Trilogía 59, de Jonás Sánchez Pedrero
por Eduardo Moga
Para qué escribo es una respuesta que tiene forma de círculo y ansia de espiral.
Quizá atisbe un por qué escribo, que implica un para quién, porque cuando hay un motivo alguien lo empuja. Y aquí hay una pista.
Cuando escribo -escribir es leer mucho- comprendo que la poesía no hay quien la entienda. Y aquí tengo otra pista.
Después de la poesía -de saber que ocurre- la realidad se marchita. Se vuelve combustible, que apenas consume un cuaderno por trimestre.
No escribo para cambiar el mundo ni para que el mundo no me cambie (cambiar mejora si nace de la memoria).
Escribo para aliviar la soledad, para matizar el misterio con preguntas nuevas.
Escribo para ampliarme al mundo, por eso tengo pocos amigos y muchos libros, a los que confundo a veces.
Escribo para preguntar, porque preguntar responde un poco.
Escribo porque no sé pescar ni disfrutar un coche.
Escribo porque no sé viajar si no llevo mi cabeza.
Escribo porque no nací estrella del porno.
Escribo porque hay textos que no he leído.
Escribo para personalizar repeticiones. Para darle emoción a los límites del posesivo. Para ensanchar, con los codos del verso, la asfixia cotidiana.
Escribo para dar dignidad a la resignación y dudar aún de la complacencia.
Escribo porque perdí todas mis certezas y el abismo era otra palabra.
Escribo para tocar.
Escribo para preguntar mejor.
Escribo para cambiar las cosas de sitio. Para encontrar claridad.
Escribo porque vivo en un cuello, porque el mar no me contesta y mi mano se vacía.
Escribo para merecer la belleza. Para que no importe la importancia mientras una mano busque su ojo.
Muerte desarrollada.
La desilusión importa.
Aborto sentimental.
La droga hace tecnología.
Dictadura de la forma.
Mitos para razonar mejor.
Suicidio privilegiado.
Aquella falda era una cárcel de piernas.
Más rápido.
"Ojos que se quieren bien..."
Diego de Silva y Mendoza
Y volvemos a regar las plantas para que nos mienta el color verde. Vendrá la carne con su tirón de ojos a ponerle nombre a la primavera. Volveré a la poesía para dormir el agua de los pozos, a buscar el metal de la caricia con mis manos, a repasar la playa de las palabras. La espalda volverá a ser el tobogán delicado de la nuca que resbala la belleza del silencio. La nuca es un nido con cabellos de niño enfermo al que no se le ve la cara. Tiene la ternura de lo efímero, es la rama del pájaro que vuela si lo miras, la piedra del lagarto. El cuello sigue en su adolescencia, en su minifalda de pendientes y su perfume de otra. El verde importa porque calienta el volante de los coches. Nos recuerda la serpiente que duerme debajo de las uñas. Me has vuelto a mirar de cerca, como quien mira desde lejos. Como quien entiende que la tierra hay que regarla desde abajo. Marzo es la semilla de septiembre.
El placer discrimina.
Disturbios mediáticos.
La poesía esconde el misterio cotidiano.
Miedo a plazos.
La prisa tarda.
Terrorismo de ventanilla.
El olvido también se pudre.
Dolor medicinal.
Entender excluye.
Ojalá.
"[...] es porque en la soledad / en que te encuentras de todo / no estás más solo que muerto / estás más muerto que solo".
José Bergamín.
La lluvia repite las palabras como si fuera un poeta que le da la razón al invierno. La lluvia deja las cosas donde estaban como si el jarrón fuera un depósito de jarrones y cada cojín fuera su propia matrioska. La lluvia tiene dentro al poeta que le observa, al muro que derriba y la primavera que anticipa, porque la lluvia es otro objeto, otro cofre que contiene versos por sacar. La lluvia tiene un fular, una carpa y un botijo. Un niño que se ahoga y una mano que busca debajo del agua. La lluvia es una radio dando las noticias, una cerveza en la playa y el atasco de regreso. En el sonido de la lluvia vive la repetición. Cada gota es un segundo y el rayo de sol que la atraviesa es un ojo al que sorprendes cuando te mira. A veces, cada signo de cada letra revela su pozo, su atonía de perros. Los gatos se esconden debajo del suelo, en las toperas de los gusanos que pudren el sueño. La lluvia teje un cansancio que gotea por la fiebre de un canalón. Escucho en la lluvia la alhóndiga del tiempo, su fielato de menstruacciones y su saco de llamadas perdidas. La lluvia insiste en la limpieza de la gota.
Conductas como cabezas en peluquería.
El frío duele en rojo.
Burocracia de la resignación.
Los relojes pican el anzuelo del dólar.
También la cortina es muro.
Vivía por tradición.
Paciencia violenta.
La delicadeza nace en la nuca.
Sí. La claridad, como una sombra que ilumina, también va contigo. Tu risa suena como un chorrito de agua. Tu cabeza sigue en el sitio del calor como una nodriza de sueño. Sí. El mundo quema los días con la rotura del óxido, pero quién puede romper la lluvia. Sí. Hiciste un hueco para mi isla. Observo tu sonido como una golondrina que vuela dentro de una casa. La memoria te aleja de mí, por eso odias si te acuerdan y tocas la guitarra del instante. Te agradezco el daño que te hago porque solo tengo esa certeza. He entrado en el mundo a través de tu espejo. Sí. Tus ojos son un corro de niños de la mano que miran hacia arriba. Sueño con la pestaña que se queda en tu mejilla. Con entrar en tus palabras y conocer el porqué de tus silencios. Ignoras el barro de mis días y derramas el hijo cuando me arropas. A veces creo que me sientes. Eres el cuello de mi vida.
Si la soledad se alivia con voluntad de olvido, a qué sorpresa nos remitimos. Dependemos de un engaño para vivir, mejorar la mentira con otro día siguiente. Y anhelamos cambiar el escenario del abrigo o una lluvia que se trasforme en beso sin despedida. El matiz, ese único que reconforta, da a la biología automática un pequeño corazón, una palabra que quiso comprendernos. Necesitamos que alguien nos busque para no enloquecer en el laberinto. Llevamos tanto tiempo a tientas que nos agazapamos en plurales para escondernos del nombre que soy. Cada mañana busco la mano que me sostiene entre los dos mundos. El halo que me muestra las diez de la mañana y las dos de la tarde con su intervalo de domingo. A veces pesa demasiado. Y se intenta olvidar, pero la memoria es un perro que ladra por que es un perro. A veces troceo el siempre en a veces para tragar mejor el cansancio. Hago planes con los ecos. Toco las notas del cinismo con su melodía de cocido. Y un día la risa se derrumba sobre los dedos que se caen como el cuello de un cisne. Tropiezan con los perros, con el trombo de la soledad, con el barroco del asma. Y en el aseo del orín más denso, añoro la belleza de su nuca, mientras trato de mientras al eterno a veces.
Diremos que sí.
El amor ilusiona el tiempo.
El lenguaje es sordo.
Callaba por respeto al cansancio.
A cada libro sus instrucciones.
Le olvidaron lo bailao.
Intuición de pedernal.
Dignidad de Puerto Urraco.
Cada lenguaje con su bagaje.
La risa completó la resignación.
Soledad convencida.
El amor está por ahí.
Según crecen mis interiores, según se acoplan mis habitaciones con saqueos y ocupaciones como un Diógenes de vacío, voy alejando mi mundo con cercanías. Voy notando la lejanía de quien pierde la salud sin remedio. Voy encontrando la tranquilidad de las flores en mis cosas, como si leer fuera mi muerto y mis versos una fragancia que no puedo entregar a nadie, pudriéndose en un barbecho de narices enterradas. Pero mis cosas, como las cosas de cualquier posesivo, tienen la incandescencia del misterio. Tienen esa nota de caos para científicos donde los solitarios escondemos la mentira. Según me alejo, con mis párpados de esfinge, siento el ritmo del universo, en cada paso y en cada piedra. No sé. Las cosas, con su sonido ajado, se van. Se van, pero vuelven con sus ropas en la mano y su latín botánico. Con su perfil de modelo artístico, van entrando en la orilla de la oscuridad, en la humedad de los papeles olvidados, para salir de los cajones como una sorpresa de la que hay que alegrarse. No sé. Este no sé me dice algo que no entiendo, pero que siento como un luthier de claridad. Una intuición de conquista, de fundir la metáfora en clavicordios, sin saber qué es un clavicordio, pero necesitar la uve y la carne del yo que desprende su sonido. El silencio -tantos años de silencio- me trae ahora el nerviosismo de la espera en un teléfono, de la caja voladora donde guarda la sorpresa su decepción de máscara, ya para siempre, del nolodiremos. No sé. No sé es buen final, para un principio.