Eduardo es traductor y
por eso llama a la España póstuma: El paraíso difícil. Moga
traduce, con su lenguaje cristalino, las extremeñías destiladas por
la mirada de Berlanga que le escribía Azcona. Eduardo es poeta, y por eso anda con su linterna iluminando ángulos imposibles.
Los que seguimos su blog
Corónicas de Españia, ya habíamos leído este libro en las
diferentes entradas que lo conforman, pero sorbido del tirón se
da uno cuenta de la importancia del retrato. Moga hace el Dorian Gray
del camalote, dibuja el arrastre mental de la dehesa, el paisanaje
de surco que vacía los museos y convierte los teatros en festivales.
Eduardo Moga se me antoja
un George Borrow sin más Biblia que sus ojos. Lo más
parecido a los viajeros ingleses del XIX que nos ha traído el XXI.
Describe nuestra zozobra con el sonido de la tinta que luce en el
reflejo del agua de su prosa. Deja correr ese líquido durante
quinientas páginas y sale esta obra que se mete en todos los
charcos. Moga, con su literatura líquida, se convierte en el zahorí
del baño del que no puede privarse porque es “medio anfibio”.
Aquí se marca la sociología del pantano bailando el vals del
embalse. Solicita la carta en el “Restaurante R.” y pide la
cuenta a la Junta.
A EM no le hace falta
esta reseña de mierda, él ya lo ha hecho todo en la literatura.
Quien quiera entenderlo que lea su currículum. Yo leo sus
libros aunque no puntúen en las subastas. Llegar a dirigir la
Editora Regional y el Plan de Fomento de la lectura por
concurso, tiene su guasa. Vivimos en el meritaje de la compra como
buenos mercenarios.
En el Mercadona
del currículum pedimos un kilo de doctorado, medio de máster
y cuarto y mitad de Rey Juan Carlos. Así, ya va uno tranquilo
por la vida sin más valía que el carné de un partido pareado.
España mola que te
cagas, y el culo patrio es lo que Moga llamó por educación El
desierto verde que no es más que la versión poética de este
paraíso difícil. Por aquí desfilan Cáceres, Badajoz y
Mérida haciéndose la cruz de Cánovas como si fuera la memoria
histórica de un Trujillo del siglo XXI.
Ferias del libro, museos,
restaurantes (Eduardo tiene algo de Cunqueiro), poetas/poetastros,
actos culturales y alojamientos rurales. El chaval del porro, el
contrabando de tabaco y la anécdota del esperpento. La guardia
civil, el chófer Melitón y un reguero de silencio que calla (por si
vienen a por caldo) que durante siete años le han ocupado la
mochila. A Moga, como buen traductor, hay que saber traducirle. Saber
leer las omisiones del respeto catalán del punto y final.
A mí lo que más me
gusta es cuando se olvida de sí mismo y se pone mordaz. Cuando hace
la radiografía cultural de la Región en Las razones de una
dimisión o Los hábitos de lectura (en Extremadura).
Cuando vivisecciona la Sanidad en Anatomía patológica en el
Infanta Cristina de Badajoz o
señala el patetismo secular y la despoblación en De política:
cosas (preocupantes) que pasan en Extremadura.
Por este libro campean
Floriano, Margallo, Monago y los jeques de Vara. También el
caciquismo cultural (no se pierdan Sobre libros de la ERE y
criterios editoriales) que desmenuzó en una reciente entrevista
en el diario Hoy, por si había quedado alguna duda.
Eduardo Moga, ha venido a
hablar claro a la región del silencio. Y encima lo deja por escrito.
Esta osadía pasará al parnaso de las letras que sobre Extremadura
escribieron Felipe Trigo, Víctor Chamorro o Miguel de Unamuno. Lo
que en audiovisuales ha hecho la gente de Libre Producciones.
Seguro que Manuel Cañada
cuando se baja del megáfono de la Otra Extremadura lee libros
como este, escritos tan en silencio. Al final la Extremadura
saqueada es el propio Ruedo Ibérico. Y lo mismo da que se
llame Valdecañas que Gürtel porque los pantanos son los ríos
que van a dar al hoyo 18 de la Justicia.
[El paraíso difícil por Eduardo Moga. - Barcelona: Godall Edicions, 2020]