[Texto escrito para el homenaje popular que se tributará a Víctor Chamorro el 26 de marzo de 2022 en Guadiana]
NOCHES BLANCAS
Víctor Chamorro mil
novecientos etcétera, sigue fiel a su infancia. Sigue en el yunque
del niño que tejió su Freud. Y así fue como su abuelo le hizo
profesor, sus lectores le convirtieron en padre y sus padres le
abocaron a ser Vizarco, seudónimo bajó el que Teresa tecleó
su vida.
Chamorro toreó con
Felipe Trigo en el ruido Ibérico de sus afanes. Destazó los
libros que cortaba, subrayaba y amontonó como herramientas. Su casa
es un museo de olvidos selectos, un zarzal de fotografías, y polvo
en un orden matemático; un silo de bolígrafos secos como cartuchos
agotados en el fragor de la batalla. Su guerra es el lenguaje,
atrincherarse en la metáfora hasta desnudar la palabra. Diluir la
angustia con el antídoto preciso. Señalarle la picha al emperador
del eufemismo.
“Inútil total” fue
su diagnóstico, “El santo y el demonio” (1963) su tratamiento.
En una cama con escombros de reúma, comenzó un exilio de “Noches
blancas” y cartas de amor a Teresa. En Hervás -ya para siempre
Gervasia- fue creando su Comala particular. Entuertos domésticos que
desfacía a golpe de diario y lecturas de El Guerrero. Inmerso
en el bocadillo del tebeo se nutría mejor que con pan blanco.
Con dieciséis años
finalistó el premio Nadal, pero su padre no quiere que escriba y él
lo niega. El señor secretario quiere un hijo Derecho. La prensa
publica su nombre y la sentencia es firme: “Ojalá tu talento esté
a la altura de tu cinismo”. Quienes vivimos en la España póstuma
sabemos que los pueblos dan monaguillos o rayos que no cesan. Y
Chamorro se fue orihuelando. Son tiempos de zozobra. El escritor se
nutre encarando la injusticia. Su padre fue procesado por ejercer su
cargo con honestidad. Vive el temor con angustia adolescente. Aquella
afrenta forjó su carácter.
“El adúltero y Dios”
(1964) son las memorias de un celoso extremeño. Un testimonio real
que novelizó. La guerra civil vista desde el prisma de un paria
morapio. Lara la desdeña. Delibes la aplaude. Chamorro sopla la
ceniza y la retitula “Amores de invierno” (1966). Queda otra vez
segundo en el premio “Blasco Ibáñez” de 1966 y Raúl del Pozo
titula en Pueblo: “Víctor Chamorro: de oficio finalista”.
Rompe la dinámica con “La Venganza de las ratas”, 1967. Gana el
premio Urriza de ese año y comprende la gramática del éxito.
Viajes, firmas, entrevistas, prensa y televisión. Pero Chamorro
siente la tinta como un linaje y no cede al escaparate. “Yo me
vuelvo a casa” dice, ya casado con Teresa.
Dos partos fallidos
escriben “El Seguro: enfermos ricos, enfermos pobres”, 1968.
Escrita en la atmósfera febril del insomnio, apunta el tono que
cuajará en “La hora del Barquero” (2002). En ella encontramos
dos claves de su obra: la vida como material novelable y la
pertenencia de clase como semántica. Recoge en Gijón el premio
“Ateneo Jovellanos” (1968), pegando un portazo al editor Richard
Grandío. Viaja a “Las Hurdes, tierra sin tierra” en 1969. Cela
le elogió el título certero. Y conoce a Gonzalo Sánchez Rodrigo
con quién publica “Sin Raíces” (1971), biografía novelada de
su abuelo, responsable del “Método Rayas”: otra gesta heroica y
olvidada, en la historia de la región.
Chamorro abandona las
leyes y se implica en la docencia. Convierte alumnos en actores con
el arte anarquista del teatro. Lo mismo da el “Auto de los Reyes
Magos” que “Escuadra hacia la muerte” (1953) del prohibido
Alfonso Sastre. La tragedia acaba en “Reunión Patriótica”
(1994), y la emigración en Destino, colegio donde ejerce más
de treinta años.
Madrid es un hervidero
político y Chamorro forja su ideología con lecturas y experiencias.
Vuelve a Gervasia cada poco. Escribe “Guía secreta de Extremadura”
(1976) y publica “Extremadura, Afán de miseria” (1979) tras la
lectura de “Extremadura saqueada” (1978). El escritor convierte a
narrativa aquel ensayo que sigue vigente. Víctor Chamorro, como una
María Moliner de Canillejas, elabora la primera “Historia de
Extremadura” (1981/1984) en ocho volúmenes. A golpe de Ducados y
ginebra escribió nuestro preámbulo que hoy nos sirve de futuro.
Pero él se siente novelista. Siente la historia como vehículo
fiable, como perspectiva necesaria para que la ideología no
descarrile. Publica “El muerto resucitado” en 1984, genial
confusión de ficción y realidad.
Con “El Pasmo” (1987)
su narrativa da una vuelta de tuerca. Maneja con destreza los
resortes de la novela. Los personajes tienen su lenguaje. A través
del diálogo descubrimos su psicología. Chamorro está dentro de lo
que escribe. Ha vivido y estudiado la región y tiene el oficio
maduro. Su técnica es la constancia. Dejar que el tiempo construya
el relato de la memoria. El panorama literario comienza a cambiar. La
Transición (para Vízarco ya siempre Transacción) troquela
el canón del porvenir. “Quien se mueva no sale en la foto”.
Eduardo Moga, lector de
la Agencia Carmen Balcells informa en 1990 que “Los Marqueses del
infierno” de Víctor Chamorro es una obra extraordinaria, pero la
novela se desdeña porque el autor “es demasiado mayor y no se le
va a poder sacar el suficiente partido”. En 1994 publica “Reunión
Patriótica”, memoria histórica en las postrimerías del
franquismo, que tuvo ya que ser autoeditada.
La estafeta de Correos es
la Agencia literaria de Teresa. En 1997 coloca “El pequeño
Werther” en Plaza & Janés. Francisco, alter ego de
Chamorro, nos muestra su atormentada adolescencia. Y llegamos a su
obra cumbre: “La hora del barquero” (2002). Una pesadilla, una
novela kafkiana, una tortura que introduce por los ojos un trapo en
la garganta. Su novela más valiente en fondo y forma. No apta para
socialdemócratas. Gana el premio “Café Gijón” y su nombre
vuelve a sonar debajo de las alfombras.
“Érase una vez
Extremadura” (2003) compendia sus 8 volúmenes de la historia
regional, con un benevolente final de cuento. Desde entonces,
silencio. El mercado editorial que publica 80.000 títulos anuales,
no tiene hueco para su prosa. Conozco su archivo. Decenas de cartas
elogian su calidad que consideran un problema. La censura del mercado
es implacable porque controla todos los resortes. De nada sirvió que
Planeta, Plaza & Janés, Seix Barral, Espasa-Calpe o Acantilado
publicaran su obra.
Su hija Maite funda
Planteamiento y edita “Guía de Bastardos” (2007), un thriller
con atrezzo revolucionario, “Los Alumbrados” (2008) nuestro
particular Quijote, “Pasión Extremeña en 13 actos” (2009) obra
de original estructura donde funde los guiones de la serie de
televisión “Extremadura desde el aire” (2009) y “Calostros”
(2010), sublime magisterio del relato corto. En 2012 le conceden la
Medalla de Extremadura el Gobierno de la Región y la contramedalla
una agrupación de colectivos sociales. En 2017 publica “25 de
marzo de 1936”, su última obra hasta el momento.
Por el camino 65 años de
literatura nos contemplan. Libros para la docencia, ensayos y
colaboraciones en prensa. Artículos para ABC o El País
(por el artículo “Cráteres en la memoria” en El
Independiente, recibió el premio Dionisio Acedo de Periodismo en
1988), así como diferentes reconocimientos. En el año 2000, recibe
el galardón Tierra y Libertad y en 2010 la Tenca de oro. La
biblioteca de Belvís lleva su nombre, un concurso de relatos, una
calle en Gervasia y un parque en Plasencia.
De su trayectoria se han
ocupado los programas “Esta es mi tierra” (1983) de Televisión
Española, “Calostros” (2012) de Triano Media o “El sillón de
Víctor” (2013) de Óculo TV. La serie “El lince con Botas” de
Libre Producciones le ha retratado en: “Las palabras de Víctor
Chamorro” en 2002, “Los crímenes de El Pasmo” (2006), “Los
sucesos de Castilblanco” (2007), “25 de marzo de 1936” y el
espacio inaugural de la serie “La Barcarrota” (2015), emitida por
Canal Extremadura.
Víctor Chamorro, mil
novecientos etcétera, narra como respira. He compartido con él
quince años de trato casi diario. Conozco su intimidad y sé que su
mejor grandeza reside en la conversación. Pertenece a una estirpe de
narradores extinta. He asistido a decenas de sus conferencias. Sé
del magisterio de su palabra, de la adecuación del discurso en
función del auditorio. He escuchado sus anécdotas con el placer
intacto al descubrir cómo se gana un oído. Matiza el ojo, hace del
gesto su adjetivo y nos devuelve a la tribu, a la atávica necesidad
de confidencias. Con su fonética de ala marxista, su narrativa vuela
en melancolías necesarias. Su obra nos contempla para mejorar el
fracaso. Algunos le deben el ejemplo de su trayectoria. Yo, además,
mi paternidad literaria y la atalaya del sarcasmo.
(DESCARGAR LIBRO HOMENAJE)