja a Las Hurdes, tierra sin
tierra en 1969, que Camilo José Cela elogiará por mejorar el
Tierra sin pan de Buñuel. Tras varias jornadas de viaje
llegaban a su bufete los hurdanos para pleitear un olivo. Comienza a
poner en orden su indignación y a hacer suyos los problemas de la
gente.
Poco
después, conoce a Gonzalo Sánchez Rodrigo que publicará Sin
Raíces (1971), biografía novelada de su abuelo, responsable del
“Método Rayas”: otra gesta heroica y olvidada, en la historia de
la región.
Chamorro
abandona las leyes y se implica en la docencia. Como ya hemos dicho,
convirtió alumnos en actores con el arte anarquista del teatro. La
tragedia acaba en Reunión Patriótica (1994), y la emigración
en Destino, colegio donde ejerce más de treinta años.
Madrid
era un hervidero político y Chamorro forjó su ideología con
lecturas y experiencias. Vuelve a Gervasia cada poco. Escribe Guía
secreta de Extremadura (1976) y Extremadura, Afán de miseria
(1979) tras la lectura del libro clandestino de Ruedo Ibérico:
Extremadura saqueada (1978). El escritor convierte a narrativa
aquel ensayo cuyas problemáticas de expolio siguen vigentes.
En
1981 Marciano Rivero Breña publicó Conversaciones en
Extremadura, emulando al libro catalán de Salvador Pániker. El
autor entrevista a los paisanos ilustres del momento. “Qué se
puede esperar de un pueblo que carece del resorte de la inquietud”,
explicaba el pintor Juan Barjola como causa de su emigración.
Chamorro se lamenta del nulo nacionalismo regional y compara el
panorama como antagónico a lo que ocurría en Euskadi con la banda
ETA. Al poco, irrumpe el golpe del 23-F y aquellas declaraciones
resuenan en su cabeza.
Víctor
Chamorro va cociendo a fuego lento las afrentas de la región. Como
una María Moliner de Canillejas, elabora la primera Historia de
Extremadura (1981/1984) en ocho volúmenes. A golpe de Ducados y
ginebra escribió un preámbulo que todavía sirve. Pero él se
siente novelista. Siente la historia como vehículo fiable, como
perspectiva necesaria para que la ideología no descarrile. En la
travesía conoce a Leopoldo González de Bulnes que funda Cuasimodo
en 1981, con quien publicará varios volúmenes de su Historia y, en
1982, Por Cáceres de Trecho en trecho. Su guadianesca amistad
le traerá el encargo de los guiones de Extremadura desde el Aire,
25 años después.
En
1984 publica El muerto resucitado, genial confusión de
ficción y realidad con apéndice del fiscal Jesús Vicente Chamorro.
Para la efímera colección La sombra de Caín de Espasa
preparó otra novela que acabará publicando con Seix Barral. Nos
referimos a El Pasmo (1987), obra con la que su narrativa da
una vuelta de tuerca.
Pero
el panorama literario comienza a cambiar. La Transición (para
Vízarco ya siempre Transacción) troquela el canon del
porvenir: “Quien se mueva no sale en la foto”.
Eduardo
Moga, lector de la Agencia Carmen Balcells informa en 1990 que Los
Marqueses del infierno (que 20
años después publicará como Los Alumbrados)
es una obra extraordinaria, pero la novela se desdeña porque el
autor “es demasiado mayor y no se le va a poder sacar el suficiente
partido”. Chamorro tiene entonces cincuenta años, y el lumbrera es
hoy profesor universitario y crítico en Babelia.
En
1994 publica Reunión Patriótica, “memoria histórica en
las postrimerías del franquismo”, que tuvo ya que ser autoeditada.
La
estafeta de Correos, Agencia literaria de Teresa, coloca en 1997 El
pequeño Werther en la editorial Plaza & Janés. Francisco,
alter ego de Chamorro, nos muestra su atormentada adolescencia.
Y
llegamos a su obra cumbre: La hora del barquero (2002). Una
pesadilla, una novela kafkiana, una tortura que introduce por los
ojos un trapo en la garganta. Su novela más valiente en fondo y
forma. Podría incluirla sin rubor en el parnaso de la mejor
narrativa en castellano del siglo XX. No apta para socialdemócratas.
Gana el premio Café Gijón y su nombre vuelve a sonar debajo de las
alfombras.
Chamorro
insiste en el amor a su tierra con Érase una vez Extremadura
(2003) donde compendia sus 8 volúmenes de la historia regional, con
un benevolente final de cuento.
Desde
entonces, silencio. El mercado editorial que publica 80.000 títulos
anuales, no tiene un hueco para su prosa. Conozco su archivo. Decenas
de cartas elogian su calidad que consideran un problema. La censura
del mercado es implacable porque controla todos los resortes. De nada
sirvió que Planeta, Plaza & Janés, Seix Barral, Espasa-Calpe o
Acantilado publicaran su obra.
Su
hija Maite funda Planteamiento y edita Guía de Bastardos
(2007), un thriller con atrezzo revolucionario. En Los Alumbrados
(2008), cabalgo para siempre como personaje, en un inolvidable gesto
de amistad por su parte. Pasión Extremeña en 13 actos (2009)
es una obra de estructura original que funde los guiones de la serie
de televisión Extremadura desde el aire (2009), en una
dramaturgia sin tiempo. Por último, Calostros (2010), muestra
sublime y magistral del relato corto.
En
2012, el Gobierno de la Región le concede la Medalla de Extremadura
y la “contramedalla” una agrupación de colectivos sociales. Para
aquel mérito su nombre fue candidato 25 años. La historia de aquel
reconocimiento tiene novela aparte.
En
2017 publica 25 de marzo de 1936, su última obra hasta el
momento, cuya adaptación teatral ha sido representada por toda la
región. Aquel heroico episodio de las ocupaciones yunteras fue
silenciado durante décadas y reclamado con insistencia como día de
la región por la Asociación del mismo nombre.
Por
el camino 65 años de literatura nos contemplan. Libros para la
docencia, ensayos y colaboraciones en prensa. Artículos para ABC
o El País. Por “Cráteres en la memoria”, publicado en El
Independiente, recibió el premio Dionisio Acedo de Periodismo en
1988. En el año 2000, recibe el galardón Tierra y Libertad y
en 2010 la Tenca de oro. La biblioteca de Casas de Belvís
lleva su nombre. También una calle en Gervasia y un parque en
Plasencia.
De
su trayectoria se han ocupado los programas Esta es mi tierra
(1983) de Televisión Española, Calostros (2012) de
Triano Media o El sillón de Víctor (2013) de Óculo TV.
La serie El lince con Botas, de Libre Producciones, le
ha retratado en: Las palabras de Víctor Chamorro en 2002, Los
crímenes de El Pasmo (2006), Los sucesos de Castilblanco
(2007), el espacio inaugural de la serie La Barcarrota (2015)
y Palabras para Víctor Chamorro (2022), emitidas por Canal
Extremadura.
Sin
embargo, creo que su mejor grandeza residía en la conversación.
Pertenecía a una estirpe de narradores extinta. Asistí a decenas de
sus conferencias. Sé del magisterio de sus palabras. Adecuaba el
discurso en función del auditorio. He escuchado sus anécdotas con
el placer intacto al descubrir cómo se gana un oído. Matizaba el
ojo, hacía del gesto su adjetivo y nos devolvía a la tribu, a la
atávica necesidad de confidencias. Con su fonética de ala marxista,
su narrativa volaba en melancolías necesarias.
A
sabiendas de que su muerte subiría la fiebre por su memoria,
solíamos ironizar sobre actos como este. Su proverbial sarcasmo
siempre tenía una maldad cargada. Parece que le oigo decir: “Los
homenajes los hacen quienes quieren que se los hagan”. E incluso le
imagino diciendo -como hizo tantas veces-: “Ten, Jonás, prevenida
la pocilga. Hablarán en mi nombre aquellos que no me han leído una
página”. Chamorro añadió a su despensa de máximas la que
escribió José Bergamín: “Amigo que no me lee, amigo que no es mi
amigo: porque yo no estoy en mí, mas que en aquello que escribo”.
Víctor
Chamorro nos dejó una treintena de títulos y algunas obras
inéditas, sin contar los múltiples borradores de sus obras
censuradas como Las Hurdes, tierra sin tierra. Su casa de La
Corredera, Casa Museo en sí misma, contiene miles de documentos que
merecen un tratamiento archivístico, para desvelar sus verdaderas
dimensiones.
Tomarán
la palabra durante este homenaje algunos de sus mejores amigos. Pilar
Galán, fiel valedora de su obra; Juan Sánchez (historiador que
prepara una edición crítica de El Pasmo), Manuel Cañada
(quien mejor ha reivindicado la figura de Víctor Chamorro) o Gonzalo
Sánchez Rodrigo, editor de Sin Raíces, entre otras muchas
fraternidades.
Las
rodillas de Juan Carlos López Duque saben lo que cuesta saludar a un
hermanísimo, y ser su entrevistador de cabecera. Teofilo González
Porras, fue casi agente de sus últimas conferencias. Teresa Rejas,
Nicanor Gil, Rafaela Díaz, todos ellos lectores, o alumnos de Víctor
Chamorro.
Esta
tarde tomará la palabra la alcaldesa, Patricia Valle, quien siempre
le demostró su estima.
Son
muchos los que en Gervasia podrían aportar un testimonio que ayudase
a completar el puzzle de su personalidad. Y pienso en Eva Castellano,
por ejemplo.
Tras
esta semblanza, se proyectará “Las palabras de Víctor Chamorro”.
La
atención que Libre Producciones le
ha demostrado siempre, ha cuajado en la enésima generosidad,
con la proyección de este audiovisual. Aprovecho esta tribuna para
destacar el silencioso trabajo cultural, histórico y antropológico,
que sobre la región, realizan desde hace décadas. Con casi 700
episodios, la serie El Lince con botas es su más conocido
ejemplo. Su director, José Camello Manzano, habría querido estar
aquí hoy, pero se haya inmerso en otro rodaje.
Nada
más. Les agradezco su atención. Ojalá esta jornada sirva para que
la obra de Víctor Chamorro sea leída, tratada y reconocida como su
calidad merece.
Gracias
a todos.
https://www.canalextremadura.es/audio/la-aeex-homenajea-a-victor-chamorro-en-hervas-este-sabado-18-de-marzo