Fui a tomarla y me
encontré con La Toma. La Nochevieja bien. Su borrachera, su
muchedumbre y su confeti en el vaso. Su verbena cutre y sus fuegos
artificiales que rozan la tragedia. Lo normal. Al día siguiente,
recuerdos de amnesia y ponerse cultureta. La calle del Centro José
Guerrero, en Granada, sin acceso porque linda con la Capilla Real donde
andan (es un decir) los Reyes Católicos. La calle (es un decir),
cortada por la cinta de plástico decadente con que se perimetran las
advertencias. Me asomé a la calleja para ver si El Museo estaba
abierto. Luz había. Tres trabajadores dentro. Su indumentaria
delimitaba su categoría profesional. El de la porra, guardia de
seguridad; el de calle, ordenanza; el de uniforme, vigilante de sala.
Tres controles para un centro vacío y custodiado por una cinta de
plástico que negaba el paso a mis canillas. Asomé la cabeza.
También había tres trabajadores (es un decir) fuera. “¿Se puede
pasar a ver El Roto?”. Dos de los tres funcionarios arrugaron el ceño. En mis ojeras no vieron resquicios
conmemorativos de municipalidad. También ellos mostraban su
procedencia por la vestimenta: un local, de azul catequesis; un
nacional, de azul violento; y un guardia civil, de verde orín, me
miraban con extrañeza. El más culto de los tres asimiló que
preguntaba por La Exposición cuando,
en un giro involuntario de su cabeza, atisbó la alegría de los
trabajadores internos. Con la magnanimidad que otorga haber
completado la secundaria, el local se acercó con ademanes de
sospecha para decir en confidencia: “Sí, pero después tienes que
salir por aquí también”, mientras pisaba la cinta con su bota
militar. Quedé atónito. Entramos al vestíbulo. Los tres
trabajadores me miraron y me acordé del cuento de los cerditos. Su
silencio, del que barruntaba una leve sonrisa, decía: “Sí,
nosotros tampoco entendemos nada y también tenemos resaca”. Placa
del Rey que inauguró este espacio el día tal. Tienda y catálogos,
y un ascensor enorme. “¡Qué bonito!” dije, y nadie sonrió. La
primera planta mostraba a un OPS rotundo. Percibí que la
censura le dio un país y viceversa. Dibujos de trazo negro y mordaza
blanca. Alas de asco y proyectiles en cubitera. La rehostia. Luego un
vídeo en el pasillo del frío. Cuatro sillas de Berlanga dispuestas
para que el visitante tristón coja el constipado y asiente la
ciática. Andrés Rábago parece el mosquito del anuncio de Rapid
después de un electroshock. Parece que una mano negra, de las
que él dibuja, le ha quitado las alas y lo ha vestido de blanco para
la cosa. Parece un monaguillo, carrilludo y septuagenario que pasaba
por allí. Mientras cogía frío en aquella silla llena de ángulos,
una caravana de romanos a lo registro en La vida de Brian,
subía y bajaba por las escaleras de la gripe. Me olvidé de aquel
mosquito blanco con mirada de Valium e imaginé lo que
pensaría aquel destacamento cuando viesen las escenas de OPS.
¿Qué ocurré en el desierto cuando llueve? “Molesta y seca rápido”,
respondieron sus pisadas mientras subían a lo alto de La Cultura
para asegurar, quién sabe, más decadencia y maravilla. Seis
vigilancias (tres dentro, tres fuera), separadas por un lánguida
cinta de plástico. Sentí generosidad y pensé que El Roto, como
el vacío de Machado, “está más bien en la cabeza”.
Empezamos bien el año.