martes, 12 de mayo de 2026

EL JUBILEO




Dices / Eduardo Moga. - Madrid: Los papeles de Brighton, 2026.

Es por mí. A Eduardo no le hacen falta estas palabras que hablen de su poesía. Uno necesita corresponder a su hombro, a su caballo de Troya para distancias, a su generosa atención para mis cosas. Moga en su diáspora por El desierto verde, en su Odisea por El paraíso difícil, recogió una de las botellas que tiré al mar de la lectura para tender un puente hacia mi isla póstuma. Siempre atento a la poesía auxilió el latido confinado de mis versos y eso deja memoria. Ahora que llega al jubileo de la jubilación le puedo hablar más claro. Le escribo con la prudencia por los tobillos, con ganas de decirle algo sobre Dices. Aquí te pones quinceeme, Eduardo. Tiras la piedra que me quitaste para que no escombrara el rosetón de tu San Cugat. Ya sabes que los de pueblo no tenemos más arte que la campana -ese tambor medieval tan anacrónico- ni más prudencia que la siesta. Por eso yo, que vengo cristianorojo por vía genealógica, me guardé la piedra y la llevé a Antonio Gómez que me labró un «poema para ser lanzado». Decía que en Dices te sale el ácrata que llevas en el hemistiquio del corazón que late apaciguado por la razón catedrática. Aquí se te nota el escozor a burocracia y el asco de coger la política por los cuernos del cansancio. Que lo hayas tetrapublicado dice mucho de Dices. Que remoces las citas de los políticos dice mucho de Berlanga y de esta ¡Españacoño! de pandereta que diría don Machacado. Este Dices en un digo. El eterno juego de hablar con uno mismo a través del espejo del idioma. Es Sancho Panza a lomos de Platero. Un diálogo que denuncia la resignación del ciudadano. Dices nos llama gilipollas por escrito. Trump y Netanyahu son la personificación del COVID y el Hantavirus, la confirmación de que el Homo Siemens no da de sí. Se nos acabaron las excusas de la sociología y el analfabetismo. Ahora, con el siglo veintiuno en la mano izquierda y el móvil en la derecha, nos llueven las collejas que nos pega la gilipollez. En Dices nos recuerdas al gran humorista que era M.Rajoy. ¡Y le echamos! ¿Qué más se puede pedir a un presidente? Daba gusto poner el Telediario para ver si liberaba a Roller o Roderick mientras el personal se partía la caja. No hemos entendido aún que sin el sarcasmo de Dices vuelve Zola a acusarnos de noséqué. Necesitamos el pitorreo, la chanza y la pitanza porque si no nos pasamos la vida detrás de un premio que nadie lee o de una calle donde se mean los perritos de los cojones. Hay poetas que hacen cantera y tú vas por ahí, Eduardo. Eres el Cruyff de la metáfora, un Del Bosque que pasea el parque por si se encuentra un verso en un escote. A mí me has abierto más ventanas de las que merece mi pose de paleto. Hoy quien no sale en la foto es porque no quiere menearse. Aunque nuestro tren es una autovía abollada, cualquiera tiene un vagón de tercera mano con que viajar a la cháchara del contacto. Tú no tienes Instagram ni Facebook porque sabes que las redes son redes de pesca, aunque no lo digas para que no parezca postureo. A ti te va el encuentro, te va cargar con la bibliografía debajo del brazo como quien regala el futuro de un hijo de antes. Este último Dices lo publica nuestro amigo Calbarro, otro Gesto que le honra. En este decir, que es escribir Dices, están casi todas tus heridas: tu madre, tu padre, tus hijos, el sexo, el lenguaje, y tu yourself. O sea que están tus tripas que es el tripi de los que no lo tomamos. Pégate un viaje, Eduardo. Márcate un Panero para que veas que esto del poema es una chiquillada, una exageración: cromos de adultos con ínfulas de hijo predilecto. Los que vamos de bibliotecarios por la vida sabemos que no hay mejor excusa que un libro, una moto que se vende sola con El mito de la Cultura que decía Gustavo Bueno. Laraplaneta y Amazonbezzos lo vieron claro. Florentino Pérez, como solo leía ladrillos, levantó el chalet de la Ley de Bibliotecas. El aeropuerto no colaba desde Fabra, pero la biblioteca viste mucho y nos plantó un regalito en cada provincia para alfabetizarse el paraíso fiscal. Moga, has llegado. Digas lo que escribas tú ya has llegado. Ahora toca jubilarse de uno mismo, de la diagnosis de próstata y el aburrimiento del Jurado. Toca comenzarse la sonrisa por venir. «Dices para omitir y creces en la omisión». «Dices lo que la boca no ve. Dices cuando la boca no está. Lo que dices muerde». Con latigazos así, expandes la conciencia a través del verso, ketaminas el lenguaje, entras en la espesura de la emoción. Dices es una pausa, un escucharse uno. Palparse la sombra y evaluar el bulto. Es una voz que se para a distinguir el eco, asomarse al brocal del abismo como quien va a un alcorque, con un algo de sorna catalana. Pero, sobre todo, Dices es una excusa, un eslabón que nos continúa, una coartada a empatizarnos. No hay más, Eduardo. Ahora tendrás más tiempo para conjugar a Bukowski, Whitman y esta gente. Y piénsate lo de Panero, joder...!

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