viernes, 6 de mayo de 2022

LA PUERTA

Y se fue.

Chantaje comercial.

La preocupación necesita ignorancia.

Riesgo por goteo.

Que no se me olvide el no sé qué.

La generosidad era un excedente.

Sabía la tristeza de memoria.

Aburrimiento cultural.

La indiferencia mima con desprecio.

Aquel labio le supo a futuro.

La cisterna explica los Servicios Culturales.

Quien hace la ley hace el mercado.

Libertad oncológica.

Tu silencio pregunta demasiado.

La puerta nace de un árbol atropellado.

miércoles, 27 de abril de 2022

LA TARDE

“Borro con la mirada la mirada”.

Pere Gimferrer.

La tarde pasa mientras miramos el recorrido de un cable. El tiempo parece el patio de la cárcel -Brooks was here- y volvemos a tocar las uñas de marzo. Son horas en que se entiende a la madera, se siente el polvo sin olerlo ni verlo, atravesado por la luz. No seremos ya nunca el viaje de la vida porque solo era huida y se puede ver el abismo en cualquier bisagra. También se mueven las piedras. Entramos con la prudencia de las bañeras a la tranquilidad del lenguaje y removemos las palabras para buscar el jabón. Y salen los desvanes del pedernal y los libros de texto acaban en la basura. Todo se mueve un poco. En el marzo de cualquier mes, cuando la marihuana se pone lúcida y las ojeras se hacen las locas; cuando se envejece de golpe porque no llamamos, entran ganas de pedir perdón a la adolescencia. Entonces, Gordon Willis entra en el ojo para oxidarlo todo. La emoción se rompe como una tilde de vidrio y el esmalte pone cara de cartón como si fuera un muñeco flácido. Y vuelve el halcón a vivir entre las sábanas. Vuelven las enes a tocarse las manos. Decenas de manos diminutas, con tres dedos, que nacen del hombro y la cadera como un ángel del tacto que vive de sombra. Hay una repulsa, un pelo graso que hace brillar las manos como impregnadas por el semen del aire. Como si el tiempo fuera la N misma, ese pico sin hambre por el que respiran los lánguidos. Y pasa el tiro terso de la piel como un metal joven, y pasa la excusa del tiempo. Y los manteles pierden su pliegue, vuelven a lo impenetrable, al telón de terciopelo del insomnio. Vuelven las piedras. Vuelven a rodar y piensas que no pueden serlo. Cuando se acuestan, ves que existen por debajo. La lima duerme en su estuche. La nausea tiene la dignidad de la transigencia que vomita porque no puede resistir. Mirar de lejos para reír de nuevo, tocar las flores para salir corriendo. Dentro de la bañera las palabras evocan el cansancio en la quinta hora del rumio. Conocer es siempre el mismo fondo. Violenta, como las cosas que no hicimos. La tristeza enfada, solo reír promete, como si el aire glotón de los licores hinchara los globos de la alegría. Es el ay de la consecuencia. El sarcasmo tiene iniciativa e inteligencia de atalaya. Necesita situar la cámara y anclar la fuga para que no se pierda. Es el último balcón, el minuto que deja con las flores en la mano. Es la ele del polvo que se posa en las camas de los matrimonios, cuando no se odian. Convocamos la mentira para rascar la chispa que complete los poemas. Darle prestancia a la nada y que se note. Detrás de la impostura queda un cuerpo. La química es su adentro. A veces se pone íntima como una mano que se ofrece. A veces, la tarde son todas las tardes y podemos tocarlas cambiando un jarrón de sitio. En la marca que deja el polvo está la cara oculta de la luna y el afecto que supura. Hay un sumidero de melancolía dentro del tedio, un lenguaje de colada, una fiebre como una chispa en la tela de la infancia, que confirma el universo. Cuando se apague esa cáscara y termine Telecinco, qué será de nosotros. Para auxiliar estas tardes sin tiempo, tiramos del hilo de cualquier piñata. Un mirlo es una piñata negra con timones que rebotan su ramito naranja, palomas de satén con rodaja. Las tardes ya no huelen. Ya no hay ya. Ya no hay ventanas que se abran al olor, ni exhibicionismo de morcilla que entretenga a la poesía. Ya no es tiempo de piñatas, ya no es tiempo de niños. Ya solo hay tardes como elefantes que se derriten. Ya no hay caramelos por el suelo que pisar como cachitos de rotura, como trocitos de memoria camino del colegio. Ya no pasa nada en las tardes y acudo al charco de las noches para beber. Y me siento intruso de mí mismo, me traiciono los recursos para quemar los asientos. Bebo de la madrugada en la tarde como si fuera un elefante derretido por un siete, como si fuera una enorme deposición que no puede esconder su masa ni entrar por el sumidero. Estas tardes miro a los desconocidos. La memoria cuece los defectos y los sirve en bandeja. Pone fechas al dolor y lo señala. El daño se mueve y corta. Somos lo que no queremos. Buscar no encuentra nunca. Recogemos neolítico y algún verso. Somos la agricultura de la emoción, el corral de la poesía donde miramos el fuego. El dolor no tiene antídoto y no hay bálsamo frente a la memoria. Lo mejor de estas tardes son los elefantes muertos, las enormes masas informes que se abultan para nada. Qué extraño que ya nada me extrañe. El fracaso importa porque quema las tardes cuando el resto falla. Allí están, como una piñata inflamable, con sus lianas nerviosas ofrecidas para todos, los muñones. Pero la tarde sucumbe a las piedras y la velocidad se impone. De qué sirve la poesía, de qué sirve que la tarde se fuera si llegan las piedras a romperse. Como si una tijera de elefante entrara en la cacharrería del saludo imperialista, como si el hola hubiera enloquecido en la secadora, como si fuera un ola en bucle, como si hubiera perdido la hache por insignificante y nada signifique ya, si no aspira a nada. Pero ese hola/ola importa como el fracaso, como las tardes, como las piñatas, como los niños elefante, como las llamas de caramelo que crujen como cristal de coche, cristal de niño en memoria. Como si el barro de las bañeras cayeran de las cornisas de un autobús hacia la nieve y el canalón no entendiera nada, como tú ahora. Has llegado, pero te has ido; piensas mientras recoges los restos de confeti que ha dejado la metáfora. Recoges tu llaga y la llevas a la tarde para que sufra.

martes, 19 de abril de 2022

LA LITERATURA

 




 
(fotografías de Óscar Mateos)

“BAÑOS DE MONTEMAYOR A TRAVÉS DE SU LITERATURA”

(Texto presentación. Domingo 24 de abril de 2022)

Creo que la presentación de este libro, en esta fecha, es pertinente. Ayer celebramos el día del libro, y en este 2022 se cumplen 90 años desde que las Misiones Pedagógicas trajesen a Baños una de sus bibliotecas con las que pretendían sembrar la semilla de la cultura en aquellos pueblos que arrastraban un retraso secular. Hoy, nada queda de aquel preterido intento, ni del paradero de aquella excelsa colección.

Para entrar en la vereda de la obra que nos ocupa, debo explicar que este no es un libro de historia local aunque lo sea. No soy historiador y no dispongo de los rigores que la disciplina obliga. Simplemente soy un ávido escritor que no sabe llenar los bares todos los días y que suple esa carencia con la lectura porque, además, es bibliotecario de nacimiento.

Ya en los esbozos me planteaba cómo llamar a esta compilación de referencias bibliográficas, aderezadas de memoria y curiosidades. Entendía que el título podía llevar a error. La palabra “literatura” se entiende de muy diversas formas y el posesivo “su” puede confundir a que el contenido del libro fuera relativo a textos escritos sobre Baños en exclusividad.

Como soy poco dado a la ortodoxia, decidí echar mano de la desfachatez. Me acordé de Francisco Umbral, a quien Lázaro Carreter (Director entonces de la Real Academia de la Lengua) le acusó de emplear mal el castellano cuando título a su libro “La noche que llegué al café Gijón”, porque le faltaba la preposición “en”; a lo que el autor de “Mortal y rosa” contestó: “es que a vosotros los académicos os interesa la gramática y a mí la poética”. Por eso a mí me ha dado por nominar “Baños de Montemayor a través de su literatura”, sin más pretensión que quitarme el título de encima.

La sinopsis reza:

“En esta monografía caben escritores, títulos y pasajes que sobre Baños se han escrito a lo ancho del tiempo. Mi intención fue recuperar los nombres de autores y personalidades que pasaron por nuestro pueblo sin haber dejado, en ocasiones, crónica escrita de su paso y que por su notoriedad pudieran aportar una base sólida a la promoción turística, así como una base histórica renovada, que acompañe el fluir de las ya reconocidas aguas. El presente trabajo desarrolla la idea de Andanzas de literatos en Baños de Montemayor, emitida en Canal Extremadura televisión, dentro de la serie documental El lince con botas 3.0”.

El microscopio psicológico que proporciona vivir en la España póstuma me llevó a pensar que la emisión de aquel programa podría facilitar la publicación de este libro por parte de Herratas Ediciones, como así ha sucedido. Ahora, de esta sencilla forma, paisanos y lectores pueden acceder a los 4 artículos que sirven de armazón para este título, y que vieron la luz de manera periódica en la Revista Alcántara de la Diputación de Cáceres. El recorrido de aquellos sufridos textos merece libro aparte.

No entraré a maltratar la palabra Cultura con este trabajo. No sé bien en qué consiste ni qué aporta. Tampoco sé, tras veinte años de bibliotecario, si la lectura añade algo ni si ese “algo” resulta relevante. No creo, además, que este sea el momento de analizarlo. La simple promoción turística pudiera ser uno de los propósitos de este libro.

Apuntaré algunos ejemplos cercanos:

Ya hace 15 años que la Junta de Extremadura editó: “Ruta literaria por Extremadura”. Libro donde a través de 5 itinerarios y textos de 17 escritores se animaba al lector a visitar las ciudades más importantes de la región.

Hace 12 años el Ayuntamiento de Plasencia publicó “Rutas literarias por Plasencia”, donde se reflejaban pasajes escritos sobre la ciudad, por parte de 13 autores.

También desde hace más de un lustro, Zafra dispone de sendas urbanas que aprovecha la novelística de Dulce Chacón.

Almendralejo hace lo propio desde hace décadas con los poetas románticos Carolina Coronado y José de Espronceda. Allí, llevan incluso la dramatización de sus versos a las calles de la ciudad.

“Soria pura, cabeza de Extremadura”, muestra a quien la visita una yincana lírica sobre Antonio Machado y Leonor Izquierdo, aliñada con textos de Gerardo Diego o Gustavo Adolfo Bécquer.

Aunque no se lo crean, todavía quedan lectores, y algunos de ellos cultivan el fetichismo turista, que persigue las huellas de sus escritores predilectos.

En “Baños de Montemayor a través de su literatura” se dan más de 200 notas, más de 100 citas bibliográficas y casi 30 hiperenlaces sobre autores que han escrito, pasado o mantenido algún tipo de vínculo con la localidad.

De entre quienes conservamos testimonios escritos sobre nuestro municipio (algunos breves pero ahí están) forman parte: Víctor Chamorro, Pedro de Lorenzo, Juan Perucho, Antonio Colinas, José Jiménez Lozano, Rafael Sánchez Ferlosio y Camilo José Cela. Premios Nadal, Planeta, Nacionales de las Letras, Nacionales de literatura, de Asturias, Cervantes y hasta un premio Nobel han glosado sobre Baños. Unamuno, Galdós o Buñuel, también anduvieron por aquí.

Para un pueblo de apenas 700 paisanos creo que es un patrimonio importante, que no deberíamos dejar pasar. En nuestras manos está. Aquí dejo mi aporte.

 

sábado, 9 de abril de 2022

LA RISA

Su linterna le cegaba.

Prevaricó 500 millones y no compró un libro.

La vejez se arena.

Creía en la evidencia.

Aprendía para consolarse.

Hasta el desprecio mira hacia abajo.

Que me inyecten esa belleza.

La Semana Santa se ríe de los Carnavales.

jueves, 7 de abril de 2022

LA PREGUNTA

Y tú me respondes con silencio huérfano. Dialogan las auroras cuando se rompe un vaso y vuelven los esmaltes. Todo es confuso cuando vuelve. Nadie se baña dos veces en el mismo sueño. Quizá por eso te miro atento al misterio. Aprendo despacio como un niño que no pudo serlo. Flotas como la luz en el agua. Fijas los detalles al mundo. Tienes el silencio lleno de telones. Te acudo con la mejilla en salivas y en la frente algo de infancia. Si me faltas, me convierto en la caída de un chupete. Una ternura intrusa te acoraza. Te deslizas. Eres líquida como la mano de un niño que todo lo agarra. Tienes la llave de la ternura, el lenguaje de los pétalos y el asombro intacto. A veces un tobillo te delata y pareces quien no serás. Sufren las telas en tus ojos y vuelas con la añoranza del globo que se marcha. A veces te pregunto, pero ya no estás.

sábado, 2 de abril de 2022

LA GENÉTICA

Profesional de tutorial.

Complejo por complejos.

Al menos la piedra rueda.

Donde pensaba misterio solo había truco.

La cerradura finge.

Ignorancia meticulosa.

Llevó su tiempo al fontanero.

Temía a la indiferencia porque escondía desprecio.

Las asambleas terminan en círculo vicioso. 

Ni para ayudarle servía.

Detrás hay telones.

Quién educa a la genética.

viernes, 1 de abril de 2022

EL TOBOGÁN

Ya no hay fracasos como los de antes.

El tiempo perfila el límite.

No necesites megáfonos.

La hambruna sueña con frío.

Mosqueo tántrico.

Hay rutinas que aburren menos.

Compañía con excesos de eñe.

Los peces lloran en el cerebro.

Que se paguen la pobreza.

Nadie juega ya en el tobogán de la nuca.

 

sábado, 19 de marzo de 2022

EL HOMENAJE

[Texto escrito para el homenaje popular que se tributará a Víctor Chamorro el 26 de marzo de 2022 en Guadiana]

NOCHES BLANCAS

Víctor Chamorro mil novecientos etcétera, sigue fiel a su infancia. Sigue en el yunque del niño que tejió su Freud. Y así fue como su abuelo le hizo profesor, sus lectores le convirtieron en padre y sus padres le abocaron a ser Vizarco, seudónimo bajó el que Teresa tecleó su vida.

Chamorro toreó con Felipe Trigo en el ruido Ibérico de sus afanes. Destazó los libros que cortaba, subrayaba y amontonó como herramientas. Su casa es un museo de olvidos selectos, un zarzal de fotografías, y polvo en un orden matemático; un silo de bolígrafos secos como cartuchos agotados en el fragor de la batalla. Su guerra es el lenguaje, atrincherarse en la metáfora hasta desnudar la palabra. Diluir la angustia con el antídoto preciso. Señalarle la picha al emperador del eufemismo.

“Inútil total” fue su diagnóstico, “El santo y el demonio” (1963) su tratamiento. En una cama con escombros de reúma, comenzó un exilio de “Noches blancas” y cartas de amor a Teresa. En Hervás -ya para siempre Gervasia- fue creando su Comala particular. Entuertos domésticos que desfacía a golpe de diario y lecturas de El Guerrero. Inmerso en el bocadillo del tebeo se nutría mejor que con pan blanco.

Con dieciséis años finalistó el premio Nadal, pero su padre no quiere que escriba y él lo niega. El señor secretario quiere un hijo Derecho. La prensa publica su nombre y la sentencia es firme: “Ojalá tu talento esté a la altura de tu cinismo”. Quienes vivimos en la España póstuma sabemos que los pueblos dan monaguillos o rayos que no cesan. Y Chamorro se fue orihuelando. Son tiempos de zozobra. El escritor se nutre encarando la injusticia. Su padre fue procesado por ejercer su cargo con honestidad. Vive el temor con angustia adolescente. Aquella afrenta forjó su carácter.

“El adúltero y Dios” (1964) son las memorias de un celoso extremeño. Un testimonio real que novelizó. La guerra civil vista desde el prisma de un paria morapio. Lara la desdeña. Delibes la aplaude. Chamorro sopla la ceniza y la retitula “Amores de invierno” (1966). Queda otra vez segundo en el premio “Blasco Ibáñez” de 1966 y Raúl del Pozo titula en Pueblo: “Víctor Chamorro: de oficio finalista”. Rompe la dinámica con “La Venganza de las ratas”, 1967. Gana el premio Urriza de ese año y comprende la gramática del éxito. Viajes, firmas, entrevistas, prensa y televisión. Pero Chamorro siente la tinta como un linaje y no cede al escaparate. “Yo me vuelvo a casa” dice, ya casado con Teresa.

Dos partos fallidos escriben “El Seguro: enfermos ricos, enfermos pobres”, 1968. Escrita en la atmósfera febril del insomnio, apunta el tono que cuajará en “La hora del Barquero” (2002). En ella encontramos dos claves de su obra: la vida como material novelable y la pertenencia de clase como semántica. Recoge en Gijón el premio “Ateneo Jovellanos” (1968), pegando un portazo al editor Richard Grandío. Viaja a “Las Hurdes, tierra sin tierra” en 1969. Cela le elogió el título certero. Y conoce a Gonzalo Sánchez Rodrigo con quién publica “Sin Raíces” (1971), biografía novelada de su abuelo, responsable del “Método Rayas”: otra gesta heroica y olvidada, en la historia de la región.

Chamorro abandona las leyes y se implica en la docencia. Convierte alumnos en actores con el arte anarquista del teatro. Lo mismo da el “Auto de los Reyes Magos” que “Escuadra hacia la muerte” (1953) del prohibido Alfonso Sastre. La tragedia acaba en “Reunión Patriótica” (1994), y la emigración en Destino, colegio donde ejerce más de treinta años.

Madrid es un hervidero político y Chamorro forja su ideología con lecturas y experiencias. Vuelve a Gervasia cada poco. Escribe “Guía secreta de Extremadura” (1976) y publica “Extremadura, Afán de miseria” (1979) tras la lectura de “Extremadura saqueada” (1978). El escritor convierte a narrativa aquel ensayo que sigue vigente. Víctor Chamorro, como una María Moliner de Canillejas, elabora la primera “Historia de Extremadura” (1981/1984) en ocho volúmenes. A golpe de Ducados y ginebra escribió nuestro preámbulo que hoy nos sirve de futuro. Pero él se siente novelista. Siente la historia como vehículo fiable, como perspectiva necesaria para que la ideología no descarrile. Publica “El muerto resucitado” en 1984, genial confusión de ficción y realidad.

Con “El Pasmo” (1987) su narrativa da una vuelta de tuerca. Maneja con destreza los resortes de la novela. Los personajes tienen su lenguaje. A través del diálogo descubrimos su psicología. Chamorro está dentro de lo que escribe. Ha vivido y estudiado la región y tiene el oficio maduro. Su técnica es la constancia. Dejar que el tiempo construya el relato de la memoria. El panorama literario comienza a cambiar. La Transición (para Vízarco ya siempre Transacción) troquela el canón del porvenir. “Quien se mueva no sale en la foto”.

Eduardo Moga, lector de la Agencia Carmen Balcells informa en 1990 que “Los Marqueses del infierno” de Víctor Chamorro es una obra extraordinaria, pero la novela se desdeña porque el autor “es demasiado mayor y no se le va a poder sacar el suficiente partido”. En 1994 publica “Reunión Patriótica”, memoria histórica en las postrimerías del franquismo, que tuvo ya que ser autoeditada.

La estafeta de Correos es la Agencia literaria de Teresa. En 1997 coloca “El pequeño Werther” en Plaza & Janés. Francisco, alter ego de Chamorro, nos muestra su atormentada adolescencia. Y llegamos a su obra cumbre: “La hora del barquero” (2002). Una pesadilla, una novela kafkiana, una tortura que introduce por los ojos un trapo en la garganta. Su novela más valiente en fondo y forma. No apta para socialdemócratas. Gana el premio “Café Gijón” y su nombre vuelve a sonar debajo de las alfombras.

“Érase una vez Extremadura” (2003) compendia sus 8 volúmenes de la historia regional, con un benevolente final de cuento. Desde entonces, silencio. El mercado editorial que publica 80.000 títulos anuales, no tiene hueco para su prosa. Conozco su archivo. Decenas de cartas elogian su calidad que consideran un problema. La censura del mercado es implacable porque controla todos los resortes. De nada sirvió que Planeta, Plaza & Janés, Seix Barral, Espasa-Calpe o Acantilado publicaran su obra.

Su hija Maite funda Planteamiento y edita “Guía de Bastardos” (2007), un thriller con atrezzo revolucionario, “Los Alumbrados” (2008) nuestro particular Quijote, “Pasión Extremeña en 13 actos” (2009) obra de original estructura donde funde los guiones de la serie de televisión “Extremadura desde el aire” (2009) y “Calostros” (2010), sublime magisterio del relato corto. En 2012 le conceden la Medalla de Extremadura el Gobierno de la Región y la contramedalla una agrupación de colectivos sociales. En 2017 publica “25 de marzo de 1936”, su última obra hasta el momento.

Por el camino 65 años de literatura nos contemplan. Libros para la docencia, ensayos y colaboraciones en prensa. Artículos para ABC o El País (por el artículo “Cráteres en la memoria” en El Independiente, recibió el premio Dionisio Acedo de Periodismo en 1988), así como diferentes reconocimientos. En el año 2000, recibe el galardón Tierra y Libertad y en 2010 la Tenca de oro. La biblioteca de Belvís lleva su nombre, un concurso de relatos, una calle en Gervasia y un parque en Plasencia.

De su trayectoria se han ocupado los programas “Esta es mi tierra” (1983) de Televisión Española, “Calostros” (2012) de Triano Media o “El sillón de Víctor” (2013) de Óculo TV. La serie “El lince con Botas” de Libre Producciones le ha retratado en: “Las palabras de Víctor Chamorro” en 2002, “Los crímenes de El Pasmo” (2006), “Los sucesos de Castilblanco” (2007), “25 de marzo de 1936” y el espacio inaugural de la serie “La Barcarrota” (2015), emitida por Canal Extremadura.

Víctor Chamorro, mil novecientos etcétera, narra como respira. He compartido con él quince años de trato casi diario. Conozco su intimidad y sé que su mejor grandeza reside en la conversación. Pertenece a una estirpe de narradores extinta. He asistido a decenas de sus conferencias. Sé del magisterio de su palabra, de la adecuación del discurso en función del auditorio. He escuchado sus anécdotas con el placer intacto al descubrir cómo se gana un oído. Matiza el ojo, hace del gesto su adjetivo y nos devuelve a la tribu, a la atávica necesidad de confidencias. Con su fonética de ala marxista, su narrativa vuela en melancolías necesarias. Su obra nos contempla para mejorar el fracaso. Algunos le deben el ejemplo de su trayectoria. Yo, además, mi paternidad literaria y la atalaya del sarcasmo.

(DESCARGAR LIBRO HOMENAJE)

sábado, 5 de marzo de 2022

EL ABURRIMIENTO

La cara es el espejo del coche.

Respíramelo.

Dale precinto.

Quedarse sigue.

Repetir resta.

Se te ve la conciencia.

El aburrimiento da cofianza.

jueves, 3 de marzo de 2022

LA ESCUCHA

Escuchar mira diferente. Oír otorga perspectiva. Mirar es su contrario. Mirar habla a raudales. Ataca con la bayoneta del ojo, está dispuesta para asaltar el horizonte. El oído no. Espera agazapado a que llegue la paloma o el mortero para discernir la culpa. Escuchar es darle la vuelta al calcetín del ojo. Es entrar en la caverna por la estalagmita y entender la metáfora del flash de un turista. El sonido también escucha, perfuma la vista con su nube invisible. El paisaje deja de ser fotografía cuando pía el pájaro. Sabemos que está sin verlo y entonces da comienzo el bosque. Por eso tocamos la puerta y hacemos la cucamona al crío. El sonido forja el muro de la atención, con sus lados opuestos de cariño. El sonido nos salva del lenguaje. Es la infancia de la palabra. Hablamos como vanidad, pero somos parte del tañido, del verano que mancha la memoria. El niño llora, el perro ladra y el jadeo revuelve las sábanas. La saliva tiene resonancias de semen, de recuerdos que chapotean el sueño. Cada palabra dice aquí estoy, tengo importancia. La palabra pervierte el sonido. Por eso la clase y la bronca no dicen nada. Por eso decir sí es quitarle la pared al oído. Es darle aire al viento como si fuera un tonto. Hablar se mea en la cama como el monólogo exterior del aquí está mi mundo y tú no tienes. Escuchar desnuda. Nos hace sentir el dentro, donde reside el silencio (universo inabarcable donde impera lo expansivo). La palabra, cocaína del ruido, sobredosis repetida para incautos, tortura las orejas. Por eso escribir escucha. Ahí está. Léelo si quieres. El lenguaje ignora, va a lo suyo como el taladro de un vecino. El profesor tiene la arrogancia del fontanero que te jode la siesta, como la molestia aguda de quien brama menopausia. Escuchar no necesita auditorio, es cortarle el nudo al ombligo y estallar el globo. Tiene un deleite atávico. Nos devuelve al neardental que mira el firmamento. A veces se oye con la piel. La caricia escucha lo que susurra el dedo, la mejilla entiende el crepitar del fuego, y levantamos la frente para sentir el viento.