sábado, 31 de enero de 2026

LA CIÁTICA X

Hay arrugas que duelen como recuerdos de un golpe con el patín de la infancia. La ciática duele como una arruga de patín adulto, duele porque ya no hay patín para que duela. Es un dolor que se multiplica por lo que deja de existir. Sabes que ya no habrá más juego que el dolor que vuelva con su antigüedad de temporada. La arruga emocional duele con cualquier objeto que active la memoria. La ciática volverá para recordarte el futuro que me espera. Hay gestos que me engrandecen de solo pensarlos como llevar viviendo de los libros veinticinco años por estos andurriales póstumos. Engradece la baja por no poder sentarte y pasarme dos meses de tumbado. Todo cierto y legal y hasta obligatorio. Con este currículum se acuerda uno de Rajoy y piensa «Jonás, sé fuerte». Galdós decía que su Abuelo estaba muy solo porque iba por el tercer perro enterrado. Leauteaud tenía una granja de gatos para olvidar su bastardía. Yo colecciono fisios para tamizarme el tumbado, para alicatar la ciática de extrañeza, para revestir de humanidad a las farmacéuticas. Qué más da cinco perros, que cinco gatos, que cinco fisios. Mi dolor es una pierna que se folla cualquier mano si la pago treinta euros. Esta prostitución inversa pone la cama y la paciencia. Soy una puta que lo necesita, que quiere que le follen para cambiar de cama. Una puta que espera un alta para volver a prostituirse a la esquina pública de su biblioteca. Los tumbados follamos poco porque nos duele mucho. Diferenciamos bien los verbos joder y follar, algo que los verticales mezclan si les conviene para el chiste. Cinco fisios, cinco medusas por mi pierna como bocas de Panero cuando bebía Coca-Cola. Soy una puta que paga para que le duelan. Soy la arruga que se estira, el patín de la memoria que sale a buscarse. «Voy a buscar a Jonás, a ver si se sale», pero no estoy o eso me digo. Cuando llega la tarde, Mordor parece hervir de frío. Las montañas parecen un filo de orejas que palpitan un sabañón escondido. Las uñas se parten sin que se note hasta que se chiva la lana de un jersey que no es de lana. L. alivia con su charla de juventud los silencios de bronce que llevamos las putas. Es una fisio de aguja, teje con su verborrea un ganchillo de una hora. La ciática pasa a un segundo plano y me espasma la pierna como la rana diseccionada de las ciencias naturales, con ese espasmo de pila de petaca y tacto viscoso. Mi pierna parece la tripa de un batracio que se estira con esa magia de la física, como el globo frotado de los pelos o el lápiz al que se pegan papelitos. Es la ilusión de la energía, ese fanatismo de la juventud que L. me transmite con su incontinencia verbal. En mi esquina bibliotecaria todo sigue peor. Proxenetas sin subvención y clientes que te echan de menos como molestias de perro que te lame la cara o te pone la pata sucia sobre el pantalón. Vienen a meterme la cara entre el libro y la pierna para que les diga que el baño está a la derecha. Estoy curado porque he perdido novedad como ya dije. A los dos días mis lectores ya no preguntan por mi salud y me exigen lo que solían. Vivir metaboliza vida y muerte, presencia y ausencia. No sostenemos el ayuno mucho tiempo porque somos una tripa enorme, un ano de mierda que gravita los sumideros. Marcamos el territorio como los gatos de Leateaud, como los perros de Galdós y las medusas de la puta que soy yo. Esta fisio joven como una ele -como la L. de su sombre que sostiene la arquitectura-, me pone agujitas eléctricas. Me pincha como si fuera un lepidóptero, me pone corrientes de scalextric, me convierte en pretecnología, me aniña. Con L. tengo veinte años de arruga en la pierna. Por un momento la ciática parece una larva de veinte kilos que ella pinchotea como un vudú. Soy una puta de trapo, una oreja en una camilla, el frío en la clase de ciencias y así. Ahora que la vida me ha puesto un chip de dolor me queda el consuelo de las medusas. Esperar a cambiar de manos como esperan a cambiar de tristeza las langostas de los restaurantes. Soy una puta en un acuario a la que tocan el cristal lectores con agujas. L. me pregunta desde su juventud. Comenta sus aguijazos con tono de verdulera. Solo le falta apuntillar su verborrea con esas coletillas de «corazón» y «tesoro» que ahora me dice mi colega Andrea. He vuelto a verle desde que estoy de alta. Andrea me pone cafés cortados con salchichas que no me cobra nunca. A mí me da vergüenza que me invite delante de sus clientes habituales, pero él tiene la inconsciencia de la terapia y me pone agujitas de palillo en las patatas. He vuelto a la rutina del esquinazo, al prostíbulo que conseguí a base de juicios y denuncias. He dejado mi grandeza de tumbado por mi desgracia de privilegio. Estoy curado, perdí la novedad. Habrá que esperar otra excusa para inventarme. Ahora tengo que alimentar esta arruga con medusas. L. me queda cerca y juega con mi ciática al operador. Tendré que buscar nuevas excusas con que divertirme las palabras, colocar otra jarra que complete el bodegón. La ciática ya me aburre, ha perdido fuelle y ya voy por el camino del Abuelo de Galdós, pero en cnidarios. La verdad es que le agradezco a L. que me haga cambiar de aburrimiento como vosotros cuando leéis textos como este. 

lunes, 26 de enero de 2026

LA PRESENTACIÓN

PRESENTACIÓN DE TORRELODONES

(Librería Enclave, 26 de enero de 2026)


Buenas tardes a todos y muchas gracias por asistir.

Como no tengo la capacidad de mi colega, he preparado un pequeño texto para no irme por mis frecuentados cerros de Úbeda.

Está dividido en dos partes: Acta y lío. Tienen una pretensión poética de la que pido disculpas anticipadas por su aridez (si lo fuera) y su brevedad (de no serlo).

Así que, procedo a leer el acta:


ACTA

Quiero dar unas gracias firmes a Antonio Ortega por dejar que «Torrelodones» participe en su selecta colección de poesía que barrunto como inevitable mascarón de proa de la egipciaca Editorial Dilema.

Y a la librería Enclave de libros por su labor cultural que nos presta desde hace casi quince años.

Creo que debo darle las gracias a Pablo Gadea por haber querido estar acompañándome en la presentación de este libro y sobre todo por ser mi Amigo, no diré que el único porque hoy me encuentro arropado por los mejores abrazos, pero sí -quizá- quien me reconforte más cerca, pese a que nos veamos siempre tan de tarde en tarde y tan lejos.

Basta que no me diga «ven» para ir a verle. Así, me presenté en su casa de Tánger, en Canarias, Cañicosa o ese inolvidable quinto sin ascensor cercano a Las Ventas, donde moraba su cuerpo – y digo cuerpo- de Manolete. En todos sus hogares le he frito la oreja tantas veces que nos sabemos de memoria.

La diferencia de Pablo y los demás, es que sabe mirar.

Capta la emoción de cualquier piedra y le saca partido a cualquier borracho. Su estado civil «disperso» le lleva a fustigar a La Cibeles para que le saque de la monodesidia de Madrid hacia los andurriales de cualquier pezón que mire a un árbol. Cuando se instala en su sonrisa de perillán, lo posible se convierte en Lotería donde siempre toca premio. Pinta con mirada de asfalto, fuma con nostalgias de alegría y escribe como si San Blas fuera marroquí.

No entiendo nada. Se habla poco de Pablo. De los pocos Pablos que le quedan al mundo. Un mundo al que se le está poniendo cara de Groenlandia.

 

LÍO

Hay que decir lo que hay que decir pronto,

de pronto,

visceral

del tronco;

con las menos palabras posibles

que sean posibles los imposibles.

Hay que hablar poco y decir mucho

hay que hacer mucho

y que nos parezca poco:

Arrancar el gatillo a las armas,

por ejemplo.

Este poema de Gloria Fuertes parece buen resumen de lo que pudiera ser un aforismo. En Torrelodones trato de arrancarle el gatillo a las palabras. Con «las menos palabras posibles» hacer «posibles los imposibles», y ya me paso de explicativo porque explicar la poesía se convierte en un exceso que se paga con prosa.

El gatillo sabe que «la caricia y el disparo nacen del mismo dedo», por eso basta con saborear el tiro. «Basta lo suficiente» decía Juan Ramón.

Con este horizonte, supongamos que existe un sol al que llamaremos aforismo. Ese será el clavo más mínimo al que estoy dispuesto a aferrarme. Creo entonces que hay que colgarlo de una nube y que aparezca debajo de una alfombra si acudes a tocarlo. Que te sopape la cara con su mano de Pedraza si le molestas mucho.

El aforismo puede llevar un verbo pero nunca el excluyente verbo ser. El aforismo espira una caricia de llama con ímpetu de verso y mesura de refrán. Tiene el fleco descuidado, las carnes prietas y un trapo en la garganta.

La emoción no admite el tobe estático. En poesía nada es, si no duda un poco. Quien no escucha no puede acertar y no hay mejor oído que un beso. Por eso el aforismo tiene actitud de sugerencia. Eso que estaba por allí y se rescata porque escribir es sorprender a las cosas. Girar la letra, tocar el acento, jugar con la palabra hasta que salga el genio escondido. Ocurre que los sustantivos vuelan, llevan la brisa en los labios y dejan sobre el folio la palabra mariposa. No olvidemos que la mariposa vuela porque duda.

El aforismo se escribe con el oído. El sonido ayuda a detectar lo que sobra, a reconocer el cambio, la silaba tónica del fallo. La fonética significa mejor. Diré que escribir significa recolectar, cazar los gatillos que se le olvidaron al mundo, trazar veladuras con rastros de silencio. Ese silencio olvidado donde el talento anida.

El aforismo tiene pedagogía sin pretenderla. Conversa con el otro que llevamos dentro. Amiga con Lope, Quevedo y Calderón. Bergamín, el último autor del siglo de oro con permiso de Pepe Hierro, dialogaba con su «cabeza parlante». Cajal, Humboldt o Darwin, con la ciencia poética. Y aquí tenemos otra pincelada del aforismo: su sinestesia.

«Basta lo suficiente», claro. Porque cuando un ojo se abre, un silencio penetra. Cuando un dedo acaricia, se saborea el chocolate. «Estoy oyendo crecer a mi hijo», decía Umbral que sabía de estas cosas. Dijo también que «Vivir es amar y olvidar mucho» porque era huérfano de afecto. Floreaba líricas en su prosa, novelaba sus poemas para venderse mejor, con cinismo de niño muerto.

Juan Rulfo sabía que el verso, el aforismo -qué más da qué-, era indispensable como el «aire de las colinas». Sabía que el mundo estaba cerrado hasta que llegó ella. Mojaba sus palabras en cuadros de Zöbel para amarle Cartas a Clara. Con Rulfo se sabe que lo sencillo se complica y que la complejidad arde en llamas.

Desde aquel páramo, qué tristeza da la prosa. Qué lástima que se cuele en el aire de los poemas. Qué pena que el adjetivo no rompa la mano al sustantivo. Cómo duele la casa blanca y el cielo azul. Qué rabia que no reviente la Casa Blanca con bombas de pájaros sin pico, que manchen de negro sus cúpulas con la sangre enamorada del color rojo.

El aforismo, como tal, se recolecta poco. Hay que cazarlo en el safari literario de otros géneros, pero nunca de otros idiomas. Lo siento por Montaigne, Lichtenberg o Marco Aurelio. Las palabras al traducirse se secan, pierden la clorofila del sonido y saben a taxidermia.

El aforismo pide aire. Sabe que el oxígeno tiene forma de risa, y que el humor, si es serio, te descojona como un hachazo de Chumy Chúmez. Así llegó Rodrigo Cortés a su Verbolario: «La capota, la capota que me aso», dice que dijo Kennedy.

«Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado» escribió, José Luis Cuerda. En mi pueblo de la España póstuma también somos de Faulkner. «¿Pensamos algo o nos esperamos al lunes», dijo el de Albacete que no es poco. Sabemos que sin absurdo no hay pan duro ni aforismos, claro.

Josep Pla había leído a Jules Renard y por eso hablaba en retranca. Confiaba su gracia a la psicología de lo inanimado. Supo que había tristeza en cualquier sopa, que el sorbo hacía un ruido viejo como el gozne del espejito de un baño. El aforismo se fija donde nadie lo hace y se escribe en cualquier género. Por eso, cuando uno va de Safari literario, reconoce especies en vías de extinción que cazo en jaulas de memoria. Hay aforismos que funcionan solos. Un ornitorrinco es un ornitorrinco. Y es más ornitorrinco si lo sueltas, de repente, en medio de la Gran Vía. La imagen se expande como un texto de Francisco Nieva, como el torso de Angélica Liddell cuando se pone ñoña y en tetas, a burlarse del dolor.

El aforismo actualiza repeticiones y le confiere al siempre una nueva vez. Sabe, por ejemplo, que el llanto eyacula; que el gato tiene modales de biblioteca y que el silencio tiene su lenguaje. Entiende que Neruda estiró el abanico desde arriba y que muchos cayeron aunque Miguel Hernández lo cogió del mango para dilatar la dignidad.

El aforismo también se caza en el coto de las madrugadas por donde campaba Ramón, Juan Ramón y Ramón María del Valle Umbral, magos de la química, funambulistas de la fonética que disparaban tintas furtivas sobre dianas escondidas. Lo siento por Antonio Porchia. Ellos crearon el ciervo con fijarse en él. Aparecía en la rama de un roble, porque supieron que esa rama podía ser una cervera, como yo pretendo ahora.

Y es que el aforismo escucha.

¿Por qué ya nadie escucha?

El aforismo se sienta en las sentencias con su toga de tiempo y espera. Esa ceniza tiene algo. Esas letras con desgana cuecen en acero la saliva. En mi casa se despierta de noche, cuando la madrugada mejora el silencio y pone venitas en la mirada. Cuando pican los ojos salen las palabras escondidas con escozor de grava secreta.

Disculpen, hoy me presto a la teoría, a morir con la mentira del cazador. ¿Qué hago aquí en este coto público, con mis asesinatos de la mano? ¿Qué obscenidad es esta que nadie pide y derramo como una bolsa sanguinolenta?

Sé que tanta niebla cansa, por eso vuelvo a la oración simple: sujeto-verbo- predicado: «La tinta-vuelve-a casa».

Nadie aguanta la niebla y la ebriedad pide cama. Hay que parar como sabemos los tumbados. Nadie entiende cuando hablan los boquerones y necesitamos volver al tenedor con su sabor de lengua clásica. La atmósfera de giros, marea de hermosura.

Pido perdón. Ya vuelvo.

La poesía con poesía se explica y por eso este dislate. Entender y disfrutar son antónimos. Que nadie llegue a Torrelodones a encontrar un porqué. Encontraréis imposibles varados en el zaguán de la pregunta. Hay puertas que enseñan con solo cruzarlas como hay cariños que laten con misterio de libélula. Aquí hay algunos ejemplos. Os debo mi camino hacia el espejo.

Muchas Gracias.





 

jueves, 15 de enero de 2026

LA CIÁTICA IX

La salud regresa cuando la enfermedad pierde novedad. La vida consiste en esa resignación, ese quitarle importancia a que te llamen asesino como un paleto de Gila. Gaza ya no muere tanto una vez arrasada, si le quitas la novedad el mundo regresa a su vejez de agua caliente. Solo se muere quien no se había muerto nunca. El accidente, la bomba y ese etcétera de daño vuelve a la normalidad de la vida si le quitas el ruido del foco, del telediario y la mani del domingo si no hay misa. Donde estará ya Haití, el volcán de La Palma o la Talidomida. Mi ciática tiene ya visos de guerra de Ucrania, esa antigualla que no interesa a nadie. Cuando se pierde la urgencia comienza el coñazo, la anemia cotidiana del cansancio que se compara con un «qué le vamos a hacer». La tristeza tiene razón, pero nada más. Cada uno vive su muerto como puede, por eso se llenan los bolsillos de antidepresivos porque las consultas de los amigos no dan a basto, y además no tengo. Por eso la solidaridad es un excedente, una forma de quitarle peso al ombligo, un oxígeno de domingos que se dan los padres, los funcionarios y otros vecinos de la nómina. Los Nadie no piensan en el Bisfenol A ni tiran el plástico al amarillo porque seguramente lo aprovechan para tapar una gotera. Sí, la salud es un privilegio de quienes tienen tiempo para pensar en ella, quienes viven en la dolencia perdieron la novedad en una montanera sin recetas. Para ellos la sorpresa reside en un pellizco de lotería que les tape el agujero de su vida. La vida es ese corcho, ese tapón que estabiliza la casa, la salud y el tiempo que nos queda. Los Di Caprio lo llevamos claro porque lo de menos es pagar las fantas, claro. Decía que ya he incorporado la ciática a mi vida. Sigo con molestias que me pinchan el gemelo como si fuera una avispa tobillera del tamaño de un cepo. Eso después de tres meses de fisio, opioides, estiramientos y balneario, lo que quiere decir que el cuerpo va a su pedo, que los resortes del dolor no tienen más remedio que la resignación, esperar a que pierdan novedad. Laporte, Gotzsche y esta gente hablan de Regresión a la Media que debe ser la forma científica de decir esta poética. Uno, que anda literario por la vida, pues se pone en plan periódico de ayer, en plan pan duro y en plan biblioteca. Lo tengo todo. Soy el Manrique del pensar, un morir superficial, recalentado en el microondas de la palabra. Para colmo las subo a este blog del que se ríen hasta los literatos que andan ya en Cum Laude de Instagram. Los periodistas -es un decir- se mofan de que escriba en este invento desfasado que perdió su actualidad. Cuando me pitaban los oídos ya me lo dijo mi Otorrino: «no lo pienses». La salud consiste en no pensar en ella. Saber que tienes dos lesiones cerebrales y que el neurocirujano los llame «tumorcillos». Quitarle importancia con el «vuelva usted mañana» que en medicina se llama revisión, Baja o análisis, según la antigüedad. Así, poco a poco, mes a mes, año a año, el achaque pierde coyuntura y se enquista como un callo, se suelda como un hueso, o te duele cuando quiere como una hernia, que es el caso porque la dermatitis y la almorrana ya ni cuentan. La novedad tiene la angustia de lo súbito, esa alegría inversa que necesita polvo para amortiguarse. Cuando la gente no pregunta por ti es que estás mejor. El telediario confunde las borrascas y alguien nuevo morirá porque siempre se muere quien no se había muerto nunca, hasta que llega el día en que te miras el muñón como quien lee una novela rusa. Así que tiendo a lo antiguo como forma de hacer deporte, de rejuvenecerme. Me pongo una levita, un reloj con leontina y un monedero de herradura como quien toma una aspirina porque la aspirina ya no se toma y eso la hace mejor, como si su olvido la diera una fórmula renovada. Ahora la novedad es lo permanente, la benzodiacepina, la depresión y el diagnóstico psiquiátrico que nos ponga en la onda de lo frenético. Los tumbados somos antiguos, gente que se para a escribir en un blog ideas que no lee nadie; literatura para familiares y amigos que se compadecen a través de mis dolores. Leerme -con la vejez que arrastro- os vuelve saludables. Os da un revolcón como una paja narrativa que hay que pararse a pensar por si entra en la paradoja de lo insólito. Reciente, insólito o fresco, qué más da si enferma nuestra culpa, si sabéis que os he llevado al gol de la poesía a través del retruécano poético. Sí, la lectura sirve como placer además de ser un pasatiempo. Si divertir y entretener queman el antagonismo por la vía de la salud del verso que tampoco existe desde que Juan Ramón se puso el opio por montera. Hay que ser muy burro para que no te guste Platero. Por eso escribo, para darle cana al sonido, ahora que no canto y no espanto mis males porque la salud consiste en anticuarse, ponerse Nokia, regresar al pueblo y volverse tacaño. Rumiar la ciática ajena con despotriques de Baja «¡si le he visto yo haciendo la compra!». La salud vive en los odios cotidianos, en el banquero de mesacamilla, en calentar el ahorro y criticar el dispendio como quien se chuta una alegría. El odio rejuvenece, convierte Groenlandia en Panamá, devuelve la actualidad al siglo XIX y hace de Trump un Monroe muy sano. Uno, que es tan antiguo, no odia y por eso enferma. Resigné mis ascos a desprecios de lanzallamas imaginarios y convertí la catequesis del Covirán en sarcasmos de Chamorro. En estos bálsamos de almoneda me procuro el Alta. Hay que decir que la burocracia no se rompió los cuernos. On/off. La novedad no se entera.

miércoles, 7 de enero de 2026

LA CIÁTICA VIII

Cuando se pierde la concepción del tiempo se pregunta uno si existió alguna vez, si la realidad, la conciencia y esas cosas de Damasio son algo más que un capricho celular. Basta remover la química para remover la realidad. Bueno, eso o que el gobierno diga que a las tres son las dos o que Trump diga que el gobierno es él y sus cojones de petróleo. Salgo al paseo ciático con más frío que vergüenza. Las montañas de Mordor son un espectáculo de alambres y estacas clavadas en el granito con la fuerza cruda del gris vertical. A veces el blanco suaviza las concertinas y le da al frío la calidez de la nieve. Cuando sopla un poco el viento el gorro confiesa su polyester, como si Trump hubiera cagado un poco de crudo sobre mi cabeza, como si estas tierras raras fueran una Groenlandia deficitaria, en la que solo quedamos los Tumbados del paseo. Me lloran los ojos entre el frío y la fiebre. Me duele la pierna entre la ciática y el reúma. La enfermedad es esa frontera, ese puente sin amarre que no se reconoce, ese tiempo sin tiempo de la baja. La tarde vino como llegó la mañana. Sigo dentro de mi mismo a la espera del tiempo sucesivo. Entendemos que estar bien es recuperar el horario, volver a perder el tiempo. Eso es la vida, decía Bergamín. Por eso yo ahora estoy muerto. Soy el tiempo detenido y sin pauta. Libro, película y pensamiento. Atmósfera sin más motivo que el capricho. Soy un jubilado temporal que quiere dejar de serlo por aquello de la salud que no es más que ignorar la enfermedad. La enfermedad nos da una pausa para resignarnos, para que pensemos en la muerte a plazos, en los plazos que nos da la muerte para que vayamos acostumbrados a su abrazo. El dolor nos resigna a la vida. Nos lleva al espejo de las fotografías, a la memoria de los que no están, a compararnos las tragedias. Miserias humanas y cotidianas que devuelven la savia a la vida. Desde la pensión Bronquitis todos los días son el mismo día. Convivimos en una sucesión de abrazos de leche y miel. Se degusta mejor la molestia cotidiana con que nos enamoramos. Es muy fácil fregar los cacharros, llenar la escupidera y mirarte a los ojos. El placer sencillo del odio, de la caricia y poner la mesa. Decirte hasta mañana que es decir hasta siempre porque el tiempo, ya lo dijimos, no existe ahora. Tu presencia es quien me une al mundo. Mi única oreja, mi única mano, el único habitante de mi soledad. Mi soy, mi plátano y mi cuello sobre la cama. Quizá existamos para aliviar soledad. Solitarios con necesidad de cartas de café. Legañas que anhelan una mano que devuelva al ojo su alegría. Escuchas de macramé y dosis de tiempo amable para reconfortar el desamparo. En estos talleres conviene un buen compañero de viaje. En la tormenta de bronquios y Gelocatil, en mitad del rayo dexametosano, he vuelto al nido del letargo amable, a la comodidad de la presencia atenta. Tus manos son una manta, tus ojos una hija, tus pasos la vida que se extiende como hojas de un otoño que florece. Desprendes ternura y saberlo toca. Cuando el frío del mundo crece queda tu fiebre, tu candor, tu recogida sabiduría de silencio. Frente a mi queja, frente a mi frente, queda tu duda. Queda tu grandeza de madre a la que negué los hijos. Tumbado en esta jubilación sin tiempo, confundo las orfandades. No sé quien murió antes si el hijo o el tiempo. Quien es más madre si tú o yo. Esta confusión sin tiempo, esta atmósfera de miel y termómetro nos acerca a nuestra historia, ese tiempo sin tiempo que nos guía. Tumbado, jubilado, muerto sin todavía, entiendo que la vida no es más que esto, una compañía amable y atenta con ganas de mejorarse. «Ha llegado otro libro», y me sonríes mientras me desnudas y no sé cómo responderte. Sigo hacia tu misterio tranquilo, indago en tu dolor sin importancia. Has cerrado las puertas que no ocurren, pero riegas las ventanas por donde crecen pájaros que no me canso de volar. Hay luces por todas partes, instantes que no existen sin tu tranquilidad. Siempre tienes un «quieres» que ofrecer. Ya no escribo el ácido de los días. Cómo puedo, si me traes un café -«¿bombón o palmerita?-, ser el cabrón que soy. Abro el paquete y viene más Chumy y un Huxley de mescalina. Moksha que viene a ser el Viaje a Godenholm de Jünger, pero en plan antología. Aldous se quedó ciego, pero veía mejor que nadie. Le dolía un mundo superpoblado allá por los años cincuenta del siglo XX. Ahora Trump quiere Groenlandia para darle consumo al rebaño que cambia el clima para mayor escarnio de mi ciática. Las «tierras raras» son un pleonasmo. Dice Sheldrake que en un metro cúbico de suelo hay micelio para llegar a la la luna. Xiaodong que no sabemos qué hay en el núcleo y así. Tierras raras es el eufemismo para llamar a la tecnología que ya sabemos que tiene gatillo como toda ciencia. Ciencia y gatillo son eufemismos de contaminación, como tirarse un pedo o buscar en Google. Que leas esto perjudica el medio ambiente porque Huxley tenía razón: somos muchos. Volverá el tiempo de los ventiladores. Al final el tiempo se impone por más que la ciática nebulice su percepción en una fiebre de bronquios y convulsiones de miel. El tiempo no tiene consciencia Damasio, qué cojones pasa aquí. Pasamos por la ciática de la vida sin saber nada, como una baja mental en la que tumbarnos a esperar una alegría que nos justifique. Este año he sido bueno y los Reyes me han traído muchas cosas.


domingo, 4 de enero de 2026

LA CIÁTICA VII

O La Bronquitis II, también podría ser. Cuando el dolor comenzaba a remitir y uno se pensaba entero, preparado para recibir el nuevo año con el ánimo de cumpleaños social que dan las navidades, el corticoide me dejó con el culo de las defensas al aire y vino la bronquitis con las rebajas. Hace cinco meses que vivo enfermo. La primera bronquitis duró mes y medio. Tres semanas de tos, dos semanas de moco y otra de voz aflautada. De ciática ya van tres meses a la que desde hace dos semanas lleva de la mano otra de bronquios que mi doctora Recetas llama no sé qué de dolencia crónica para, acto seguido, extenderme el Algidol. Ahora toca ir al Botiquín (léase La Ciática III). Si la Navidad es un cumpleaños social, el día de año nuevo es el domingo más triste. Las calles tienen un vacío febril, intemporal, de gilipollez recién descubierta. Se queda uno pensando «o sea que era esto». Y continúas el paseo hacia ti mismo porque «para estar conmigo me bastan mis pensamientos». Luego te comes el roscón por si no llegas a Reyes. Tras esa vuelta rápida por la tristeza se vuelve uno a sus dominios de Tumbado, a su biblioteca, a su documental y su peli. Es lo bueno que tiene la tecnología, aparte de empepinar Ucrania desde Moscú y secuestrar a Maduro desde Washington, te permite seguirle la pista a las películas que cita mi tocayo el Trueba en El viento sopla donde quiere y las contraculturas de Jordi Costa que tenía pendiente. Parece que llamarse Jonás tiene ya algo de gilipollas. Lo digo porque el hijo de Belle Epoque tiene ramalazos de entusiasmo y una productora que se llama Los Ilusos. O sea. Jonás, según la lengua de origen quiere decir Paloma, pureza o «el único», ya ves. Gilipollas, vamos. Sin embargo, uno que ya tiene unas añadas de lecturas pues se acuerda de que es personaje recurrente en las novelas de Umbral como Los metales nocturnos o Historias de amor y viagra [sic] y eso, pues te dignifica un poco. Billy Wilder se puso en plan Jonás en La vida privada de Sherlock Holmes y Jonas Mekas que ya lo lleva puesto. El caso es que tantos meses de ibuprofeno me están dejando los riñones a la albumina y el estómago preulceroso. Los Pedrero tenemos la tensión alta y estas químicas no ayudan a disipar el infarto y la apoplejía (que ahora le llaman ictus. Lo que ganan en pertinencia biomédica lo pierden en lírica fonética). Es decir, que se te alejan las enfermedades como si fueran términos jurídicos. «Juicios tengas y los ganes» que dice el refranero, que llevado a la bronquitis viene a ser «toses tengas y las sanes» y para esto pues hace falta ponerse poético porque si no, no queda. Ya glosé por estas clausuras las bondades de la codeína que Jonathan Ott pedía sin receta cada vez que venía a España, cuando en España te la vendían sin receta bajo el nombre de Perduretas -ay, la consonántica poesía-. Ahora te la adulteran con paracetamol y ácido ascórbico para enmascararle el tiempo y el espacio. Lo que pasa es que uno lleva ya cinco meses de Juan Ramón y tiene reservas de opiode para no saber ya ni de qué anda encamado. Hay un momento en que los Tumbados se pierden en la costumbre. Yo estoy ahí. Ya no sé que fue antes si el huevo de la bronquitis o la gallina de la ciática y da igual, claro. Uno está dándole vueltas a que si esto no lo para un derrame de salud, puede que entre en la corriente iatrogénica y desemboque en el sumidero de quien sabe qué complicaciones. Mi doctora Recetas tiene la mano suelta y dice que no tiene tiempo para leer a Peter Gotszche. R. no quiere ni oírle hablar por el Youtube porque ella no tiene la culpa de los diez minutos por paciente y esta tarde le toca guardia. R. está erre que erre. Ni Joan Laporte ni hostias y me despacha rápido porque tiene al comercial en la puerta que le va a regalar un viaje a Praga para que sepa las bondades de la Pzifer que resulta que tuvo a Donald Rumsfeld como directivo. Esta gente van tan sobrada que lo mismo te invade Irak que te hace la vacuna del Covid, con idénticos resultados, claro. El caso es que unos por otros llevo cinco meses de oca en oca. Llevamos cuatro días de año que me parecen eternos. Que el tiempo es relativo lo sabe cualquiera que se fume un porro. Maduro resulta que estaba muy verde y ahora hay que legitimar el cascabel del petróleo que no saben cómo llamar al gato si Delcy o Corina. Hay providencias que rozan la caricatura como lo de apellidarse Botín, o Trump y eso que al llamarse Donald, con ese nombre de pato, lo suyo sería haberse puesto Scrooge que suena a «te voy a crujir» como un «palasaca» de José Mota. Se me va la olla, lo siento. La fiebre ya anda poniéndose nocturna y no sé si me duele la pierna porque toso o toso porque me duele la ciática. El caso es que la bronquitis me ha dejado una vocecita de yonqui que para sí quisiera Juan Ramón. Al dolerme la espalda entera me disimula la ciática. No hay mal que por peor no venga. El lado bueno es que mi vida de Tumbado me impide visitar las librerías que por estas regiones se llenan de clientes con los carrillos inflados por la saliva de Pedro Solbes como recién salidos de un círculo de Podemos en Pozuelo. Gente con bigotito, cara de ADE y tobillos al aire, con la mirada salvaje de un Kinder sorpresa, atendidos por dependientas con piel cerosa y jerseys de lana navideña. Una grima que me ahorro. La gente regala de todo, hasta libros, pero claro las conversaciones son de traca. Y luego está lo del envoltorio para regalo. «¿Se lo envuelvo?». Y venga colas. No me pillan en el Zara, me van a pillar en el pozo de la grima. No. Se acabó. Eso que me ahorro. Lo malo es la tecnología, que decía antes. Cada día viene el repartidor a traerme un libro de Chumy Chúmez para recordarme que existió alguien que hizo caso a la valentía del genio. Tengo la cabeza en pesadilla como Jesús Maera, ese kafkiano personaje de Chamorro que pergeñó con El Seguro, una novela de 1968 subtitulada: enfermos ricos, enfermos pobres. Cómo lo vería. Me acuerdo mucho de Víctor. En mi soledad de Tumbado habita mucha gente. En esta febrícula lo mismo me viene un verso que un pezón. En este revoltijo de dolor y pastilla, en esta hoguera de insomnios y retortijones se difuminan los límites y las fechas, los principios y los finales. Qué ganas tengo de que se acabe el año.