AULA
DELGADO VALHONDO (28/02/2023)
(Centro Cultural Santo Domingo, Mérida)
Buenos
días:
Alumnos,
profesores, oyentes todos.
Como
lo primero es antes, comenzaré por agradecer esta invitación a
Eladio Méndez y Antonio Orihuela que coordinan el Aula Literaria
Jesús Delgado Valhondo con tino desde hace años. Cuando veo la
nómina de autores que me han precedido siento una sensación
extraña. A algunos les llevo leyendo toda la vida, a otros incluso
les he llegado a conocer y tratar de cerca, las más veces para
desilusión mía.
Son
pocas las ocasiones en que una obra literaria nos conmueve. Cuando lo
hace, presuponemos en su autor ciertos valores que a menudo no
tienen. Por eso cuando les tratamos en persona solemos sentirnos
defraudados. Me ha ocurrido en ocasiones. Solo espero que tras este
encuentro, no les pase lo mismo conmigo.
Llevo
más de veinte años viviendo en Baños de Montemayor, un pueblo de
setecientos vecinos al norte de la provincia de Cáceres, que linda
con la de Salamanca. Para mí, venir a Mérida es, entre otras cosas,
salir del alfoz de la provincia. Saberme acompañado, imaginarme
rodeado de inquietudes parejas que -cuando se vive tan retirado-, se
olvidan porque uno se piensa el único lector sobre la tierra.
Aprovecharé que se cumplen 84 años de la muerte de Antonio Machado,
para citarle con insistencia: “En mi soledad, he visto cosas muy
claras que no son verdad”. Quiero decir con esto, que espero
vuestra empatía literaria. Por eso, para mí hoy es un día de
celebración y desde aquí mi agradecimiento para con vosotros.
Por
otro lado, cada vez que me enfrento a un auditorio, siento la
responsabilidad de tener algo que decir. Que después de este
encuentro no salgáis con una sensación de pesar. Siempre tengo
presente las palabras que Michi Panero dijo en la película El
desencanto de Jaime Chávarri, a propósito de su hermano
Leopoldo María: “lo peor que se puede ser en esta vida es un
coñazo”. Aquella frase me pareció muy oportuna, y algo a tener en
cuenta para cualquier acto al que uno se enfrente en la vida. No
pretendo dar el coñazo. Decidí titular “Turra” a la antología
de textos que tenéis, para disculparme de cualquier pesar, por
aquello de que “quien avisa no es traidor”. Espero que esta
disertación sea breve. Y desde ya os invito a que podáis
acompañarla de algún comentario o pregunta para compartir la
sensación de culpa que omite un sermón como este.
Sed,
por tanto benévolos con quien les habla. Espero que estar aquí esta
mañana, aguantándome, sea más agradable que estar en vuestras
aulas (no diré celdas, aunque con la semántica en la mano bien
pudiera), y sea una jornada agradable para vosotros también, por lo
que tiene de romper la rutina. Todos sabemos que lo peor del siempre
es el “Otra vez”. Y esta “turra” de hoy promete no repetirse.
Por
otra parte, qué puedo deciros. Qué disertación no es un coñazo
para la juventud. Además, no sé muy bien en qué consiste la
utilidad del conocimiento. Soy poco práctico en general y tiendo a
complicarme la vida. Me aventuraré a decir que casi nada de lo que
os enseñan y probablemente, lo que aún os quede por estudiar tenga
una aplicación práctica, más allá del hecho de obtener una
titulación, que por otra parte os servirá de bien poco. Ivan Illich
ya preconizó que en un sistema capitalista el currículum se compra.
Nuestra clase política está llena de ejemplos.
Sin
embargo, aquí estamos. Vosotros cumpliendo vuestro papel de buenos
estudiantes y vuestros profesores cumpliendo con su función de
buenos pedagogos; y yo achicando aburrimiento como puedo. El sistema
lleva en funcionamiento siglos y nos tiene reservado un nicho a cada
uno. Un papel que debemos desempeñar sin salirnos del guion
establecido, algo que por otra parte nos ha venido impuesto.
Estáis
a las puertas de ser adultos votantes. En el mundo de lo inmediato en
el que vivimos, se nos conmina a respaldar cada “cuatro años” la
“dictadura del número”. Así llamaban los romanos a la
democracia. Si se os ocurre cuestionar esta libertad, un rodillo de
leyes (nadie hablará de justicia), os espera para aplicaros
consenso, sistema y valores. Por tanto sean benevolentes conmigo. Esta
“turra” que os voy a pegar, no es nada para lo que os espera
fuera, si no tenéis un buen padrino.
También
pido generosidad hacia vuestros profesores. Sé que estoy equivocado,
pero quizá ellos, como vosotros, también sean víctimas de un
sistema que cercena las vocaciones. Hay que ser un verdadero talibán
de la enseñanza para mantener la voluntad pedagógica intacta, sin
que añadas de estudios mengüen las ganas de ejercer. Sin que
interinidades, traslados, endogamia departamental, oposiciones ante
la casta de los tribunales, y otras arbitrariedades de cuyo nombre no
quiero acordarme, marchiten la ilusión.
Por
eso, os pido comprensión para ellos. Algunos docentes quizá -es un
decir-, puede que vieran en la enseñanza la única forma de
encontrar un salario digno para sobrellevar la existencia con decoro.
Es un decir, ya digo. Por mi parte, os confesaré que mi vocación de
bibliotecario fue premiada con tres años de prácticas, en las que
lejos de cobrar, debía pagar mis correspondientes créditos al ser
parte indispensable de mi titulación. La Universidad -¡bienvenidos
a los estudios superiores!- se aprovecha de sus propios estudiantes.
De no existir el eufemismo de “becarios” se llamaría
“explotación”. Con mi diplomatura debajo del brazo fui
contratado como Administrativo. Mi penúltimo libro “Pezón” se
lo dediqué a “D. Ángel García Calle quien tras 4 años de
carrera, 15 como administrativo, una amenaza de despido, 4 abogados,
3 juicios y 2 años de pleitos me convirtió en bibliotecario”.
Como epílogo diré que ayer mismo tuve cita con él, porque el
asunto sigue coleando.
No
soy tan pretencioso como para creer que mi vida laboral sea
exclusiva. Creo que, amén de coñazo, también os resultaré un
tanto agorero.
Siento
deciros que cada uno de vosotros deberá lidiar con su destino como
mejor pueda. Sed benévolos con vosotros mismos. Nadie eligió nacer.
Ni lugar, ni familia, ni cuerpo, ni capacidades. Además, os
recordarán -no lo dudéis- que nacisteis en el lado privilegiado de
la existencia. Que unos kilómetros al sur, la cosa hubiera sido
mucho peor. Os recordarán -no lo dudéis- que lleváis la palabra
“privilegiado”, tatuada en la frente. Aunque sintáis
desasosiego, lo llamarán privilegio. Entenderéis rápido lo que
vale un eufemismo, y que las cosas esenciales de la vida no se
eligen. Trataos bien por tanto. Somos víctimas de la existencia.
Como dijo Blas de Otero, “aquí no se salva ni Dios. Lo
asesinaron”.
Por
último, sean benévolos conmigo (mil disculpas de antemano). Uno, no
puede rechazar la cortesía de una invitación como esta. Para mí,
que vivo en la más anodina de las rutinas -no olvidéis que soy
bibliotecario-, este encuentro representa una forma de romper el
silencio cartujo de mis cavilaciones. Poder reflexionar en voz alta,
acerca de lo que ha conformado mi manera de estar en el mundo: Leer y
escribir.
A
menudo, quienes se deleitan con la lectura suelen menospreciar (por
acción u omisión consciente) a aquellos que no encuentran disfrute
en las páginas de un libro. Confundimos conocimiento con lectura. En
realidad, no sabríamos definir con precisión a qué nos referimos
cuando hablamos de Cultura. Es probable que, cada uno de nosotros
tenga su matiz de lo que la palabra significa. Los medios de
comunicación, hablan de “cultura gastronómica”, “cultura del
vino” o incluso titulan las fiestas “de interés cultural”.
Cuando se ponen macabros hablan de “política cultural”, “cultura
de la cancelación” y hasta un jocoso “matanza cultural” he
llegado a leer en un diario de la región. Bajo el ala de la cultura,
todo se reviste de un halo de suficiencia. Cabe y vale todo.
No olviden que la Cultura es un mito (lean a Gustavo Bueno si
quieren). Gracias a la Cultura las constructoras de este país
edificaron o reformaron cientos de millones de euros. No solo se
hicieron aeropuertos. Cada ciudad tuvo su Museo de Arte
Contemporáneo, su Palacio de congresos y su etcétera de vacío.
Grandes fortunas se generaron a través del mito cultural.
Atresmedia/Planeta o Amazon son solo un ejemplo.
El
Roto, en una de sus geniales viñetas decía: “Si no los lees
parecen libros”. Con esta rotunda sentencia nos avisaba acerca del
trasfondo de las apariencias. También Antonio Machado decía en su
imprescindible Juan de Mairena, que antes de enseñar a leer
convendría saber para qué leer. Hoy, quizá, se lea y se escriba
más que nunca como sabe cualquiera que tenga instalado la aplicación
de Wasap.
¿De
qué sirve entonces leer y escribir?
Creo
con firmeza que la lectura y la escritura no sirven para nada. Lo
dice alguien que lleva treinta años leyendo y escribiendo, y además
es bibliotecario. También creo que la comunicación es imposible. Al
igual que la amistad, solo es factible entre iguales. Es más, creo
que gran parte de lo que llevan estudiado, así como lo que estudien
en el futuro será casi superfluo.
No
considero que leer y escribir sea mejor que correr o pasear. Siento
una envidia cainita por todo aquel que se pasa la vida acodado en una
barra, trasegando alcoholes mientras vocifera cualquier gol. Tengo
profunda admiración por quienes conocen los vericuetos de las
manualidades, quienes ejercen el punto de cruz o practican la
filatelia. Me humillo frente a quienes visionan cada noche un Reality
o rastrean las plataformas por el mero goce de buscar. Siento respeto
por quienes son capaces de tener el televisor encendido, mientras
atienden varios chats y comentan su estado. De verdad, me encantaría
disfrutar de cualquier pose. Encontrarme a gusto entre la masa (en
mis veinte años como cacereño aún no he ido al WOMAD). Me gustaría
creer con firmeza que estoy en lo cierto. Sentir los colores de mi
equipo, mi partido o mi utopía. Lo siento, sabréis disculparme,
pero yo antes no creía en nada, y ahora ni eso.
La
lectura como una parte esencial de lo que llaman Cultura, se suele
revestir de un aura casi mística que como todo aura (y todo
misticismo), suelen ser falsos. También la escritura se decora con
respeto. Que no se engañe nadie: el lenguaje no nació para dar
cobertura a la emoción si no a la contabilidad. Los primeros textos
escritos hablan de cantidades de grano y no de la belleza de la
espiga.
El
lenguaje nació con vocación fiscal. Casi cualquier invento,
progreso o tecnología, resultaron de una motivación de control.
Podemos caer en lo simplista, pero no solo la policía proporciona
“seguridad”. Los políticos controlan las leyes que los jueces
ejecutan. Y en esa cadena industrial de monitoreo hasta los
bibliotecarios somos policías, de la lectura en nuestro caso (y
hasta ponemos multas). El profesorado -es un decir- hace lo propio
con las distintas materias que imparten, con unos temarios aprobados
con censura previa por parte del Ministerio de turno. Los religiosos
inspeccionan la moral, los sindicatos las luchas de los trabajadores.
Los medios de comunicación se ocupan del pensamiento y nosotros les
entregamos lo que nos queda de intimidad a través del teléfono
móvil. La pistola distingue al policía, pero en democracia todos
somos guardias de algo, y el lenguaje se convierte en eufemismo:
llamar seguridad al puro control es un ejemplo.
Interiorizamos
tanto la vigilancia que confundimos el miedo. Justificamos la tutela
como parte inevitable de nuestra seguridad y no sentimos la violencia
que conlleva ser espiados. Somos presuntos culpables mientras no se
demuestre lo contrario. Si no lo han hecho ya, lean El proceso
de Kafka, o 1984 de George Orwell, y sientan un poco de asco
decente.
A
menudo, se ha considerado a la lectura como un vehículo exclusivo
para llegar a la Cultura. Como premisa que asiente el cordel de este
discurso, diré que Cultura sea: aquello que aporte inteligencia e
inteligencia aquello que nos confiera capacidad crítica. Dicha
destreza debe aplicarse primero sobre uno mismo. Qué somos, qué
hacemos, qué podemos cambiar. Bajo este prisma de
Cultura-inteligencia-capacidad crítica, la lectura puede aportar
visiones de la realidad que consoliden esta terna de valores.
Conceptos imprescindibles para darnos cuenta de que podemos ser
poseídos por aquello que pensábamos poseer (lo mismo da la hipoteca
de la vivienda, del coche, que un teléfono, una afición o un cariño
al que llamamos amor).
Pero,
¿es que no hay más camino que la lectura para llegar al
conocimiento? La razón me da muchas certezas para afirmar que hay
senderos distintos y distantes para conocer. La realidad se empeña
en demostrarlo.
De
entre mis tres hermanos, Abel (segundo en llegar), es músico
callejero. Algunos le conoceréis. Podréis haberle visto tocar en
las plazas del casco antiguo en la ciudad de Cáceres. Tiene a gala
no haber leído un libro en su vida. Sin embargo, pocas personas
tienen una Cultura más sólida que la suya. Sus libros han sido las
calles, los viajes, la experiencia humana en su más variada
extensión. Tiene una inteligencia instintiva, refractaria a la
lectura. Además, para expresar el basto universo que lleva dentro,
utiliza el lenguaje de la guitarra. La música es su vehículo de
expresión. Es un enorme tímido que se agazapa, tras las notas que
expanden las cuerdas que tocan sus dedos.
Podría
hablar de la sabiduría popular que mana de los escasos mayorales que
todavía habitan nuestros pueblos; para ellos la prisa no existe y en
la cadencia de sus tranquilos paseos demuestran que “todo pasa y
todo queda, pero lo nuestro es pasar”. Vivieron en la costumbre de
ver crecer los pastos y agostarse el follaje. Su vida les llevó a
contemplar la lluvia, el sol, el relente y el rocío. Asistieron a
los cambios que la naturaleza trae sin inmutarse. Asumieron como algo
natural las tragedias, porque asistieron, sin alardes, a la enseñanza
de la intemperie. No les hizo falta leer a Juan Ramón Jiménez. El
moguereño escribió: “No corras, ve despacio, que a donde tienes
que llegar es a ti mismo”.
Hay,
por tanto muchas formas de Cultura, de inteligencia y de capacidad
crítica.
Tampoco
hay que mitificar la vida rural. La endogamia social de sus gentes
puede generar Puertourracos. Miserias y ruindades que
alimentan la violencia de Las Bestias. Abulia, desidia y
egotismo. Nacer no otorga humanidad y lo humano que no se ejerce se
marchita. “Lo que no se da se pierde”, decía don Machado. Lo
urbano no va mucho más allá. Viví en Madrid mis primeros veintidós
años y sé que en su trasiego la vida se olvida de sí misma.
Hoy,
disponemos de una herramienta sin geografía que contiene un agujero
negro de conocimiento. Me refiero, claro, a Internet. Decía, de
nuevo, Antonio Machado que “El ojo no es ojo porque tú lo veas, es
ojo porque te ve”. La web no nació para que podamos tener el
universo al alcance de la mano. La tecnología tiene gatillo. En su
origen, la red fue un invento militar, al que decidieron sacar mayor
partido. De manera residual, hay quienes saben estrujar la
herramienta y van mucho más allá de subir su intimidad, su vanidad
u otras formas de infantilismo, a cualquier red social. “Todas las
redes son redes de pesca”, dijo El Roto. De nuevo acierta.
Todos sabemos cómo de cualquier hilo o de cualquier tweet
nacen enrevesados procesos judiciales o censuras de toda índole.
Sin
embargo, mi sobrino ha aprendido a tocar el piano a base de vídeos
de Tik-Tok y yo he podido investigar a fondo multitud de temas
sin salir de mi pueblo. Hace apenas veinte años me habría costado
cientos de horas en desplazamientos y búsquedas de archivo. Internet
no se hizo para hacernos más cultos, pero puede sernos de gran ayuda
si estamos prevenidos. Así, podremos acceder a diversos
repositorios documentales donde bibliotecas, videotecas y fonotecas
están a nuestra disposición a golpe de click.
Don
Machado decía que no hay que jactarse de autodidacto. “Es poco lo
que uno puede aprender por sí solo, pero ese poco es importante y
además, nadie te lo puede enseñar”. Por eso, la esponja de la
inquietud debe absorber cualquier agua. Acercarse a un charco, un
río, a un pozo o al mar. Dejarse llover encima, o recoger con los
labios su saliva, puede servir de aprendizaje. Si un ojo llora hay
que beber esa lágrima, porque detrás suele haber una injusticia.
Hay
que cultivar la mirada, saber mirar para ver. En un bodegón no solo
hay pintura, también hay luz, gastronomía, cerámica (si hay
platos), carpintería (si hay mesa de por medio). Si nos sentamos a
mirar “los hechos consuetudinarios que acontecen en la Rúa”.
Podremos encontrar la sociología cotidiana, a través de lo que pasa
en la calle. A quién vemos, qué edad tienen, cómo visten, de qué
hablan y cómo lo hacen. ¿Crece la flor? ¿Se ha secado aquel árbol?
¿Quién recoge la basura? ¿Cuánto cobra? ¿Por qué no reclaman
sus derechos? Creo que es bueno preguntarse y preguntar. Preguntar es
una forma de mirar. La pregunta, responde un poco.
La
realidad se muestra sin pudor. Está dispuesta a que nuestra mirada
aprenda y aprehenda (con hache) el universo que nos ofrece.
Hay
quien me pregunta cómo soy capaz de ver lo que escribo. Muy fácil,
sólo hay que aguantar la mirada a las cosas. Quitarse la realidad
como una prenda y sentir la poesía como la sangre que da la emoción
al mundo. Si aguantas la vista a un lapicero, de sus rayas emerge la
jirafa como nace la mariposa si mantienes los ojos en la primavera
del gusano. Del folio brotan las palabras de un verso como si fueran
las varices enamoradas de un cuaderno. También hay que leer un poco
a Ramón Gómez de la Serna, y observar a Francisco de Goya. Luego,
basta con quitarle las legañas al oído y tener una mano cerca, si
es posible conocida. Leer mucho a Machado, a Cervantes, a Lope y a
García Lorca, hasta que la tinta nos rebose por los dedos, como un
agua que nos mancha sin remedio y nos tonifica.
Escribo
para darle voz a las cosas, todos sabemos que una hucha es un
avestruz que pregunta por sus brazos. Que pide nuestra clemencia, con
sus ojos monedita, a través del hueco de un barrote. Con la lluvia,
miré un segundo al paraguas y enseguida salió la seta mecánica que
esconde. La poesía es lo contrario del miedo. Es poner el cuenco de
las manos para que se pose la armonía, sin que importe que te vean.
También hay que olvidar mucho, que la casa es grande, por ejemplo.
Hay que olvidar entender, y encerrar las matemáticas en un cajón
por más que chillen las sinalefas. Hay que observar a los gatos con
su movimiento de serpiente y mirar a las serpientes con su reptar de
duna. Y una vez vistos, saber que todos son sinónimos de agua, de la
ondulante sed que nos marea. La mirada es el fonendoscopio del poeta,
su bisturí y su remedio. El matiz, ese dedo con que giramos las
palabras, abre o cierra las heridas. Y lo fundamental: que nada sea
definitivo. Que nadie escriba, no lo aceptéis, la palabra
importante. (Pausa)
Sin
querer, reconozco en esta “mirada” a la poesía, esa emoción que
nos humaniza. También hay lírica en el regate de Messi (sin entrar
en su obsceno salario). En el orgasmo de Apolonia Lapiedra, en un
cuadro de Zöbel, en un ajo bien plantado, en un jersey de lana gordo
y en la baba de un viejo. Hay poesía en el porro que se pasa, en la
caricia furtiva por debajo de la espalda y en el ojo que se encharca.
El poema está debajo de las piedras, en el ocaso y en el alba, y
hasta en la mierda que pincha un palo. La emoción nos hace humanos.
Hace que la sangre duela aunque no haya sangre ni herida siquiera.
Somos lo que sentimos, la poesía que se comparte. A unos les sale en
forma de albóndigas, y otros hacen cuadros. La poesía tiene muchos
lenguajes, pero si la distingues te da igual que se calle. Reconozco
la emoción por las huellas que deja su silencio.
¿Si
la Cultura puede venir de muy distintos lugares, por qué leer?
Convendría
citar algunos datos. Cada año se publican, solo en España alrededor
de 80 mil títulos distintos. Una persona con un buen hábito de
lectura puede leer si llega a octogenario, alrededor de 7 mil libros.
La criba se hace necesaria. ¿Qué leer por tanto? Las bibliotecas de
las Misiones Pedagógicas de la II República confeccionaron un
listado de apenas unos cientos de volúmenes esenciales en sus
materias. Hoy las Bibliotecas se pueblan de miles de ejemplares de
historias anodinas, temáticas desinfladas, lectura fácil y
literatura de aluvión que alimentan los pasatiempos del lector
industrial. Me refiero a aquellos que solo buscan en la lectura su
particular sudoku, con el que pasar las desvencijadas tardes
de aburrimiento, cuando la parentela se pone insoportable o como
último recurso frente al insomnio. En la biblioteca, el ochenta por
ciento de la gente me pide “libros para no pensar” o “libros
para dormir”. El otro veinte por ciento me pregunta dónde está el
baño.
De
manera inevitable, hay que asumir la diferencia. Aquello que para mí
resulta imprescindible, para otros ni siquiera les pasa por la
cabeza. Pero no lo hacen por molestarme a mí -no hay que ser tan
pretencioso-, simplemente su genética, su educación y sus
complejidades, les llevan a ser nuestro distinto. También existe -no
lo olvidemos-, el cabronazo integral. Decía, que lo inevitable
ocurre entre miembros de una misma familia (ya cité la agrafia de mi
hermano, frente a mi bibliopatología). Podemos comprobarlo en
semillas regadas en un mismo tiesto, y hasta en gatitos de una misma
camada. La vida es, por definición, diversa, compleja y caótica.
Vayamos
afinando. Qué libros leer entonces y por qué leerlos. Hay ciertos
libros que nos aportan placer, divertimento y son buenos. Hay otros
que, además, nos aportan conocimiento y son mejores. Y finalmente
están aquellos que nos cambian, que nos remueven por dentro, que
apuntalan la gruta emocional que creíamos desmoronarse y son los
imprescindibles. No somos lo que somos si no el cambio que nos hizo
darnos cuenta de lo que éramos. A menudo la familia, el entorno, la
educación, nos entorpece. Nos ata con su cariño vigilante. Cuidado:
de bondad también se mata. A través de ciertos libros, de ciertos
contactos o experiencias, percibimos que estábamos equivocados. El
cambio, ese cambio, que llega desde quién sabe dónde, se puede
asumir como liberación y no como pesar. Solemos decir: “no cambies
nunca”. Yo creo que hay que “cambiar siempre”, es un decir,
para poder fracasar mejor.
En
lo personal, las lecturas que más me han aportado, han sido aquellas
que versaban sobre temas extraliterarios. He aprendido mucha poesía
leyendo ensayos sobre genética, sobre la condición humana en libros
sobre etnofarmacología. He visto a Juan Ramón Jiménez en los
cuadros de Joan Miró y he aprendido política con la arquitectura de
Sainz de Oiza. Creo en la máxima de que “quien solo sabe de lo
suyo, ni de lo suyo sabe”. “Creo, y en razón lo fundo” que una
melodía sugiere un color, que un color pide una palabra, que una
palabra puede acariciar y que la mirada resucita o mata al capricho
de unos ojos. Digo, que la sinestesia ayuda a ensanchar la
percepción.
La
ventaja de la lectura es su aparente simplicidad. Gana a la música
porque no hace falta cargar con el instrumento. Se impone a la
escultura o a la arquitectura ¿Quién puede ir con su torno o sus
edificios de la mano? ¿Qué aficionado a la pesca puede capturar una
trucha en el autobús? ¿Cómo se juega al tenis en el tren? ¿Cómo
enciendo la consola en la sala de espera de un Hospital? Ni siquiera
el dibujo, simple como una libreta o un lapicero, tiene su apoyo
cuando se le necesita.
La
lectura solo pide ojos y libro (y ya hemos visto que hasta el libro
sobra). Se puede leer el tacto de una mano con los ojos cerrados, el
perfume de un cabello y el recuerdo de aquella pesadilla que nos
despertó. Leer va más allá de las palabras, es un pensamiento que
escribe, que razona, sin necesidad si quiera de ser escrito. El
lector, recrea en su cabeza el universo. Es un creador total. Depende
de su bagaje para traducir al propio imaginario cada palabra.
Escribir no necesita papel. Juan Rulfo llevó en su cabeza “Pedro
Páramo” y “El llano en llamas” durante años. Pedro Garfías
recitaba sus poemarios de memoria a los editores. La memoria nace
como despensa de la lectura, y a ese hambre le llamamos conocimiento.
Escribir
es la exteriorización de una óptica porque el escritor va por
dentro. Hay poetas que con sentir el poema le resulta suficiente.
Otros necesitan verlo publicado. Otros que, además, necesitan ser
premiados, reconocidos y hasta leídos. Hay quien nunca tiene
suficiente. La vanidad no mejora la calidad de un texto, pero ayuda a
compensar nuestros complejos y hasta alivia la economía de según
quienes. “Todo necio confunde valor y precio”, decía don
Machado.
Pero,
si algún valor hay en la lectura (me refiero a esos libros que te
cambian, a los libros que te convierten en el escarabajo de Kafka),
si algo aporta la lectura, frente a otros placeres humanos, es que
nos mejora la soledad. Nada aguanta un para qué. Sin embargo, en
ocasiones, la naturaleza caótica de la existencia produce
fugacidades de ilusión a las que persigo como se merecen. Como las
olas del mar que golpean con eternidad a las rocas, empujo mis
metáforas con el deseo de que alguien, algún día, pueda tumbarse
en la arena de sus playas.
La
poesía reviste de intimidad al solitario. Cimienta el lugar donde se
es uno mismo. La lectura a solas, en este mundo de inmediatez,
promete satisfacciones a medio plazo. “Largo me lo fiais” decía
Sancho a don Quijote. Sin embargo, algunos libros, ciertas palabras,
nos trasforman. La razón humana se nutre a través del pensamiento
que las palabras articulan. El lenguaje no lo es todo, claro, pero
nos determina en gran parte y, a través de la poesía, se convierte
en lo que los demás saben de nosotros. Es la llave de acceso a lo
comprensible. Lo que no tiene lenguaje se reviste de misterio, un
terreno que solo la metáfora puede iluminar. Y aquí reside la
esencia de la lírica. El valor que distingue a la escritura es su
capacidad para alumbrar el ángulo imposible.
El
hombre nace solo y muere solo. Sabedlo. El amor son dos baldosas. La
convivencia lejana de dos límites inmediatos. La solidaridad y el
abrazo, duran un instante. Son un excedente necesario que nos
humaniza. Que nos hace creer en otra posible realidad. Bien está.
Pero ninguna piel nos toca por dentro. A veces, ni nosotros mismos
somos capaces de entendernos. La soledad tiene la edad del sol y es
la esencia de la vida. La vida será lo que hacemos para compensar a
nuestro solitario. Hay que enriquecer la soledad. Que en cada retiro
habite mucha gente, que se pueble de memoria, de actos, de recuerdos
que ensanchen las paredes del conocimiento. La memoria destila tiempo
y acumula multitudes para el goce. La soledad es la esencia del
individuo, de la inmensa minoría.
Ahora
mismo, cada uno de vosotros, pese a estar junto a otros compañeros,
pelea con su entendimiento en soledad. Escuchando mis palabras, uno
pensará “qué pesado”, otro habrá desconectado hace tiempo
mientras posa su mente en la anatomía de algún compañere, con
permiso de la Ministra. Para esa soledad sirve la lectura y la
escritura. Para mí, estas dos palabras se resumen en una: poesía.
Para mí, poesía es sinónimo de mirada, de emoción y de metáfora.
Puestos a decir chorradas, diré que la emoción poética no es
necesario entenderla. Basta con disfrutarla.
La
poesía es el arte de temblar, el lugar por donde no ha pasado nadie,
una mariposa que vuela porque duda. Nace del mudo que grita ante
sabernos solitarios. Nace con vocación de latido, de encontrar la
empatía que nos reconforte. Necesitamos saber que no estamos solos,
aunque así sea. Necesitamos mentirnos para sobrellevar la
existencia. El poema es una mentira verdadera. Una exageración que
nos ubica. La metáfora clarea emociones y nebulosas. “Se miente
más de la cuenta por falta de fantasía, también la verdad se
inventa”. De nuevo don Machado.
Y
ya, voy acabando. Remató el perfil de mis mentiras.
¿Qué
es para mí la poesía? ¿De dónde nacen mis poemas? “El arte es
largo y además no importa”, nos recuerda don Antonio. Yo veces
salgo por la noche a buscar versos. Salgo al encuentro del otro lado.
Intento sorprender a las cosas.
Si
dejamos que las palabras sientan, si esperamos, si dejamos que el
misterio las roce con su brisa de noche, las palabras desprenden su
matriz. Son veladuras. Sutilezas que cambian su definición a través
de la metáfora. Hay palabras puente. Nexos levadizos hacia lo sutil.
La palabra “cosa”, como la palabra “algo”, son brochazos
cargados de desdén. Hay que saber mirar, olvidar la evidencia de la
forma para entrar por el culo del conejo de Lewis Carroll, porque
cualquier ano apunta una sugerencia.
El
infinito se concreta si te acercas lo suficiente. Más adentro en la
espesura, verás como la e se desprende de su crisálida
de o,
para ser una l que vuela. El día y la noche no
son más que un abrir y cerrar de dientes. La palabra sabe que el
verso empuja el corazón. Por eso nos detiene delante de la nada y
nos suelta la mano. La palabra corta las cicatrices. Hay alas por
todas partes, vuelos y viajes que nos necesitan. Ojos como niños
asustados, pozumbres, sillonías, caritrezas. No sé, escribir «no
sé» es decir «sé algo». Escribir «sé algo», es decir «no
sé». En este juego se mueve la poesía. La poesía es nocturna.
Sale pasada la medianoche y se esconde antes del alba.
Cuando
el ojo se cansa, cuando la grava entorna la mirada y el sueño febril
del cansancio nos embriaga, hay que tirarse al pozo de lo íntimo. La
mesa enseña su pierna de barniz y recuerda el árbol que lleva
dentro. Nos seduce con la mirada muda de los ciegos, con la tranquila
presencia de lo importante. Una jauría de silencio despierta a los
cojines empachados de espuma. La paredes se estiran como un gato de
pétalos. La poesía necesita acostarse tarde, para olvidar el cáncer
de la molestia. Cada vez que se interrumpe un poema, se apaga un
misterio y se recalienta una sopa.
La
poesía tiene la fuerza de la madrugada y un caudal de aes en
marabunta. La noche es un pequeño corte cerca de la luna. Parece una
mañana en prosa, el brocal del selfie del último premio Loewe. El
gamusino de la metáfora se caza mejor en las camas del insomnio. La
poesía vive debajo de las piedras y se esfuma cuando crece la
levadura del alba, como si alguien abriese la puerta de la angustia y
se escapara el gato.
A
la poesía hay que esperarla con la tinta puesta y el corazón
solitario. Hay que tener el adjetivo cansado. Hay que esconder los
pañuelos y sacar las cucharas. Hay que decirle a las macetas cuatro
cosas sin que nos oigan las fotografías. La poesía tiene oídos de
sobra y se entera de lo que no queremos contarle.
Detrás
del paisaje, al lado de la montaña, se ve una pasión agazapada que
habla con los árboles. Cada casa tiene su poesía y su olor a
genoma. La poesía es el genoma de las casas. Es la diferencia
trasparente. Exagera y se queda corta. Llora como un cocodrilo
blanco. No sabemos nada de ella, como si fuera un universo extraño,
al que se acecha de madrugada.
Lo
siento. Sí. Siento haber sido un coñazo. Disculpadme a mí también,
pero cuando se vive en el alfoz de la provincia, a veces necesita uno
traicionarse. Saberse acompañado, compartir la soledad para regresar
de nuevo a la cálida madriguera de uno mismo. “Tengo a mis amigos
en soledad, cuando estoy con ellos que lejos están”, dijo el
poeta.
Os
doy las gracias por vuestra atención, y les pido disculpas. Quizá
alguno de vosotros o vosotras haya sentido como cercanas, estas
cavilaciones.
MUCHAS
GRACIAS A TODOS
Turra (antología de textos). PDF descargable