miércoles, 23 de octubre de 2013

EL GATO

Para José Luis Belinchón.

Bukowski recogía gatos que se masturbaban encima del teclado de su ordenador. Nabokov tenía sus gatos, Doris Lessing, Harold Pinter, Elfried Jelinek, Francisco Umbral. El gato es el animal de interior que más le gusta al que escribe. Es –ya lo dije- la cetrería del escritor. El gato gusta por silencioso, porque nos reconcilia con las cosas que no se ven. El gato es la corporeidad de la poesía. Si miramos al gato nos estamos mirando. A veces el gato cuaja un gesto amargo, se despereza y parece aburrirse de dormir tanto en la sucesión de los días. Es la sinestesia de lo sublime. José Luís Hidalgo hizo sus animales demasiado joven y le salieron un poco azules, demasiado saturnismo, legado Rubén. El gato habla por el oído. Entiende nuestro idioma por el matiz del tono, como los niños. El gato es el niño de los animales, una pequeña noche que dormita. Quiere que le mimen, que le atiendan, para luego olvidarse de ti con el desdén de la vergüenza. El gato nos recupera la importancia de los sentidos pobres: el tacto, el olfato, el gusto. Somos orejas sin pausa, una sucesión de ojos que digieren televisión. Los gatos ayudan a recuperar la piel, recuerdan la importancia de la caricia. En un acto conjunto de suavidad el gato cierra los ojos, se estremece y ronronea. El gato ayuda a oler porque arruga su hocico cada vez que le tocamos como si fuésemos la perfumería andante. Silenciosos, aseados en lo grande, despreocupados para el resto. Duermen recordándonos la importancia del humo: ese sueño tranquilo. El gato mira al perro que corre para traer un palo y se tumba. El gato no se sienta, no da la patita. El gato es una cabra inteligente. El gato nos quiere cuando quiere como la vida misma. Es, su mejor resumen.

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