Es difícil estar alerta cuando el silencio te complace. No sabes como erectar los besos ni cómo drenar la suavidad del sexo. En la repetición el paisaje se torna en decorado, “parece una foto”, dicen los turistas. Gooebels no sabía que la ignorancia tiene su propio nazi, que no es necesario alentar la mentira en la sucesión del cinismo. Hay un gas llamado oxígeno. Un error que persevera buscando la estela de las mariposas. “Vi sus alas una vez”, te repites. Quieres cansar los caminos en otros pies, volver al sabor del diente, a la risa pegajosa de la cerveza. Cuando el tiempo se acumula, cuando las palabras no salen de casa y la sal ya no sabe, hay que decir ahora. No ceder a los párpados, arrancar las filigranas del calor, clavar las uñas en las cerraduras. Saber obliga. Seguir esconde. Y sé que la madrugada permanece en los hombros de la luna.
sábado, 8 de marzo de 2014
viernes, 7 de marzo de 2014
EL LOCO
“Escribe algo de este tío, tú que debes y sabes”.
Pablo Gadea.
“Buffalo Bill's defunct”. Panero ha muerto. Hay muchas obviedades que decir pero casi todas las rodó Jaime Chávarri en “El desencanto” (1976) o Ricardo Franco en “Después de tantos años” (1994). Panero es Leopoldo María como Machado es Antonio por muchas boutades que dijera Borges. Lo bueno que tiene Internet es la cantidad que destila en calidad por inevitable. Así, encontramos muchos audiovisuales de Panero, venerado por los que nunca le habían leído pero gustaban de su foto de homúnculo, del ecce homo de frenopático, del atavismo en persona. Compré su “Poesía Completa” una tarde de locura, de esas que hacen de Salamanca un paisanaje ácido dentro de un paisaje idílico. Sin bicicleta, por el paseo Hofmann, aluciné del mundo. “Yo como don quijote, me invento pasiones para ejercitarme” decía Umbral. Esa es la clave. “Panero no está loco, pero tiene una lucidez insoportable”, le escuché a Jaime Chávarri en una tertulia que anda por Youtube. Quien vea el clip: “Leopoldo María Panero: dios de la vida, dios de los suicidas” podrá comprobarlo. Túa Blesa, en aquel volumen de Visor, desgranaba los aspectos técnicos de una lírica que le valieron el Premio Estaño de Literatura en 2003. Panero apenas fue premiado, porque nadie quería un loco meándose en las cortinas. Nadie premia lo imprevisible. Sin embargo, uno entiende mejor su inquietante obra en el disco homenaje que Bumbury junto con Carlos Ann, Bruno Galindo y José María Ponce, grabaron en 2004. En el libreto se incluía una entrevista sin desperdicio, donde asistíamos incrédulos a la pregunta de cómo un organismo humano puede resistir tanto LSD y tanto tabaco. En el DVD “Un día con Leopoldo María Panero” escuché en su propia voz el poema “Buffalo Bill´s defunct”. Me maravilló su carga fonética, así que compré la antología bilingüe de Hyperion firmada por Cummings. Aún rondaba uno por Madrid jugándome el tipo en la sección de poesía de la “Casa del Libro” junto a esa barandilla del abismo (quién lo probó lo sabe). Ese vértigo de la metáfora es Panero, el delirio de un sajo por el que hieden nuestras miserias. Los poetas lanares mueren de saturnismo electoral o de corte inglés. Se aferraron a lo entendible castrando lo disfrutable, esos que Enrique Falcón caricaturiza en “Porción del enemigo” (2013). Panero llenaba de sueños su poesía difuminando los referentes para señalar las veladuras de la sugerencia. Un Mallarmé sonámbulo, eso que en pintura se llama Fernando Zóbel. En Francia le habrían llamado Artaud para llenar los museos y las imprentas. En España la genialidad sólo nos da para un entierro de caspa que diría Jess Franco, otro que tal. Panero está en la nómina de Pound, Poe y Baudelaire. No sólo era un enorme poeta también era una gran personalidad literaria, amén de eso que llaman intelectual. A él debemos muchas de las mejores traducciones de la mejor poesía europea. De Valery hasta Holderling de quienes entendió el poder de la fonética y memorizó libros enteros. Renovó la poesía nacional por lo que Castellet lo tuvo fácil para incluirle en la antología de “nueve novísimos” publicada en 1971. Y esa fue su etiqueta para los manuales, él, que tan poco sabía de códigos, normas ni academias. “Es una gran pena. Venía sistemáticamente a la Feria del Libro de Madrid desde hace seis o siete años”, dice la necrológica del ABC. Allí le conocí yo un sábado por la tarde. Con su presencia, la palabra Feria se llenaba de significado. “Se llama Jonás” le dijo al oído el librero de “Huerga y Fierro”, mientras él me miraba a través del filo de una arruga.
"Para Jonás con celo o amor"
Era zurdo. Giró su cuerpo sobre sí mismo como una lombriz amenazada. Respiraba fumando. Bebía coca-cola con su boca de medusa. Panero disfrutaba de su jaula. Él, como Bukowski, asimiló la condición con que la normalidad le juzgaba. En el video de Bumbury lo admite “Me va Bukowski, sí”. Los cuerdos sabemos que la honestidad sólo tiene tres caminos: el suicidio, el asesinato o el manicomio. Él se aplicó los tres residiendo en el tercero. “Murió mientras dormía”, ha dicho su editora, pero la vida de Panero fue soñar mientras moría. “Yo en la vida siempre he vivido en el infierno”, decía él. “Buffalo Bill´s defunct”.
jueves, 6 de marzo de 2014
EL PARACETAMOL
A Pablo Gadea,
por rescatarme.
El sol es una melancolía que llena el aire de lágrimas secas. Esto pasa cuando la lluvia cesa después del frío, me refiero a eso que los calendarios llaman marzo. Los días de marzo son atardeceres desde que amanece, la luz sonámbula de la fiebre de un pasado que nunca fue, que no vendrá. Marzo es una muerte que da pena, una flor de almendro que nos devuelve el paisaje. La luz un sudor que se enfría, la malva tragedia de la vida como un septiembre anticipado. Marzo es el mes en que se mueren los poetas -como Panero-, muertes de lumbago, alergia lírica de la soledad bien entendida. La lumbalgia es el suicidio del monólogo interior. Un cadáver que se enquista en la espalda como el feto abortado de las monjas. Te mueres en marzo estirando el placer, con la pizca de los tallos verdes, de las piedras lanzadas al gozo hasta que mamá dice paracasa. Marzo es el entierro de la sordina. Quitar el polvo a la piel, mostrar las cuentas del favor y pedir, por favor, la cuenta. El lumbago es un ombligo que se pudre, un billete a ninguna parte, un aire de hospital clavado por la espalda. Es la doliente humedad de las goteras, la interiorización de la vivienda, el grifo de la jaula. En su quiste lloran los fetos soñando con crisálidas por lo qué -ha dicho el Paracetamol- habrá que estirpar.
martes, 25 de febrero de 2014
EL ESPEJO
“Y el mismo imposible soy”.
Lope de Vega.
Para Alfredo Ramos y Pablo Gadea,
lados opuestos de una misma paradoja.
Ahora que los días se vuelven previsibles duele más el calendario. La luz silente -ser luz es eso- va espaciando el tiempo y los colores buscan su azul. A qué entonces la niebla, a qué este jirón de selva que no cede en su delirio. Líquidos que saben a lágrima, el gozo como repetición, y hasta la nausea repetida. Súbita llegó la máscara con su espejo -"en septiembre me caso"- y entendimos la página como unidad de tiempo que divide a las personas, estáticas, como agujas hacia al sur.
Tenemos que demostrarnos muchas cosas.
La partida es la saliva del porvenir, un desconcierto inagotable, un novedoso volver. Hay que buscar la primavera -cuándo ha sido su respuesta- un dónde más para el viaje. Panza de burra para mis nubes de marzo porque no vivimos ni el mismo tiempo ni el mismo espacio y septiembre queda lejos. Voy, entonces, para mirar en tus cajones, a rebuscar en tus cenizas por si queda. Fuera de mis ojos, brillan los espejos: la sombra, las manos, el crepúsculo.
Quiero tensar la paradoja y ver qué pasa.
lunes, 17 de febrero de 2014
LA PLAYA
A mi madre.
El gato se ha subido a mis rodillas para olerme desde lejos.
Se mueve más lento, los párpados le pesan. Las manos de mis padres se han
tiznado con arena de una playa ajada. La casa estaba polvorienta de fotografías con crisálidas de ganglios. Mi
madre me habló de su entierro. Llegar a Madrid un 17
de febrero cuando cae el sol es atragantarse de melancolía. Descampadas lomas
convocaron mi infancia de piedra. Alguien olvidó escribir que las ciudades
se miden en chabolas. Y así, pensando en naranja, nos olvidamos de marzo y se
asfixió la noche en riadas de luz. El humo filtraba el aire y el
coche respiró tranquilidad. Ya veis, cosas vulgares,
cosas que duelen como el ruido metálico de la fiebre, como la preocupación
emboscada de los parados, el insomnio ácido de la
incertidumbre. Al marcharme no abrí la ventana. La casa -decía- acumulaba
objetos de últimos movimientos citando al futuro. El gato agitó la
pezuñita y encogió su cabeza de ojos cerrados y giró sobre sí mismo como un
reptil que asfixiara a su presa –pensé: las estatuas no sueñan-, el brasero calentaba
como un agobiante tanatorio, y había un dulzor agrio a pasado. Y volvieron los
ojos a cerrarse. Y eso fue todo.
martes, 11 de febrero de 2014
LA INTEMPERIE
El viento hizo desaparecer la tarde. La lluvia como un golpe de tierra, como una embestida de tendones, se metió en abril. Asomó una lágrima en un pene masturbado. El salto puso las cuerdas sobre la mesa. Una tensión de muertes oradando. Algo prendió el filo de la ene hasta la habitación menos ventilada. Besos de dientes, un cuello que se vuelve, un pecho que brota. El granizo violento de pelo masticado, de piel fría. El tacto caliente. En lo inevitable es el ojo quien recuerda, ese ojo soñoliento de la nada para la nada. Aceite agitado por los légamos del gime, un tímpano de saliva tensándome las manos, y encías de hueso que se encogen para el relámpago. Luego, casi en el sosiego, vencerse a la intemperie de su tacto, tras los cristales.
viernes, 31 de enero de 2014
LA PLENITUD
A veces el vacío parece satisfecho, pone su tiempo a sentarse en el sofá, a escuchar por escuchar a esas personas. A veces la tranquilidad ilusiona sin necesidad de esconder nada. Desaparecen los cuartos, la tinta no existe y los árboles orinan a los perros. La tecnología prosigue su hueco, su moderna forma de sentirnos solos. Cuando el dolor se ha ido y la comida está caliente, cuando encima de tu mano reposa otra mano, cuando el ojo por ojo de las miradas tiende a positivo, las cajas se esconden en los almacenes. Sobre el esqueleto de un árbol se posan los pájaros. Cantan primaveras con voz de noviembre. Y esta niebla –piensas- debe ser una caricia. Los tomates siguen en la nevera, las zapatillas debajo de la cama, las tijeras en su etcétera. Has reparado en el detalle pero el ahora te empuja a dominarte. Dormir y despertar no te asombra y los buitres parecen volar para salir en nuestras fotos.Y siguen llegando esas personas.
viernes, 24 de enero de 2014
LA SOLEDAD
Necesita agarrar su oído.
Reduce el tiempo a una mirada.
Pesadilla del ansia descalza.
Tiempo sin espejo.
Orgánica como un latido.
Tu tristeza.
Muñón que cabalga entre zarzas de entusiasmo.
Orgasmo de silencio en contra.
Cuando la palabra imagina su niño mirando los cajones.
Nuestro imposible.
Hacerse de alma.
Palabra abierta: cerca del qué lejos del cuándo.
Reduce el tiempo a una mirada.
Pesadilla del ansia descalza.
Tiempo sin espejo.
Orgánica como un latido.
Tu tristeza.
Muñón que cabalga entre zarzas de entusiasmo.
Orgasmo de silencio en contra.
Cuando la palabra imagina su niño mirando los cajones.
Nuestro imposible.
Hacerse de alma.
Palabra abierta: cerca del qué lejos del cuándo.
jueves, 16 de enero de 2014
EL ALIENTO
Para Mónica que tanto crece.
La soledad necesita un eco al que agarrar su oído. Ser, necesita un puede ser para ser mejor. Por eso hay que pararse a distinguir el eco de las voces, ese aliento que huela a ventana. A veces toco su cara con mis manos de ciego dibujando el mapa de la piel. Sus ojos se abren como un ojo, con la fuerza de un pensamiento acumulado que necesita abrirse, primavera acelerada de los párpados. En ese silencio pasan cosas. Pasan tantas cosas que renunciamos al misterio y seguimos jugando a la piel, ese juego de hijos a los que ya nadie canta una nana. En la intimidad de aquel oído, pasó la sangre en su invisible, caliente y blando de mirada. Confundimos al tiempo, las madres y los dedos. Tocamos lo alcanzable. El aliento esperó a que la brutalidad se fuera para recordar el filo de las cosas que duran un instante.
martes, 14 de enero de 2014
EL CERCO
A mis hermanos Saúl y Abel
Yo nadaba por las orillas. Qué puedo decir. Eso que no se tilda, lo que no sabemos, esa sensación de las mañanas, a veces se concreta en un vaso, en el agua derramada del vaso, en el cerco del agua que el vaso deja en el mantel. A veces sentimos con claridad qué significa. Cogemos la niebla de la mano con la seguridad del niño que sigue a su padre. Seguimos la luz por su calor de sombra expandida, ese olor inconfundible del sol a lana y a madre. Yo nadaba por las orillas del verso con la tranquilidad de las islas. Paseaba por los suburbios del bosque, contemplando los chemtrails de la lírica, esperando las preguntas. La respuesta ha sido firme. El vaso ha crecido tanto que ya no podemos beber, ni podemos moverlo ni somos capaces de ver su cerco en un mantel que tampoco podemos quitar. El vaso creció tanto que se convirtió en otra isla. La isla regó el bosque hasta hacerlo enano y el paisaje se fue clarificando. Yo nadaba por las orillas del verso cuando alguien desató la despedida. Olas que llegaban de una historia olvidada poniendo el futuro sobre la mesa. La emoción sangrienta de la piel dejó su rastro como la saliva de un viejo en tu mejilla. Grité socorro porque yo nadaba por las orillas del verso y ahora trago el cadáver abandonado en nombre de la paz. El vaso de agua, como si fuera un faro, se inclina para llover las cosas del calendario.
miércoles, 8 de enero de 2014
EL PORCENTAJE
Para Mónica,
el único soy creciente.
Soportamos tanto la vida que estamos cediendo soledad. Estamos perdiendo el mal, lo feo, el instante negativo del todo, ese mejor posible. La niebla licuó el último niño que disipará el sol. Cuándo la nieve por los arrabales, dónde se olvidó un cartón. La memoria tiene su barro, caprichos de autobús, paragüas, halitosis. Sueño con melones encima de la mesa, tierra en las heridas, pedradas llenas de dolor inocente. El último niño con su niebla de la mano juega en compañía alucinada. Adultos en troquel, antenales de muecas, emociones rebañadas a cuchara para poner de punta la gomina, hacer de su fotografía un niño que se pierda en lo binario. Jugábamos al bien. Lo bonito -¿te acuerdas?- positiva la nada, ese peor imposible. Tú lo oíste: “¡Cuidado con la mandarina!”. Envoltorios peores se han visto cuando el notevayasacaer concluía la deglución. Detrás del filo suelen brotar los ojos de una madre llegada desde sonajeros de marzo. En la chimenea ha crecido una estufa donde se duerme el gato. Las manos se han vuelto rugosas como labios, como hermanos que se van donde les lleve el viento. La energía no se crea ni se destruye: se compra. Tanto soportamos la vida que no reconocemos la muerte, dice el ministro que subirá su 3 %.
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