![]() |
JSP
"La tosquedad. Eso es lo que acaba por hacerle a uno incompatible con muchos quienes. No es exactamente falta de inteligencia ni antipatía tampoco. Es eso: tosquedad. Produce un cansancio infinito la esteril lucha con lo tosco. Es más en los pequeños detalles que en los grandes y casi nunca ofrece un motivo concreto para protestar de ella. Ofende sin que nos podamos considerar ofendidos. Es terrible porque es inocente, como casi toda torpeza". CGR.
Las horas, soldaditos de tiempo, inertes a la lluvia, siguen el camino de las voces de madera. –Son muchos años fumando-, dijo equivocadamente. El humo es inofensivo casi necesario, es la vida lo que huele. Y en la búsqueda de las espaldas de las puertas queremos encontrarnos los besos, el cariño que no fue. Pero las horas, inertes al carmín, siguen su curso hacia el silencio de las uñas, hacia lo ajado de la piel. Alguien desea romper el tiempo con sus pestañas de hielo. Piensa en sajar el semen, en fecundar las nubes con la calma del sol. Pero las horas, inertes al calor, siguen su senda de noches, su mecanismo de pérdidas, su distancia de miedo. Todo es posible en un segundo.
Tirando del cabello llegaré hacia ti. Llegaré hacia el septiembre más lejano del gemido. Sosegado, preguntaré tu nombre al sonido, a la voz trémula de las caderas, al misterio último de las ingles. Comenzando la pérdida se tantean los principios para amarrar las preguntas de la grieta. La inquietud se clorofila, se vuelve una niña que pregunta, que se toca y trepa por tus oídos. La vida partió de la saliva donde lenguas vaginosas engendran susurros, claridad que traspasa la noche de la palabra. Y en la confusión mordida del aire llegó una burbuja de piel, con su cuello y sus gomas apretadas que sonaban. Y nadie supo -¿quién lo sabe?- mecer el tiempo del mar. Cuando se llega a la orilla del amor surge el abismo. Tirando del caballo trotaré hacia mi saltando sobre la playa.



El niño es la poesía, lo desconocido, lo inquietante. En el niño se concreta la tragedia del tiempo con la carne tibia, diminuta y frágil de las cosas sin lenguaje. El niño es sorpresa, una metáfora de dientes perdidos. Muerto el niño, el niño es lo que importa. El niño tiene la fuerza del ojo y el llanto puro. Rezuma instinto, egoísmo, quebranto. El niño es el chantaje del cariño. Es la deuda de la vida, es el barrote, la muerte proyectada anticipadamente. El niño es una presencia en la sangre, un quemor de tactos, el trepar de la carne por los oídos. El niño es la bomba del vómito agradable. Enseña sin saber mostrando las uñas a las despedidas, el mal concentrado de la distancia. El niño siempre es mi niño, es la solidaridad del dolor limitado. El niño gusta por involuntario. La niñez es lo anterior, el tiempo de la poesía en el hombre, el antilenguaje. Es la importancia del gesto, la súbita alegría de un gusanito, la sugestión del sonido. En el niño todo se apunta y nada se concreta. Es un océano lírico de sugerencias. El niño es un muerto recién nacido, el eslabón perdido de Emilio Botín. El niño es un lastre maravilloso con que las mujeres sacian la biología y los padres la cerveza. Es una ñ enorme, la dosis propia del ridículo, lo insoportable de los demás. El niño alcanza el horizonte. El niño es lo que queda en los adultos. El niño es su chupete.
Por delante un enorme mecanismo queda al aire, como una apacible noche de brisas. Por delante hay más, arriba, vamos. Vértigos, golpes y otras cosas verticales. La luz externa ilumina la claridad desierta de lo íntimo. Es el salón de baile de las canciones perdidas, es un ansia irrecuperable. Se duele más el futuro que la pérdida porque el dolor siempre duele más por previsible que por dolor. Duele más lo conocido que el conocer. El dolor es una antipatía del conocimiento. Es el alfiler que no pincha, la aguja negra que escondimos en el pajar, el final repetido de los domingos. No hay peor dolor que el que no duele. No hay mayor mal que la ausencia del bien porque no tiene mejorías. No te preocupes Papá, nada que tú no sepas, nada nuevo. Nada nuevo, ja. Para cuándo una sorpresa. Cuándo el Porfin. Por las mañanas los espejos me dicen que ya está, las puertas otra vez, las ventanas hasta luego. No lo pienses más ha dicho la radio, el coche, la vecina. Por las noches acudo a los parques para recoger aromas, algún orín de gato y una botella medio vacía. Bebo el poso despreciado de las adolescencias de otro. Por allí encontré a la experiencia agnóstica de mi misma, vaticinando porvenires como un abismo de pérdidas. Y esta cotidiana soledad. Cómo explicarte.
De padres barriles,
hijos botijos .
Popular
LOS BOTIJOS
José, -Josete el corto para los que le conocían- nunca fue muy espabilado. Josete peinaba cejas pobladas y un bigote pelusón de labio leporino. Tenía un hermano gemelo de sonrisa picuda del que sólo diferenciaban unas cejas en ángulo como dos diminutas gaviotas. La gente les confundía. Les llamaban los Josés. José 1 y José 2 para diferenciarles. Sus padres les educaron igual que al resto de sus hermanos pero ellos sólo se entretenían jugando a las pistolas. Les gustaba tocarse el ombligo y olerse el dedo, fétido y sudado. Eran muy limitados, digámoslo. Lo que vulgarmente se llama tontos. En el colegio nadie les ajuntaba porque se comían los mocos y no entendían los juegos. Siempre les ponían de porteros cuando tocaba fútbol. Todos se reían de ellos. Los únicos que les hacían algo de caso eran el delegado de clase y la profesora. Cándida Fernández Tocha era una maestra lacia, obediente del dinero con que los padres de los Josés subvencionaban el colegio. Ella les protegía y hacía callar al resto de los niños cuando se aburrían de sus torpezas y les insultaban. Los Josés se acostumbraron pronto a que el dinero solucionaba sus problemas. Llegaron a ser presidentes del gobierno.
"El sol sale por el oeste"Canal Extremadura Radio.