O La Bronquitis II, también podría ser. Cuando el dolor comenzaba a remitir y uno se pensaba entero, preparado para recibir el nuevo año con el ánimo de cumpleaños social que dan las navidades, el corticoide me dejó con el culo de las defensas al aire y vino la bronquitis con las rebajas. Hace cinco meses que vivo enfermo. La primera bronquitis duró mes y medio. Tres semanas de tos, dos semanas de moco y otra de voz aflautada. De ciática ya van tres meses a la que desde hace dos semanas lleva de la mano otra de bronquios que mi doctora Recetas llama no sé qué de dolencia crónica para, acto seguido, extenderme el Algidol. Ahora toca ir al Botiquín (léase La Ciática III). Si la Navidad es un cumpleaños social, el día de año nuevo es el domingo más triste. Las calles tienen un vacío febril, intemporal, de gilipollez recién descubierta. Se queda uno pensando «o sea que era esto». Y continúas el paseo hacia ti mismo porque «para estar conmigo me bastan mis pensamientos». Luego te comes el roscón por si no llegas a Reyes. Tras esa vuelta rápida por la tristeza se vuelve uno a sus dominios de Tumbado, a su biblioteca, a su documental y su peli. Es lo bueno que tiene la tecnología, aparte de empepinar Ucrania desde Moscú y secuestrar a Maduro desde Washington, te permite seguirle la pista a las películas que cita mi tocayo el Trueba en El viento sopla donde quiere y las contraculturas de Jordi Costa tenía pendiente. Parece que llamarse Jonás tiene ya algo de gilipollas. Lo digo porque el hijo de Belle Epoque tiene ramalazos de entusiasmo y una productora que se llama Los Ilusos. O sea. Jonás, según la lengua de origen quiere decir Paloma, pureza o «el único», ya ves. Gilipollas, vamos. Sin embargo, uno que ya tiene unas añadas de lecturas pues se acuerda de que es personaje recurrente en las novelas de Umbral como Los metales nocturnos o Historias de amor y viagra [sic] y eso, pues te dignifica un poco. Billy Wilder se puso en plan Jonás en La vida privada de Sherlock Holmes y Jonas Mekas que ya lo lleva dentro. El caso es que tantos meses de ibuprofeno me están dejando los riñones a la albumina y el estómago preulceroso. Los Pedrero tenemos la tensión alta y estas químicas no ayudan a disipar el infarto y la apoplejía (que ahora le llaman ictus. Lo que ganan en pertinencia biomédica lo pierden en lírica fonética). Es decir, que se te alejan las enfermedades como si fueran términos jurídicos. «Juicios tengas y los ganes» que dice el refranero, que llevado a la bronquitis viene a ser «toses tengas y las sanes» y para esto pues hace falta ponerse poético porque si no, no queda. Ya glosé por estas clausuras las bondades de la codeína que Jonathan Ott pedía sin receta cada vez que venía a España, cuando en España te la vendían sin receta bajo el nombre de Perduretas -ay, la consonántica poesía-. Ahora te la adulteran con paracetamol y ácido ascórbico para enmascararle el tiempo y el espacio. Lo que pasa es que uno lleva ya cinco meses de Juan Ramón y tiene reservas de opiode para no saber ya ni de qué anda encamado. Hay un momento en que los Tumbados se pierden en la costumbre. Yo estoy ahí. Ya no sé que fue antes si el huevo de la bronquitis o la gallina de la ciática y da igual, claro. Uno está dándole vueltas a que si esto no lo para un derrame de salud, puede que entre en la corriente iatrogénica y desemboque en el sumidero de quien sabe qué complicaciones. Mi doctora Recetas tiene la mano suelta y dice que no tiene tiempo para leer a Peter Gotszche. R. no quiere ni oírle hablar por el Youtube porque ella no tiene la culpa de los diez minutos por paciente y esta tarde le toca guardia. R. está erre que erre. Ni Joan Laporte ni hostias y me despacha rápido porque tiene al comercial en la puerta que le va a regalar un viaje a Praga para que sepa las bondades de la Pzifer que resulta que tuvo a Donald Rumsfeld como directivo. Esta gente van tan sobrada que lo mismo te invade Irak que te hace la vacuna del Covid, con idénticos resultados, claro. El caso es que unos por otros llevo cinco meses de oca en oca. Llevamos cuatro días de año que me parecen eternos. Que el tiempo es relativo lo sabe cualquiera que se fume un porro. Maduro resulta que estaba muy verde y ahora hay que legitimar el cascabel del petróleo que no saben cómo llamar al gato si Delcy o Corina. Hay providencias que rozan la caricatura como lo de apellidarse Botín, o Trump y eso que al llamarse Donald, con ese nombre de pato, lo suyo sería haberse puesto Scrooge que suena a «te voy a crujir» como un «palasaca» de José Mota. Se me va la olla, lo siento. La fiebre ya anda poniéndose nocturna y no sé si me duele la pierna porque toso o toso porque me duele la ciática. El caso es que la bronquitis me ha dejado una vocecita de yonqui que para sí quisiera Juan Ramón. Al dolerme la espalda entera me disimula la ciática. No hay mal que por peor no venga. El lado bueno es que mi vida de Tumbado me impide visitar las librerías que por estas regiones se llenan de clientes con los carrillos inflados por la saliva de Pedro Solbes como recién salidos de un círculo de Podemos de Pozuelo, atendidos por dependientas con piel cerosa y jerseys de lana navideña. Una grima que me ahorro. La gente regala de todo, hasta libros, pero claro las conversaciones son de traca. Y luego está lo del envoltorio para regalo. «¿Se lo envuelvo?». Y venga colas. No me pillan en el Zara, me van a pillar en el pozo de la grima. No. Se acabó. Eso que me ahorro. Lo malo es la tecnología, que decía antes. Cada día viene el repartidor a traerme un libro de Chumy Chúmez para recordarme que alguna vez existió el talento. Tengo la cabeza como Jesús Maera, ese kafkiano personaje de Chamorro que pergeñó con El Seguro, una novela de 1968 subtitulada: enfermos ricos, enfermos pobres. Cómo lo vería. Me acuerdo mucho de Víctor. En mi soledad de Tumbado habita mucha gente. En esta febrícula lo mismo me viene un verso que un pezón. En este revoltijo de dolor y pastilla, en esta hoguera de insomnios y retortijones se difuminan los límites y las fechas, los principios y los finales. Qué ganas tengo de que se acabe el año.

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