domingo, 28 de diciembre de 2025

LA CIÁTICA VI

El precio necesita mito. Hay que envolver el regalo. Hay que reducir el pensamiento a mercancía, darle valor al hueco para pensar que la nómina merece la pena. Desterrar nuestra gilipollez y olvidar la quemadura de los despertadores. Cada cual posiciona su industria en la cesta que más le conviene. Tenía razón Escohotado. También los iconoclastas, los escépticos y los sin pose tienen su ramalazo, las más veces de obispo afligido. Inflan su conocimiento a base de graníticas egolatrías con las que navegar su vida a la contra. Se automitifican para soportarse (ahí voy un poco), con muchas dosis de defensa propia. Yo suelo acabar en el desprecio por evitar el insulto. Si trato de igual, me siento agredido y por eso paso como de la mierda. El mito «consiste en narrar una historia de otros como la nuestra»*, una simplificación. Reducir el pensamiento a un catecismo, a una letanía sin más razón que la comodidad. Tiene la verdad de la mayoría, del tópico, de la tradición y la historia, ese barro. Se construye para pagar la hipoteca, la cerveza o decirle a tus hijas que tuve mala suerte, según. El mito también quiere justificarse, explicar sus circuntancias, decir que el Robe era chapista y Camarón un yonquito de San Fernando. Pero eso en sí no vende nada y hay que enseñar el tomate. Hay que darle Vigo, girar la manzana para que no se vea el gusano. Gonzalo García Pelayo lo sabe mejor que nadie y prometía muchos fracasos y grandes éxitos porque conocía la ciencia del mito y se fabricó el suyo después de propiciar otros, para luego inmolarse y rizar el rizo. Da igual. Luego está el «eso que te llevas» o «esa obra quedará». Nada, al final todos calvos. Aquí no se queda nada ni nadie. Solo el efímero disfrute motiva el acto que se agota en su propia ceniza a la que Francisco de Quevedo, en plan optimista, le daba sentido. Hay varias fórmulas químicas para el mito que se reducen en Au. Su brillo es autofágico y contagia como una podredumbre. Uno, que sigue las huellas del silencio para encontrar el talento, tiene sus manías, claro. El sol negro de Chúmez me ilumina con su estertor de cráneos. Bergamín es mi siglo de oro, Radu Jude y los Ulises son pepinos de mi intimidad. La huerta hay que regarla, pero si enciendes una vela se apaga. Cuando se conoce el mecanismo se valora mejor el riego por goteo y hay que estar atento para que no se obture, seque y pudra la cucurbitácea. Además, luego hay que regalarlos porque no vas a estar comiendo ensalada todos los días. Chiste, verso, peli y Molly: ese es mi orden. Y aquí, de tumbado, dándole a la chorrada. En esta «clausura» ya he hablado de la cosa. No es que me repita, «insisto» que decía Ramón Gaya. Le meto matiz para darme mito. Como contrapunto al mito están los huecos. Seres abisales, sumideros, materia oscura. Agujeros negros al estilo Trump, Amancio Ortega y Netanyahus así. Barrenas de poder y Margaret Astor. Terremotos de arcada, gentes que nunca besaron en el cuello. Regalan portaviones oncológicos y esponjas de oro. Derrochan brutalidad de escombrera y marmitas de risotada. Son quienes mueven el mundo. Tienen un ejército de fieles medianías, grisuras, un termitero de jueces, empresarios y burócratas dispuestos para la matanza. Militares, funcionarios y otros mitómanos agradecidos. Vientres satisfechos de tranquilidad, buenas personas como yo. Como un continuo proceso de Kafka, la vigilancia fija la imagen como un mito de seguridad. El mito necesita imagen, reducir el espectro de la mirada a estereotipo. Eliminar la palabra, desdibujar el concepto. Las palabras, si lo son, enseguida se enredan con su energía poética, con su vibración cuántica y sus cosas. A ver si los de Lobeliana nos publican las «Palabras mudas» de Jonathan Ott y nos aclaran la cosa. Sí, las palabras fuera. A tomar por culo. Que se venda el libro, pero como imagen. Cortito, en redes sociales, en plan estantería. Por eso la mitología, viene de la estampita, del cuento de la abuela, del amigo de mi prima y así. El mito se da mejor en la música, en el cine y en el Thyssen Bornemisza. Son proyecciones que necesitan escenografía, watios y tanga, bótox y clickbytes. Engranajes de adolescencia y mucho espejo en una marabunta de cosmética insaciable. También se teje el mito con ganchillos lentos, pequeñitos pero firmes que decía el Robe. Cumplidores de la tragedia del carnero con tripa de lobo. Filos de Valium al asalto del Prozac. Ansiedades con derecho a roce y nucas de arenilla. Fotografías y recortes, olvidos selectos, y una foto con la reina que de pronto aparece en un fleco minucioso. El mito se trabaja con la imagen, sí. Ya sabemos que «una imagen vale más que mil palabras» si es de Baudelaire. De lo contrario la imagen solo cuesta. Valor y precio, Machado etcétera. El mito cuesta una imagen con su ósmosis de memory. El pobre Josele anda siempre de amiguetes, porque se le ha acabado el ganchillo. El cine está lleno de Joseles sin duende porque son pellizcos de charco y photocall. En la imagen solo hay caníbales azafatas en busca del Dutyfree con ansias de un viaje de carmín. El mito llega a todas partes. Da igual Tabletom, que La banda trapera del río. El drogas o el Krahe, El niño Miguel que o El niño de Elche. Insisto en que ya he escrito sobre esta mierda por estas clausuras. Al final todos quieren su parroquia y su altarcito en la Wikipedia que autoescribe algún poeta. Ay. Los hay más profesionales. Gente de oficio que tocan el mito y se van. Se hacen la fotografía para decir «yo estuve allí» con la sensatez del frustrado. Se paran a distinguir las voces de los ecos. Se paran y separan. Mercé viene a Mordor de la mano de Moriche todos los años. Eso les honra a los dos y de paso hacen su ganchillo, porque en el construir la cosa hay más cosas, claro. Está ese ejercicio del presente en el que ocurre la realidad, donde el efecto del afecto teje su viaje, donde la memoria despliega el conocimiento y nos enriquece con su poso de melancolía. Quizá la vigilancia sea esta, que no anide la nostalgia con su semilla metastásica. Tendemos al mito porque la realidad nos supera, porque sabemos que el talento no tiene mérito y el esfuerzo suele ser estéril. Al final, Miguel Hernández es su cárcel, Lorca su asesinato y Foster Wallace un suicidio. La valía innata es despreciable como cualquier torpeza. El mito, en su sincretismo, tiene un halo poético que hay que mirar. Si lo coges despacio se puede girar el destello. Si le arrancas la ilusión pueden llegar a ser calma. No sé. Yo es que estoy en el mito ciático del Tumbado y me la suda todo un poco, señora. 

*Filosofía para no filósofos / Antonio Escohotado. - Madrid: Espasa, 2025. p. 25. 

sábado, 27 de diciembre de 2025

LA CIÁTICA V




«Me voy a verte a menos que me digas lo contrario». Así que Pablo se vino a verme y nos vimos. Me vino bien expandir el corticoide, dejar que el atleta mental se pegara unas carreras por la oreja amable del amigo. A mi el corticoide me pone el ánimo de punta como un desasosiego alegre en multitarea. Si leo, me asaltan ideas que apunto en la libreta donde encuentro una referencia que me lleva a un libro, que me enciende un documental, que lanzo desde el móvil y «ahora me pondré a estirar en la esterilla que son las siete». El amigo es la versión ajena de ti mismo. Por eso no te importa si no viene y si se va hasta quién sabe cuándo. Pasa con los libros. Uno lee, busca y trata lo que le resulta confortable y más a estas edades donde de tanto tirar del carro le salen a uno las ciáticas. La vida, esa cosa pesada que consiste en ir tirando, ha de apaciguarse. Por eso ya, los «quépasa» se vuelven «hastaluegos» con un cinismo de bar y agua pasada que hasta Heráclito se queda bocas. Pues sí, Pablo, nos dimos el repaso. Y muy bien, la verdad. Me vino guay romper la dexametasona con el canuto. «Y un 0,7 para que empuje la risa no?». «Yo lo que tu digas». El amigo es esto: onfaloscopía resultona para tardes improvisadas de frío invierno. Este puto frío, que me tiene barométrico, concentra familias que cocinan su cariño en reuniones de fracaso hiriente. Siguen instalados en la fecha. Riegan la ceguera, limpian el granito mientras piden el vino más tinto que tengan. Somos el rito de la ronda, fichar con el amigo, llamar en plan pedorro y no más de tres minutos. Necesitamos al funcionario para pensar que se funciona y desterrar el para qué. Necesitamos el puto plural para manchar al otro, ese «infierno» de Sartre que soy yo. Pues eso, que digo que guay, que sí a todo y eso. «Pablo yo mañana tengo fisio quédate a dormir si quieres pero yo me recojo que me duele y con el pastillaje pues ni una cerveza». Se piró y me quedé con mi ciática en buena compañía. Voyme encontrando cada vez mejor porque, al final, el mejor remedio es la pausa. Lo que la elegancia hipocrática llama reposo, claro. Hay que reposar, hacer parada, tumbarse. Esa vida de tumbado que se está perdiendo y que ensayo desde hace un mes con delectación corticoidal. Escribo, leo, veo películas. Disfruto del tiempo que quería dedicarme. Reposo, bendita palabra. Hay que parar. La ciática me ha reconciliado conmigo mismo. Hay que saber escuchar al cuerpo. El dolor es un padre putativo, una masterclass endógena, un heroico pinchazo. Te restriega por la cara los absurdos y te transforma, como cuando a Rajoy le dieron la hostia y se le puso el jeto interesante. «Pero coño, qué ha pasado aquí». Sin valorar la magnificencia de una baja por llevar sentado veinticinco años, reconoceré que tiene algo de heroico. Partirse el lomo por defecto está a la altura de los más grandes. Quizá Krahe me tendría en cuenta. Los flamencos me entronarían el mote del «Tumbao», para crearme una eximia alcurnia para los restos. Ejerzo mi condición de tumbado con todo el respeto que se merece una especie que se ha perdido. Reivindico al tumbado desde el fraude ciático. No debería ser necesario trabajar la butaca, ni doler la pantorilla para tumbarse. El tumbado es la aspiración, el verdadero estatus, eso que unos llaman éxito y otros premio Nobel. Juan Carlos Usó, con su bisturí tranquilo, ya sajo el tema tumbado. Onetti, Valle, Proust, Aleixandre, fueron eximios horizontales a los que reivindicar. En su imaginación, desde lo inane, me fundo como un Don Quijote recién encamado. Si en mi soledad habita mucha gente, en mi inacción la noria no se detiene, revuelvo la biblioteca, me explayo en el detalle que lo vertical interrumpe con la batalla del horario. Saco la memoria de las tijeras y me acuerdo de los quienes. Lamo estas palabras, chupo el reposo y me doy las gracias. Me agradezco. Me olvido de los besos chupados. Cojo el humor de los pelos y lo arrastro. Que se alije, que sangre un poco, que se joda. El humor necesita frescura para no caer en el chiste. Sin costra no hace gracia me dice el corticoide. Este puto frío, esta nieve que abre los sabañones del pedernal devuelve el dolor a su sitio. Mordor, con las nieves de Béjar y el Pinajarro se abriga con una atmósfera RMN de Mungiu. 4 meses, 3 semanas y 2 días para esta Navidad de psiquiátrico. El ruido del alcohol sacude el bar. No entro. Sin beber el alcohol es insoportable. Salgo de la fisio y busco la cafetería jubilada donde comer dos porras pensionistas. Los tumbados tomamos el descafeinado caliente, llenamos de lana el estómago y nos ahorramos Omeoprazol. Una ciega reciente me dice que le avise cuando acabe el churro. Coge el bastón casi nuevo y lleva el pelo recién peluquerado. Aún tiene una ceguera activa, esperanzada, como toda ceguera. Quiere sentir el calor del café, la mirada del coñac y la perversión del deseo patoso. Niños de colores letanían mil euros por la tele. Pienso que «le pediré un bastón a los Reyes; no imagino mejor complemento para un tumbado». Salgo, en la calle solo hay un ruido de luces que alertan alegría. Vuelvo a casa, «que tengo cita con el corticoide». Acudo al Ambulatorio electoral (ayer hubo elecciones) y veo que mi pueblo sigue siendo de pueblo. El resultado está en la puerta por si a alguien le interesa. Sacaron la silla de ruedas y pusieron una urna. Guardaron la camilla y pusieron una cabina. «¿Qué pasa? ¿Nadie ve estas metáforas?», cavilo mientras entro a una sala vacía. Estas coyunturas locales de la España póstuma no dejan de generarme ternura. Esa tristeza amable de lo insignificante, de lo hecho porque sí. Sin más propósito que amagar al tiempo, fintar a la necesidad con visos útiles. Esperar que alguien repare en ello, reconfortarse como quien encala un gorro o ajusta un beso. La puerta está entreabierta, pero la doctora no me llama y es la hora. «Raro, esto huele a doctora de La Garganta». Llamo antes de entrar -los tumbados tenemos decoro- y digo el «¿se puede?». Gladys se azora y me recibe con sus famélicos huesos y unas gafas que le pesan la cara. «Sí, reduce el corticoide. «¿Has perdido peso?». «Sí». «Hay que pesarse». Y siento que su anorexia se impone a mi ciática. Salgo. La sala sigue vacía, pero alguien ha apagado la luz, dándole carácter al silencio. La enfermera, inflada de penumbra, me mira resignada. «87,1». Mis brazos cuelgan como abrigos. 
 

jueves, 18 de diciembre de 2025

LA CIÁTICA IV

La realidad, el mundo, la conciencia y ese etcétera de palabras para la vida se quiebran en el dolor. Cuando sufrir te reduce a una cama nada consuela. Incapacita, se rompen los vínculos con la vida que se vuelve ajena mientras aumentan los espejos interiores. Entras en el subsuelo, se saluda a los tobillos. El tiempo teje su cristal, traza una ventana por donde entran los «mejórate», «cuídate», carantoñas de lija como si la ciática fuera un mancha por despiste. Cuando el sosiego regresa al colchón, la lengua del pensamiento lame cada rincón de nuestra vigilia. Es curioso. El plural se instala en mi escritura cuando solo soy un soy minúsculo que se abre como un pistacho, para que un bulto arranque su cáscara. Escribo con vergüenza reversible, con los ojos gachos como un niño reprendido, porque veo desde mi cama las cartas de Ramón Sampedro. Soy la mezquindad que compara para respirar. La salud de cualquier tobillo que pase, da igual que muslo lo dirija, llega a incomodarme. Aplasta mi aliento sin responder a las manos que nos ofrecen su ojo atento. Sin embargo, agradezco los mensajes, las llamadas que reprocho y después acaricio con perplejidad. Soy un extraño que se rinde al lado humano. El dolor entristece y enfada por contacto. La tristeza encierra un egoísmo sin culpa que necesita manchar. Escupo su sordera hacia quien mejor me quiere. Pretendo agarrar impulsos que restauren mi desgracia. Repaso la memoria con lupas sin tiempo. Tapentadol y lunas con vaho, desde donde cabalga la nieve. Desde el asiento de atrás del coche, las ventanillas resbalan frío y me muestran el mundo que ven las patatas. Basta cualquier caos para modificar la realidad. El asiento ha perdido su atractivo. Ahora soy un ser horizontal, más gusano, menos hombre; una versión más ajustada a cómo siento. Llegó a Béjar, me tumbo y comienzo la psicoterapia. Vomito por el agujero de la camilla a mi cerebro. Saboreo mis tropezones de torpeza, separo mi conciencia de mi actos y distribuyo las piezas para ver el cuadro que serena una tarima. Cavilo que otra ciática ofertó su tiempo aquí. Dedos de medusa en alquiler. «Juan Carlos I, determina nuestro futuro, Marta». Nadie oye lo que pienso. De pequeño cuando cogía una piedra pensaba en su recorrido hasta mi mano. Un rayo de geología me sacudía el pensamiento, con ese látigo espinal de escalofrío que está más allá de la razón, como un desmayo consciente, como un chispazo en superficie. La piedra, tibia de sol de invierno en mi mano de fría infancia, lanzó la rana en el charco y nunca más volví a verla. La fisio me recuerda que mi error no es único cuando la vida nos lleva por intuiciones sin cauce hacia otras aguas. Su acento la delata. Las palabras nos descubren como flores que brotan sin querer. Desde la cama, en esta penumbra de mi mismo, lamo mi memoria por el tobogán que empuja hacia el charco del dolor. Me siento en la balanza de las emociones, tiro la perspectiva del peso y miro hacia donde se inclina la balanza. No hay más redención que aceptarnos. Vuelvo al plural, ay. Soy una omisión constante, un da igual. Ahora, cuando miro a las bombillas desde la bolsa de agua caliente oigo a mi abuelo llamarme: «Ya está aquí El abuelo». Cómo se escapa a eso, qué se puede hacer. No supe bailar con el quizá. Un charco suele quedar en mitad del río. También el cauce se equivoca, pero se fluye incluso entre la arena como un alga varada en la marea. Desde esta cama que me sostiene veo las paredes tamizadas de libros. Volúmenes que me contienen, que evocan un tiempo, una conciencia, con su germen de ciática que ahora purgo. Mientras la marihuana acuna mis dolores, la luz del vaper ilumina mi biblioteca con una intermitencia de colores morado y verde. La estancia se inflama y desinflama como si respirase psilocibina. Escucho a Jorgón con su voz de mesías macarra, con su carisma de violencia decente como un Bukowski asturiano. Esta oscuridad me reconforta. Me perdono. Crezco. Una raíz penetra en el sé. Jorgón se lamenta de haber follado mucho. Comenzó a rechazar orgías. También Escohotado arrepentía sacudir camas y gonorreas. Después, todo tiempo parece perdido. Quisieran haberse dedicado más al estudio, a la papiroflexia y a ver cómo un churrero se rascaba el culo. Y me proyecto, claro, inevitable en ellos, para darle la vuelta al reloj. A través de la poesía encontré mi lugar equivocado. Derroché emociones sin oído. Libé la ternura siendo un todavía y he llegado a las drogas con estudio. Quizá con entusiasmo cualquier posible hubiera sido realidad. Escribir es lo que nos queda. Pespuntar signos y ver qué ocurre. Esperarnos, en un singular de la oscuridad, con la palabra encendida para sentir. Siempre hay una llave con nosotros, siempre hay nosotros en la llave, pero no hay plural en el soy: esa es la tragedia. La biología traza sus micelios sociales sin rozar. La cuántica nos vacía y nos devuelve a la cama del sueño para completar la confusión. Qué realidad entonces, qué dolor, qué ciática. Eduardo Moga describe desde Miami sus andanzas de Nocilla y sexo. Se sienta en los cojones de su poesía Nacional, mientras uno tramadolea llantinas juanramonas. Algo nos une, sin embargo. Un instinto, una empatía, esos intangibles que la psiquedelia revela mejor. Esa parte que salta de la palabra a la voz como un vacío. Esa atracción de un imán incierto que ha traído a Sabino Méndez en plan propio: «Aprendí a considerar la delicadeza implacable como una de las joyas que pueden encontrarse en el carácter humano […] La confianza en las posibilidades de la palabra me obsequió con los interlocutores adecuados […] El hombre queda, pues, traicionado por todas las historias, por la propia memoria». En este túnel de biblioteca, en este Auto de fe a lo Canetti, ha comenzado a llover y suenan las estrellas. Miro a mis lados por si Jaime Jaime me sonríe. Cierro los ojos y brilla la memoria. Amigos, palabras, conversaciones y algo de futuro. También encuentro en este océano el disfrute, la íntima relación con mi nocturno que, tanto después, ya reconforta. Sereno, reposado. Trazo una palabra, relamo el sonido de un violín que llora, aguanto el plano de una secuencia. Jonas Mekas se opone a resistir. Efímero e íntimo, no hay más éxito. En fin, me alejo y me acerco, desde dentro. Buceo en la laguna. Con ese algo difuso, esa brisa que atraviesa si se inspira cuando llega. Hay un silencio que envuelve y se parece mucho a mí. Estar muta en ser. Y parece suficiente. A veces, demasiado, aunque siempre dura poco. No suelo ya cantar. Y en un instante todo desaparece de mi mente. La luz verde mapea la habitación. Me relaja su atmósfera de vapor y sueño. Ahora, es ahora. El dolor se fue. Apaga. Duerme.

viernes, 12 de diciembre de 2025

LA CIÁTICA III

«El estupefaciente es para Jonás», dijo la manceba de botica. Lo de manceba va en plan quijotesco porque la sexagenaria «tenía más arruga que verruga». Mis bodas de plata con la España póstuma deberían haberme acostumbrado a la ficha policial del paisanaje, pero sigo en mi letargo del melasuda urbano. Y que dure. La mancebía ya no se estila. Qué pensaría Ramón J. Sender del eufemismo «auxiliar de farmacia», él, que dispensaba cocaína como mancebo en su Crónica del Alba. Auxiliar una farmacia parece un pleonasmo y hasta una contradicción. Además, la categoría del dispensario se queda en «botiquín» porque somos cuatro gatos o cuatro «chicos» como se dice ahora que hasta los camareros llaman «chicos» a los jubilados del mosto porque tratar de usted se ha quedado para la funeraria «La Pasión» [sic]. Por eso con «el estupefaciente es para Jonás» casi me estalla la cabeza. Si no haces literatura con la ciática estás jodido. «Vamos, que estoy jodido, pero Jorgón y Robe ya no están», me consolé. Sí, hay que consolarse. Bueno, estás jodido de cualquier manera, pero con ciática estás violado. Una autoviolación patética que te hace llorar. // Cerrado el Balneario se apodera de mi pueblo una atmósfera de Chernobil que asusta a las lápidas. A mí me gusta porque mi soledad encuentra motivos para justificarse, algo que no ocurre cuando hay gente por las calles que me preguntan si no trabajo, cualquier lunes por la mañana. Hay quien piensa, incluso, que estoy de visita: «¿Qué, a dar un vuelta?». Los hay más despistados que yo, desde luego. El caso es que acudí al «botiquín» a pasear mi ciática, para que las paisanas hicieran visillo y entretuvieran al wasap porque el Pacorro está teniente. En Mordor cuando llega diciembre crece el granito. Los árboles parecen raspas de pescado que ha devuelto la marea con un ocre y siniestro revoltijo. Es cuando la esencia de lo póstumo se desnuda. Vuelve el barro y la gotera, la foto de los quintos y el brasero. Frascas de morapio, atmósfera de sacristía y una posguerra que sin turismo nadie tamiza, como un horror que vuelve a casa por «Navidal». Así que me voy por la trasera y paso por los contenedores para reconocerme en los gatos. Siempre hay tres o cuatro en posición de esfinge antártica que es como la egipcia, pero con las patas hacia adentro por este puto frío. Sin moverse, giran su cabeza en exorcista para acompañar mi paseo ciático. Un coche me saluda con las largas. «Este no es de aquí», pienso. Si lo fuera habría pitado. No será el paisano que llama «chicos» a los viejos que suele llevar gorra y abrasa el claxón cuando reconoce (conocer le queda grande y la gorra le queda pequeña). Y en estas llego al «botiquín» donde, como suele ocurrir, no tienen la pastilla. Aquí hay un gusto por la cita y esas cosas de Larra. Se imposta imponer un ritmo urbano como forma de esconder el sacho en el desván. Además, cuando se está de baja un miércoles lo suyo es que lo sepa el vecindario por si les falla Telecinco. Por eso vuelvo a casa para regresar después cuando llegue el reparto vespertino. «Así me dará más ciática y habrá más gatos, guay». Y es que, en lo póstumo, se tiende a lo desconcertante. El singular se vuelve plural y viceversa sin una lógica. No en vano hay pueblos en los que se siente devoción por Faulkner. El colegio son «las escuelas» y a la pluralidad farmacéutica se le llama «la pastilla», por eso me intriga lo del «estupefaciente para Jonás». Hoy es un gran día en el botiquín. «Ha venido el de la Mónica a por estupefacientes», esa palabra policial que la sexagenaria manceba repite para su propio deleite. El tramadol debe ser la nueva aspirina (por eso antes de ayer ni me miró al careto cuando lo pedí) como un fentanilo de andar por casa. Se ha convertido en un estreñimiento cotidiano que astringe el estrañamiento de llamarle opio a «la pastilla». Allí estaba yo con mi tarjeta de yonqui subvencionado por la seguridad social a por mi dosis de Tapentadol. La farmacracia distingue con un circulito estigmatizante al estupefaciente que la manceba no para de repetir. «El estupefaciente, sí, el estupefaciente para Jonás hay que «recepcionarlo» primero», dijo la hija de la arruga en plan auxilio tecnológico. «¿Me dices el DNI?» me dice la manceba mientras me entrega la tarjeta sanitaria. No quiero entrar en porque no lo ha mirado ella misma en la «cartilla» -sí, yo también tengo una edad-. Le doy mi número de carné. Se conoce que «recepcionar» en el argot farmacéutico es el eufemismo de «fichar». El botiquín tenía un eco de «estupefaciente» que rebotaba como si la pelotita del Arcanoid fuera un Tapentadol de cincuenta miligramos. La manceba y su hija asentían en su erial interior los rumores: «el de la Mónica que ha escrito un libro de droga» nos pide droga. El Tapentadol cerraba el círculo «estupefaciente» del visillaje. Señora manceba, hija y repartidor nunca leerán «Juan Ramón Jiménez y las drogas». Dios me libre. Les basta con su visillo que es el opio de este Chernobil granítico de radón mojao. Volví a casa. «Dice Elsa que te vas a convertir en Juan Ramón». O sea que ya estaba hecho el traje. Con mi ojerita y mi llaga en el labio, con mi colitis y mi extrasístole, me puse lloriquear la última taquicardia como si fuera mi propio Juan Ramón. No solo moriré de biblioteca sino que comienzo la metamorfosis -ay mi Kafka- con los libros que escribo. «Tendré que publicar mis pornografías, a ver...». Estoy jodido, pero Jorgón y Robe ya no están. Habrá que consolarse.

(2013)
 
(2024)

lunes, 8 de diciembre de 2025

EL CHECHU

 

«Buenos días, titán, la verdad es que me sorprendes y abrumas con tu florilegio, pero qué voy a decir yo de dónde y cómo publiques lo que has escrito, como si eso fuera cosa mía. Yo creo, sinceramente, que te pasas, no obstante me halaga que un calvo vaciamadrid reciclado en extremeño de corazón diga semejantes barbaridades. Haga usted lo que guste, que así nunca falla. ¡Ay!» 

 M.B.

Chechu es de Cuatroca que viene a ser el Ríos Rosas de los escritores fanzineros o «fanzinerosos» porque aquí, el Bellaco, es del «Aleti». Cuatroca es la mejor manera de llamar a Cuatro Caminos porque el apócope tiene más fonética y más k. En el rollo fanzine se escribe con ka porque es la pintada para quienes el muro se les queda corto y desarrollan la narrativa del ingenio para descojone de los colegas que suelen ser ellos mismos con distinto costo. Decía que Jesús García Pérez «Chechu» es de Cuatroca como manera de independizarse de la historia de la literatura que suele tener nombre y apellidos. Camilo José Cela o César González Ruano eran de Ríos Rosas que aparte de una parada de Metro era un político conservador como son todos los políticos cuando entran en la conserva del congreso, esa lata de mejillones en escaño. Chechu, ya se ha dicho, es de Cuatroca que eran las afueras de madriles cuando a Madrid le quedaban huecos. Ahora Guadalajara y Segovia son paradas de cercanías y hasta Barcelona parece ya la Malasaña de la línea 1 del AVE. Ayuso que todo lo abarca, no sabe ya donde meter tanta libertad inmobiliaria. Isabel Díaz es una novia con separación de males y mascarillas que lo llena todo de terrazas, bótox y rabietas con voz de eñe. Y Chechu se fue, claro. Parece que le estoy oyendo: «yo me piro de aquí que esto se contagia, ¡seguro!». Jesús suena a comunión con foto marinera y manos juntas de pardillo que imploran un olvido que no llega porque la foto tiene marco de vergüenza del que se ríen tus hijos. Por eso Chechu se puso el chaleco cheli de la che para confirmarse el nombre con la hostia firme que la fonética confiere a Martín Bellaco (aunque también firme como Joe D´Allessandro, Profesor Látex, El Ete y el Oto, como si fuera un Pessoa «underground»). Los de Cuatroca, ese Bilbao sin ínfulas, se llaman como les sale de los cojones y, además, los fanzines se escriben con tinta de polla porque anuncian porno. Ahora ya no se puede decir penecoño ni pichachocho porque te quitan la custodia. Ahora todo es cacaculo/pedopis para que el psicólogo no llame a consultas a la embajada del escarnio -palabra que, como «enjundia», viste mucho Chechu-. Martín Bellaco escribe de lo que quiere con su lenguaje bizarro, con su tinta sonora y estilo de cómic. El fanzine es el cómic punk, la parrafada en letra apretada que suple el garabato Crumb con un collage alfabético chistoso donde siempre cabe un culo. Es la metralleta de la máquina de escribir. El fanzine castizo se llena de Courier aunque se escriba a ordenata porque se tecleaba con la manía de la hostia que acazurre cualquier Times New Roman que se te ponga por delante. Martín Bellaco suena a pistolero de un Oeste urbano. El Oeste rural me lo sé de memoria y por aquí no le he visto nunca, aunque ya se le espere siempre. Desfalcó Telecinco con un furgón de finiquito y se fue al salvaje Este de Almería que es donde se filmó el Oeste de Leone y las 800 balas de De la Iglesia. Por mucho que vaya de forastero autóctono, Martín Bellaco tiene pose de Cuatroca cada vez que se mete el pulgar en el bolsillo, con esa chulería que refrenda su voz de Constantino Romero. Cuando a la ene le sigue una be salta el relámpago del trueno, se completa la tormenta fonética que Chechu domina porque ha leído más cómic que nadie y tiene sangre de crash-pum-argh y eso se nota. Escribe con las reflexiones exteriores de la portera de Foucault porque se ha pasado la infancia tirándole petardos a los gatos y eso, aparte de piernas, te da oído. Tiene la prosa de un Umbral macarra, que de tanto escuchar le ha sacado partido al cachondeo de la erre, al roneo del gato y el cartón del Chester que perfuma su timbre. A ese tono le contrasta un azul marinero de su mirada catequista. Chechu mira con el asco del perdón, con el ojo de un verdugo que te ejecuta con metáforas y la carcajada cargada de aes cuando te pasa el porro. Si firma como La Familia Telerín se le notan los bellacos adjetivos. Perillán, pillastre, lozano... Esas palabras de un BUP de letras puras que mezcla el Arcipreste de Hita con El Vengador Tóxico en un mismo tiro de farlopa. Maneja los resortes del lenguaje con ímpetu de muletilla. Escribe la sociología del cachondeo como un sabio ácrata a quien le da vergüenza saber más que la media y tiene que quitarse importancia a base de chanzas y memoria colectiva, que concreta en Torrebruno o un gol de Señor. Sabe lo que sabemos y lo maneja para que el lector no se le vaya ni se le note el pegamento. Mira por las cunetas de las barras, sacude el serrín de las gambas y el palillo, las servilletas y las tragaperras hasta encontrar sus musas y escribe un Mondo Brutto trufado de caspa y droga. Describe lo que se le cae del guion a Berlanga como si fuera un Jess Franco de serie B que le basta con pensar para montarse la película. Chechu juega al sinónimo o al insomnio, porque si no juega no se divierte y mis poemas le parecen un coñazo. Normal. Escribir es sorprender a las cosas, claro; pero a él le gusta, además, bajarle los pantalones y señalarle la minga, que es una palabra bellaca aunque no sé si la utiliza. Sabe un cojón de muchas cosas y tiene ternura en el gesto. Lo uno lleva a lo otro. Yo me enamoré de él y él lo sabe, por eso me trata condescendiente como hacen las tías con los tíos y los de Cuatroca con los de pueblo. Lo que no sabe es que yo estudié lo de la Biblioteca en Santa Engracia, que caía por su barrio. Me daban la turra en un edificio que olía a Transición y donde no bajaban las persianas porque no iba la correa. Allí perdí los tres años más coñazos de mi vida, rodeado de doscientas tetas con culo de botella que comían riskettos a las ocho de la mañana, no se me olvida. ¡Joder, si no había ni cafetería! ¿Los traían de casa? (escribo esto en estilo Bellaco porque si no, no me sale el homenaje). Yo entonces, como no te conocía, me bajaba en Ríos Rosas con mi Juan Ramón de la mano y un romanticismo de fin de semana que ya va para treinta años. Ahora, me bajo en Cuatro Caminos con tu Cipriano Mera, fumándome El último trócolo con la sonrisa puesta y feliz de haberte conocido.

domingo, 7 de diciembre de 2025

LA CIÁTICA II


Que alguien le diga a Darwin que se lo olvidó la ciática. Que lo de la evolución de las especies es un camelo. Que lo de estornudar y cerrar los ojos está bien, pero que desmayarse es lo mejor que ha inventado la biología. O te mueres o te coge la manita una enfermera con la sonda ya puesta. Mira que he leído mierdas, pero de esto nada. Bueno sí, recuerdo alguna queja de Chumy, pero que yo pasaba porque lo pensé exagerado como cuando el reúma, que también tengo. Dentro del dolor no hay nada. Un agujero que se alimenta de sí mismo sin más tiempo que el remanso como un Sálvame que espera a los anuncios. Cuando el silencio impone su pausa, cuando el intermedio agita su bandera blanca y recuperamos la capacidad de pensar entendemos que el sonido tiene su propia biología, su propio bosque, su sinestesia. Al igual que los objetos solo hay que sorprenderlos, esperar a que salgan de su escondite como cuando nos sentamos en el campo y vemos salir tras de una hoja una hormiga o acaba por volar un milano. Con el sonido también ocurre. Solo hay que esperar a que el dolor de la vida nos abandone un poco y seguir el cable del tiempo hasta el enchufe de la emoción. El reloj con su secundero en diapasón logra confundirse con mis latidos, un ritmo para bailar en la oscuridad como una Björk inmóvil, con su erotismo de carnaval a lo Saudek. El goteo tiene su erótica, su deslizar, su piel de agua si olvidamos que una cafetera ríe a lo lejos. En la oscuridad el ruido cobra volumen. La vibración del móvil enciende la imaginación. Es un sonido que solo existe para ti, porque la realidad depende de nuestros sentidos, de cómo alucinemos al percibir lo que no existe. Sabemos, sin embargo, que el garbanzo está duro por cómo canta la olla, que el agua está caliente por cómo suena el plato de ducha. Hay imagen en el ruido. Sé que llueve, sé que lloras. Sé que cagas por la cisterna. Cuando la madera cruje se encienden las madalenas. Proust sale de su llama para reconstruir la historia de mi casa. Ahora, cuando cruje la madera (qué buen título para unas memorias), me trae un pozo de silencio, un silencio con volumen, un contraste. Estaba en el silencio sin darme cuenta hasta que llega el crujido y lo percibo. Estaba en la salud sin saberlo hasta que llegó la ciática. Un silencio consciente me sube por la pierna como un crujido que desayuna memoria. Mi madre me traía un cuerno de chocolate si no lloraba con el pinchazo. Las madres se amadrantan con la piedad. El hombre quiere como héroe y la mujer como madre. La mujer quiere arropar el chocolate, sentir la crema de su pecho, callar al silencio con silencio. Nadie puede doler por ti, como si el orgasmo fuese una equivocación compartida (con un poco de suerte) con la que engañar al resto de los latidos. Porque se imagina, el amor es eterno. Por eso el anarquista se abraza a la bomba de la utopía, a ese crujido de madera que nos evoca el chocolate de mamá. El dolor gana siempre: tienes todo un cuerpo preparado. El placer hay que trabajárselo. El humor, la gracia, hay que predisponerla. Hay que orientar al chocolate. El ruido, decía, es un ojo de ciego, un olor con memoria que sabe pintar. El oído mira mejor porque le sobra realidad. La mirada se distrae con los pezones. Por eso Vivaldi comprime el calendario Pirelli y la primavera cabe en una vagina que eructa lubricada. La ciática tiene dolor esdrújulo. Cuando el dolor se estira, la soledad toca el timbre de la escucha donde aparece una palabra de puntillas. Llega con su fonética en ristre como un antídoto caducado. Vemos el mundo con la ceguera del alfabeto y abrimos la metáfora para ver un poco. Algo es seguro: moriré de biblioteca, se ensancha el horizonte y se estrecha la L5.